08 mayo 2016

LLANA IMAGEN DEL PADRE QUE PERDÍ


Imagen: Padre Luis Rebaza Neira (Trujillo, 28 de noviembre de 1924-Lima 8 de Abril de 1992. Sacerdote)
LLANA IMAGEN DEL PADRE QUE PERDÍ
Al Padre Luis Rebaza Neira,
desde lo alto silencioso que no
rozan las palabras

Pocas vidas ejemplarmente místicas preceden su merecida santidad; la misma que, o no se confirma con la beatitud y posterior santificación, o sucumbe a la sencillez de un verdadero hombre sacrificado por el prójimo.
El rey como el esclavo; el campesino como el burgués capitalino, todos cabían en la mano misericordiosa del Padre Luis Rebaza Neira. Un nido de palabras justas, un cobijo para decenas de jóvenes atribulados, carentes, timoratos, de pan o de consuelo; un buen padre, un consejero espiritual como jamás lo habrá sobre esta tierra de lágrimas perdidas.
La plena largueza de una túnica dorada arrastrando hasta el final las palabras anhelantes, diciendo el sermón aliviador de todas las tribulaciones; ése era el Padre Luis, el Verdadero Camino.
Bastasen unas pocas cuadras para llegar hasta él, y abordar el Templo La Recoleta; mas, con una sola vez que uno lo escuchara, era suficiente para dormir en paz, con la vigilia abierta de las alas angelicales posando en la conciencia del que vive una sola vez, habiendo escuchado a un santo.
Las palabras hacen el silencio, que es de oro; pero acaso ese silencio bastaba para que te eleve su presencia de arcangélico viejito prematuro.
Estar o no estar, daría lo mismo, si uno, ileso de materia corporal asciende hasta los mismos revuelos de conciencia, donde ya cruzados los diez círculos infernales, en esta misma tierra de padecimientos, llega al verdadero paraíso.
Su voz, su oro inmaterial que cual luz vespertina colmaba la conciencia de fuerza, era la brasa que seguía alimentando el fogón de lo por vivir.
La materia de los milagros silenciosos, modestos, no se hace muchas veces con el acto extraordinario; más bien sí, a fuer de padecimientos, de limitaciones, de peregrinación hacia el espíritu atribulado, que es uno cuando está perdido o a punto de rozar el abismo.
Fraternal, sosegado de espíritu, en el cansino cuerpo más no le cabía amargura alguna, sino más bien las ansias poderosas de cansarse hasta dolerse amando al extraño prójimo que más lo necesitaba.
Cabe precisar que el desprendimiento es tarea ardua en la conciencia del hombre contemporáneo, y la espontaneidad con la que uno da mirando a los ojos, nace como un manantial de purezas en el ser de la entrega total, absoluta.
Ésa era la conciencia de dar, la filosofía del desprendimiento que el Padre Luis rebasaba en sus claras pupilas.
Dueño de un carácter que iba moldeando día a día en diarios, que primero registraba a puño y tinta, de manera casi minimalista, consignando las tareas aparentemente más cotidianas, pero que iban moldeando a un verdadero joven de carácter, libro que, gozoso, repartía a todos los jóvenes que lo buscaban, deseosos de alcanzarlo, aproximándose a él para encontrarse, o para no perderse en su búsqueda implacable.
De modo que el bien hacia los demás no fuera algo inalcanzable, logró sin pedirlo, en su sepelio, que partió desde el aeropuerto Armando Revoredo Iglesias, abarrotar cientos de miles de personas en las calles de Cajamarca, perseguidas las unas con las otras, formando una cadena común de lágrimas extraviadas que lo perseguían, sedientos de su santidad, que no se creyera, los había dejado.
Esa mañana plomiza, rasposa, bola de cemento en la garganta, no quería caer hasta lo hondo de los estómagos ayunados por la memoria del Padre Luis, ya irreconocible entre los vivos, quien había dejado esta esfera celeste para partir hasta otras latitudes celestiales, donde los mismos incendios de los cúmulos divinos lo esperarían, acaso, para otras tareas más sustanciosas de ayuda desde lo alto, a todas las almas atribuladas que buscaran su bondad ilimitada.
Aquel río calmo, bañando los pastos de un argento resplandor y las montañas de negros minerales aun brillan con su voz de paisaje que se habita caminando hasta atardeceres más próximos al bien que siempre borrará al mal de la faz de la tierra, con una sola palabra, la del que ama y se acongoja aún más por la imposibilidad de no poder amar hasta más allá del mismo dolor que ya no se soporta.

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BÍO

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).