04 febrero 2011

La letra entra con savia

Archivo:La letra con sangre entra.jpg
La letra con sangre entra
Francisco de Goya, 1780 - 1785
Óleo sobre lienzoNeoclasicismo
19,7 cm × 38,7 cm
Museo de Zaragoza, Zaragoza, España

Todo mundo que ha renegado de su perra niñez, cree que la verdadera sabiduría se esconde en la naturaleza. El enclaustramiento como proceso disciplinario en la educación es una cosa hueca, desfondada, obsoleta. ¿Y lo sigue siendo? ¿Quién, aparte de la mayoría de maestros, ignora esto? Y la amenaza de “La letra entra con sangre” hace que salga todo despavorido. Ahí que los destinos descarriados se basen en perder esa conciencia llamada Caos, esa vaga irrealidad sobre la cual ensayamos a diario nuestros banales pensamientos.

Repetidos, aburridos, llenos de lugares comunes de los que nos asqueamos los unos a los otros. Los castigos infligidos para lo único que han servido es para crear seres que odian la lectura.

Hace poco entregué un volumen más a este valle de burros titulados, con la ilusa esperanza de, ya no ser castigado con sus irónicos comentarios, con sus burlas con síndrome de down, sus risitas de rata. Asalariados, seres a quienes se les hizo entrar la letra con sangre. Nunca soñé comprenderlos, pero ahora que uno debiera estar por encima de ellos, se pone horizontal respecto de las penurias comunes tan compadecibles. Agacho mi cabeza. Me digo: “Cómo no odiar la lectura, cuando ha entrado de un solo sopapo en la jeta del alumno”.

En un país donde comprar un libro, o es un lujo, o una cara excentricidad o la zoncera más dilapidadora del dinero, que no hay que desperdiciarlo. Aprovecharlo sería mandarse con una caja de cerveza en el barrio; y si sumamos todas y cada una de las cajas de cerveza tragadas como descocidos de viernes a domingo, y suponiendo que hubieran aprovechádolo en bibliotecas, otra sería la historia de los seres arruinados por el códice rojo de “escuelita fiscal del barrio donde nací”.

Cómo cambiar esto, cómo no ser igual a un profe que te capa de la creatividad desde la transición, diciéndote: “sigue a la manada”; “haz lo que todo el mundo hace”, entre otras sandeces con el sello “educativo”. Si aprovechas sus sabias intenciones, digamos, siguiéndolos unos cinco años de escuela o colegio; cómo, peor aun, no conseguir un trabajo que te endilgue los tragos (be)viernes; cómo, qué, cuándo, cómo, dónde, para un catedrático de color humilde con su sentencia malabrigo, “es una pérdida de tiempo y hasta holgazanería lanzar unas plaquettes que aburrirían a mis alumnos de postgrado”. En el caso de compartirles un verso de uno de sus alumnos despistados que un día llegó obeso y arruinado, arrastrando la cadena de legajos que desde que dejó la bestialidad universal de seguir una carrera, aún vivía lejos de los otros, de ésos que se reían de ver ciertos marcianos leyendo otras cosas en vez de ponerse a leer libros que versen sobre su carrera. Hasta le decían que deje eso y se ponga a leer sus cursitos. Comprender que era parte de su ignorancia, aferrarse al tomito donde Sábato consolaba: “Querido y remoto muchacho…”, para no caer en la cuenta sangrienta, que por ese ramal o escuela viene, de llorar sangre viva, ante esa mierda masa humana burlona del carajo, que, caramente, señores poetas, amigos queridos, los mismos catedráticos les infundían la cachita contra el poeta de la clase, contra el artista que hasta hoy no se cacha a ninguna compañera; qué raro; y la compañera, qué decir, patas, cuando a ella lo que le causaba risa era un puto poeta, que, ¡por favor! ya más no le diera más de esos escritos; hasta que, por fin, luego de, por decir, unos diez años, quiénes son esos falsos aprendices regidos por el sistema violento, el códice rojo, la palmeta, patada, cachetadón, la maquinita “matrícula” de inicio de semestre que ya nos tenía podridos.

Tras una ventanilla con el intermitente olor infecto de su mal humor; aburridos de una carrera que ahora les da de comer. ¡Qué fuck you asco! Como si de eso se tratara la vida, “Trabajar para comer”, y al rato, desaguar, máquinas de deshechos. Si, perfectamente avocados al riesgo que no trata de ninguna fatalidad, óiganlo bien, académicos, perfectamente podemos seguir en lo nuestro. Haraganes, sí; locos, drogadictos, enfermos de la mente, sí; que sacian sus penurias rompiéndose los lomos, sí; al menos, óiganlo bien, profesionales, unos minutos al día, sí; para no ser un puto Magíster en Burrada que entró con sangre. Sí. Esos, los llamados raros, en quienes Bukowski confiaba más que en la gran mayoría necesitada de halagos, son los que no aprendieron bajo el rojo lema violento que rigió un estigma que borra y borrará los libros del bodegón anímico de jumentos “bien parados”.

Los raros. Se trazan lineamientos, exiliados, soportando cada argumento que siempre llegará a la lógica, de que el trabajo y la línea de la reproducción son las únicas salidas (accesorios incluidos) para hacerle frente a cualquier problema, muchacho. Entra en razón. “los artistas se mueren de hambre”. Cuando, señores magistrados, profesionales y demás empleados venteando las orejotas de piajeno, hasta en las radios alertaban, hacia el año 1990, bajo un, no sé si llamarlo lema, de prevención sanitaria contra el Vibrio cholerae, “amigo campesino, NO TE CAGUES EN LAS ACEQUIAS.

Ponte a pensar, alma en pena, iletrada por desuso de tu piel altamente corrosiva al tacto celulósico. Hemos llegado a tal grado de animalización, más por uso del analfabetismo que por deceso del alfabeto amateur. Las cartillas sobran y bastan para creer que podemos tranquilamente leer diez minutos al día, sin llegar a ser un Cervantes, por ejemplo, pero con la ejercida complacencia, de, por lo menos, no abominar los mails o SMS’s con el juvenil lenguaje abreviado de “tkm” de mierda, creyéndonos, señores, protagonistas de la cara ruina que ustedes llaman “Educación”, putos verdugos; si ustedes mismos llaman a esa masa de descerebrados que hoy odian leer, señores profesores, a quienes castraron desde niños, seteándoles en sus mentes frágiles que el estudio era un suplicio, cuando, puede tranquilamente, maestros, Magísteres en Burrada y asquerosa política, puede entrar, ¡LA LETRA ENTRA CON SAVIA!

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Tú nomás ladra, que yo voy delante!

Licencia Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 Perú de Creative Commons.

Constelaciones

BÍO

Mi foto

Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).