Ni los tres reyes vagos, que de magos, sus agujereados bolsicos, ni la misa de gallo en la que imaginé que la impredecible musa iba a aparecer para que no sea el Redentor el que nació esa bendita noche, sino éste su fraguador de versos callados; con lo que me arrimé a la tragantina recurrente y aliviadora del estrés de estas navidades; seguí también el lema de “Chupar y culear” de los inconquistables; y por obvias razones no me vi un nabo entremezclado en líos de faldas, que no fueran "con mi plata". Obvio, que de un peso pluma, pero sin los boxeos premeditados que también ocasiona una colerina de esta guisa, pasé a peso pesado, es decir que de la talla de flaco fatigado que siempre usaba, regresé, en menos de un mes, a dicha talla en la que lo menos cabían dos redentorcitos bien cebados, fraguadores de versículos navideños, por cada pierna de sajino, a la desdichada ausente debidos, quien hasta ahora, ni sus glumas. Tal brillor de su ausencia, ni mucho menos, no sólo no me causó borrarla de mi nómina de elegidas para liradas, sino que también me hizo olvidarla de plano, como quien se planea, solo, en la heladería, y hasta el último barquillo a rechupete, una media docena de helados, de los bien servidos, por favor, mientras se repetía el ritual de las citas obligadas.
Caro se veía el porvenir desgraciado, volver a emperrechinarme, templarme como un alambre de cordel de azotea, de otra ingrata más que ya no me sacó canas verdes, sino que esta vez hasta encandiló durante esa misa de gallo, a manera de aureola, mis destellitos y ondulados cabellos de ángel de acequia, clavados en la mitra, para que, sin dar pie a confusión alguna, a todos los trece asistontos a esa misita pascual, no les quedara duda de que yo había sido el celebrado esa noche, por nacer, una vez más, ¡pero al ridículo!
Todo empezó, cuando por contada vez caí en los brazos de la oscura maligna, la amable y esbelta autora de mis fríos ósculos robados a la inconsciencia de la borrachera. Nadie iba a presagiar que estando macerado de alcohol hasta hablar doble, iba, por así desearlo, caer como un despistado en la oscura y mojadita cavernosa de mis despechos, otra indecible vez, cacheteado por las dos tetas turgentes y el imposible fragor de las nalgas chorreantes, boquita rugosa de la cual hasta hoy confundo si los besos padecen de un color o es que en esa nebulosa etílica, el beso de cualquier color (negro, rosa…) sabe igualmente a fresas rociadas con chocolate líquido, o a trufas confitadas con presa. Lo cierto es que me lo tomé deportivamente, hasta llegar a mi camita. Al otro día, como bien saben todos los borrachines, el sentimiento de culpa no se hizo esperar. Caí redondito. No había sido una aventurilla pasajera como las que suelen ocurrir en esos holgorios “toque y fuga”. Sí, me había prendado de la susodicha, hasta el hueso del maní, al que sentía todo magullado.
Hacía mucho tiempo que no había caído en fragores, y falta que no me hacía, porque cada vez que en esa rica trampa me enredaba, no sólo no disfrutaba del después o el durante, sino que la pérdida de peso, el juicio y hasta la pinga completa me hacían malver entre los apiadados transeúntes un típico talante de insensato bogando por las aguadas e iluminadas calles navideñas. Ojeras; rostro enjuto, cara de burro apaleado, me hacían ver a grito pelado, no sólo como el ahora caído del guabo navideño, sino como el falto de seso extenuado en brazos de una despistada que brillaba por su ausencia, a quien como un idiota idolatraba, mientras nunca llegaba.
Mal que por bien siempre viene; no por apostillar estas fatigadas calenturas es que me auto denomino con derecho de tarado: “El entregado por completo”, a una situación, en que, veámoslos desde el punto de vista espiritual, se sacraliza distancias, se rompe imposibles; y, cómo no, se lía y lía más volúmenes kitsch, de cacharro al parnaso de mamotretos románticos, con los que hasta Santa Cachucha se limpia el hortelano. Yo, uno de los miles de antagonistas del rellano rosado, donde se expenden poemas adheridos a una rosa y un jebe barato, en las puertas de los chongos; yo, el aeda de la levita oscura, el cara de Ron Damón cuando se templó de la inquilina nueva; el ducho en esputar vomitivos sentimentaloides al precio ‘despreciable’ de solazarme lo menos un par de horas, en lo que vendría a ser, trabajar en lo que nos gusta, había caído con todo y pelota cuadrada, al charco de los cojudos templados.
Me había quedado con unos mil folios de delirios bajo el colchón de loco pajero, con los que hasta hoy me solazo, mientras espero que la cálida ternura de mi usa desaparecida llegue; y, mientras viene esa época verde, apostillo esta nota despistada, bautizando mi buril de adefesio escribidor como:
Florentino, el templado, a dos palmos nacido al ridículo una misa de gallo,
A los doce días del mes de Enero de 2012, lejos ya de reyes vagos, rascapiques y los kilos demás que se van aligerando de un solo shorazo para gordos.


