
Eso de encuentros inesperados con antiguas frustraciones. Funcionan como bajo el dosel de las pináceas eclosionando hongos al toque tempestuoso. Es para reírse, pero, uno vive de esos aguaceros o chapuzones inesperados, en lo que a vivir como alforja de ciego, y en amores babeados se refiere. Nos topamos en la puerta. Estaba deliciosa, para que habría de negarlo. El beso me supo a caca, eso sí, supongo que después que le habían zurrado abriéndole el tubo con los dedos delatores, la habían hecho mamar la herramienta de su felicidad, toda embadurnada de su propia caca. Y no era para menos, pero la costumbre latina es dar becho-becho así la forajida se traiga un tufo a pinga. Pero esos besos con sabor a caca a uno lo arrechean más que los besitos fresa; claro, en el cachete, no vaya usted a pensar, amable lector, que el besito de caca fue en el hocico, ¡no, qué ocurrencia! Así ya hace rato que estaría con chancro en la boca, porque me chapo a todas las putas que me tiro, y vaya que las hay guapas, eh.
Le dije que esperara. Estaba al celular y llovía finamente, pero los huevos se me habían encogido de tanto esperar a una mala paga, que se resistía a desprenderse de sus dos únicos billetitos manchados de tinta.
No niego que ese rico estremecimiento me cegó nuevamente, pero los huevos duros, con su churrazo erecto que te traía tu malteada, chinita de la cuca.
Qué más daba, pero la tal deudora, a quien por encargo de mi hermana, aguardaba en la puerta de La Institución de Webbing, me hizo el mal juego de esa tarde lluviosa, terco en el intento, como tú (comprenderás), afable chismeta. No sé como balbuceé que esperara, tan linda y mugrienta que iba. Pero no me debe haber escuchado, o, por esa distracción de las recién culeadas es que le urgió parar una mototaxi con su garra ya reseca de lechada, que, de juro había extraído de su concha, en la práctica de evitar embarazos regresando el líquido seminal, ya consumado el polaco; porque estas primerizas, sépanlo, desde la primera fajada, creen que lo del embarazo es cosa de mala suerte ‘primeriza’, y siguen dejándose arremeter su carnaza pelada, a pata cala, me refiero a que no le temen, ni precisan, se las coman con o sin poncho, que para el caso, más disfrutan de su cactus bien arremangadito que las electriza en su desértica inocencia de ricuras engañadas.
Toda ella apestaba a uno de esos polvos furtivos de fin de año, en que uno, ya por no tener otra cosa que hacer, y como funcionario huevero que bien funciona no calentando el asiento, sino ahuecándolo con su culo jediondo, que no mata las horas en nada, se faja a la secretaria que a la mano desechable encuentre, que peor es la paja, aunque sea. Mas, descuiden, que uno tan distraído que va, no se da cuenta de lo bellamente mugriento que queda el cuerpo de la usada, asistonta, secre con un par de yucazas o simplemente servilleta, para los ratos de reposo en que un estertor en la picha de ballena a uno lo torna más macho que pipa de obispo (cachero).
Lo cierto es que todos esos pormenores velados no le vienen a uno a cuento, cuando de vacear los frenos en cualquier bazofia trabajadora de oficina se trata. Y por simple que parezca, el encuentro con el primer imbécil de sus memorias zanahorias, no sólo las hace apetecer un “no hay primera sin segunda, aunque de cachaco se mude la papa”; y, pues, al primer imbécil que por ahí ande pasando, se le da la zorrita, nomás, que en tu culo no está; como es lavable, ni bien llegue a casa me la restregó con crema lavavajilla aunque sea, y le doy una probadita de mi concha a ese arrecho, que andaba paradazo como pinga, con gorro de peterete, en plena lluvia, en vez de subir a la moto a abrigarme la conciencia, ¡Animal! Ay, cuán lejos se torna la luz tenue y ámbar del poste de mi soñado encuentro con el bobo. Yo la tenía mojadita, y él, no sé qué mierda me miraba. Claro, que una también andaba anonadada con ese payasito medio tristón y poeta, pero qué cólera, carijo, cualquiera me saca plancito o algo, pero éste cincho que seguía hablando zonceras con un tío en la esquina de mi casa, y yo, ahí, que me temblaba la parte (pecho) de la zorra 0 km., ¡con unas ganas de que me encremaran la ostra! Pero, así es de contradictorio el amor y a una no se le hace la rucha sino hasta que venga el peor y más seco postor, que a una la emplume, en este caso, la pendejee, pero por atroya, que es más rico, que entre copas una noche loca, se la embista a una como quien no quiere la cosota. ¡Ay, cosa! Qué digo, pero si esa palabrita es bestial, cosota, y hasta pesa. ¿Saben?, esa primera vez es casi dolorosa, pero tiene lo suyo de prurito aquí, de correntoso, de aguijoneada, de barretaza al rojo vivo taladrándola a una como a la más inocente perra borracha de lo puro electrocutada, pero de picha, aquí entre las dos orejas de mi cochina concha. Miren, yo que soy morenita, agraciadita y todo, ojitos de Volkswagen® y todo, dopadita o borrachita, aun así, me puse rojita como tomate cuando me taladraba la primera cosa de mi vida. Pero eso no indicaba que iba a despertar; ni cojinova que fuera, si ya la tenía electrizándola como una anguila arrinconada, zamaqueándome bien la pichula, en las oleadas más profundas del mar, donde no falta un cachalote, aunque a una se la coma en el sueño de las dormidas, matadas por su peje; ¡Qué peje! ¡Pero si la tundida la sentía como atorada por un balleno aventaja’o. No sabía el baboso ése, poetón de blog basura, lo que se perdía, dos nalgas, secas, qué mierda, pero hueco es hueco, como dicen los hombres. Mientras, sabe qué babosadas andaría escribiendo, elucubrando apenas encuentros conmigo arregladita en sus cochinos poemitas. Me miraba, me buscaba la boca, pero el muy tarado ni se atrevía a darme una mordidita ¿Qué, acaso no le apetecía esta carnosa boquita de peruanita bonita con su boquita pintada, cosita rica? ¡Pobre imbécil; desperdiciarme como a un culo bota’o! ¿O es que el común de las habladurías confirmaba la regla? ¡¿Era cabro?! ¡Saoooo…! Ay, no lo sé, pero cuando era flaquito, se las traía el tipo. Recuerdo que en esos tiempos llevaba la melena hasta esos hombritos tan chorreados que acentuaban su joroba; pero, no sé, era una especie de arrobamiento intrapiernal eso de que me plante una mirada tan conchuda en el laboratorio, ¡Qué guazo había salido! Y eso que decían que nunca la había visto, a pesar de que andaba tras una mamacita, que, según decían, no le daba sajiro ni con tombo, por quedado. ¡Ay!, mírenlo ustedes, para derretirme que me derretía, con ese entrecejo que parecía fulminar la láctea leche de las galaxias más disparadoras de todo el Universo, arremetedor, que una, pitita-pitita como andaba, culo al hombro, deseaba. Sus rizos, su suciedad que como alcohólico de beViernes, se manejaba, pero siempre con el pelito amarrado en cola; limpiecito, eso sí. ¡Ay!, ya imagino su pito bien jabonadito… Si me lo hubiese pedido, ni corta ni perezosa, le daba una mamadaza… Y antes de que se vacée en mi boca, no hubiese muerto pito, ni cojuda que fuera, lo hacía que entre por mi conchón (en ese entonces cerradito), para romperle la corbata, al muñeco. Todas las compañeras en la universidad chismeábamos cómo hubiera sido desvirgarlo. Alto, delgado; tenía una carita de mujer cuando se afeitaba las cuatro barbas ralas. Pero, bueno, una se lo pierde, o quizá él se la perdió. Esta concha apretadita no se la encuentra todos los días, y este zamarro se la perdió. Y, ya gordo, hace unos años nomás, aquisito, queriendo esqué conquistarme el bazofia, en una pollada, que, lejos de acaparar todas las miradas del panza en cuestión que se me pegaba como calamar empacha’o, aprovechando las vueltas, borrachísimo, con un tufazo de cargador, a sobarse, esqué, diciéndome que sentía algo por mí, entre otras huevadas, cuando yo ya la usaba hace ratón… ¡A estas alturas de su panza, imaginen!, cuando yo me derretía la conchita en mis épocas flacas en que el tal califa de entonces era un cuerazo, imaginándomelo adentro, enmantequillado su gusanito, ¡peladiitooo! Pero así es de roñoso el destino, nunca me lo pude agarrar al zonsonazo, quedado, zonzo, un sopapo era para darle, y chapármelo a la fuerza y en una bajarme el lompa y restregarle la poderosa en la cara de gafo, para que se avive.
Un día, en la biblioteca, me dejé arrastrar por su floro. Ya tenía en cuenta los días permitidos, incluso ese día no me había puesto calzón, ni sostén, ni nada, y hasta me había pasado el lápiz labial rojo de mi hermanita, ese de Mujercitas, con tal de verme apetecible. Pero, ¡¿saben lo qué hizo el muy imbécil!? En medio del ventanal del segundo piso de la asnoteca de la universidad nacional ni mucho menos, parado delante mío, tan cerca que hubiera podido morderlo a besos; ¿saben…? Empezó a recitarme un poema del viejo cursiento de Neruda. Les juro que, de lo que tenía la chucha mojada, se me resecó de cólera, ¡se me oxidó de rabia, ante tal huevonazo! “Bien”, le dije, tengo clases, nos vemos otro día, más azabache que yegua que está por su bastón de burro. Esa misma tarde me tiré una puta bomba con unos profes, y ahí estaba mi profe Arrechóforo, que no hacía más que devorarme con los ojos, así que, pensé para mis adentros calenturientos: “una no puede pasarse toda la vida con la entrepierna oxidada, así que me dejé llevar. Bebí mucha cerveza. Estaba oscuro. Sentía que alguien me levantaba en peso. Yerba. Unos tropiezos. Ladridos. De pronto, todo se calló. Se detuvo la noche incesante y sus vagidos. No podía despertar. O no quería.
Saben, la primera vez una se lo siente duro-duro aquí abajo. Es riquísimo, se los recomiendo como primer potaje venciendo el temor de niñas piticlines. Parece que te orinaras sin parar, y que rieras durante ese pecaminoso sueño. Parece que una cayera, atorada por los dos huecos bien zurrados por verga.
Amanecí enrollada entre las sábanas de un hostal pulguiento que nunca había conocido. Estaba al otro polo de la ciudad. Sabía quién me había arrastrado hasta ese lugar. Pero era demasiado maravilloso como para contarle una nada a nadie; era para guardármelo como al secreto más baboso que me habían restregado por esta boquita pintada, hasta ese entonces virginal. Tarde caería en la cuenta, que no recuerdo haber pactado algo parecido a otro “nos vemos luego” con el tarado que no me tocó ni la mano, que, obvio, significaría que me habían hecho el favor más rico de mi vida: ¡cacharme! No volví a ver a mi profe Arrechóforo de mis vencidos esfínteres de primeriza sin poncho, pero cómo recuerdo su cosota zamaqueándome de lo más maravilloso las entrañas, que entraba dormida y me hacía berrear de dicha, la yucaza colorada. No recuerdo todo con lujo de detalles, por los tragos, debía haber sido, si eran o no los días fértiles o qué cosa más sabrosa; han de haber sido fértiles, ya que me late que no apareció más el tal Arechóforo por mi vida, temiendo que yo le hubiese obligado a reconocer lo que más tarde garnaría en maternidad, callejón con esteras N° 89, posta médica del barrio, y que hasta ese entonces había hecho pasar por tumor frente a mi abnegada madre, quien me tenía como que iba a vestir santos toda la vida, pero, ya ven, amables lectores, una es de nalgas tomar, ¡y mujer, encima!, decepcionada por un quedado, ¡qué se le pudra el pincho!… y… ¡como las pingas! No había que dejar la chucha para los gusanos.


