26 septiembre 2015

ESA SOLEDAD LLOVIDA


Espejo ramaje
Paul Mendoza Malaver

Caxamarca: Martínez Compañón Editores, 2008





La aislada idea de que un solo brazo contenga la simpleza de una rosa, me conmueve. Es el primer momento de “Mano de pintor”, con el cual, más que satisfecho, doy término a este precioso tomo de una filosofía oriental, deslumbrado y lúcido, con el que Paul Mendoza Malaver (Caxamarca, 1983) nos acerca a su mundo de rodeada agua fantasmal y follajes. Esa soledad llovida, enterrada en vanas sombras de congoja, ese mundo interior de un poeta que siente. Redunda la palabra, así como el corazón que late. Pero no es usual la frecuencia con que La Poesía nos regala momentos ya conocidos en los visos oníricos de la inextricable mente, la batalla de brazos sucedida con la amante, capaz de “convertirnos en vidrios”, con sólo pronunciar nuestro nombre.
Literatura que no se recrea, carece de la plasticidad de la que es dueña una fantasía necesaria en la rutina del hombre de letras. Pero este libro escapa a esa frialdad informativa con que las últimas generaciones de poetas nos entregan sus productos librescos. Escapa a esa frialdad, justamente porque ha sido escrita en una contemplación poco usual en los poetas de ahora: “la belleza de lo simple”. Literatura informativa o referencial, crónicas noveladas, entre otras “enfermérides” con que nos asalta el acontecer noticioso, serán todo, menos literatura.
Recrear el evanescente hecho milagroso de un “Verano largo”, tan fugaz en la palabra redimiéndolo, santificándolo, como es capaz de hacerlo un verdadero poeta, con La Poesía en la sangre, es todo un reto para legiones de liróforos protagonistas del infértil mar de publicaciones, que pronto tendrán que tirarse al mar, porque en las bibliotecas ya no caben.
La tarea de escribir Poesía simple, es, pues, más complicada que entregarse al hecho evocativo, autocompasivo o demasiado crudo, de hacer versos a salto de mata, para que el polvo cumpla su cometido de borrar los libros. Materiales: una campiña, un corazón esplendente, y el río de la creación que tiene como estro al acto solitario de escribir, sin nada importarnos, aun si gustaremos o no.
Literatura copiada por el ojo certero de un pintor costumbrista o de una cámara digital, es un texto aproximado a fríos titulares de periódico, artículo de fondo, reseña repetitiva, técnica al servicio de la cinematografía, prólogo sistemáticamente condescendiente para el amigo que me cae bien.
Espejo ramaje ha saltado muchas barreras como ésas. Piensa las cosas, más que relatarlas a la usanza de una novela. Su yo es la naturaleza en sí misma, la evocación sin nombre de una historia, que va sucediéndose en imágenes sin sentir que lo que leo es un poema, sin apenas percibir las palabras que me confunden con la interiorización evocada en un terreno paraíso. El yo entrelazado en los laberínticos ramajes que urden los espejos con que el árbol multiplica sus hojas. 
¿Qué podrá existir en el vacío del pájaro que no nos ve contemplarlo? ¿Qué ciega ternura alimenta lo no visto? La fuente de la comadre existencia bifurca dos alas como trofeos hacia el enigma del remedio para cuerdos: la lúcida locura de ser poeta, al precio del hambre, del olvido, de las espaldas que nada importan, un mundo que no nos asimila ni jamás.
Adentrarnos en un reino reflexivo, que de por sí no muestra un edificio construido en la avenida, pero más bien sí una gruta encadenada a su continuidad de agua parpadeante, en la noche conteniendo la luminosidad, signo inequívoco de que he vislumbrado en la palabra dicha, solar. Y la suma de los efectos ambiguos que sugiere el uso del versículo largo, en este tomo bifurcado de hojas, incierta simetría encabalgada, galopante sucesión de imágenes sucediéndose como los crepúsculos repetidos de El Principito, en cada planeta que nos contiene soñadores, melancólicos. En cada planeta planeamos una contemplación distinta, inusual, enfilada en números romanos, tal armazón urdido por Mendoza Malaver en este sagrado ramaje. El yo ramificado reflejando su propio cielo perdido mientras al despertar el monje muerto por rayo no se encuentra en el cielo encharcado que no lo refleja, sino que lo es. Sucesión de hojas, multiplicación de ramas en el claro de bosque.
El tomo da inicio con un bicéfalo bestiario, más que descriptivo, ballena/cisne, míticos símbolos del poder, la fuerza; y lo maravilloso, en las comarcas de Oniro. La imagen de la ballena siempre me ha tornado triste desde que la escuché gritar desgarradoramente en el film Orca, la ballena asesina, dirigida por Michael Anderson. El cisne de metamorfosis sorpresiva sugiere lo maravilloso, el camino del sacrificio del hombre, pequeño dios creador, para llegar a la belleza. El patito feo, constante en su trabajo, agachando la cabeza en el lago; ¡Oh, sorpresa!, la belleza reflejada en su yo, el yo sugiriendo el esperado ramaje.
Todo sacrificio al final rinde sus frutos. El árbol bien cultivado, la maraña descubriendo una embarcación perdida, en la remota Caxamarca. La imagen del espejo como paradigma de un dios que refleja, a imagen y semejanza de su interior mismo, Narciso traduciendo su hermosura en lo que mira, no en lo que toca. Huele lo sorpresivo de las ansias poetizadas. Si el interior sería el reflejo, lo real tornaría en parpadeo.
Noto un detenimiento filosófico en tu libro, Paul; de rayo certero en la inconsciencia, cuando la emprendes con poemas pequeños y plenos. Iluminación en la fija luz percibida, devana entre las alas que echan a volar su reflexivo éxtasis, la forma cómo lo dices, apostando más por la fórmula ansiada por cualquier poeta: ¡Cuán profundamente lo dices!
El sobrio volumen es una aparición que me ha aliviado esta tarde, por donde transito con la imagen de un geranio rosa dejado en un medidor de energía eléctrica, en el Jirón Amazonas, bajo los cables de la ciudad encaminando un sepelio, entre bandas de música de colegialas tristes, y sonrientes a la vez. Lleva adornado a lo largo de sus páginas, unas extrañas viñetas trazadas a lápiz por su autor solitario, con los anteojos puestos, enfundado en una casaca negra. Espejo ramaje de deliciosos deslumbramientos fraseológicos que fugazmente delatan la ambigua suerte del que lee y se existe. Un bello poema, sin duda.    

*Referencia bibliográfica: Mendoza, P. 2008. Espejo ramaje. Caxamarca. Martínez Compañón Editores. 170 páginas.

© Jack Farfán Cedrón, 2008

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).