15 abril 2019

Secundina, la burrita bizcochera




En la Granja del Pontón alimentan a una burrita desde muy pequeña, exclusivamente con bizcochos. Ay de aquél natural y ex profeso de la religión de los domingos, de portal, que le alcance siquiera un atado de alfalfa, cadillo, heno o rye grass; caerá sobre él la maldición de Thör o el rayo que enhiesta por el espiráculo tus caros deseos ortensiles. Amarronada, a lo largo del lomo se le hirsuta una crencha más clara a la burrita, diríase mora, que no la diferencia más que un tonsurado pelo de las cebras cerreñas pululantes a media maraca, a lo largo del bosquecillo, donde se instala y derrama en la Granja del Pontón, donde los naturales viven de hacer su queso, comer su leche dejándose los bigotes, y dar yogurt en teta o mamila a los becerros recién nacidos a los que se les da por mamar de los dedos suaves de las señoritas que llegan para esas fechas de turistas. Crea ojeriza en las manadas de burros bravos la borrica, supinos y hocicones, que trotan por las montañas más eriazas, justamente porque ellos ahí viven mordiendo a cuanto vegetal se les cruce por el casco y la trompa de pelillos ralos. Pero ha caído sobre sus lomos la eterna maldición de que “trabajan como burros” en pos de herbario bocado, porque no estudiaron alguna de las ramas de Ingeniería, ni alcanzaron egregio curul congresal, ni mucho menos. A buen ver, la señorita piajena, cumple este Domingo de Ramos, la entusiasta edad de quince años, con todo y mollejita; quince años de llevar sobre su pardo lomo a quien reencarna al fatigado Redentor que nos dio su vida en crucifijo, para posteridad y malagradecimiento de todos los putos hombres que se santiguan para lavar los pecados por adelantado. Barbudo, de largas quijadas, cetrino, pómulos salientes, con la túnica trasnochada de las gentes pringosas, el tal actorcillo santo sobre la piajena Secundina montado, calza llanques marca Michelín®, cortados a navajeta fabricada artesanalmente por un afilador que se pela las sierras usadas en las construcciones aledañas, cada bajada al pueblo, donde a potra limpia sube lo menos unos tres sacos de esos negros, repletos del mejor bizcocho, bizcochuelo, mollete y rosquete, amasados por doña Estrafalaria Contumaz, natural de Cosiete (donde te cosen el mollejón, para que no te caiga tu domingo siete). Como existe un zoocriadero de llamas, vicuñas, otorongos, osos de anteojos, y hasta leyones (lo único que leen estos reyezuelos son las citas bíblicas pululantes a lo largo de las faldas de ichu y las trochas carrozables rodeadas de bosques sinfín). La burrita de Domingo de Ramos, es entonces la reina del zoo lugareño y no éste dentudo y brabucón pardillo, el leyón, al que le sacrifican lo menos un par de ovejos viejos al día para que deje de rugir y dar de manotazos a la jaula, alborotando así a cuanta chinalinda se le cruza a su manotazo paso. La burrita Secundina, calzará esta Semana Tranca, botitas rosas de lino, escolopendradas en la caña, con blonda americana, atornasolada de un perla santificado por las puntadas de la tal Tremebunda, que de bigotuda, soltera y aretera. Le penderá de las orejotas a la burrita de marras, un par de aretes, motivo Gatita reclinada sobre calamina caliente, un batón azul, como el cielo de tu santa perdición, la cola envuelta en celofán dorado trucho y la panza tonsurada al blondo estilo practicado por el peluquero Evangelista Pinzón Morador, el más moráis-moráis de toda Granja del Pontón y chinganas aledañas. Es, pues, tan fastuosa la platera Secundina, tan o más que el mismísimo protagonista que encarna a nuestro don Jeshu; tan cadavérico y hediondo, porque cada domingo, con el consabido pretexto de cargar la cruz de las ochenta imágenes con nombres de vírgenes tan raros como piedras en el río, en la Fiesta de las Testuces, se mete la turca santa que le dura todo un desquicio, a resultas de lo cual, éste santo califa amanece con la cabezota como un dedo gordo al que ha chancado el portón por donde, triunfal, ahora ya aprendida a reír con sus muelotas verdes, ingresa la burrita amarronada, Secundina, dando casquidos triunfales, orejeando a pezuñita limpia, entre ramalazos de romero, marco, y atados de olivo expendidos a tostón y a penique entre los naturales, seguidores de la religión de domingo, en lo que resulta ser la segunda Suiza, la Granja Pontón, por los bosques sin par que este día respirarán un foquito, con esto de que a las 8:30 p.m. del Lunes 2 de Abril de 2012, todos apagarán las luces, por el rollo Save the planet y secuaces protestas ambientalistas, que de ambiente… ¡sus pezuñas!

31 enero 2019

"R e q u i e m p o r J i m", de Willy Miranda Quiroz



Las apacibles cenizas del ocaso


R e q u i e m   p o r   J i m


Willy Miranda Quiroz
Gobierno Regional
de Cajamarca
74 págs.



Willy Miranda no es un escritor novato, quienes lo conocemos lo sabemos de sobra. Sus inicios se remontan al año 2000: un homenaje a César Calvo, un frontispicio surrealista; y, cómo no, un manojo bien escrito de poemas y cuentos que ilustraron algunos números de VOCES-Muestra de Poesía Contemporánea, en Cajamarca. Es agradable  recordarlo, con sus pasos apurados, por esta selva de cemento, que por instantes pare ocasos tras los templos de cráneos inmarcesibles y cernícalos omnívoros enrumbando a otros sueños.
Cada sábado por la tarde, imperturbable, emocionado, como si la literatura “de conversa” no durara más que ese hermoso limbo que termina con las pausadas cosas mejores; eligiendo una de sus impredecibles historias, con las que más de una vez nos dejaba impresionados en todas y cada una de las reuniones de El patio azul, en la casa de mi contertulio, el poeta surrealista y docente Edgar Malaver Narro, con quien también perseguimos otrora aquel sueño literario: VOCES.
El opúsculo de cuentos: Requiem por Jim (2018), no versa de floridas prosas de la serranía. Lejos del costumbrismo andino de laxo ronroneo carnestolendo, de jocosa chismografía de cantinita de pan con rocoto y capri de chicha, amén de una fatigada usanza por lo anecdótico y amical, no están presentes en el volumen de cuentos Requiem por Jim; estos, acaso, recursos, seudo-literarios o cumplidos familiares, que el autor ha desterrado, como la mala hierba, de su juicio y cultivado espacio creativo.
Requiem por Jim, diatriba contra lo convencional, apalea lo cuerdo. Se aleja, como ave de rapiña, de la bandada, para crear mundos, extraños lenguajes y paisajes con que se despeina, aun, a la borrasca interior, de salvajes párrafos memorables, como los de este conjunto de cuentos. Los relatos de Requiem por Jim son, de cerca, aquellas corrientes metafísicas, las mismas que nos ponen al margen de los grupúsculos, que, de último, han propalado la sub-dividida escena literaria ―set de censura al cinto, cual la lecherita llevaba el cántaro de leche de sus rotas ilusiones, desperdigadas por el suelo de la leche derramada, ni con el llanto remediable―.
Como que el mundo de los locos y los artistas, es siempre el más habitable, y por qué no, el más envidiable, cuando no imitable. ¿Por qué?, por la sinceridad y la plena fantasía que entrañan estos mundos creados con la genuina libertad que nos adjudica algún puñado de buenas lecturas, donde, tranquilamente el libro se puede burlar de uno; o, simplemente, “somos libres” de lanzarlo a la hoguera de nuestras elecciones más prístinas: ¡al carajo!
Relatos que habitan el mundo de la mente, de las vagas obsesiones, de los sueños destruidos, de los amigos ausentes y de las enfermeras graciosas que nos traen la felicidad en una hipodérmica. O, el mundo sumergido de una Atlántida, en la que por sucesión espontánea se han ahogado nuestras fobias, nuestras bohemias obsesiones, para, en el adecuado momento, salir a flote, con un clavel en los labios, dueños de una odisea cumplida.    
Ya se nos hacía tarde, Willy; la espera valió la pena. Un tomo bien elaborado de cuentos, impresiones melómanas, de la mano de una que otra epifanía de ciclista incansable, por estos hermosos parajes y espinas del olvido. Un libro de quien se ha partido el lomo escribiendo; y que (la suerte no existe), no lo convierten, ¡faltaba más!, en un libelo de apuntes anecdóticos de pueblito, sino, en la mera epifanía literaria, que kilómetros atrás traduce un vasto recorrido de trasnochado lector de libros bien escritos: literatura norteamericana, peruana y de otros martes.
Acabo de ver una fotografía de una pared que dice: “Lo esencial es invisible al estado”. Lo curioso de algunas inscripciones en las paredes: algunas veces traducen la agobiante e inevitable verdad. ¡Cómo, en un país, donde el choro tiene más derechos que la persona que se rompe el lomo para ganarse el mendrugo, todo sucede al revés! Se premia la fanfarria, se indulta al delincuente, se sobrevalora el mamotreto; o se remunera, según el rating, la idiotez televisiva.
Han muerto en el intento, contados intelectuales, en su pujo bomberil por “arar sobre el mar”; o, al menos, sobrellevar o aún prescindir de la hediondez chicha que se sigue y se seguirá viendo en la televisión, como una filosofía de lo decadente, como un modus vivendi de los oprimidos, cuyo opiáceo más consumido, contundentemente irrenunciable, es Ser idiota.  
Pero hay caras excepciones en estas Viñas del Señor; y esta es una de ellas: el “Premio Vanguardia Literaria Cajamarquina”, donde nuestro célebre escritor, también ingeniero zootecnista y frecuente columnista de la Revista “La Genciana”, Willy Miranda Quiroz, mereció el Primer Premio, en cuento; algo que por fin, no pasó desapercibido a los ojos.
Requiem por Jim, herencia añeja de la tarde en que estoy. Como invitando a la aventura literaria, un cuarzo rosa, un mandhala descolorido, y el Rey Lagarto, mostrándote el borrascoso camino a la maravilla, visible a los ojos, cuerdos ojos que leen el graffitti: “Can you show me the way to the next whiskey bar?”
Estos nueve relatos abrirán “las puertas de la percepción” hacia la noche de fuego; irrenunciable, salvaje, rabiosa, como la misma lectura de las historias más exquisitas que Willy Miranda ha creado. Sea.

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