18 diciembre 2009

Alg(unos) esperando esa Buena Noche

Imagen: Hun obejo negro

Quizá un día de estos sea, en la presurosa manera de los justos, juntos, el abrazo melancólico, esperando con unos vidrios al borde esferado de sus ojos, solitarios justos en la esquina de un frío, de un rojo, pobre harapiento regalando últimos mendrugos; nariz colorada, imagen siempre pendiente de la abuela trenza recogida; ya en una sala, retrato sepia del tundir de golpes que a uno lo vuelven bueno, ya en el alero de la noche que llega.
Quizá, en borrar las huellas dejadas por los clavos de las malas acciones consista colocarme un trino al ojal, oler a mañana, a giro, destellar cascabeles, ir apareciendo, mago, más constelaciones para que miren los solos, sin bocado, esta Buena Noche, y de ninguna otra manera como las anteriores, negras esferas que a uno en verdad lo aplastan bajo el poste, sin ver deslizarse a la muchacha imposible, resignado.
Por esta vez no me he puesto trágico, ni la frazada hasta las orejas subido; por esta única vez en que me va doliendo la muñeca derecha de tanto haber persistido sin una opinión como pago, en la triste bitácora perdida en ese universo babélico, yo y mis legajos sudados, ponga por fin, de una tachuela buena vez, punto aparte, hacia la posta de otra buena historia.
Sin fanal sin rumbo
Trágico en la cueva sin focos, estrella toca la nariz del Nacido
La tarea consistirá en apreciar el perfil de la corista angelical, sucederme al oído, a ver si ajenos costados palpitan esa Buena Noche, para mí o para el resto de astroso que soy, dibujado en sombras de unas manos delatoras, sabe qué nebulosa agitadora de párpados goteando.
Como que he hecho algo por una comunidad, y digamos que un billete viejo me ha permitido cenar esta noche.
Pensado, blasfemando que nunca más escribiría mi texto anual de fin de año. Pero, sabe, Barbón, uno se queda fino, uno corto se queda de repecho; ya no más entra en el pantalón, ya no más cabe en el rojo estuche de latidos. Uno se sabe angustiado, escuálido, sin rasurar por motivos cadavéricos de una prometida que nunca fue para nosotros. Mejillas hinchadas, ojos vidriosos como los del buey bendecido por la venia que esa noche Jesús le ha condecorado, por ser un ser vivo cumpliendo con encadenarse al destino de Todo, conducido por cada parte viva de que cada cosa nos conduce hacia Todo.
Sin más chicles que morder porque en la tienda de la esquina parpadean más luces, me hacen huir un poco incómodo de unas caritas dulces, a las que tan presto ponga el punto final de este pensamiento, que a boca de jarro, adolorido de la nuca, me he antepuesto a lo contradictorio de silenciarse por terco.
Pensamiento, me aprestaré a aguardarme al oído, siguiente en puntos sucesivos de arena, no conoce caída en el desierto. A lo lejos reconoceré el paisaje: dos dunas cruzadas; habré reconocido al reyecito dorado, acodado en el muro, con su rosa que en verdad está floreciendo ahí todavía.
En la estancia que ahora es muro de tierra, solía pastar una muchacha su cordero, con mi ausente que esa noche la quiso llevar a una corriente muy tibia, a la corriente musical de entrever la noche en su saliva. Desistió mi ausente, ebrio, porque ella, sin dar mayor explicación, desapareció como había asomado por la esquina.
Esa manera de soasar el mendrugo pasado por el humo de las fritangas de la calle Apurimac, esperando por ahí aparezca el regalo que debió desmerecernos; solos, ahojados en un rincón, unas bolas de chocolate celendino derritiéndose entre los dedos, gordos ahora. Los ojos de mi hermana amenazantes, acechando la oscura y venidera estación más melancólica que abordar esta madrugada, anudando en la voz apenas volcada, de bruces en la almohada, los otros sueños, no nos suceden a los esperados esta Buena Noche, nada.
Las entradas del cabello más que pronunciadas. Dolor de nuca, de granos masticados; este todo que año a año se alimenta de mi, cada vez más grueso cuerpo, tan lerdo por la ribera contaminada del río, tan reprimido por esa brisa mojada tocándome el rostro descompuesto.
Llamémosla suerte o lo que quiera, Barbón; dolor de estómago si a usted le place, pero en la lenta manera de evocar la soledad de la abuela, consiste el susurro más claro que al borde del lecho, a oscuras en el cuarto, vencido, regala Estrella guiando lentas palabras de calma.
Más tarde aparecen pequeñas criaturas aladas, lo llevan a uno a los cascabeleos; por ahí, por los algodonados reinos del niño que sentía una especie de melancólica maraña en el estómago; quería, sin embargo, cambiar algo al voltear la cabeza mirando el arbolito de Navidad construido por carpintero Bros. Las luces de a veinte unidades eran más que la suficiencia para una casa alquilada donde era más que novedad hacer una fanfarria de esa fiesta, roja, blanca, de varios colores que voy imprimiendo mientras respiro un frío rico, mojado de tarde hacia las postrimerías agujas diseminando lecho claro, en el bosque, donde datos fantasmas acaecen un andamio, como preclara caja de resonancia, cuando a uno lo invaden malos recuerdos al ver a la gente tan cambiada por estas fechas, tan a tono con toser, mirar al sujeto que pasa cerca con un aire de abrazarlo a uno como a un trapo.
Luego de haber descorchado los vinos, apresurado un canto creativo, parpadeante, la abuela buscará en la forma hueca de la sala del tercer piso esa sombra que la hacía hundirse en un suelo pesado, cargando con los demás muertos sobre sus culpas lomos, que eran quienes la apesadumbraban en la casa con soleras regadas de astros, el pollo frío, un copetín de vino Abuelo para la tristeza por los nietos no habidos; amodorrada manera, ir descolgando vanas esperanzas de cielo de cartón, mientras caen tintineando muchos destellos, de esa zona, desde donde se escuchan risas, luego que todos han desandado el recinto, la caja de resonancia que más se parece a una cosa aquí anudada a deshora.
Luces coloridas parpadearán hasta el alba.

18 septiembre 2009

El canto escondido

Danza finita
Stanley Vega Requejo

Lima: Hipocampo, 2009



Redada que tiende la naturaleza, la apariencia no significa su imagen; existe la pregunta, el virar que urde el humano mientras duerme. No del todo ciertas, promesas, musas-tierra, musas-todo, levitan la voz lírida del tomo.
Quien parte de una muchacha, con el corazón a cuestas en la mochila sin fondo, quien a barro poniente cifra su condena aterrado en la oscuridad que lo llama; he ahí la gaviota prefiriendo alejarse de la bandada, a extender su dominio libertario, danza finita ase su costado rebelde, y lo insufla en la musa de todas las cosas: la poesía.
Hablar de este contemporáneo poeta, autor de estas danzas retornadas a su punto de origen, es quitarme la capa, burilar sobre el pliego silbando su hoja en blanco, más de una leve impresión o un cumplido reseñado.
Hace unas horas que he leído a las volandas Danza finita, vía esa trama-Babel, la Internet, confundido en los laberínticos meollos ficticios propalados por El Memorioso, y he quedado como ayer, más simple que ahora.
Y es que emite una energía blanca su estro que combure cúmulos no borlados al sol, rasando, sin norte, ni tedios compartidos en la asolada atmósfera de cosas.
Alguien que se aproxima con cuidado a las palabras, las abraza con la lentitud de cada jueves; alguien que termina su pucho en la plazuela urdiendo árbol cercado en su círculo de tiza, no puede ser menos que un letrado a sueldo fijo, creándose deudas sobre lo que ya es una tarea más que titánica, pergeñar y pergeñar palabras que lee de una sola tempestad la ventana empañada, sobre el universo de humo, tal la quimérica tarea que se ha escogido estos días vertiginosos el poeta, atestado de deudas, no sin la pesada idea de, al escribir cada día, ir sentando deuda tras deuda, aplazadas en tomos al crédito por los editores.
No como una estrella repartida agradece su destino Stanley Vega, tanto puede que sí como que no, grito deshilándose dentro del espejo, correr contra alguien que se sabe una eterna pregunta, tal que dios es saberse suelto en la idea que no toca; alguna sombra de mar o mujer en que plañir la sonrisa del suicidio. Alguien llueve encerrado en cada una de las huestes del giro; y adorar a la vez, auto-dios sin culpable, la gangrena del dolor que ciertas madrugadas rezuma luz y ahogo por salir de una vez del cascarón, hacia el diluvio, o hacia el perfume del día mojado, como un bello inicio, cada día.
Para ir con cuidado con el volumen trazado de un aliento en tres meses, como un mapa de cuerpo hace ya seis años por el aeda del ‘pueblo de espinas’, Cajamarca, debemos detenernos un poco, entre estas líneas danzantes, finitas; no demorarnos más que el imperceptible y justo tiempo que fermenta al líquido literario, un vago vino catando a los dioses, otra vez poesía.
A esta hora fija en que los signos de la música mundana se borran con el transcurrir de una lluvia invisible, más es lo que demoro en salir oscilante de esta danza, asila al desposeído a la vez que acepta el alrededor, el manto oscuro, la palabra pregunta.
Sé que una vez leídas estas frescas sentencias, queda uno con la sutil impresión de haber paladeado gráciles destellos o koans delineados en el concepto Zen, a interlineas de los textos; lo espontáneo, lo intuitivo, rayos fijos de una precisión que no denota, sino que desborda del punto a la línea, y más bien niega que las cosas en la naturaleza no sean más que lo que parezcan, como si el estigma que dejan fuera la desaparición, el alivio, la trama levitada del descanso; para migrar en la danza, sin más timón que el de las alas despavoridas y la despreocupación hacia el final tan próximo, para componer mi buen tiempo deslizado en la caída de hojas a lo largo de la carretera de los años, de esta vida agitada y crucificada al rezo de todos los días, el poeta, terco, otra indecible vez, el poeta.
Tantas caídas resistidas para resumir que todo cae, sin peso.
Antiguo es llegar al resplandor, que desdice que parte de lo oscuro. Danza finita.

21 junio 2009

Revista Kcreatinn Nº 4

Cuarto número de la revista Kcreatinn; esta vez el número está dedicado a Jorge Luis Borges, adosado a una miscelánea creativa; son libres de lanzar la última piedra.
Jack Farfán Cedrón
Editor de Kcreatinn

12 junio 2009

Apología a un Cronopio

Papeles inesperados
Julio Cortázar
Edición de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga

Lima: Alfaguara, 2009
Como el deslumbrante hallazgo del monje partido por rayo, para, sin percibirlo, pasar a mejor ruina que esta vida procelosa, son los Papeles inesperados del Cronopio. Fueron hallados por Aurora Bernárdez en una cómoda, donde, entre múltiples legajos de aporte invalorable —algunos de ellos inéditos; otros publicados en El País, Le Monde, El Mercurio, La Nación…Varios poemarios en la edita forma que no conoce más que el rodillo del mimeógrafo, los que el mismo Julio conservaba legajados, como en una carpetita primorosa conservaba los suyos aquél bicho Alejandra, para posteridad o simple hecho de guardar algún tesoro al que siempre uno se asoma a originarle la luz que desconoce.
Estos textos, no menos asombrosos que su vasta obra crítica, cuentística, ensayística y novelística, ven la luz como un homenaje póstumo, como una apología a un Cronopio.
De corte vario; yendo desde el relato, prosas, momentos, autoentrevistas y poemas, cuando no algunos textos críticos a los amigos y catálogos de exposiciones, entre otras ocurrencias que celosamente desempolvaron su viaje maravilloso por la faz de esta tierra, en ese destino al vaivén de algo soñado.
Visto desde los libros convencionales, el armazón de este collage literario de hallazgo inesperado, es la única que da más o menos cuenta de un libro de regular normalidad en la valía bibliográfica del autor de Prosa del observatorio (1972) —valga el digno ejemplo, encuadrar las literaturas múltiples buriladas en su Remington, a dos deditos, don Julio, canillas de garza—. Esa organización pulcra que le ha dado su albacea literaria y esposa, Aurora, la heredera universal de los derechos de Julio Florencio.
A saber, tanto como no, hay apartados que no van sin la despachada lógica ideada por Alfred Jarry, Patafísica, forma desigual, híbrida de decir las cosas, ostentando como preclaro principio, “el estudio de las excepciones a las leyes científicas”, teoría de las excepciones a las reglas y tanto va la cosa.
La emprende con relatos no menos anecdóticos don Julio, que la pura doctrina que la crónica traiciona, cuando de volar con los pies sobre la tierra se trata. Y no es para menos cuando en unas pocas páginas da más que una lección-reportaje de lucha por la paz —sin quererlo, claro— de numerosos pliegos publicados en diario importante, de cómo en un pueblo remoto de la India unos niños mezclaban polvitos mágicos, para dejarle los zapatos de gamuza como nuevos, y a salir a empolvar más caminos se ha dicho.
Porque el Cronopio es universal. Porque el Cronopio está exhibiéndose en las vitrinas de todos los cronopios que lo despedían en México, abarrotándolo de tequila, fotonovelas y hasta una botellita de azogue para salir hacia la corriente del río en busca del Axolotl que va con sus patitas; y él les devolvería un cronicón inigualable a los charros, para el sol de todos sus días: Un cronopio en México. [Cuenta Cortázar que en 1971, en Estocolmo, a Neruda le regaló el club de cronopios, uno de felpa roja, y que él guardó con amor, ordenándoles desfilar a todos los cronopios del mundo, ¡Cronopios ¡De frente, marchen!]
Abro el tomo; empiezo a leer el relato La daga y el lis. Notas para un memorial y de golpe me inmerso en una atmósfera de lenguaje antiguo, con olor a corpiños y escotes rosas. Unos caballeros respetables tratando de descubrir un crimen que se retrató en las pupilas del asesinado —como solía elucubrar que así se descubrió un asesinato, Cortazar, partiendo del apunte de un artista tomado de las pupilas del que vio a su asesino por última vez, el muy muerto—. No puedo menos que sospechar de si en verdad se hablaba así en una y remotísima España antigua, o es que este delgado poeta otra vez la emprendió con la burla de la estructura en dos tomos, y la cosa que enrrevesa.
A veces me abrasan fuego adentro las pupilas de Los Gatos que robaban tiempo a las siestas o a la sobremesa, para enterrarse en las cañas con fondo de lago, adherirse rodando a un porvenir que los juntará como por un fuego quemándolos, pupilas adentro, y el signo de la noche, vano en solazarse en una infructuosa atmósfera amarilla; adviene a cuento, a fábula detestable de esta frugal manera tan inenarrable de evocar, ir avanzando por capítulos, un poco; en fangos creados o algodones de azúcar, ruinosos días de pampa y tango que hacen de la literatura una extraña manera de jamás controlarse, como lo que sucede, y ahí estamos, esperando a la mano que entre para que nos vacíe el sueño sangriento y la fuga de una siesta que pudo ser, pero que en verdad sucedió. Relato con fondo de mano o aviso de agua luminoso. Un Cronopio se sorprende de que el agente de policía tenga que reprenderlo con la multa, y el Cronopio todavía no sabe quién es el agente de policía, por eso huye despavorido de la carretera y en ésas andábamos, che. En esas estamos, cuando la mirada entornaría para posarse en un individuo al que no le es suficiente la mirada. Otra cita es la fuga, o la boca enorme que llama con buen frío de retorno. Ruina amarilla Y también no estar triste… Extraño pajarillo caído por golpe de transparencia, de intempestiva conflagración de cristales rotos al cristal de la ventana y el monje muerto por rayo y ese tiempo detestable de los justos.
Estos papeles también son juiciosos y agradecidos; tienen a buena vena salvaguardar unos versos en lo que va siendo un ensayo, una carta; un poco cebar mate y fumarse unos Gauloises, Sena abajo; El amor por París es siempre, de una manera o de otra, el amor por París…Reseñar la vida va siendo no tan sorpresivo como llevar dentro de un llavero a un cangrejo encerrado en el pez. Pagará el crustáceo la inmutable inmovilidad que lo encierra en la fibra, por habérselo tragado. Advertir qué pudo habérsele escapado al escuálido fabulador; qué es lo que siempre ha sido, un fabuloso Lucas, un extraño Cronopio sorprendido, y proliferar de manera sesuda sobre ideas y extraños sistemas yaciendo apretados al papel como collares desperdigados de hormigas y un balde de ceniza arruinándolo todo, toda conflagración o deicidio insectil a dos antenas de encuentro, que más o menos van por la tangente menos conocida que inventada; las excepciones a las reglas siempre; el cronopio de felpa roja desfilando sobre los paquetes del correo, despachando un piolín en uso y un sello de pajaritos dormidos con su mamá que les presta abrigo y les da alimento, que mucho los quiere con su pico; con un baño de plumas los paquetes, y la cinta de agua, moño ternuroso, para que vayan a destino como si de un regalo de cronopios a cronopios se tratara.

18 mayo 2009

Jack Farfán Cedrón |e-Books|


El fragor de las quimeras

El fragor de las quimeras. Apenas un restañar de lo que la historia dignifica, trasluce estas páginas, una escisión que dilapidar a grandes muertos dando cátedra a millones de parados; algunas, casi al azar, reseñas novelescas de no pocos tercos confiados de sí, más que de esa gran mayoría que no ha tirado la toalla, sino que continúa, gustosa, riente, tirando del yugo o de la noria. Sus biografías son endebles, asunto contrapuesto a sus enormísimas odiseas, que no contienen un mundo, sino cada una de las vidas de los hombres que son mitomundos, si se las resume a mera mesa de operaciones, de laboratorio creativo. Son, por ello, alguna metáfora escapada al señuelo del remedo apodado vida. Pero ellos, los grandes novelistas vivieron, de algún modo, para posteridad y encrucijada de interminables senderos bifurcados; sus dioses son ellos, y han muerto para reavivar la llama a letra fulgente, esas oropéndolas, “perras negras” que a ladridos inimaginables quiebran el oscuro, infinito atajo, purgando espectrales, alrededor de esa música de las esferas celestes por donde transitarán los escépticos que no van al Cielo, sino que se autoexilian a cada instante de la muerte que no crea, cree. (...) Ésos genios sabrán por qué nos sobrevivieron desde siempre.






Porque la belleza es plena de superar las revoluciones universales de los seres extraviados en la fina láctea que toco en tus labios
A Ti




Las aves horrorosas pestañas predictoras-demento-mito-esquizoides abriendo la maraña surreal dentada sin ropajes al exilio entulvioso de las primeras aproximaciones al horroroso espanto psicotrópico de amar ileso aun de las ruinas de la fiebre


Gravitación del amor







...En Series Absurdas enumero estados de ánimo enrevesados por mi mente, en un tiempo real, las ideas más insólitas que hasta hoy se me han ocurrido a medida que he ido escribiendo mi obra, digamos, considerable.


La hendidura del vacío

Así como el vacío que hace girar a la rueda, La Hendidura del Vacío es a la herida que ha dejado una visión real del mundo…es la llaga por medio de la cual surgiremos desprovistos de todo piso terrenal hacia una luz salvadora, la de la palabra dicha con total desparpajo, una iluminación en el punto final de la existencia, cuando la certeza de estar vivos empieza en la perduración de La Poesía, muy a pesar de la rutina…Poco más que un extraño, jamás seré parte del redil, no menos feliz que estos acres y sinceros versos, mi descontento por un mundo que literalmente se cae a pedazos inscribe sus blasones en la tarde antigua de herrumbre asolada. Su lectura podrá no ser la salvación, pero es un hecho que la herida que dejará en los lectores sensibilizará el manto gris e indiferente que cada amanecer cae irremediable sobre los hombres.




Con el primer capítulo de Ángeluz, compuesto por piezas poéticas más o menos de largo aliento, abro el telón que devela elementos de un surrealismo candente. A esta primera parte también corresponde el apartado Este panal de soledad, en el que combino el prosema y el versículo largo, que de un solo tajo muestra lo emotivo de los primeros encuentros platónicos.
Es un hecho que la poesía nunca se valió de la ampulosidad del género novelesco para originar grandes expectativas en el lector. En la segunda parte doy cuenta de la lejanía de mi musa, ya idealizada. Aquí hay más poemas en prosa que en verso. A la larga el sufrimiento del yo poético va in crescendo. El último apartado de esta segunda parte que da término a tan grande emoción es: Dirección de volver a amar con claridad, y revive -como el fénix- de las cenizas de una pasión otrora solar, candente, más no se abandona del todo aquel vago pesimismo con el que recuerda el amante no correspondido a su Musa Inmortal.
Ángeluz: “Ángel de Luz”, apuesta por una realidad vista como una efímera y agradable fantasía, ya resurrecta, ya primigenia, en un vaivén de emociones que siempre son desesperanzadoras: el trágico fin, el último domingo de la existencia de los amantes, y como leve garúa de pesimismo, su separación definitiva.Si para sacar a relucir todas las emociones que provoca el amor es necesario desgarrarse el alma, muy bien, lo hice. El todo por el todo.
Todo legado literario es sinónimo de sacrificio y esto sumado a lo antojadizo del corazón, pleno de lenguaje, de un facilismo léxico propio de los seres enamorados, han dado como resultado Ángeluz: Ángel de Luz, Amada Inmortal, Ángel, Toda. Un torrente nihilista de versos desoladoramente apasionados con los que cumplo una meta humana y redentora: la salvación del hombre a través de las palabras, esas briznas mágicas que conforman el gran césped del amor. J.F.C. 22-3-07.




"...Pasajero irreal, tiene mucha pasión y energía, siempre está buscando generar un sentimiento. Dulce o ácido, nunca agridulce. Encandila y emociona, se convierte en un sorprendente desafío y una experiencia gratificante. Regala un sorprendente ejercicio poético, maduro e introspectivo, desterrado de la cursilería y sandeces.
Llega profundamente al entendimiento. Es especial, esencial, un rara avis para el medio. Es el poemario que se lee con fruición. Ahora pueden. Valió la pena la espera. Las gracias a Jack Farfán y Skellington, por compartir sus extraños mundos". [Willy Miranda]





El lenguaje de Vironte es lúdico a la vez que íntimo; acude al amor de entrega mutua y rehuye del amor mártir. No hay sufrimiento abnegado, solitario, ni mucho menos platónico. No obligaciones. Ya que nació como una bonita amistad, aún se conserva, sin rencores. Como el sueño contado por el amante a la amada de que hubo visto al amor como una larga bufanda de nube rosa oscilando en un amplio celeste sin tiempo, así son sus sueños, serenos. Los extraños parajes solitarios del campus, las palabras que no se detenían ni ante los parabrisas llovidos, las hojas muertas acompasando el viento del amor; todo esos detalles acompañaban su camino, esa ruta maravillosa en donde todo era desinterés y sorpresa, ternura y nada de reclamos, como dos amigos que caminan por el solo hecho de caminar, sin citas, sin obligaciones, sin números; como dos amigos que se necesitan y se encuentran sin buscarse. [J.F.C.] C-3-10-07.




Al Castor 2




Al Castor 3






Al Castor 4







Signado por la fatalidad, Cartas se encumbra en los montes escarpados del proceso amatorio. Como un suave murmullo que ella inició al mirarme, empieza disfrazada de amistad una pasión que termina con el sueño para siempre de la muerte. Y es que es así, todo debe terminar, como una catarata que golpea; todo habrá de perdurar también, ya que el amor es lo único que perdura. Cartas, un suicidio lento de los amantes, un claro de sol en el bosque de la muerte que deleita, como un amor fugaz que desvanece al tacto. [J.F.C.] C-3-10-07



Les presento Ángel, un poemario escrito bajo el influjo de la magia. La inspiración es eso, un ángel. Todos tenemos uno que ha viajado; unas veces cerca y otras veces muy lejos. Dejemos que en forma de viento de oro nos toque las miradas, que ya empiezan su cálido viaje de agua por el rostro. (J.F.C. 26/4/07)


En este mi último poemario: Las Ramas de la Noche, dilucido la fantasía que a veces percibía en la naturaleza. El viento, las nubes, el agua, la mañana, aparecen siempre en los sueños. Y los sentidos atrapan las ondas de fantasía que viene en su música. A veces un ladrido, a veces el mar bajo la noche con todas sus ramas de plata. No en vano los sueños nos dictan su mensaje. Soy consciente de que estos pequeños poemas tienen pinceladas de un surrealismo casi puro, y el degustarlos equivale a un abrazo, acaso a un beso. El lector se acercará a una suerte de calidoscopio poético: los colores del sueño que tejen la poesía. Abrirá el libro, y al terminarlo de leer tendrá la vaga impresión de haber seguido todo el transcurso de una mariposa que acababa de despertar ¿o de dormir? [J.F.C.] C-30-5-07






Como última emoción o musa evocativa, como el único remedio que me salvó unos días más del colapso que es a veces la vida -el lugar donde irremediablemente sucede la poesía-, estos poemas gozan del mérito de la tranquilidad, aunque tejidos en la desesperación que encaja perfectamente en los reinos de la poesía, poesía como desfogue, poesía como último bastión donde apenas deslíe sus rubores un sol tardío. El año en que terminé el libro, empecé a recuperarme de muchas heridas de amor, y hoy, después de dos años de pelear con los concursos y con el egoísmo del poeta inédito, lanzo al planeta El Leve Resquicio del Amor, 46 poemas breves, suaves y lúdicos, poemas cuyos primeros pasos transitan evocativos encuentros amorosos, frisando un frío avril; micro cortes que la imaginería practica entre vacío y desesperanza, en pequeñas dosis que nos acercan cada vez más a esa puertecilla mágica que es la poesía, que abre sueños, visiones fantásticas, qué sé yo, ilusiones, que acaso aún quedan como briznas de hierba brotando de una pared agrietada, en la casa vieja del dolor. C-10-3-07. [J.F.C.]

01 mayo 2009

Kafka traducido

No me gusta la prosa de Kafka. Hubiera podido gustarme su manera poética —de haberlo leído en alemán— de abordar el absurdo cotidiano; lo cierto es que mi aversión por las versiones traducidas de sus libros de vocabulario indigente, se debe, —y lo agradezco—, al ensayo de Kundera, Los testamentos traicionados, donde revela cómo han sido despiadados sus traductores (Max Brod, David) al clavarle el cuchillo de “su estilística”, que por inercia no concebía las palabras repetidas en la obra del debilucho de Praga. En esencia, estas repeticiones, esta persistencia rimada, hacía de la prosa de Kafka, justamente esa puesta al margen de la antiestilística que tiene como objetivo un estilo ‘original’ en los traductores, de darnos envuelta su muy tomada libertad para reescribir los libros; eso rebasa los límites de traición a la obra original. Un segundo concebido como un universo, llegó a su epítome en libros como el Ulysses, independientemente de si con el ánimo de lograrlo el autor dublinés haya tenido que recurrir a la parquedad de lenguaje, a la persistencia de palabras que hacen ese tiempo novelesco, que el texto sea lo que es, original, lejos de la ‘estilística’ que no concibe las palabras repetidas en los traductores que sí que se toman toda su libertad al traducir. Lo que hizo de la prosa de Kafka, en suma, lo que es Kafka, leído en su idioma original, es justamente la naturaleza simple de su lenguaje. Al igual que en Hemingway, al igual que en cualquier otro autor de frondoso o parco lenguaje, Kundera censura la manera cómo esa supuesta estilística que opera en un traductor, mutila y hasta cambia ese vocabulario repetido, cuando no el completo sentido fraseológico, dándole un contrasentido que sólo para el mutilador de la obra tiene ‘su propio sentido’. Lo que para los traductores, preocupados por la estilística, es ‘acomodar el estilo’ en un autor de lenguaje indigente, parco, suficiente, no hace más que cambiar el sentido de la obra, la poética de su prosa. He ahí, que para muchos alemanes, seguramente Kafka es grande, pero para un peruano al que le ha llegado una traducción cuidada ‘estilísticamente’, mutilada, no es más que un ejercicio literario sin mucha trascendencia. Así pues, empezaré a leer en idiomas originales; la tarea, por muy ardua que parezca (diccionario en mano), como todo cambio, sí que será un rechinar de dientes, un desgarro; pero qué dolor no surte sus agradables efectos cuando pasa el temporal, el temblor de un deslumbrante nacimiento. La genialidad de un libro reside en leerlos en el idioma original en que se escribieron.

05 marzo 2009

No Line On The Horizon

Bono aparece cansado. De acuerdo a las estadísticas meteorológicas ha ordenado en una de sus canciones un poco de nieve en Londres, unas bloquetas azules y amarillas superponiéndose a las barandas del apartamento con un baño demasiado lujoso para su barba rojiza. La cámara oscila líneas demasiado quietas. Una sola línea no puede ser. Los ojos traducen el resto. El auto arrastra la nieve en que está el tiempo siguiendo su estadística Diary of Manhattan. Una bomba suena como a reconstruir las pepas cayendo en desérticas claridades. A las moscas no refutarlas tanto puedan lamer sudor siquiera de los famélicos en el continente grande. Ah la esperanza. Qué verde envidia, ah la esperanza. Él esparce sus arrugas y cada quinientos comentarios es crucifijo o santo que lamentar si alguien dice “qué papo toca la guitarra”, cuando él canta. Cosas así al costado de cada meollo de telas de cebolla color país bicolor o color. Los inútiles comments no hacen al mártir; su mensaje no puede parir desde la Tierra algo que sucede al infierno cotidiano. Las palabras se deslizan; parece que cuando es entrevistado al crepitar de las llantas, fuera a vomitar una última canción, un último bloque oscilante a la cámara que traduce a su gordo filmador dentro el espejo. Ángel of Harlem ha despepitado a un cuarentón al lado del traste humeante, de la mujer perfumada con esquina. Los gatos coligen la frutada agonía de los Yoghurts Lights que saben a ventana (Gabo lo diría con estilo). Pero no alteran los signos. No lo. Bono aparece como un crucifijo, a santo de mata, entre miles de usuarios pegados al Libro de Caras. Por ahí que un grupo de mamertos que se pegan demasiado, otros que figuran como recontra existentes, tanto literatos, bailarines o a quienes les interese ambos sexos. (((No lo son, créanme))). La gente aún puede alargar la mano. Despegaos del polvo; estoy confundido.

20 febrero 2009

ESCRITORES DE POSGRADO

Telúrica y Magnética

Revista de Escritura Creativa de la Unidad de Posgrado de la UNMSM

Lima: Chätäro Editores, 2008
La aparición de Telúrica y magnética, dentro de la sección “Al tanteo en la oscuridad” trae una gozosa primicia, se trata de un adelanto del Epistolario, de César Moro, el poeta solar que era profesor de Vargas Llosa en el Colegio Militar Leoncio Prado. En este primer número se reproducen unas cuantas misivas que el poeta mantenía con su hermano Carlos y Antonio, de Cartas, un militar mexicano; precedidas de una breve noticia de Gladys Flores, co-directora de la publicación sanmarquina. La edición próxima de Epistolario está al “cauteloso cuidado” de Jorge Kishimoto, por encargo de André Coyné (antes de su regreso a París, por problemas de salud, en mayo del año pasado).
Las secciones de la revista, dirigida también por Marco Martos, llevan frontispicios con los versos de Vallejo. “No tienen boca y hablan” es un grupo de versos de poetas ya establecidos en la escena limeña. Ana María Gazzolo, Bernardo Ignacio Massoia, David de Soto, Gladys Flores, Gonzalo Portals (Premio Copé), Jaime Urco (poeta y docente de a UNMSM), Josué Barrón, Marco Martos, Paul Guillén, Rodolfo Ybarra, Róger Santibáñez y Román Antopolsky.
“Paquidermos en prosa”, da a conocer voces nuevas, no menos dedicadas en su ejercicio de escritores. Julio Fabián, intromiso en el monólogo de una estudiante de negocios que laboraba en El Almacén. Leonardo Dolores Cerna, monologa en La ciudad.
Manuel David Arce Martino, con Honor Sexual, aborda el problema de la pedofilia. Técnica del iceberg, el “dato escondido” muy bien dilucidado en narrativas de autores consagrados, desde hace más de quinientos años: Tirant lo blanc, de Joanot Martorell, es un ejemplo de cabecera para el autor de Cartas a un novelista. Las sagas muy bien escamoteadas al universo narrativo, del cual es parte y Dios a la vez, ese narrador camuflado, mostrando la punta de lo narrado. Hemigway fue quien, con no menos maestría, supo dotar su literatura con esta técnica intromisa en todas las sagas literarias del autor de El viejo y el mar. El temible Sanctuary, de Faulkner, dan más que magistrales ejemplos de cómo el narrador universal no debe convertir a su historia en ese universo “sin principio ni fin”, el cual es imposible abarcarlo en una pigmea historia, límite de todo narrador que sabe medir sus fuerzas persuasivas. Arce Martino en Honor sexual, hace dialogar a sus personajes como si no hubiera ser omnisciente tirando de los hilos; siempre guardando datos para el final, y el mismo final queda como una pregunta abierta. Este relato obtuvo en 2007 el 3er. Premio en el Concurso Nacional de Cuento del Colegio Médico del Perú. Oriundo de Chulucanas, David va puliendo La casa de los cachorros, conjunto de relatos con acerbo norteño, de raíces ancestrales, que circulan de generación en generación en la calurosa Piura, como en un remoto Macondo; tal es su universo narrativo mágico-realista recreado. El tomo, en su ligazón conjunta se lee como una novela. Esperamos ansiosos su aparición.
Pedro Villa, con Cambio de estación cierra el apartado narrativo de la revista.
“Murió mi eternidad y estoy velándola-Homenaje a Pablo Guevara [1930-2006]”, trae un par de reseñas de Mentadas de madre, poemario póstumo del poeta ganador del premio Copé, 1997, a cargo del profesor Jaime Urco y Santiago López Maguiña.
“Cálamo inacabable” desempolva una nutrida noticia del poeta futurista Juan Parra del Riego [1894-1925], gracias a la gentileza de Jorge Kishimoto, por haber permitido publicar dicho texto de Xavier Abril.
Telúrica y Magnética finaliza con el ensayo del argentino Bernardo Massoia Peralta —docente de la San Marcos—, sobre Vallejo y la Vanguardia peruana, desde un contexto socio-económico. El ensayo propende a un tinte riguroso en el análisis tanto verbal como contextual del hecho sociológico abordado: la vanguardia Vallejiana dentro de “procesos latinoamericanos y andinos”.
De esta manera, la Escuela Creativa de los alumnos de Posgrado de la UNMSM muestra un adelanto de lo trabajado en sus nutridas sesiones académicas. Creatividad al asalto, ya no como un simple taller de escritura creativa —que abundan en el país—, sino como estudios rigurosamente académicos (“La UNMSM es la única universidad en el Perú que tiene maestría en el área señalada”—informan los directores en el liminar—)
La escena literaria limeña ya suma a Telúrica y magnética como otra respetable revista literaria peruana. Está abierta la convocatoria para quienes deseen colaborar para el segundo número.

*Referencia bibliográfica: Varios autores. 2008. Telúrica y magnética. Lima-Perú. Chätäro Editores. 108 páginas.

15 enero 2009

Miércoles 12, final de la tarde

"Yo soy siempre el mismo desconcertado cronopio que anda mirando las babas del diablo en el aire, y que recién a los veinte mil kilómetros descubre que no ha soltado el freno de mano."
[Julio Cortázar, Cartas, T1]


Racimos de lluvia empluman la atmósfera de agua. Cual las babas del diablo. Casi leve, despaciosa y paciente en picar mi aburrimiento, sabios escultores sobre mi gruesa cantera vegetando, la lluvia y sus escultores racimos construyendo una historia pasada en el mármol de mi cuerpo. Y cae, cae obstinada en no sé qué sonido alargando la monotonía en los charcos. Los racimos de la lluvia, las babas del diablo que Cortázar.
Una mujer fría no se molesta en sacarse las medias antes de hacer el amor por segunda vez con un extraño al que se vende por un solo y anaranjado billete. De bruces, sobre sus lágrimas, en un vaivén de tetas chorreantes aguanta las arremetidas y apaga el acelerado sonido vibrador de su celular que llama desde un cálido pueblito con flacos hermanitos y una madre enmarcada en un paisaje pintoresco. A unas catorce horas de viaje. Tal vez el sonido del amor se asemeje a su olor salado, a su olor marino-axila desemejante al volver, a frente tumbada en lo de pasar para no morir ya de viejos. Tal vez el sonido del amor enclaustrado en una oscuridad que palidece las personas, sea esa soledad de ir colocándose la ropa despacio y sin mirarse, con el pudor que quiere salir por una hendija de la puerta, hacia el frío qué más da, hacia el frío y cansado mutilar de las horas en la TV a pasillo donde los demás cuartos. En un callejón sin salida donde las mariposas pálidas calientan la entrepierna con una ronera cerca. Muy cerca. Atardecidas en una batalla cansada como unos trapos negros que caen, las vestimentas del amor crecen en su arrugamiento desprovisto de todo calor, mientras a un palmo la batalla de los cuerpos sucede, irremediable. Cambie de posición. Y rutila su valva mojada. Las espinas del adiós dan la posta al llanto, como en esa carrera que es la vida. Y una espera por tu reino, lo que es peor, tus húmedos flancos. Menos plácido que ayer —por decir casi año y medio— miro a la mujer que enfría mi cuerpo, y a la vez lo enternece en unas solas bocanadas afuera, tanto es esto que sucede que no puedo dejar de respirar pausadamente al compás de las volutas de humo provenientes de las pitadas al cigarro que parece emerger como de un gran vacío, al que no se le puede gritar hacia dentro. Nonada. Llamo en la oscuridad y advierto que la batalla carnal ha terminado. Y no queda nada. Nada, salvo la esperanza del olor pasado en la siesta, una axila a cada paso, un remolino en el inodoro que traga las penas. No hay santos que remedien estos trajes descolgados desde una rama infinita, como en la oscuridad de un grito firme, opacado tras una puerta cerrada cuando al otro lado de una hendija acecha un petete gigantote vas a ver nomás que te agarre. Amarillote y rubio, ojoso. Petete que ha crecido de entre los juguetes del pequeñito de cuatro años llamado Gupi. Ése destino, mariposa pálida, de tender el cuerpo hacia vergas que he aprendido. Con asco y al revés del poncho. ¡Al pincho!. Queda el largo de un espacio que ni con suficientes brazos alcanzamos a rodear, ni por un mundo unido en siquiera las máscaras, obligados actos que bien se podrían emular si de sobrevivir se trata. Es por eso que existe el perdón para con nosotros mismos. De esperar en ruta el camión que te llevará hacia la civilización, galpón de mariposas pálidas friolentas con la colcha entre las piernas. Abiertas a todo, menos a un calor extraño que las acecha echado, desde ahí hasta el fondo en que las cruces y las fiestas con boletitos por cada baile que os deis y por sí las moscas un viejito cuidando, machete al cinto y verga de toro a la mano callosa, para los malcriados que osaran en bailar con la mujer de alguien, carajo! Hacia allá, al borde de un feliz abismo de casas apoltronadas en una sola calle migra una cinta de plata a lo lejos en su lejano vagido, como una ola de sopor por las tardes. Dos estudiantes gimen y creen haber alcanzado la plenitud de los cuerpos o el éxtasis de las almas, mientras en el piso de abajo alguien más de uno (se la cascan), y luego una chancha para una botella de cañazo que la juerga de los viernes empieza, con cantarrista para la sequedad de palo en piso Francia o en jequecito cantina donde poco falta para que se besen los amigotes, que al encuentro, que al solo hecho, que al encuentro. Batería Filter o voz The Cristal Method instauran la nitidez en la continuidad de las babas del diablo. Ahora que descubro que Cortázar era un cíclope de dos ojos cuya frente crecía según el descubrimiento de la plenitud del momento literario, crecía y crecía hasta verlos contrariamente lejanos a esos ojos de abismo. Perico me confesó tenerle miedo al cronopio gigante, y no es para menos. Sus ojos desaparecen. Cíclope en proceso de separación de los ojos. La bufanda cantora yace en tu frío alelado. Un trombón tocado por un ángel negro que rueda por donde los cigarrillos. Cenicero mágico tridimensionado. Endgame. Parabienes y abrazos. Por las palmas abiertas a la loa de contrarios ojos cíclopes que desaparecen en la frente del cronopio. Miedo ahora multiplicado en la suma de dos pericos por jaula armatoste escapando por ahí, por dónde más va a ser, por si la lluvia descontara ya un supuesto. Recién a la velocidad de las babas del diablo en estrellado cielo iridiscente, ha descubierto que había parado a por un vaso de agua, sumergido paradójicamente en sus ojos de cíclope desaparecido, alejándose más y más el uno del otro, de su paradójica cercanía. Sumergido, hilarante, bicíclope. A dos por miedo. Que en tu Maga, cronopito, como un duende bien educado. El copete encima y el gauloise de siempre. Y que no vaya a morder la Remington, porque eso del miedo a las hojas en blanco es ya otra historia y de famas. Las Spice Girls son tan tiernas con lápiz labial de brillo para una buena mamada, fucsias en su felar suaaave. El método de la diarreica matita de legumbres literaria afrontada en muros sin tiempo, disparatada como chisgueteando el óleo en una supuesta obra maestra de El Gran Arte Contemporáneo. Flashes. Unas copas. Saludo o río a izquierda o derecha. Es él, el crítico. Y al retorno las cruces de un espanto de plata a plena noche en la que ausentes almas desperdigadas, una por basurero, en un orden metropolitano donde los perros traen colchas alfombras en papal pasado que más dorado está en los trajes que en las cúpulas gendarmes. ¡Oh, tres veces oh!. He creado. He creado. Tranquilo a desgaire azufro las enroladas frotaciones. Como a paja entubescente. Al charco. Al charco, por esperar el pucho pretérito. Los dedos van por su cuenta.
[Diario, 2008]
En: Kceratinn, Año II, Vol. 1, N° 3, Cajamarca, II semestre de 2008

Cartas, de Julio Cortázar; Edición al cuidado de Aurora Bernárdez

A manera de cuaderno de bitácora o diario de vida, las más de mil páginas que deleitosamente redactó en estas Cartas Julio Cortázar, dan cuenta de una vida intensamente literaria. En ellas, a guisa de autobiografía —léase proceso de la “cocina literaria” del escritor—, proveía sus lineamientos personales de lo que años más tarde, 1963, fluiría consolidada ya en la obra maestra de la antinovela latinoamericana, y, solapadamente, el cómo escribirla: Rayuela.
Con Presencia, un tomo lírico perpetrado cuando muy joven, entre otros poemas que enviaba a sus amigos en amena correspondencia nutrida de ideales y aspiraciones dentro de un entorno aciago para su crecimiento intelectual, el cronopio demostró ser un poeta brillante y solapado, cuando no un consumado músico, que en El Perseguidor tramó la genialidad de un Charlie Parker y la naturaleza del feeling del jazz.
Sus cuentos son piezas de orquestación, la “música de cámara” de la literatura, mientras que —como él lo manifiesta—, la novela sería la “orquesta sinfónica”, y él hace gala de su maestría en los dos géneros, siendo sus cuentos los más perfectos —después de Poe—, que se hayan escrito en la historia de este género, no en vano tradujo los cuentos completos del atormentado autor de The Crow, de manera admirable, en sus inicios como traductor para la Cámara del Libro de la República Argentina.
Un poema dramático, Los Reyes, firmado ya no con el seudónimo de Julio Denis, respeta a la vez que vulnera la tradición cretense del minotauro. Los tomos Final del Juego, Casa tomada, Bestiario, Las armas secretas y las célebres Historias de cronopios y de famas, eran ya más que la suficiencia alcanzada para un autor que no frisaba aun los cincuenta años, en pleno mar de las luces: París. Maquinada a principios de la década del 60, Rayuela lo consagra como aquel mítico y melancólico hombre alto que confesaba sorprendido en una de sus cartas, estar al borde del colapso y que no le vendría mal pedir ayuda a un par de pulpos para contestar más de un metro cúbico de correspondencia llegada de lectores desconcertados de toda la América Latina, lo que confirmó su sospecha de que Rayuela iba a ser una bomba antiliteraria para el medio. Y hasta hoy no es fácil empresa emprender su lectura.
Cuba, el socialismo, reuniones y viajes por todo el mundo como traductor de la Unesco, la India, el sueño de recorrer Europa hecho realidad, las demoledoras empresas editoriales que dirigía, como la de traducir los cuentos completos de Edgar Allan Poe, la libre manera de perpetrar el ensayo de dimensiones descomunales, Imagen de John Keats, no sólo afianzaron su creatividad y persistencia literaria, sino que con Rayuela se convirtió en un mítico sueño literario “de estos y de otros lados” para las legiones de jóvenes, a inicios de los años 60.
En esta correspondencia, editada en tres tomos, en los que Aurora Bernárdez (su esposa) tardó diez años de apasionada búsqueda y edición, el desconcertado Cortázar hila una afable comunicación con amigos argentinos, e intelectuales de la época, entre ellos: Mario Vargas Llosa, Ítalo Calvino, Alejandra Pizarnik, Octavio Paz, Lezama Lima...su entrañable amigo y editor, Francisco Porrúa, el poeta Paul Blackburn, las peripecias de prueba de galeras de la temible Rayuela, cuyos saltos pueriles de pie de capítulo, inevitablemente nunca nos llevarán al “capítulo que nadie leerá”, esto siguiendo el tablero de dirección que escribió unas treinta veces hasta su forma definitiva. Cartas entrañables, de una sutileza y humor fino, confirman su frescura de ideas que también siguió a lo largo de sus libros. Una espontánea manera de dejar “correr el vasto río de los pensamientos y los afectos” —escribió en 1942— que no debieran ser cartas rebuscadas, “vueltas a copiar” o pensamientos con pretensiones de posteridad, sino más bien una feliz manera de contacto con las palabras que salven las distancias entre los amigos; cartas, el puente mágico que une la ausencia y el espíritu real de los amigos, que los tornan más entrañables.

*Referencia bibliográfica: Cortázar, Julio. Cartas, Edición a cargo de Aurora Bernárdez. 2000. Argentina. Alfaguara. T1, 675 páginas.
En: Kcreatinn Nº 3, Año II, Vol. 1, N° 3, Cajamarca, II semestre de 2008

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).