18 diciembre 2011

Felices fiestas 2011-2012

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a mano serena que lude por esta noche navideña los pianos, los visite, los ennoblezca, los haga perdonar y los perdone. Vientos suaves y la trinidad de los seres uncidos por lluvias venideras este 2012, para todos mis amigos voluntarios y solicitados, familiares cercanos y manos afables que cada día toco para despertar durante el día que no pasa en vano, para que exista en estas instancias que ya nos van levando a buenos y límpidos vientos mejores, este diestro pie venidero. Den por descontado que el llano barriendo campiñas de retamas y coronas de adviento es sincero, por el nacimiento más grande que la luz ha derramado, desde otros ojos en los que innoblemente todos, alguna vez hemos viajado.

J a c k F a r f á n C e d r ó n

Cajamarca, 18 de Diciembre de 2011

27 noviembre 2011

Presentación Revista "Kcreatinn" V Años Edición Compilatoria

Presentación Revista "Kcreatinn" Edición Compilatoria V Años

11 septiembre 2011

EL BASILISCO




Linkmagen: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/b/bc/Baziliszkusz.jpg



El proceso de culebrización del pelo de mujer sumergido era sencillo. Se echaba un pelo largo de mujer dentro de un pomo pequeño de vidrio marrón, y a los siete días cobraba vida. Los muchachos creyeron que se trataba de un acto maligno esto de echar el pelo de mujer al pomo, pero es así como el pelo se convertía en culebra, la culebra ponía un huevo, de este huevo eclosionaba el basilisco, el basilisco que mutó a gallo de manera intempestiva.
Esta culebra originada como por generación espontánea del pelo de mujer sumergido, ya suelta en la acequia, vivía un par de semanas alimentándose de barro podrido y no salía a la superficie hasta alcanzar un tamaño regular.
Al tiempo que salía a tierra firme, donde empezaba su convivencia con las otras especies, se erguía al canto de los gallos, y continuaba su arrastre hacia el monte. Luego el proceso era igual que para todas las culebras, con la diferencia de que del primer huevo puesto por esta culebra que se originó del pelo sumergido, surgía el basilisco; luego la evolución cerraba el ciclo. Este basilisco originado del huevo de culebra ya no más originaba otro basilisco por apareamiento ni por hermafroditismo autosuficiente.
Como se trataba de una culebra hermafrodita y autosuficiente, la cría del huevo originado, el pequeño basilisco, tenía las mismas características arreproductivas de la madre, y de manera fantásticamente disímil, jamás las fisiológicas.
Ambroce Bierce relata en una entrada de su Diccionario del diablo, que el basilisco, desde la primera vez que cantó, es gallo; es así como desapareció de la memoria colectiva de los hombres, pero cada amanecer el canto del gallo sugiere un ave prehistórica emergente, que bate incansable las alas. Pero esa teoría no pasa de ser una simple suposición con la que el marrajo humorista norteamericano seguramente trató de divertir a sus lectores. Mas, no se descarta la posibilidad de que esta suposición haya partido de alguna descripción enciclopédica que leyó, y que habría sido tomada de antiguos gentiles sudamericanos. Ergo, en Sudamérica se daría el origen de los basiliscos, específicamente en las zonas de yunga y montaña calurosa.
El basilisco habría de originarse entonces en Aracataca, esto por el curioso dato que Gabo dilucida en La novela en américa latina; Diálogo, librito donde dialoga con su, en ese entonces entrañable Mario, en donde refiere que una vez, niño, encontró un huevo extraño en un nido de gallina: “era más grande que los demás, alargado y de consistencia brillosa”. Su tía le aseguró que era de basilisco. Y en efecto, la tía lo dijo con tal seguridad, que desde ese entonces todos creyeron que el basilisco sí existía, y por qué no, habría de ser un ave prehistórica de origen Aaracataquino.
El basilisco podría tratarse de una extraña ave prehistórica con cabeza de buitre y patas demasiado toscas para atrapar la presa al vuelo de alas carnosas y huesudas; plumaje grisáceo alternado con pilosidad considerable.
La evolución del basilisco a gallo se dio por instinto de conservación. Un día el basilisco mutó a gallo y ya, al tiempo que cantaba con la salida de los primeros rayos de sol, como una de esas evoluciones intempestivas donde uno descubre de pronto que un ave pequeña ya no es más lo que era, para sorpresa del sentido real del tiempo concebido en el ser humano como absoluto modificador de todos los procesos fisiológicos, de evolución y mutación de cuanto ser vivo que habita sobre la tierra.
En estas zonas tropicales, más al norte del continente sudamericano, la creencia de que la gallina cante es nefasta, y los antiguos creen que es la voz de algún basilisco fantasma que merodea esporádicamente los gallineros en busca de su primer cuerpo de gallo que le facilitó su primera mutación a ave doméstica.
El basilisco le heredó al gallo el imperceptible movimiento de cabeza que da la impresión de que no se hubiera movido y de que siempre hubiese estado ahí desde que empezamos a percibirlo, parado en una pata, cuando todos toman la siesta de las dos de la tarde.
Cuando pelamos un gallo podemos observar que en la rabadilla, esa prominencia en forma de gorro de torero, hay rastros de que antes hubo una cola un tanto más alargada que remataba en un penacho de plumas más expandido, como la del basilisco.
La pilosidad del gallo adherida a su piel amarillenta, amén de las plumas, puede dar posibles indicios de que el basilisco poseía hábitos tanto acuíferos, terrestres, como aéreos, por lo de la pigmentación que adquiere la piel de las aves en constante migración hacia climas más favorables, desde tiempos prehistóricos.
En los abismos sólidos y soleados de montaña tropical, a veces se lo encuentra al basilisco, motivo de la alucinación que sufren los caminantes.
En los corrales, el extraño canto de las gallinas enfría a los habitantes de la casa, porque es signo ineludible de que el basilisco reclama su canto primigenio, desde una gallina cercana a los gallos.



[Bestiario]

30 agosto 2011

Orfeo en Nueva York


[Una estrellada de huevos coloridos sobre sábanas dalinianas]


Fernando del Val

EDITORIAL DIFACIL; Valladolid-España

Diríase que el poder rutinario rasga inmanentemente los plenos estados contemplativos del arte como adormidera; que lo sesga a mero ganapán, a trifulca compartida en igualitarios y bebedores del mismo guarique, en halos de los pormenores aparecidos en formato facistol, hacia el diario matutino con tostada y un generoso unto de colesterolina como asentativo del café de los días. Pero el poder metropolitano es algo más que someterse a un ordenador que más que deífico señor electrónico circunscribe a los hombres a piltrafas sociales twiteando: “Sigo en la peluquería” o “Envío S.O.S., que se me muere la batería”. Ilesos. De una mortuoria rociada en el vino magenta, del vuelo donde dejó la piel ése natural inocente que ya no leerá más a arcilla cocida del trópico, sino a marcas, a subtes los domingos y gabardinados con derecho poseso a la despensa abierta ante contemplación, ora ventanales trifulca, ora frazada hasta las orejas. Hórreo, mendaz, el suelto brío artístico se asimila ante un poderoso Orfeo que no dicta en contrapunto sonoridades demenciales de un Manhattan encalleciendo el oro muerto de una escena de verduras y zetas podridas descendiendo a través de las alcantarillas de Broadway, en Nueva York halando colas de parados, parados hasta el deceso, parados hasta la inanición de un sol delineando naranja Fante, plomazo Hemingway, picha Miller, mar Bukowski. El cierto es no. El cierto abreva del mismo lecho lacustre con olor a tufarada y gases nocivos, el michino de la salida prefiere no ahondar en una botella mísera de agua, su beber implacable de gato impreso en un texto nerudiano como el oro de los días fulgentes para rato, tendiente al capitán y Cías. Inconexas. Las ciudades llevan algo de libretita, de almanaque donde cota a cota el médano va tragando a las partes puntillos de arena, su vestal soseguida de garradas esfinges que olvidaron la adivinanza en el descampado del cajero automático, ésa víspera que algo usuales dejamos el ligue anterior a sólo una imaginérica bajo el peso abrumador de una aventura amorosa inesperada. Algo más que banalizar los actos viles del consumismo, la feraz bombarda de las redes sociales que en un solo click detractan al deicida a lenta molotov, que farandulean al escritor profundo aparecido de un minuto a esta parte con la modelo turgente mezcla de ángel y putita competidora de brazadas a los lomos sagrados de las facturadas carnes perfumadas de los machos de etiqueta en la trusa, de palito en el cuello diseñado para servidor de pasarela. Parecería que la literatura basura va inundando los puertos mendaces del Kindle® o la programática marketera desierta de libros bajo demanda… de más alfabetismo pendiente de las ojeras; peor aun, las despensas repletas de bancos de autoayuda como insignes souvenirs de lujo, FILibrescos malolientes a lavanda de los campos de las almas limpias en reposo; piscinas o desérticos médanos mereciendo tapar cuanta mierda bibliómana existe, para beneplácito de algunos tomitos decentes que entre zancadas y sudores laborales se abren paso, mismo grito paralelepípedo de las catalepsias eléctricas, o los niños neoyorquinos que con la pata calata le achuntan a la esfera creativa alargando cada vez más sus polos menos inesperados de los que se compone el planeta de los sesgos, bala de rugby antes de que cualquier veta azufrada y crítica asome el simio rabo, divertiré un poco estos vasos comunicantes para poner el punto neoimpresionista que a las largas dice parte o el tomo entero, Orfeo en Nueva York, acaso una chata impresión del amigo virtual supurando lenta como cuando la vista plácida y apaciguada se va en los veranos de todas las playas del mundo, hacia el rojo desesperado de peces a flote. Su autor, Fernando del Val, un opaco deicida de los domingos que cada vida reduce a piltrafas maquinadoras de caras invisibles del almanaque no transcurrido por la efemérides que otros ven al no frotarse la fantasía de ojos cerrados. Pronto aparecerá con dos tomos de la misma estirpe, porque de Orfeo, el poeta que lo honra.

15 abril 2011

⌂ Miércoles 26 CÉSAR VALLEJO

Al cierre de ventanas cunde la aproximación de una lira fantasma. Fue aquel cetrino que tenía el fiel complejo de Dios, cuya o cobaya enfermedad desconocida intuyo que fue la pena. Y su máscara se la llevó Georgette a la tumba, la pobre viejecita. Una máscara que hasta el dolor se hunde. Sucede que no podemos solos contra el mundo. Quizá el hosco Santiaguino debió unirse al redil, dejarse arrastrar por la corriente y toda la tonelada de camarones que se dejan llevar. Algunos no aceptan la muerte así como así, sólo hasta que mueren. Mas, a veces no es así. Siempre nos aferramos a la imposibilidad de persistir en un sueño. Los brazos en derredor de la corriente por alcanzarlo. Los búhos corazones en su insomnio. Qué estarás haciendo en aquel profundo poyo sin fondo, extinto corazón roído en los dientes del espanto. Y por más que no queramos, tendría que ser así, cholo infame, decreciendo en unas palmeras, al rojo extinto de la noche. En una pulpería cualquiera apagabas tu sed, lamentos que por Mansiche como viejos y broncíneos bueyes cabeceando brutal hacia abismos. Arando. El desplume total a ñandús recuerdos que en su ciego serpear atraían de por sí ya todo lo cráneo, así sin otra muesca de revivas, a las palomas que van seguidas en una sábana mágica arreciando más, a guisa de viento que en testuces. Avaloriado tendal de muñones de palo que bien frutecerían sus frutos de agua para la sed del labrador que suda y es feliz sin más que su plato, su familia y su perro fiel. Quizá no supiste serlo. Dios en la línea a paso seguido bajo una farola de una noche concentrada en el perfume de ese nardo que llamaba. Y la señorita qué hacemos, coneja mía, traspapelaba esos versos que quedaron sin más remedio que otra exhumación del cadáver formidablemente atareado en su espanto. Sin otro nombre que el que proporciona la espalda del que ve, al irnos, sin otro nombre más que acto seguido acomodémonos, más acá que ya no hay espacio, que ya empieza la función. Un aguileño en gabardina asume un yo formidable, cuando camina, cuando tose. Aquella línea que separa el alma, cuando bajo un puente se maquina fechorías de rata que sonríe, a solas de sus leches dientes conejiles. —. ¿Han volado las razones de la de, digamos, acto seguido una neurona? A plenas cruces parece que. En los cementerios resuenan tus cajones, tus lagartijas y los nabos demasiado cardiacos para ser una copiosa mermelada completamente acaparada en su frasco, reflejan luces diurnas. A ese despertar es al que me refiero. Un Domingo sin nosotros, y hoy que perdura la orfandad, suele ser una bufanda alegrando al cantor profesional. Asiente a la cortesía de —¿una copita de jerez? ―Claro, porque los peces nunca cierran el ojo, debe ser porque ya sería demasiada tristeza verlos esperar toda la noche, flaqueando los párpados que a aguas corridas de una marea silente. El caballo de las tres de la mañana emerge. Nace una trasmigración apostada entre la arena refulgiendo concomitantes masas de desierto y sal. Un gallo se lamenta a lo lejos que han negado tres veces al Redentor, y ni siquiera morir ahorcado ha remediado esa culpa de portazo final, cuando la casa desaparece y ni la puerta, ni la distancia del golpe que nos han tirado, no en las narices, sino en el alma. Como boca insondable que traga, por haber sido así, por haber aceptado esa ruta ceremoniosa de leer versos en tu honor, que ya nadie más puede honrarte, que tu propia muerte por pena que no llegan ni siquiera a cubrirla las legiones de oscuridades ni los llantos Amazonas (—qué bien duele todo esto). Que ni siquiera bastó todo tu dolor, puesto en lo más hondo de ti, voz de un indio dondoneando en los Andes broncos de la eternidad.

[ D 1 4 R 1 0 ]

12 marzo 2011

Por los oscuros reinos de Ausonia

Paisaje habitado

Oscar Pita Grandi

Estruendomudo; Lima

[una impresión metaanímica]

Suelo inventar títulos perfectos. La sola rendición a heredades borrosas en el portal neblinoso delineando mundos verticales sin el cabo de luz velando traición extinta, solaza, a campo amarillo, ya sin cuervos, sensuales sembríos que acongojan el campo de la memoria sin batalla arrasada por el canto suicida de las sirenas en picada.

Por plantado que parezca, uno se sitia a los parajes corrugados de un papel cartón que hace de muro colindante, a una cara insuflada por su vertiente humosa que la fuma, por su noria adelantada levantando el ánimo relator a secuencias en verano; encierros sesudos, sobre el escritorio, en noches invernales, constipado.

La cara opuesta de Ausonia habita en el Dottore, vertiente incontenible de las memorias del sueño, de un alucinado entre nosotros, que igual que en un café o bar de Amsterdam u Holanda, responde de manera fluida las cuestiones metafísicas iluminadas en Bestiario, del Cronopio, y las cuelgan, como borrando las grietas del rostro marcado por mi paredro, por zancadas dando tregua a una vieja ególatra pinta que te pinta una escena, un tejido que gasta de su propio lomo angora, sedentario; y la pinta tan bien, que la vuelve patética, mientras se soporta su compañía de labios de trapo rouge desceñido en los puntos arrugados de sus labios pilíferos de pianista frustrada. Era para reírse de frío.

Tiempo aquel en que habitaba un oficio por las líneas fantasmagóricas vertidas sobre las cartas del agrimensor, doblegando a hitos, la colonia naciente, que venga a ser Lima distendida y neblinosa, por ejemplo. Con sus lúgubres portales y edificaciones ahumadas por el paso inclemente del tráfico; o bien una mata de casuchas pequeñas, donde, sépanlo, habitar mundos bohemios es posible asistiendo a lo sorpresivo; mesar como pocas nueces la cabellera partida en anguilas negrísimas alimentando la fasce en doré vaporizado de la musa en ciernes, que ya hacía buena ausencia. Maga, Magda, Adra, Ausonia, imperio romano antiguo, con veladuras ajedrezadas mostrando ruinas inextricables de ciudades derruidas por el polvo. Y de esta parte del vuelo uno comprende que un muerto se explaya de plano en la alcantarilla izquierda o derecha; en el mundo N° 79, (o) en los envenenados cubículos cibernautas, en donde ligar con una muerta con los labios aceitados de vanila nos recuerda al paso desierto por el mercadillo peligroso, un viernes halando sangrientamente a dos travestis lejanos tratando de cerrar el paso ultrasónico de la pareja que se quedó fijada para siempre como el más desastroso pacto con el amor salvaje que se da al amanecer en las calles estrechas con portales de la nobleza española de Coxamala.

La pugna por sobrevivir a una ciudad en picada a extramuros, habitada por descendientes de italianos; ciudad estallada bajo bombardas violentas. Ausonia de mis días. Terrorismo, intrigas familiares, viñetas tipo almanaque Restore a cuya estructura humana se desprende en sub-títulos desglosando la versión gore de El otoño del patriarca, llevada hasta grados sublimados en lo que la novela rítmica, frondosa, apretada, densa, novelapoema, revela cuán grandes posibilidades en los reinos novelescos pueden explayarse, dentro del ser en seco, a oscuras, luchando por verter la historia lirizada de los vientos, grado más, grado menos, tramar la sucesión episódica en la que sucede relatar los puros ánimos que habitan. Sin nadie adentro.

04 febrero 2011

La letra entra con savia

Archivo:La letra con sangre entra.jpg
La letra con sangre entra
Francisco de Goya, 1780 - 1785
Óleo sobre lienzoNeoclasicismo
19,7 cm × 38,7 cm
Museo de Zaragoza, Zaragoza, España

Todo mundo que ha renegado de su perra niñez, cree que la verdadera sabiduría se esconde en la naturaleza. El enclaustramiento como proceso disciplinario en la educación es una cosa hueca, desfondada, obsoleta. ¿Y lo sigue siendo? ¿Quién, aparte de la mayoría de maestros, ignora esto? Y la amenaza de “La letra entra con sangre” hace que salga todo despavorido. Ahí que los destinos descarriados se basen en perder esa conciencia llamada Caos, esa vaga irrealidad sobre la cual ensayamos a diario nuestros banales pensamientos.

Repetidos, aburridos, llenos de lugares comunes de los que nos asqueamos los unos a los otros. Los castigos infligidos para lo único que han servido es para crear seres que odian la lectura.

Hace poco entregué un volumen más a este valle de burros titulados, con la ilusa esperanza de, ya no ser castigado con sus irónicos comentarios, con sus burlas con síndrome de down, sus risitas de rata. Asalariados, seres a quienes se les hizo entrar la letra con sangre. Nunca soñé comprenderlos, pero ahora que uno debiera estar por encima de ellos, se pone horizontal respecto de las penurias comunes tan compadecibles. Agacho mi cabeza. Me digo: “Cómo no odiar la lectura, cuando ha entrado de un solo sopapo en la jeta del alumno”.

En un país donde comprar un libro, o es un lujo, o una cara excentricidad o la zoncera más dilapidadora del dinero, que no hay que desperdiciarlo. Aprovecharlo sería mandarse con una caja de cerveza en el barrio; y si sumamos todas y cada una de las cajas de cerveza tragadas como descocidos de viernes a domingo, y suponiendo que hubieran aprovechádolo en bibliotecas, otra sería la historia de los seres arruinados por el códice rojo de “escuelita fiscal del barrio donde nací”.

Cómo cambiar esto, cómo no ser igual a un profe que te capa de la creatividad desde la transición, diciéndote: “sigue a la manada”; “haz lo que todo el mundo hace”, entre otras sandeces con el sello “educativo”. Si aprovechas sus sabias intenciones, digamos, siguiéndolos unos cinco años de escuela o colegio; cómo, peor aun, no conseguir un trabajo que te endilgue los tragos (be)viernes; cómo, qué, cuándo, cómo, dónde, para un catedrático de color humilde con su sentencia malabrigo, “es una pérdida de tiempo y hasta holgazanería lanzar unas plaquettes que aburrirían a mis alumnos de postgrado”. En el caso de compartirles un verso de uno de sus alumnos despistados que un día llegó obeso y arruinado, arrastrando la cadena de legajos que desde que dejó la bestialidad universal de seguir una carrera, aún vivía lejos de los otros, de ésos que se reían de ver ciertos marcianos leyendo otras cosas en vez de ponerse a leer libros que versen sobre su carrera. Hasta le decían que deje eso y se ponga a leer sus cursitos. Comprender que era parte de su ignorancia, aferrarse al tomito donde Sábato consolaba: “Querido y remoto muchacho…”, para no caer en la cuenta sangrienta, que por ese ramal o escuela viene, de llorar sangre viva, ante esa mierda masa humana burlona del carajo, que, caramente, señores poetas, amigos queridos, los mismos catedráticos les infundían la cachita contra el poeta de la clase, contra el artista que hasta hoy no se cacha a ninguna compañera; qué raro; y la compañera, qué decir, patas, cuando a ella lo que le causaba risa era un puto poeta, que, ¡por favor! ya más no le diera más de esos escritos; hasta que, por fin, luego de, por decir, unos diez años, quiénes son esos falsos aprendices regidos por el sistema violento, el códice rojo, la palmeta, patada, cachetadón, la maquinita “matrícula” de inicio de semestre que ya nos tenía podridos.

Tras una ventanilla con el intermitente olor infecto de su mal humor; aburridos de una carrera que ahora les da de comer. ¡Qué fuck you asco! Como si de eso se tratara la vida, “Trabajar para comer”, y al rato, desaguar, máquinas de deshechos. Si, perfectamente avocados al riesgo que no trata de ninguna fatalidad, óiganlo bien, académicos, perfectamente podemos seguir en lo nuestro. Haraganes, sí; locos, drogadictos, enfermos de la mente, sí; que sacian sus penurias rompiéndose los lomos, sí; al menos, óiganlo bien, profesionales, unos minutos al día, sí; para no ser un puto Magíster en Burrada que entró con sangre. Sí. Esos, los llamados raros, en quienes Bukowski confiaba más que en la gran mayoría necesitada de halagos, son los que no aprendieron bajo el rojo lema violento que rigió un estigma que borra y borrará los libros del bodegón anímico de jumentos “bien parados”.

Los raros. Se trazan lineamientos, exiliados, soportando cada argumento que siempre llegará a la lógica, de que el trabajo y la línea de la reproducción son las únicas salidas (accesorios incluidos) para hacerle frente a cualquier problema, muchacho. Entra en razón. “los artistas se mueren de hambre”. Cuando, señores magistrados, profesionales y demás empleados venteando las orejotas de piajeno, hasta en las radios alertaban, hacia el año 1990, bajo un, no sé si llamarlo lema, de prevención sanitaria contra el Vibrio cholerae, “amigo campesino, NO TE CAGUES EN LAS ACEQUIAS.

Ponte a pensar, alma en pena, iletrada por desuso de tu piel altamente corrosiva al tacto celulósico. Hemos llegado a tal grado de animalización, más por uso del analfabetismo que por deceso del alfabeto amateur. Las cartillas sobran y bastan para creer que podemos tranquilamente leer diez minutos al día, sin llegar a ser un Cervantes, por ejemplo, pero con la ejercida complacencia, de, por lo menos, no abominar los mails o SMS’s con el juvenil lenguaje abreviado de “tkm” de mierda, creyéndonos, señores, protagonistas de la cara ruina que ustedes llaman “Educación”, putos verdugos; si ustedes mismos llaman a esa masa de descerebrados que hoy odian leer, señores profesores, a quienes castraron desde niños, seteándoles en sus mentes frágiles que el estudio era un suplicio, cuando, puede tranquilamente, maestros, Magísteres en Burrada y asquerosa política, puede entrar, ¡LA LETRA ENTRA CON SAVIA!

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BÍO

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).