18 septiembre 2010

La increíble y triste historia de la desalmada Cananisha y su cándida abuela


No había más que suspirado durante esa larga travesía académica. Había caído en mí la corona floral y pasionaria de las jovencitas que por un sable de tamañas proporciones pierden hasta la cabeza; cuando no los pliegues del culo, ¡hace rato!
Rendida, la cabeza estallándome, no me quedaba otra que fugar con mi Sapo Azul, asistonto de pezuña en conocido taller de raquetas parchadas en barrio joven de quinchas y esteras, para no volver más a ver oportunidad alguna, que mis tías me prodigaron, el darme una carrera de negocios, mientras yo me revolcaba de lo lindo con mi sapo.
Pero una no sabe lo que hace, si hasta la cabeza pierde, cuando no el poto, bien lava’o eso sí, por un asistonto de pezuña a quien conocí en mi natal Contumamá.
Ya habíamos planificado la fuga desde ese entonces en que sentí algo duro-duro dentro de mí, taladrándome esa noche en la casita de campo donde me dejaron solita mis padres, quienes habían ido a la chacra. En el sueño de una gasela Coma-Caca, y una sonrisita, seguramente pateada con yumbina, ante el cual brebaje caí rendida, de piernas abiertas en el sueño de las cacheras agrandadas de aniseto, me rendí ante el ídolo enhiesto que hasta hoy rebano como azúcar, la huasaberta henchida de mi sapo cachero.
Qué me iba a importar la semejante pécora que se manejaba mi machimbre, si cuando una lo prueba al sable, añañau, qué ricazazazazo es di, ñai, cómo entra estirándola a una toda estremecida, con sus pliegues, y a veces con todo y trolas a la concha apretada de una que no la había visto desde esa oscurana duro-duro por atrás. Y a una la hace estremecerse de lo caliente y vigorosa que chorrea la pingaza; a lo menos en la boca, ¡ay!, es como un sueño estar enamorada, con la viruza adentro. Y eso justifica que una pierda los papeles de la academia y hasta la reglita con la tabla de Arrimética, Jometría y Áldoba, que no sé por qué razones burocráticas no se usaba ya en la Oniversidad de esta bonita ciudad, Conchamala.
Todo era compotadora, nomá; imagínense que hasta controlaban que una no entre con la turra de los tragos de anoche, antes del asunto, y hasta la palmeaban a una en los cachetes del culantro; seguramente habría sido para ver si una venía con o sin calzón, que para el caso, igual me lo sacaba mi sapito encantado gló-gló, para atizarme su vergolón en mi chocho excitado; cada vez que iba a recogerme a la uni, con sus manazos sucias de la negra diligencia de asistente de botas me amasaba mis chuchos bien amelonados de muchacha dieciochoañera que sueña con ser manutenida por esposo lúmpen, mientras abra nomás las calancas pa’ desquitar el plato e’ comida.
Tacos y pezuñas bientrajinadas de fercho de Comité de microbuses MMTR4S+ trabajaba mi dorima recientito, que me había culeado hasta hinchársele la pirujaza, el día del rapto de mis ensueños. Era guaco, alto, fornido, y me encantaba cuando me daba la contra el muy zamarro, en todo, hasta por el culo, que era por donde más me gustaba me den la contra, contra el catre.
Me tenía con la cabeza callentazazaza, y con la cuquita a reventar; de tanto problema hasta el conejo peludo se me derretía. No era para menos, cuando, como prueba de medida de aceite se mojaba los dedos, que para esto ya andaban temblorosos antes de bajarse el cierre y untarlos con la delicia babosita, ‘aliva espumosa que servía de resbaladero hasta mi coñal arrabalero de muchacha desflorada filo e’ río, hirviendo, ¿¡ñañausote, di!?
Era como soñar, pero en cuatro, calatita. Me movía toda la noche para alcanzar el mayor número de orgasmos, pensando en ese polaco apurado que me propinaba como una catana diaria venida del cielo, mi sapazo pichulón de mis colerientos dieciocho años, después de estar pensando como perra arrecha en el enhiesto aditamento de mi destino.
¿Qué habría hecho yo de bueno para merecer tal paraíso? ¿Sería yo una enviada del cielo para merecer tal manjar sobre mis labios, taladrándome el culo, también? ¡Qué dicha la mía, recibir todos los días huasaberta hasta por las orejas de gata mañoza! Pero qué paraíso terrenal ni paraíso, esta tarima de colchón de paja, una cazuela de arroz diaria, y pajarazo encima.
Ya no usaba calzón; para qué, si igual me lo sacaba unas cinco veces diarias el tal maridaje. Así que decidí no llevarlo más, y andar en puro vestido, concha al aire; arrecha todo el día hasta esperarlo a mi sapo asistonto de pezuña, pa’ corretearlo hasta secarle la última gota de su leche remendona, a mamadas.
¡Añañau, qué ricazo era la pinga! Mi abue’ nunca me lo había advertido lo sonrosada que una se pone cuando ya la fajan (qué dirán, lectores, que una es grosera) Lo mejor de todo es que esta maravilla retozona hasta rendirá el fruto anhelado de mi amor, un hejo. Muy bien lo aprendí a sacar marido, leendo mi primera novela que me facilitó mi tía botas de chiva: El amor en los tiempos del pichi, de Gabo Perrochena. Vaya maestra, me inició en los ritos de la entrega del negocio, sin quererlo, al pasarme el mamotreto amareello, por un esposo abnegado que a una la pone a tiro con cada catana que por el culo le da, y al gratificante precio de mantenerlo más que seya vendiendo salchipollo en la parada, carga’o el calato en el quipe. Eso sí, una tenía que esperarlo con la comida lista, la chucha babosa y los labios turgentes y bien lubricados con los lápices labiales en forma de picha de perro que me había traído del chongolele más cercano a la quincha donde vivíamos, yo e me maredo, desde que un 31 de marzo de 2010 me fugué con mi asistonto de pezuña, despidiéndome con la misma manita de niña triste con la que me acogieron mis tías, de mi abue’, quien me creyó el cuentazo de que tenía clase. ¿¡Clase!? Vieja imberbe, si supieras que las únicas clases que recibía eran las que me propinaba una tenia por el culo, mi machete, hasta quedar pálida e inánime de tanta pinga. Con de razón que esa primera catana me marcó, que pue’ si la güesa es lo mejor, ¡más ricazo que el trago tuavía!
Cuando me fui con mi sapo azul no me importaron sus ofrecimientos de que me iba a dar carrera y cuidar, para que mi ‘apá ya no me dijera más: “¡so puta, haz lo que quieras!”
Ahora no me importa más que mojarme en su barra de mi zapatero remendón de pliegues de culo; ¡la felicidad! y mantenerlo feliz dándole todo lo que gano en la parada, vendiendo salchipollos, y en ocasiones, dando el rabo seco al casero, con ‘aliva, pa’ que no nos boten del tocuar de 3 metros cuadrados, piso de tierra, sin desagüe.
Me pregunto hasta cuándo durará este paraíso chachemil. Dicen que con la llegada del primer hijo todo se arruina, pero yo creo que son habladurías; no haré caso y seguiré afeitándome la concha, semanal-semanal, pa’ que no le raspe su huevito a mi cachero remendón.
Tal vez ahora me toque sopita, y después potito, ¡qué reecoo!
Una no debe ser malagradecida y mamar lo que le verga en catana, que para eso se ha hecho el negocio, no para estudiarlo en oniversidades, esqueee…, que por eso me largué porque, ¡OH, tamién! ¡Quioras ya pa’ estudiar! Más reeco es moverse con el gusanazo adentro.

Licencia Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 Perú de Creative Commons.

Constelaciones

ARCHIVO DEL BLOG

BÍO

Mi foto
Peru
Jack Farfán Cedrón ha publicado “Pasajero irreal” y “Vironte”, (2005); “Cartas” y la serie de plaquettes “Al Castor” (2006); “Ángel”, “Las ramas de la noche” y “El leve resquicio del amor” (2007); “Ángeluz”, “La Hendidura del Vacío” y “Series absurdas” (2009); “Gravitación del amor” y “Aves pestañas vaticinando el horror de las lágrimas” (2010). Modera los blogs ‘El Águila de Zaratustra’ & ‘Exquioc’, y edita la revista on-line “Kcreatinn”, en la que prepara un especial a Emil Cioran. Textos suyos han aparecido en “Periódico de poesía” (UNAM, México); “Letralia” (Venezuela); “Revista de Letras”; “La comuna de los desheredados”; “La comunidad inconfesable” (España); “Destiempos” (México) y “Letras hispanas”.