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Soy consciente de que más y buenas noticias nos lanza la espalda de la gente, dardos venenosos de maledicencia; consciente en el sentido de conciencia, y no, ni mucho menos, de mostrarnos la indiferencia de las cosas mientras más nos sepamos algo reacios, absorber como esponjas o acompañantes de club nocturno, la irrealidad, señora mía.
Hace tiempo que cruzo los límites de la bondad que sugiere ave, levedad pluma, sinpeso otrora incalculable, al resarcir las dudas del porqué se avienen Cuchita, la chismosa, y Pipi, el malentendido de esta suciedad que es desagüe atorado, cuando de asistir a poner el hombro en cuanto a pavonearse en los estados secretos de un acontecimiento, de, por decirlo sin tapujos, se trata; eclosión de una bomba literaria, o al menos la dinamita que ha llegado al meollo explosivo, para, al medio estruendo nuboso tras el pad de la muerte en minas a tajo abierto, la vida se sabe más a grava que a arena.
Hace días que al menos no me saco el clavo ni me hundo la daga perniciosa de lo que ha sido, es y será la indiferencia de la gente, en especial de mis patriotas que de sola nación y unida no tienen más que el color que en los desfiles o ceremonias de colación juntan sus tres himnos al hilo, señora almidonada; de esta gente que más bosteza con un gusto aterrador en homenajes inservibles, que asistir cómodamente a escuchar algo que no se puede tapar con un sol, señora coño seco.
Y es que el talento cruza de posibles transgresiones sus círculos cerrados, porque éste es lesivo, alevoso, a éste le gusta que lo embriaguen, pero que lo dejen en casa con cierto pudor ensalivado entre los labios; el olor a anís bien duchado entre los dedos, luego de que la carne no sólo llama a la carne sino también a la embriaguez, los más situados en los andamios de una chica tras la barra, ex puta, ex profesa y ex lo que quieras, porque al final una mujer tan simple y con la capacidad física de constreñir los músculos de la vagina, sólo sirve para escurrir a su marido, y darle la espalda en las confesiones que de algo servirán para aplacar que las llaves ya no se tiren, ni que el café desborde en constelaciones de malas rachas ni estados o dedos muy movidos en perfecta ceremonia, donde se nombra a la Irrealidad como a una señora encopetada que ahora en jeans ajustados se la ve a reventar, lo más apretada a mi miembro redundando entre los senos o las nalgas, mujer, puta actual, cara de cabro, en este momento, que me ajusta los huevos cuando trato de dejarle una marca de mis babas en la espalda fría, tachonada de alientos, no de tatús, de alientos promisorios que son grava, arena, erosión de cero empinado descaminando en camino exitoso, porque ciertamente el éxito no es llano, y así, piedras hacen al caminante menos molesto que sacarse el zapato y vaciar las contrariedades, para agarrar un poco de molestia, un poco de seguir sin ya la piedrita en el zapato, toparse otra vez con un tronco, ajustarse la correa como bien lo aconsejaba un director de escuela estatal donde se repartía sándwiches de atún cada mañana, porque habría que seguir, no caer, de casualidad, sobre la abismada pendiente que más sabe de espinas, que, convertida se la huele, causalidad, ahora convertida, ese pasado oscuro y embriagado, duro, pepeado, de la niña charapa de dieciocho años poniéndose agresiva al lado de la barra cuando por más que el tonto escritorejo no le invita a una jarra de cerveza pateada con agua; ella se acerca, le muestra su lado suave, su lascivia salvaje de no querer ser tocada sino por palabras, nada más, por esta anoche sin boletos; sus ojos chinos duermen, alocados; él no atina más que a decirle, “Te llamas Paris”. Mundo Nº 11, por la vía de los justos fracasos a deshora, cuando a más tardar a medianoche, los cigarros apagan luces, huelen a carca de vaca, rastros de otro club nocturno donde en los oscuros rincones esta señora vomita semen, irrumada; sobre piso de tierra; “un hueco”, dice el taxista; el mozo cabro se aproxima a decirte que se queden; pero la realidad es otra; el tiempo de luces dormidas muestra a ciertas mariposas demasiado abrigadas para ser lo que son, abucheando el sueño de las justas resbalosas mientras llega un parroquiano que se desvive por darles un roce de cara con la lengua de la boca; y es, sin siquiera quererlo, la bombarda Sky, la que pernocta; al ras del inodoro hay una puerta a la que le falta un vidrio, ahí dentro el borracho no puede salir, pero pide ayuda a grito pelado, vociferando al inodoro que regresen sus raíces como atesoradas a medio espiráculo del riesgo, para que, en suma, la china, la Irrealidad convertida ahora en una puta tratada como dama, por la suerte insensata de toparse con alguien como un zonzo que respeta a las putas; la ojos aterrados, niña enrojecida por los gritos; se mella los dientes por rozarse con el pata, que ciertamente no hace esfuerzos denodados por entenderla, pero con ese solo roce suave, el de su cara aún suave por la edad que todavía la espera con los trajecitos de Barbie y los zapatitos de charol en la iglesia; la hoja de cuervo como pelo a medio lado, ocultando acaso un ojo, acaso el otro ojo rasgado, va cayéndose de tanto vociferar, que oculta lo dura y arrastrada, china de la concha; que luce esta noche; a cierto espacio de la barra la gata se separa del mundo del “da para recibir” que Charly metaforaba como la generosidad de Dios para enfangar más a quien regresa a su sitio, a aplastarse sobre la raya de su culo; la carretera incendiada a lo largo de miembros acalambrados por no tener ya más pistas que recorrer, cuando el bar sitúa demasiado lejos la indecisión acabada en un restaurant de mala muerte, donde veo, saboreo el agua proveniente del caño, refrescando las aguas hirvientes dentro de la olla, hierve, hierve el aldo de gallina, y muchos días no detendrán que el caldo se siga reemplazando por más agua, fideos, un poco de verdura, gallinas que pican caca, poniéndose, no a poner, sino a hervir, para que la llegada de más sonámbulos en la noche insondable de relojes desperdigados como firmamentos en la noche pegoteada de azogues vomitados, descienda de La Curva del Diablo; encuentre un sitio mientras al volante un taxista es tocado de la palanca vibrátil, por la encendida Paris, la china del culo, ahora, mamada, usada hasta el hartazgo de su pañal mostrando la punta del conejo peludo; le cae un polvo cuando ni pensaba, al pecoriento, que el frío lo iba a dejar helado esa noche, trizado al volante, el cerebro delante del cañón de un revólver que lo mira, que lo aborta a otra vida sucesiva… pero esta noche tuvo suerte.
Hace tiempo que cruzo los límites de la bondad que sugiere ave, levedad pluma, sinpeso otrora incalculable, al resarcir las dudas del porqué se avienen Cuchita, la chismosa, y Pipi, el malentendido de esta suciedad que es desagüe atorado, cuando de asistir a poner el hombro en cuanto a pavonearse en los estados secretos de un acontecimiento, de, por decirlo sin tapujos, se trata; eclosión de una bomba literaria, o al menos la dinamita que ha llegado al meollo explosivo, para, al medio estruendo nuboso tras el pad de la muerte en minas a tajo abierto, la vida se sabe más a grava que a arena.
Hace días que al menos no me saco el clavo ni me hundo la daga perniciosa de lo que ha sido, es y será la indiferencia de la gente, en especial de mis patriotas que de sola nación y unida no tienen más que el color que en los desfiles o ceremonias de colación juntan sus tres himnos al hilo, señora almidonada; de esta gente que más bosteza con un gusto aterrador en homenajes inservibles, que asistir cómodamente a escuchar algo que no se puede tapar con un sol, señora coño seco.
Y es que el talento cruza de posibles transgresiones sus círculos cerrados, porque éste es lesivo, alevoso, a éste le gusta que lo embriaguen, pero que lo dejen en casa con cierto pudor ensalivado entre los labios; el olor a anís bien duchado entre los dedos, luego de que la carne no sólo llama a la carne sino también a la embriaguez, los más situados en los andamios de una chica tras la barra, ex puta, ex profesa y ex lo que quieras, porque al final una mujer tan simple y con la capacidad física de constreñir los músculos de la vagina, sólo sirve para escurrir a su marido, y darle la espalda en las confesiones que de algo servirán para aplacar que las llaves ya no se tiren, ni que el café desborde en constelaciones de malas rachas ni estados o dedos muy movidos en perfecta ceremonia, donde se nombra a la Irrealidad como a una señora encopetada que ahora en jeans ajustados se la ve a reventar, lo más apretada a mi miembro redundando entre los senos o las nalgas, mujer, puta actual, cara de cabro, en este momento, que me ajusta los huevos cuando trato de dejarle una marca de mis babas en la espalda fría, tachonada de alientos, no de tatús, de alientos promisorios que son grava, arena, erosión de cero empinado descaminando en camino exitoso, porque ciertamente el éxito no es llano, y así, piedras hacen al caminante menos molesto que sacarse el zapato y vaciar las contrariedades, para agarrar un poco de molestia, un poco de seguir sin ya la piedrita en el zapato, toparse otra vez con un tronco, ajustarse la correa como bien lo aconsejaba un director de escuela estatal donde se repartía sándwiches de atún cada mañana, porque habría que seguir, no caer, de casualidad, sobre la abismada pendiente que más sabe de espinas, que, convertida se la huele, causalidad, ahora convertida, ese pasado oscuro y embriagado, duro, pepeado, de la niña charapa de dieciocho años poniéndose agresiva al lado de la barra cuando por más que el tonto escritorejo no le invita a una jarra de cerveza pateada con agua; ella se acerca, le muestra su lado suave, su lascivia salvaje de no querer ser tocada sino por palabras, nada más, por esta anoche sin boletos; sus ojos chinos duermen, alocados; él no atina más que a decirle, “Te llamas Paris”. Mundo Nº 11, por la vía de los justos fracasos a deshora, cuando a más tardar a medianoche, los cigarros apagan luces, huelen a carca de vaca, rastros de otro club nocturno donde en los oscuros rincones esta señora vomita semen, irrumada; sobre piso de tierra; “un hueco”, dice el taxista; el mozo cabro se aproxima a decirte que se queden; pero la realidad es otra; el tiempo de luces dormidas muestra a ciertas mariposas demasiado abrigadas para ser lo que son, abucheando el sueño de las justas resbalosas mientras llega un parroquiano que se desvive por darles un roce de cara con la lengua de la boca; y es, sin siquiera quererlo, la bombarda Sky, la que pernocta; al ras del inodoro hay una puerta a la que le falta un vidrio, ahí dentro el borracho no puede salir, pero pide ayuda a grito pelado, vociferando al inodoro que regresen sus raíces como atesoradas a medio espiráculo del riesgo, para que, en suma, la china, la Irrealidad convertida ahora en una puta tratada como dama, por la suerte insensata de toparse con alguien como un zonzo que respeta a las putas; la ojos aterrados, niña enrojecida por los gritos; se mella los dientes por rozarse con el pata, que ciertamente no hace esfuerzos denodados por entenderla, pero con ese solo roce suave, el de su cara aún suave por la edad que todavía la espera con los trajecitos de Barbie y los zapatitos de charol en la iglesia; la hoja de cuervo como pelo a medio lado, ocultando acaso un ojo, acaso el otro ojo rasgado, va cayéndose de tanto vociferar, que oculta lo dura y arrastrada, china de la concha; que luce esta noche; a cierto espacio de la barra la gata se separa del mundo del “da para recibir” que Charly metaforaba como la generosidad de Dios para enfangar más a quien regresa a su sitio, a aplastarse sobre la raya de su culo; la carretera incendiada a lo largo de miembros acalambrados por no tener ya más pistas que recorrer, cuando el bar sitúa demasiado lejos la indecisión acabada en un restaurant de mala muerte, donde veo, saboreo el agua proveniente del caño, refrescando las aguas hirvientes dentro de la olla, hierve, hierve el aldo de gallina, y muchos días no detendrán que el caldo se siga reemplazando por más agua, fideos, un poco de verdura, gallinas que pican caca, poniéndose, no a poner, sino a hervir, para que la llegada de más sonámbulos en la noche insondable de relojes desperdigados como firmamentos en la noche pegoteada de azogues vomitados, descienda de La Curva del Diablo; encuentre un sitio mientras al volante un taxista es tocado de la palanca vibrátil, por la encendida Paris, la china del culo, ahora, mamada, usada hasta el hartazgo de su pañal mostrando la punta del conejo peludo; le cae un polvo cuando ni pensaba, al pecoriento, que el frío lo iba a dejar helado esa noche, trizado al volante, el cerebro delante del cañón de un revólver que lo mira, que lo aborta a otra vida sucesiva… pero esta noche tuvo suerte.


