17 julio 2011

Mal que por bien siempre viene


No pude menos que imaginármelo. De buenas a prebendas el mal pensado va primero. Tal como gustes, el que te lees. Relataré a como sigue tamaño quilombo.

Adocenadas muchas, muchas borracheras, me vi obligado a sacar mi abstemio de la manga, ser como quieren las mamis, niño biencriado y sin afición por la copa; ante lo cual, no veo por qué no dar el chal de la razón. “Madre, pue”.

Entonces, me encontré realmente asustado, y no fue porque mientras esperaba el taxi de salvataje, casi me rebana de un tajo, lo menos diez centímetros de cara, un desadaptado, que, furibundo, me rozó a toda velocidad, en picada; a lo que, precavido, entré y aguardé en el callejón, bastante ebrio como para reponerme del susto. Había sido testigo presencial e impávido del fatal descubrimiento: uno de mis mejores amigos era gay; no un gay confeso, no un gay reprimido, ni réprobo; era un gay casado, con un buen trabajo, y el vicio que lo llevó a esa práctica: el alcoholismo. Lo peor de todo, que no atiné darme cuenta hasta que, seguramente en uno de sus delirios tremebundos y maricas, no se advirtió él mismo que se le estaba dando por sentarse en las piernas de su mejor amigo; además de comenzar a tantear la víbora, aprovechando la medialuz que endilgaba la escena. Rodaban los aullidos de Rata Blanca, mientras el Orco, su amigo, también de la orquesta, amigo mío hasta hoy también, nos invitaba entusiastamente a su cumple de sábado próximo, cito en ésa su casa, apañaladora del vicio y del pecado, vademécum obreril de tanto marica alcoholizado.

Qué horroroso callejón en el que me vi atrapado esa noche, víspera a las elecciones presidenciales. No lo pude creer a lo largo de una semana, no lo podré creer a lo largo de los años que me resten: a mi mejor amigo le gustaba que le dieran por el culo.

Algo de respeto me detiene escribir su nombre, o tal vez la buena rememoración de que su cercanía de todos esos años universitarios, y parte de la vida profesional, se debió a su uranismo.

Quién lo iba a notar, si dicen que estos andróginos lo disimulan bien, y más si se trata de su cabritil sentimiento que se arrima a buen recaudo, al amigo con el que solapadamente departía unos tragos, mientras lo suyo había sido que le den por el tubo; o, ya ahora, un callejón más trajinado que oficina.

No creí jamás el mito de que en una práctica de campo se lo había follado el cachudo, cuando los que se lo habían tramitado a su gusto, habían sido una partida de borrachines con los que chupó unas medias de cañazo, para luego aflojarles el espiráculo, a los cinco, y luego-luego viniera con el cuento del mudito calato con un hilo de sangre chorreándole por entre las piernas. Se lo habían cachado; pero ese asunto de que le barrenaran el callejón de un solo ano, qué bien que le venía.

Jamás quise dar crédito a mis dudas, ni por una croniquita que escribí a las volandas, refiriéndome al tema que un par de sonrosadas compañeras del curso me lo habían relatado a ojo de buenas culeras que se difaman tanto al que les cae mal, como al que no se las ha mal fajado. Este caso fue la excepción. El tipo no era malo. Caía bien a todo mundo. Sociable, dedicado a sus planas, pero con la única indiferencia de panchito entre las piernas. Era cabro. Y ahogaba sus penas desde colegial, tapándose el hocico en alcohol, para aperturar el jediondo de sus desusos a quien cediera a sus desafueros de sepillarlo a como dé lugar, al costo de lo menos una chancha repleta de cañazo.

Fue sabido que durante el colegio para hombres donde dio cabro suelto a sus rajados esfínteres, dios sus primeros y jamás amanerados instintos, entregándole primero el ortencio al auxiliar, luego a un compañero que le invitó una botellita de trago amarillo, donde, bien que mal, lo dejó dormido, amaneciendo al otro día tirado en un basural, con la retaguardia mojada y el cargo de conciencia más pesado que mojón en la puerta del culo.

Duro sería el inicio destinado a granjearse cuantas pichulas entren por sus posaderas adentro. Tenía que pagar su precio manteniendo las gargantitas de sus más allegados a la botella, para luego, dormidos, o verracos, adjudicarles el estriado sopino. Por desgracia, por inocente desgracia, uno de esos auspiciados fue su broder del alma, con quien nunca quiso involucrarse, pero acaso quiso la vida en su llantén de abrojo, allegar ese momento tan incómodo, como el que me tocó pasar, agarrándolo a patadas y hasta ofreciéndole pinga, pa’ que se ponga quieta, la culera que hasta hoy qué bien había disimulado. Claro, él no recordaría ni un gajo, y mejor, así nunca sabría por qué me alejé para siempre de su promiscua amistad que me hubiese deparado si seguía frecuentándolo, y hasta hubiese tenido que pasármelo en cuatro. Pero acaso en la vida se necesita de la fatalidad de algunos momentos, de esos momentos decisivos, para empezar desde cero, sin lamentar haber dejado atrás las manchas que empañan nuestro destino, jalar pa’ otro lado y borrar lo acaecido. Siendo que los vicios todos, en algún rayano momento, afloran lo menos inesperado en sus cofrades practicantes: la mariconería. Bien que sucedió saberlo a tiempo, para jamás beber una gota de trago, que lleva a otra gota, y a otra, y luego uno jamás sabe si las insinuaciones de doble filo no son más que invitaciones directas a la cabrería, de quien menos se sospecha era cabro. Mal que por bien siempre viene.

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BÍO

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Jack Farfán Cedrón ha publicado “Pasajero irreal” y “Vironte”, (2005); “Cartas” y la serie de plaquettes “Al Castor” (2006); “Ángel”, “Las ramas de la noche” y “El leve resquicio del amor” (2007); “Ángeluz”, “La Hendidura del Vacío” y “Series absurdas” (2009); “Gravitación del amor” y “Aves pestañas vaticinando el horror de las lágrimas” (2010). Modera los blogs ‘El Águila de Zaratustra’ & ‘Exquioc’, y edita la revista on-line “Kcreatinn”, en la que prepara un especial a Emil Cioran. Textos suyos han aparecido en “Periódico de poesía” (UNAM, México); “Letralia” (Venezuela); “Revista de Letras”; “La comuna de los desheredados”; “La comunidad inconfesable” (España); “Destiempos” (México) y “Letras hispanas”.