13 septiembre 2008

Literatura

En toda esta fauna no me queda más que ser honesto. Y de hecho, no engañarme. Para quién escribo, una pregunta que nadie se debería esforzar en responderse. Hay muchas cosas en el mundo que las hacemos por algo. Pero la literatura es casi regalarlo todo para ir tras el Señor, o, más o menos, ser el esclavo de esa musa que es la vida, informe, con altibajos, alegrías y sufrimientos, pero nuestra. Una pérdida material, pero la ganancia de una comarca sin precedente: Literatura.
Hacer algo sin interés alguno puede resumirse en una de las tres cosas que un sabio principio oriental sentencia para ser una persona realizada: un hijo, un árbol y un libro. Pero la literatura se ríe y serpea su cola dorada bañando al valle que despierta. Pero la literatura es la maraña de un nudo ‘concha’ que nos lleva y nos enreda, nos peina y nos despeina, para por fin ceder y entregarnos nuestro florilegio, el texto; bien que mal, el texto; bien que mal, pero algo satisfechos, cuando no casi siempre desbordantes de felicidad por haber llegado a una especie de orgasmo, la catarsis literaria, sucedida en un breve lapso, que, será el magma que tal vez te mantenga entretenido durante mucho tiempo o aun, toda la vida. Esculpiendo y esculpiendo, puliendo y puliendo la gema, hasta ver el producto final, el libro; pero este señor de lomo y hojas no debe preocuparnos mucho; más bien lo preocupante es que haya muchos y apresurados libros, y más bien lo correcto sería ver aparecer un libro paciente, que al final deslumbrará a los lectores por su edad eterna salida desde el centro mismo de las montañas de sabiduría, experimentado, pulido, sabio al nacer como un árbol que aparece de improviso.
Los seres dotados de más o de menos talento lanzan sus plegarias al vacío que los llena de una satisfacción espiritual insondable, y ése vacío es el equilibrio perfecto con uno mismo.
Todas las personas que trabajan por dinero o que visitan por dinero, o que clavan o conducen por dinero, deberían escribir unas líneas diariamente para sacarle gajos de espiritualidad al oficio, inmiscuyendo la literatura en sus destinos.
Cierta intemporalidad transcurrida desde un halo anacrónico descubrí La Poesía. Una mujer vertiendo piedras de colores en un cesto de oro. Luego de ese sueño la mujer aparecía con el fulgor de la Luna en la noche, en mi destino de estudiante, llenando así, cierta manera de ser monótono, contribuir al complemento del trabajo que me dará de comer.
Olvido las obligaciones de la literatura porque no debería tenerlas; no muchas, al menos. Obligaciones, por ejemplo, serían, escribir cumplidos para otros amigos escritores, acerca de sus experimentos más o menos ‘en proceso’ o logrados; pasar lista culturosa en las salas de un rojo terciopelo y de pálidas palabras; rociado el vino, sahumados los aires de un ingrato ego envileciendo esta satisfacción espiritual llamada literatura. Tal vez las únicas obligaciones son un horario para escribir, y el empeño que pongas al oficio, dentro de este empeño, muñeca rusa, teoría escindida, la luz puesta en explotar nuestro interior cada día, como el fulgor del Sol tras la montaña, la dinamita del ser estremeciendo al mundo con el acto más divino de que somos capaces: escribir. Como quien dice, ‘escribir desde adentro’, sin tapujos, sin miedo, sin ninguna obligación aparente, ni deber, ni moral. Siendo tú mismo llegarás a la gloria espiritual, lo único que puede darte este “vano oficio”, aunque la corona de laureles o de oro se haya secado; aunque abunden más libros que buenos escritores, aunque la inmensa e infinita biblioteca de Babel sea o esté a punto de ser infinita (Borges ya aproximó su profecía a los hombres, acerca de una biblioteca infinita: la Internet). Y no necesariamente para un público, tal vez ahora esa biblioteca la consulten fantasmas que con un solo clic retornen a lo circular, a lo cíclico, a las trampas de las reencarnaciones, al retorno de lo ‘dado por visto’, de lo vasto del hombre que ha esparcido conocimiento, al final guardado sólo en la memoria, como en ninguna hoja avejentada por el efímero tiempo.
Al final, el acto literario es lo que hace preciosa la existencia. Sus frutos, gloria, fama, dinero, sexo, libros, convenciones, laureles secos o laureles volteados. Genios remedones o pobres diablos. Escritores malhumorados, rencillas intrascendentes, concursos de muertos, institucionalizaciones, etcétera. Éso no debería preocuparnos; libros y más libros, no debería preocuparnos. Conserva el acto de escribir, y no te preocupes por si publicas o no, por si te llevas tus libros a la tumba, que al final la vasta corriente del conocimiento puede que se conserve en la memoria universal de los hombres, en ese acto de sincronización que tiene el pensamiento volcado a todas las mentes que fueron y que son, como el libro sucedido de los sueños. Y si has escrito, será suficiente. Y si nadie te ha leído, será suficiente, porque tu esencia ya está grabada en todas las mentes de los hombres. Con eso basta, estate satisfecho. Al final te quedas siempre con esa sensación de un espíritu lleno como un vaso que ha rebasado de felicidad sus lágrimas. Qué es todo esto, para quién es, por qué hacerlo, ―dirán los que se ganan la vida decentemente lejos de los libros y de la creación. Es literatura, respondo, y está lejos de lo que no te llevarás a la tumba. Literatura, sólo eso. Una ráfaga de satisfacción espiritual te quedará en el último recuerdo.

de Diario (work in progress)

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BÍO

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).