El peruano no agradece.
¡Vaya acto sorpresivo!
Con plomo en las manos,
no reconoce que otra mano pueda pesar menos
que la suya callosa
a punta de envidia entre la más apretadora de las amistades.
Alas, muy largas, elegantes,
para salir despavorido del compañero
que ha caído en la arena movediza de la desgracia
de donde el peruano no se atreverá a sacarlo,
la arena perdida con el pie de las derrotas,
como agradecimiento por haber sido su maestro,
con esto de que al peruano le calza bien la victoria esta
de que el discípulo supera y pisotea a su maestro,
¡por cojudo!
Encuentra, sí, tres pies al gato,
peruanito operado de la vergüenza
y demás pechugonadas de granja;
la caries en el diente del caballo regalado;
los microporos del asfalto acabado de construir
por el gobierno de turno;
la cólera del ingeniero esforzado que cuidaba
no le arruinasen el cemento fresco
de una de las primeras obras de su vida.
Criticón, renegado, maletero;
rajón, inmoral, apertrechado de lo que es ajeno;
perdedor en un 100 a la enésima potencia
del porcentaje casual de sus neuronas
que podrían llegar a la Luna
si se lo propusiera el peruano,
muy en el fondo rendido de su victoria,
el repecho de su bravuconada, el machista
de su payaso impotente ladeado sobre las chuletas jugosas de su mujer insatisfecha,
y las almorranas calculándole la tunda de mañana en la oficina de sentado.
Jode como los gallinazos, el peruano con…,
como las madres,
como las rameras capaces de tragarse hasta el último tronco enlechado de la cola de parroquianos más delincuentes
de mi muladar llamado Perú, con P de Puta.
Peruano,
placera agarrando de las mechas a la frutera que le ha ganado por un huesito de ciruela
en la venta bazofia de la mañana,
peruano con…, peruano bicolor y la inmunda noticia que me trago
al cerrar los ojos para no ver la mugre de la televisión
y pajearme hasta el unánime expiro del derrotado
que irremediablemente perderá en su patria,
hasta la última victoria que le corresponda por derecho de persistencia,
por derecho de cagado,
en su propia patria de expatriado.
Peruano, fercho que se quedó con el vuelto del vendedor de cerveza,
y que conchanmente regresó después de tres semanas “por su vuelto”
y no recibió más que el puñetazo del “para ti no hay cerveza, conchatumadre”,
y el ventanazo de rigor en la cara dura sin rasurar del conchán camionero,
como para que le arda como una rata blanca en el culo,
como para que le arda cual monedazo de mentol chino leopaldo en el ojete.
Perú, presidiario violado
porque la volverá a cagar afuera;
muerto, volverá a recoger su mierda para tragársela
y recaer con la gangrena de estómago,
la contradicción del contador viviendo por las huevas,
poeta que descansa los domingos,
inmoral funcionario,
bosteza mientras sudamos en la cola
con las cebollas puestas en el sudor de la nariz
y demás aditamentos para la pécora de la esperanza bicolor del trabajo más empapelado que la habitación de Bukowski antes de que se comprara el primer Jaguar, fruto de sus derrotas literarias;
mientras el frío sume el cóccix hasta grados atronadores
para la pista de veinte kilómetros
donde por fin te reconozco,
Perú de mis sudores,
de mi biliar rutina tragada cada día
como el pan líquido que no conozco
aunque el peruano
no haga gestos al tragárselo
aun en la misa de su abuelita,
espera, espera se abra el templo
para continuar pudriendo sus huesos apolillados
en una conmoción explosiva
al abrir la tapa del wáter:
inhalar mi país.
No creo que sirva tanto para limpiar
la carroña de su suciedad, el enarbolar, lavar una bandera,
sacarse la escarapela al pasar por una frontera menos lapidaria
que la mano huesuda hundiendo el puñal por la espalda
a la que tanto se empuerca el peruano,
buscando las perlas de sus dientes derrotados,
las flores en el fango que hociquea al permanecer como tantos otros porcinos, gordo, remolón; mientras critica, mientras esputa rabia y rencor, conformismo como su ano operado del tránsito peneal de sus caros inicios de mariconería secundaria.
Patriota, ésta es su nación, su P de puto.
Daría un plomazo a quien traicione a su patria,
a quien ose arrebatarle la cornucopia
de su pericotería en los estados cubículos
atrincherados en instituciones amuralladas de expedientes
largos como su aburrimiento.
Bosteza, perucho,
devuélvese al espejo empañado con raíces negras de telaraña,
peina su calva cerosa ascendiendo con el precio del combustible
y el dolor, y la unción de los Estados Desunidos
al yugo racista de los cholos más choleadores del mundo,
los peruanos.
Las diez de la mañana.
El funcionario entra a calentar la silla giratoria;
en diagonal, ya da las doce del ombligo oficinesco
que ya no puede estirar por esas arrobas de caga demás en el vientre,
los cachetes que le cuelgan de tanto trabajo acumulado
en los anaqueles de su caminito de autoayuda,
un libelo rojo que esconde bajo sus pedos de golosinas entre horas
infectas de sopor burocrático:
Manual para ser el perfecto y peruano perdedor.
La tarde será tan corta como un refrigerio de dos horas,
a una hora antes del crepúsculo del té y galletitas de animalitos,
para no dormirse palideciendo frente a la caja estupidizante de la televisión
marcando estandartes bicolores,
escoltas al paso de más batracios presidentes
pisando la bosta de caballos bien alimentados
con la paciencia de funcionarios pajeros
que creen que la misma modorra
produce más y más bestias curulescas
dando el ignominioso ejemplo
de cómo no debemos ir a la escuela
para aprender a crecer como ellos,
para salir de ahí para seguir cagándola,
como el preso violado que sale
para cometer el doble de sus fechorías,
como si el quid del asunto fuera purgar,
purgar
para salir volando a zurrarse nuevamente en la buena noticia del paraíso:
PERÚ DEL MUNDO: EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS
Nada si no tocas -inédito


