11 septiembre 2011

EL BASILISCO




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El proceso de culebrización del pelo de mujer sumergido era sencillo. Se echaba un pelo largo de mujer dentro de un pomo pequeño de vidrio marrón, y a los siete días cobraba vida. Los muchachos creyeron que se trataba de un acto maligno esto de echar el pelo de mujer al pomo, pero es así como el pelo se convertía en culebra, la culebra ponía un huevo, de este huevo eclosionaba el basilisco, el basilisco que mutó a gallo de manera intempestiva.
Esta culebra originada como por generación espontánea del pelo de mujer sumergido, ya suelta en la acequia, vivía un par de semanas alimentándose de barro podrido y no salía a la superficie hasta alcanzar un tamaño regular.
Al tiempo que salía a tierra firme, donde empezaba su convivencia con las otras especies, se erguía al canto de los gallos, y continuaba su arrastre hacia el monte. Luego el proceso era igual que para todas las culebras, con la diferencia de que del primer huevo puesto por esta culebra que se originó del pelo sumergido, surgía el basilisco; luego la evolución cerraba el ciclo. Este basilisco originado del huevo de culebra ya no más originaba otro basilisco por apareamiento ni por hermafroditismo autosuficiente.
Como se trataba de una culebra hermafrodita y autosuficiente, la cría del huevo originado, el pequeño basilisco, tenía las mismas características arreproductivas de la madre, y de manera fantásticamente disímil, jamás las fisiológicas.
Ambroce Bierce relata en una entrada de su Diccionario del diablo, que el basilisco, desde la primera vez que cantó, es gallo; es así como desapareció de la memoria colectiva de los hombres, pero cada amanecer el canto del gallo sugiere un ave prehistórica emergente, que bate incansable las alas. Pero esa teoría no pasa de ser una simple suposición con la que el marrajo humorista norteamericano seguramente trató de divertir a sus lectores. Mas, no se descarta la posibilidad de que esta suposición haya partido de alguna descripción enciclopédica que leyó, y que habría sido tomada de antiguos gentiles sudamericanos. Ergo, en Sudamérica se daría el origen de los basiliscos, específicamente en las zonas de yunga y montaña calurosa.
El basilisco habría de originarse entonces en Aracataca, esto por el curioso dato que Gabo dilucida en La novela en américa latina; Diálogo, librito donde dialoga con su, en ese entonces entrañable Mario, en donde refiere que una vez, niño, encontró un huevo extraño en un nido de gallina: “era más grande que los demás, alargado y de consistencia brillosa”. Su tía le aseguró que era de basilisco. Y en efecto, la tía lo dijo con tal seguridad, que desde ese entonces todos creyeron que el basilisco sí existía, y por qué no, habría de ser un ave prehistórica de origen Aaracataquino.
El basilisco podría tratarse de una extraña ave prehistórica con cabeza de buitre y patas demasiado toscas para atrapar la presa al vuelo de alas carnosas y huesudas; plumaje grisáceo alternado con pilosidad considerable.
La evolución del basilisco a gallo se dio por instinto de conservación. Un día el basilisco mutó a gallo y ya, al tiempo que cantaba con la salida de los primeros rayos de sol, como una de esas evoluciones intempestivas donde uno descubre de pronto que un ave pequeña ya no es más lo que era, para sorpresa del sentido real del tiempo concebido en el ser humano como absoluto modificador de todos los procesos fisiológicos, de evolución y mutación de cuanto ser vivo que habita sobre la tierra.
En estas zonas tropicales, más al norte del continente sudamericano, la creencia de que la gallina cante es nefasta, y los antiguos creen que es la voz de algún basilisco fantasma que merodea esporádicamente los gallineros en busca de su primer cuerpo de gallo que le facilitó su primera mutación a ave doméstica.
El basilisco le heredó al gallo el imperceptible movimiento de cabeza que da la impresión de que no se hubiera movido y de que siempre hubiese estado ahí desde que empezamos a percibirlo, parado en una pata, cuando todos toman la siesta de las dos de la tarde.
Cuando pelamos un gallo podemos observar que en la rabadilla, esa prominencia en forma de gorro de torero, hay rastros de que antes hubo una cola un tanto más alargada que remataba en un penacho de plumas más expandido, como la del basilisco.
La pilosidad del gallo adherida a su piel amarillenta, amén de las plumas, puede dar posibles indicios de que el basilisco poseía hábitos tanto acuíferos, terrestres, como aéreos, por lo de la pigmentación que adquiere la piel de las aves en constante migración hacia climas más favorables, desde tiempos prehistóricos.
En los abismos sólidos y soleados de montaña tropical, a veces se lo encuentra al basilisco, motivo de la alucinación que sufren los caminantes.
En los corrales, el extraño canto de las gallinas enfría a los habitantes de la casa, porque es signo ineludible de que el basilisco reclama su canto primigenio, desde una gallina cercana a los gallos.



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BÍO

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).