15 enero 2009

Miércoles 12, final de la tarde

"Yo soy siempre el mismo desconcertado cronopio que anda mirando las babas del diablo en el aire, y que recién a los veinte mil kilómetros descubre que no ha soltado el freno de mano."
[Julio Cortázar, Cartas, T1]


Racimos de lluvia empluman la atmósfera de agua. Cual las babas del diablo. Casi leve, despaciosa y paciente en picar mi aburrimiento, sabios escultores sobre mi gruesa cantera vegetando, la lluvia y sus escultores racimos construyendo una historia pasada en el mármol de mi cuerpo. Y cae, cae obstinada en no sé qué sonido alargando la monotonía en los charcos. Los racimos de la lluvia, las babas del diablo que Cortázar.
Una mujer fría no se molesta en sacarse las medias antes de hacer el amor por segunda vez con un extraño al que se vende por un solo y anaranjado billete. De bruces, sobre sus lágrimas, en un vaivén de tetas chorreantes aguanta las arremetidas y apaga el acelerado sonido vibrador de su celular que llama desde un cálido pueblito con flacos hermanitos y una madre enmarcada en un paisaje pintoresco. A unas catorce horas de viaje. Tal vez el sonido del amor se asemeje a su olor salado, a su olor marino-axila desemejante al volver, a frente tumbada en lo de pasar para no morir ya de viejos. Tal vez el sonido del amor enclaustrado en una oscuridad que palidece las personas, sea esa soledad de ir colocándose la ropa despacio y sin mirarse, con el pudor que quiere salir por una hendija de la puerta, hacia el frío qué más da, hacia el frío y cansado mutilar de las horas en la TV a pasillo donde los demás cuartos. En un callejón sin salida donde las mariposas pálidas calientan la entrepierna con una ronera cerca. Muy cerca. Atardecidas en una batalla cansada como unos trapos negros que caen, las vestimentas del amor crecen en su arrugamiento desprovisto de todo calor, mientras a un palmo la batalla de los cuerpos sucede, irremediable. Cambie de posición. Y rutila su valva mojada. Las espinas del adiós dan la posta al llanto, como en esa carrera que es la vida. Y una espera por tu reino, lo que es peor, tus húmedos flancos. Menos plácido que ayer —por decir casi año y medio— miro a la mujer que enfría mi cuerpo, y a la vez lo enternece en unas solas bocanadas afuera, tanto es esto que sucede que no puedo dejar de respirar pausadamente al compás de las volutas de humo provenientes de las pitadas al cigarro que parece emerger como de un gran vacío, al que no se le puede gritar hacia dentro. Nonada. Llamo en la oscuridad y advierto que la batalla carnal ha terminado. Y no queda nada. Nada, salvo la esperanza del olor pasado en la siesta, una axila a cada paso, un remolino en el inodoro que traga las penas. No hay santos que remedien estos trajes descolgados desde una rama infinita, como en la oscuridad de un grito firme, opacado tras una puerta cerrada cuando al otro lado de una hendija acecha un petete gigantote vas a ver nomás que te agarre. Amarillote y rubio, ojoso. Petete que ha crecido de entre los juguetes del pequeñito de cuatro años llamado Gupi. Ése destino, mariposa pálida, de tender el cuerpo hacia vergas que he aprendido. Con asco y al revés del poncho. ¡Al pincho!. Queda el largo de un espacio que ni con suficientes brazos alcanzamos a rodear, ni por un mundo unido en siquiera las máscaras, obligados actos que bien se podrían emular si de sobrevivir se trata. Es por eso que existe el perdón para con nosotros mismos. De esperar en ruta el camión que te llevará hacia la civilización, galpón de mariposas pálidas friolentas con la colcha entre las piernas. Abiertas a todo, menos a un calor extraño que las acecha echado, desde ahí hasta el fondo en que las cruces y las fiestas con boletitos por cada baile que os deis y por sí las moscas un viejito cuidando, machete al cinto y verga de toro a la mano callosa, para los malcriados que osaran en bailar con la mujer de alguien, carajo! Hacia allá, al borde de un feliz abismo de casas apoltronadas en una sola calle migra una cinta de plata a lo lejos en su lejano vagido, como una ola de sopor por las tardes. Dos estudiantes gimen y creen haber alcanzado la plenitud de los cuerpos o el éxtasis de las almas, mientras en el piso de abajo alguien más de uno (se la cascan), y luego una chancha para una botella de cañazo que la juerga de los viernes empieza, con cantarrista para la sequedad de palo en piso Francia o en jequecito cantina donde poco falta para que se besen los amigotes, que al encuentro, que al solo hecho, que al encuentro. Batería Filter o voz The Cristal Method instauran la nitidez en la continuidad de las babas del diablo. Ahora que descubro que Cortázar era un cíclope de dos ojos cuya frente crecía según el descubrimiento de la plenitud del momento literario, crecía y crecía hasta verlos contrariamente lejanos a esos ojos de abismo. Perico me confesó tenerle miedo al cronopio gigante, y no es para menos. Sus ojos desaparecen. Cíclope en proceso de separación de los ojos. La bufanda cantora yace en tu frío alelado. Un trombón tocado por un ángel negro que rueda por donde los cigarrillos. Cenicero mágico tridimensionado. Endgame. Parabienes y abrazos. Por las palmas abiertas a la loa de contrarios ojos cíclopes que desaparecen en la frente del cronopio. Miedo ahora multiplicado en la suma de dos pericos por jaula armatoste escapando por ahí, por dónde más va a ser, por si la lluvia descontara ya un supuesto. Recién a la velocidad de las babas del diablo en estrellado cielo iridiscente, ha descubierto que había parado a por un vaso de agua, sumergido paradójicamente en sus ojos de cíclope desaparecido, alejándose más y más el uno del otro, de su paradójica cercanía. Sumergido, hilarante, bicíclope. A dos por miedo. Que en tu Maga, cronopito, como un duende bien educado. El copete encima y el gauloise de siempre. Y que no vaya a morder la Remington, porque eso del miedo a las hojas en blanco es ya otra historia y de famas. Las Spice Girls son tan tiernas con lápiz labial de brillo para una buena mamada, fucsias en su felar suaaave. El método de la diarreica matita de legumbres literaria afrontada en muros sin tiempo, disparatada como chisgueteando el óleo en una supuesta obra maestra de El Gran Arte Contemporáneo. Flashes. Unas copas. Saludo o río a izquierda o derecha. Es él, el crítico. Y al retorno las cruces de un espanto de plata a plena noche en la que ausentes almas desperdigadas, una por basurero, en un orden metropolitano donde los perros traen colchas alfombras en papal pasado que más dorado está en los trajes que en las cúpulas gendarmes. ¡Oh, tres veces oh!. He creado. He creado. Tranquilo a desgaire azufro las enroladas frotaciones. Como a paja entubescente. Al charco. Al charco, por esperar el pucho pretérito. Los dedos van por su cuenta.
[Diario, 2008]
En: Kceratinn, Año II, Vol. 1, N° 3, Cajamarca, II semestre de 2008

Cartas, de Julio Cortázar; Edición al cuidado de Aurora Bernárdez

A manera de cuaderno de bitácora o diario de vida, las más de mil páginas que deleitosamente redactó en estas Cartas Julio Cortázar, dan cuenta de una vida intensamente literaria. En ellas, a guisa de autobiografía —léase proceso de la “cocina literaria” del escritor—, proveía sus lineamientos personales de lo que años más tarde, 1963, fluiría consolidada ya en la obra maestra de la antinovela latinoamericana, y, solapadamente, el cómo escribirla: Rayuela.
Con Presencia, un tomo lírico perpetrado cuando muy joven, entre otros poemas que enviaba a sus amigos en amena correspondencia nutrida de ideales y aspiraciones dentro de un entorno aciago para su crecimiento intelectual, el cronopio demostró ser un poeta brillante y solapado, cuando no un consumado músico, que en El Perseguidor tramó la genialidad de un Charlie Parker y la naturaleza del feeling del jazz.
Sus cuentos son piezas de orquestación, la “música de cámara” de la literatura, mientras que —como él lo manifiesta—, la novela sería la “orquesta sinfónica”, y él hace gala de su maestría en los dos géneros, siendo sus cuentos los más perfectos —después de Poe—, que se hayan escrito en la historia de este género, no en vano tradujo los cuentos completos del atormentado autor de The Crow, de manera admirable, en sus inicios como traductor para la Cámara del Libro de la República Argentina.
Un poema dramático, Los Reyes, firmado ya no con el seudónimo de Julio Denis, respeta a la vez que vulnera la tradición cretense del minotauro. Los tomos Final del Juego, Casa tomada, Bestiario, Las armas secretas y las célebres Historias de cronopios y de famas, eran ya más que la suficiencia alcanzada para un autor que no frisaba aun los cincuenta años, en pleno mar de las luces: París. Maquinada a principios de la década del 60, Rayuela lo consagra como aquel mítico y melancólico hombre alto que confesaba sorprendido en una de sus cartas, estar al borde del colapso y que no le vendría mal pedir ayuda a un par de pulpos para contestar más de un metro cúbico de correspondencia llegada de lectores desconcertados de toda la América Latina, lo que confirmó su sospecha de que Rayuela iba a ser una bomba antiliteraria para el medio. Y hasta hoy no es fácil empresa emprender su lectura.
Cuba, el socialismo, reuniones y viajes por todo el mundo como traductor de la Unesco, la India, el sueño de recorrer Europa hecho realidad, las demoledoras empresas editoriales que dirigía, como la de traducir los cuentos completos de Edgar Allan Poe, la libre manera de perpetrar el ensayo de dimensiones descomunales, Imagen de John Keats, no sólo afianzaron su creatividad y persistencia literaria, sino que con Rayuela se convirtió en un mítico sueño literario “de estos y de otros lados” para las legiones de jóvenes, a inicios de los años 60.
En esta correspondencia, editada en tres tomos, en los que Aurora Bernárdez (su esposa) tardó diez años de apasionada búsqueda y edición, el desconcertado Cortázar hila una afable comunicación con amigos argentinos, e intelectuales de la época, entre ellos: Mario Vargas Llosa, Ítalo Calvino, Alejandra Pizarnik, Octavio Paz, Lezama Lima...su entrañable amigo y editor, Francisco Porrúa, el poeta Paul Blackburn, las peripecias de prueba de galeras de la temible Rayuela, cuyos saltos pueriles de pie de capítulo, inevitablemente nunca nos llevarán al “capítulo que nadie leerá”, esto siguiendo el tablero de dirección que escribió unas treinta veces hasta su forma definitiva. Cartas entrañables, de una sutileza y humor fino, confirman su frescura de ideas que también siguió a lo largo de sus libros. Una espontánea manera de dejar “correr el vasto río de los pensamientos y los afectos” —escribió en 1942— que no debieran ser cartas rebuscadas, “vueltas a copiar” o pensamientos con pretensiones de posteridad, sino más bien una feliz manera de contacto con las palabras que salven las distancias entre los amigos; cartas, el puente mágico que une la ausencia y el espíritu real de los amigos, que los tornan más entrañables.

*Referencia bibliográfica: Cortázar, Julio. Cartas, Edición a cargo de Aurora Bernárdez. 2000. Argentina. Alfaguara. T1, 675 páginas.
En: Kcreatinn Nº 3, Año II, Vol. 1, N° 3, Cajamarca, II semestre de 2008

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BÍO

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).