03 marzo 2010

Ratones de PC


Imagen: www.ounae.com


Los inicios de una poética rimbombante, grandilocuente, hacia el siglo XIX, nos remontan a una poética de oro. Las dos vertientes; la purista, iniciada con José María Eguren; y la socialista y humana, la elaborada por Vallejo, bifurcan a los poetas de este siglo en caminos hoy híbridos, cuando no divergentes, hoy denuestos, de una factura literaria de ardua clasificación y asimilación, frente a tantos seres de temprana edad casi lobotomizados, idiotas cebados por sus propios padres que les prohíben lecturas peligrosas o eróticas, contestatarias, que no les queman el cerebro más que los juegos en red, es un hecho. Cuando no paralizados frente al dios de la pantalla, cuando no degradados por las drogas o por la esclavitud familiar y el abuso y violencia inducida aun en las escuelas y colegios, llegando hasta el maltrato psicológico hasta a sus propios docentes, que lucen humillados en el YouTube.
No era común en la década de los 60 encontrar en la poesía peruana artefactos revolucionarios, que empezaron a marcar el aborto-reloj de la poesía convencional surgida en esa inconsciencia de oro XIX, tipos de artefactos experimentoides, cuyo propulsor fuera Oquendo de Amat, los libros-objeto, que polemizaron no sólo a sus productos, sino a sus escandalosos autores. Con el primer libro objeto de la historia, los 5 metros de poemas, las vanguardias no cesarán su canto obstinado en la poética peruana de garito y pucho reincidente, de bolo de verde bosta y cadáver exquisito en chinganas universitarias. Tanto que hemos tenido buenos precursores basados en la ruptura más que en la disciplina; eso no me lo discutan.
Tan necesaria esta detonante secuencia caótica, para, ya antes de que los surrealistas, el cholo Universal fuera en Trilce, surrealista en el buen sentido de la palabra, al alimón con su coterráneo de rupturas, James Joyce. Debo referirme a un Ulysses que hizo todo, menos facilitar una literatura seria como para honrar su palabra más que hilarante, finiquitada una de las obras maestras del surrealismo, no sólo de esos lados irlandeses, sino de estos próximos cinco siglos de juglaria narrativa —ha de estar limándose las uñas el genio de la chivita y lentecitos de intelectual de pacotilla y atrio—
Pero para llegar hemos llegado. El trabajo no fue fácil. Ya antes del surrealismo hubo precedentes experimentos que limaron asperezas, una sarta de ismos, de cuyo último desafuero ceniciento, el caballito de madera, se fue afinando la voz poética que trascendiera en la historia no sólo literaria, sino de artes varias, muy sacadas de quicio todas ellas, como la ciencia Patafísica, maquinada por ese desquiciado de Alfred Jarry, y muy citada por el Cronopio más loco que su gato de ventana.
Con el primer manifiesto surrealista propalado por André Bretón, hacia 1924, “la palabra adormidera por el arte quitasueño”, se iban abriendo paso; como lo manifestaría alguno de esos libelos de escaso tiraje, uno de sus engendros, con suficiente dinamita como para reventar los oídos convencionales de aquella época pacata. No surtiría efecto sino hasta nuestros días, y esperemos que sigan bastos. Exposición tras exposición, desafío tras desafio, en lo que siempre ha sido, es y será una guerra entre cuerdos, sanos, y matasanos, el arte y la cordura, el buen tino de usar corbata y pañuelo en el saco; la rutina o la vida maravillosa del infeliz y pobre artista satisfecho con unas palmas o unas gratas tertulias rociadas con matarratas.
Tenemos ejemplos vastos de ruptura, que daría un poco de culpa citarlos, tanto que de alguna manera las generaciones subsiguientes, un tanto, la tenemos, por la corriente del rumor de que los poetas como los pintores nos morimos de hambre por seguir nuestros innobles y cochambrosos ideales ejercidos y expuestos con naricera, grilletes y cadena.
Corrientes tan disímiles como sus escasos encuentros, el surrealismo y el socialismo. No es casual que Moro y Vallejo no sabrían qué decirse al ser presentados por algún intelectual de la fiesta, en aquella época de luces. Dos vertientes que hoy se consume y usa como herramientas para la producción de textos, en su mayoría gratuitos, cuando no meros ejercicios soporíferos escritos a salto de mata, entre los estudios, las bombas, el porrito y los recurseos para salvar el semestre y la pensión dilapidada en alguna cantina, para vestirse y darse una vida más o menos escandalosa, vida de poeta.
En la actualidad el poeta posee más y mejores herramientas para no quedarse callado. Los blogs, los dispositivos de lectura electrónica, como el Kindle; los aditamentos cibernéticos de subida y descarga de archivos, vía la fiebre de las redes sociales, el Facebook, entre otros vicios parasitarios, han hecho del poeta un cuasi robot con dotes periodísticas, ultrafilosóficas y cosmopsicotrópicas que lo convierten en un embajador harto criollo de cada uno de sus pueblos o terruños. Y con esto se torna pueril no estar al tanto de lo que sucede —por citar un ejemplo hipotético—, en el Festival Latinale, en Alemania, mientras uno cómodamente se conecta desde un recital “Por los caídos en Haití”, vía conferencia virtual, a los sucesos líricos rociados con masato, en lo que podría ser el “I Festival Internacional de Shipibas Poetas del Trópico”.
No es exagerado cuando el mártir best-seller de la zaga Millenium, Stieg Larsson manifiesta que su protagonista Lisbeth Salander arroja más resultados que Gabo y Mario juntos, o que el mismo Obama; cuando pululan cientos de concursos anuales premiando hasta con juguetes eróticos por un textículo que loa al onanismo con muñeca (la de la mano) en los reinos más inusuales de lo que sería la más democrática era de la poesía, la, llamémosle, Electropoesía. De electroshock o no, pero siempre poesía. Pero qué se cuelga, qué se lee; con cuántos errores se asimilan megas y megas de información, sin la mayor responsabilidad formal ni ética de los, llamémoslos, tragatintas virtuales, bloggers-aedas o ratones de PC.
Mas, el reto de los puros, de los limpios de aditamentos caracterológicos —se los está diciendo Job, el Projeta—, poseerán hacia su bello canto, al enigma prístino de la poesía. Son los menos, pero son. ¿Qué poeta que no haya dicho a lo sumo un minúsculo párrafo que nos haya transportado aun a ese solo de los instantes de esta vertiginosa realidad, no nos ha trascendido y se ha trascendido en nosotros en cuerpo y alma? En medio de una avalancha de libros y artículos redactados con la técnica Copy&Paste, el collage, el cagage, el mirage y no sé que más bombardeo de la décimo tercera Torre del Mamey, la sarna maniaca de plagar de técnicas y mixturas que no son otra cosa que una ciber-taquigráfica, mera paja, de la “innovación”, entre comillajes, que, mientras más reúna armatostes que venden más por su boom mediático bombardeado con trailers y reseñas pagadas por sus propios autores de tales prestaciones editoriales, mejor; que empiezan con la elogiosa reseña del famoso escritor que no muy lejos de exagerar hasta grados infames, no hace otra cosa que autoengañarse, vilmente pagado, y engañar a su cliente, el escritor de poca monta.
Los autores de provincia que publican sin sello editorial, tirajes para los amigos o para sostener una actividad que jamás rinde más ganancias que las deudas que a partir de ello se generan; en ellos está el reto actual de las legiones de poetas que siguen el curso de una historia manchada por el rumor de la gente que señala con el dedo, que no hace nada por quedarse callada frente a evoluciones artísticas que tienen que sobrepasar contra todo pronóstico las barreras del falso pudor y la rutina, fulgiendo con la espada enhiesta y forjada de la poesía, ¡OH, de la poesía!
Encarcelados, falsamente calumniados, censurados, vapuleados o tachados de locos, los poetas pertenecen a una cohorte de ladillas asesinas con el clavel en el ojal, la sonrisa del pesimismo, la herramienta al ristre, que, paradójicamente, les da cierto empuje para persistir en una vana tarea, la sostenida durante todas sus vidas, la de los tercos, ¡Poetas! ¡Chúpenme la enhiesta pinga! ¡Seáis agradecidos, mariquitas!

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BÍO

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Jack Farfán Cedrón ha publicado “Pasajero irreal” y “Vironte”, (2005); “Cartas” y la serie de plaquettes “Al Castor” (2006); “Ángel”, “Las ramas de la noche” y “El leve resquicio del amor” (2007); “Ángeluz”, “La Hendidura del Vacío” y “Series absurdas” (2009); “Gravitación del amor” y “Aves pestañas vaticinando el horror de las lágrimas” (2010). Modera los blogs ‘El Águila de Zaratustra’ & ‘Exquioc’, y edita la revista on-line “Kcreatinn”, en la que prepara un especial a Emil Cioran. Textos suyos han aparecido en “Periódico de poesía” (UNAM, México); “Letralia” (Venezuela); “Revista de Letras”; “La comuna de los desheredados”; “La comunidad inconfesable” (España); “Destiempos” (México) y “Letras hispanas”.