31 enero 2019

"R e q u i e m p o r J i m", de Willy Miranda Quiroz



Las apacibles cenizas del ocaso


R e q u i e m   p o r   J i m


Willy Miranda Quiroz
Gobierno Regional
de Cajamarca
74 págs.



Willy Miranda no es un escritor novato, quienes lo conocemos lo sabemos de sobra. Sus inicios se remontan al año 2000: un homenaje a César Calvo, un frontispicio surrealista; y, cómo no, un manojo bien escrito de poemas y cuentos que ilustraron algunos números de VOCES-Muestra de Poesía Contemporánea, en Cajamarca. Es agradable  recordarlo, con sus pasos apurados, por esta selva de cemento, que por instantes pare ocasos tras los templos de cráneos inmarcesibles y cernícalos omnívoros enrumbando a otros sueños.
Cada sábado por la tarde, imperturbable, emocionado, como si la literatura “de conversa” no durara más que ese hermoso limbo que termina con las pausadas cosas mejores; eligiendo una de sus impredecibles historias, con las que más de una vez nos dejaba impresionados en todas y cada una de las reuniones de El patio azul, en la casa de mi contertulio, el poeta surrealista y docente Edgar Malaver Narro, con quien también perseguimos otrora aquel sueño literario: VOCES.
El opúsculo de cuentos: Requiem por Jim (2018), no versa de floridas prosas de la serranía. Lejos del costumbrismo andino de laxo ronroneo carnestolendo, de jocosa chismografía de cantinita de pan con rocoto y capri de chicha, amén de una fatigada usanza por lo anecdótico y amical, no están presentes en el volumen de cuentos Requiem por Jim; estos, acaso, recursos, seudo-literarios o cumplidos familiares, que el autor ha desterrado, como la mala hierba, de su juicio y cultivado espacio creativo.
Requiem por Jim, diatriba contra lo convencional, apalea lo cuerdo. Se aleja, como ave de rapiña, de la bandada, para crear mundos, extraños lenguajes y paisajes con que se despeina, aun, a la borrasca interior, de salvajes párrafos memorables, como los de este conjunto de cuentos. Los relatos de Requiem por Jim son, de cerca, aquellas corrientes metafísicas, las mismas que nos ponen al margen de los grupúsculos, que, de último, han propalado la sub-dividida escena literaria ―set de censura al cinto, cual la lecherita llevaba el cántaro de leche de sus rotas ilusiones, desperdigadas por el suelo de la leche derramada, ni con el llanto remediable―.
Como que el mundo de los locos y los artistas, es siempre el más habitable, y por qué no, el más envidiable, cuando no imitable. ¿Por qué?, por la sinceridad y la plena fantasía que entrañan estos mundos creados con la genuina libertad que nos adjudica algún puñado de buenas lecturas, donde, tranquilamente el libro se puede burlar de uno; o, simplemente, “somos libres” de lanzarlo a la hoguera de nuestras elecciones más prístinas: ¡al carajo!
Relatos que habitan el mundo de la mente, de las vagas obsesiones, de los sueños destruidos, de los amigos ausentes y de las enfermeras graciosas que nos traen la felicidad en una hipodérmica. O, el mundo sumergido de una Atlántida, en la que por sucesión espontánea se han ahogado nuestras fobias, nuestras bohemias obsesiones, para, en el adecuado momento, salir a flote, con un clavel en los labios, dueños de una odisea cumplida.    
Ya se nos hacía tarde, Willy; la espera valió la pena. Un tomo bien elaborado de cuentos, impresiones melómanas, de la mano de una que otra epifanía de ciclista incansable, por estos hermosos parajes y espinas del olvido. Un libro de quien se ha partido el lomo escribiendo; y que (la suerte no existe), no lo convierten, ¡faltaba más!, en un libelo de apuntes anecdóticos de pueblito, sino, en la mera epifanía literaria, que kilómetros atrás traduce un vasto recorrido de trasnochado lector de libros bien escritos: literatura norteamericana, peruana y de otros martes.
Acabo de ver una fotografía de una pared que dice: “Lo esencial es invisible al estado”. Lo curioso de algunas inscripciones en las paredes: algunas veces traducen la agobiante e inevitable verdad. ¡Cómo, en un país, donde el choro tiene más derechos que la persona que se rompe el lomo para ganarse el mendrugo, todo sucede al revés! Se premia la fanfarria, se indulta al delincuente, se sobrevalora el mamotreto; o se remunera, según el rating, la idiotez televisiva.
Han muerto en el intento, contados intelectuales, en su pujo bomberil por “arar sobre el mar”; o, al menos, sobrellevar o aún prescindir de la hediondez chicha que se sigue y se seguirá viendo en la televisión, como una filosofía de lo decadente, como un modus vivendi de los oprimidos, cuyo opiáceo más consumido, contundentemente irrenunciable, es Ser idiota.  
Pero hay caras excepciones en estas Viñas del Señor; y esta es una de ellas: el “Premio Vanguardia Literaria Cajamarquina”, donde nuestro célebre escritor, también ingeniero zootecnista y frecuente columnista de la Revista “La Genciana”, Willy Miranda Quiroz, mereció el Primer Premio, en cuento; algo que por fin, no pasó desapercibido a los ojos.
Requiem por Jim, herencia añeja de la tarde en que estoy. Como invitando a la aventura literaria, un cuarzo rosa, un mandhala descolorido, y el Rey Lagarto, mostrándote el borrascoso camino a la maravilla, visible a los ojos, cuerdos ojos que leen el graffitti: “Can you show me the way to the next whiskey bar?”
Estos nueve relatos abrirán “las puertas de la percepción” hacia la noche de fuego; irrenunciable, salvaje, rabiosa, como la misma lectura de las historias más exquisitas que Willy Miranda ha creado. Sea.

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