30 noviembre 2016

AQUEL HÁLITO QUE EN LA VOZ APRETADA SE QUEDA

¿Alguna señal para estremecerme? Sí. Admiraba de pequeño la Navidad de robotito en la estantería. S/. 11.000, algo inalcanzable. Pero el mejor refugio era ése, tras el árbol de 20 luces y nieve de lana. Un refugio para anidar tal vez alguna verde fronda que duraba alrededor de un mes de entusiasmo. Eran los tiempos en que había que caminar unos 3 o 4 kilómetros para llegar a la dicha. Bodeguitas con apenas unas botellas de champagne, tabletas de chocolate y panetones mosqueados. Esa feria acaso no era enfermiza. Todos éramos parte de la sana alegría. Muñecos de feria, danzantes en la noria agonizante de los brazos. Gente soliendo saludarse, desprenden un poco de esa melancolía de cuarto estremecido de rato en rato por cohetones y sartas de pólvora.

Pero a veces llegaba la Navidad negra; ésa con la cual nos amenazaban si todo iba mal en el colegio; una Navidad verdadera; a secas. La que sucedió en una cueva, sobre el cielo en llamas de la libertad más pura del Niño Divino.

¿Quién ha sido, es y será ése niño pequeñito que alarma cada 25 de diciembre a las amas de casa, alegra a las pallitas del barrio; y henchidos de dicha los niños tuestan en sus manos rascapies y lanzan al cielo avellanas o bombardas en su nombre?

Pero todos desconocemos ahora la verdadera esencia navideña. Han reemplazado al niño Jesús por la imagen marketera de un viejo barbudo y panzurrón tascando las campanillas resecas y cagando en las chimeneas de la gente compulsiva que traga, duerme y se deprime en estas navidades de pavo de cartón y lucecitas que exasperan, a la espera de tocar un chip donde anida tu indescriptible depresión festiva.

Hacia el Séptimo Amanecer los hombres raudos, desmenuzados en escamas de oro indescriptible, lloviznaban azulados de ternura sus cuerpos cansados de alegría. Ellos viajaban sobre un cielo prometido, entrados ya en una sesenturia o en un calor de años del pesebre, benditos por el lloriqueo más feliz de aquel humano de la tierra.

¡Oh, luz impredecible! donde sueñan tres vagos vigías que persiguieron la estrella mundana para padecer cientos de kilómetros con la dicha más dura como un diamante que no se derrite ni con el fuego en llamas de la sangre, acallaran a dar tres regalos inmortales: oro, mirra e incienso.

Ellos, los más dichosos, sabrán que parte de ese cielo nos recuerda tal y como éramos. Ésa sería la llama perseguida, el trotar irresoluto por esferas de un pueblo férreo anucado, no a la almohada; insomne, lejos ya de recordar que algún día fuimos lo que seremos; la luz universal, amable, que pudo salvarnos para siempre de la noche más fría del mundo, la de la muerte redentora.

Puestos en doble alma de cerina extinguida, confían que tal vez admiráramos la puesta de llama irisada, de arco iris divinizando cada que es visto. La mirada de hombres atónitos por aquel pacto desvelado.

Ya en la mira, en la piedra fija que al dudar rueda por los aires el paso que sigue, el latido subsecuente, el atrio permanecido de lo por decir de dos oleadas de viento.

Persigue acaso El hombre eterno, las improntas veladas de sus días; para que así, en la entrega máxima de todas sus fuerzas juntas se desvíe por el Camino Verdadero. No el más largo ni el que lleva a casa; no el camino más corto: el Camino Verdadero. En donde llorarán las máximas semillas purpurinas sus lluvias boreales que de los trinos provenientes danza en sus gules encontrados.

No más danza. La cota inmemorial de infierno se nos hace voluta en la garganta. Y lo más preciado en el destino sea acaso el cardenal que se sangra sobre la nieve, para parecer triunfante ante un caro acontecimiento: la luz del sol ante tanta belleza. Pero tal vez esa crucifixión de la planta, del microorganismo que hace que todo se enfile a la sucesión de lo que pasa.

Cada cosa va hacia la nada. La nada viniendo, la nada que importa; la que se gesta en los charcos, salta en pos de una línea iluminada enmarañando hasta la sangre del reposo sentimientos encontrados. Constelada como obscura promesa

¿Por qué te obstinas cada instante en negarme los jugos de tu victoria?

Ente reposado, me empeño en herir de una vez las estrellas zahiriéndose de un paso. Fugacidad. Permanencia. El eterno enamorado que no intenta soltar la amarras del reino; ¡ah, hijo perjuro de las musas! Pues si, a resultas de lo cual sólo has contenido en tu fuero creativo no más que congojas, lo tuyo sea dedicarte más al espíritu de los nacidos que a la carne de las musas, a las que crees haber dotado con un hálito de vida en miles de páginas.

¿Para qué ya más ríos metafísicos esta noche?

Salir, sacudiendo el sobretodo azul obscuro; reír de buena gana; que es Navidad y la sombra enternecida de esa noche infinita se arrodilla ante la risa del niño más hermoso del mundo.

Cajamarca, noviembre 30, 2016

Jack Farfán Cedrón


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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).