27 julio 2008

EL SILENCIO DE LA MEMORIA, de Félix Terrones

“¿Cuántos sacrificios le entregamos a la llama de la memoria?”, susurra un delirio reflexivo en los epílogos de esta breve pero bien construida historia en la que el escritor Félix Terrones evoca “una historia dentro de otra historia”, sutilmente, desde una ventana interior, y nos sumerge en el delirio, “la mirada del instinto”, “atávico y sin memoria”, que ágilmente, no sin la densidad que requiere en su trama una relato de esencia, en el que la ‘justa palabra’ enarbola la ligazón de sucesos. El silencio de la memoria, precisa y reflexiva, vista ―en palabras del autor― “a través de los ojos horrorizados de un ser misterioso y patibulario, donde el lector se enfrenta al recelo que suscita la aparición de un extraño”…“Despiertan entonces viejos y ocultos temores sobre cuál es nuestro lugar en el mundo y qué o quién, finalmente, lo decide”.
Los Olaechea, una familia aristocrática, vive la decadencia de un mundo que su siniestro narrador evoca, a través del atento ojo del último miembro de su poderoso clan que a último momento lo va perdiendo todo. La casa demolida por las palas mecánicas del olvido; el recuerdo de una familia cuyos óvolos enriquecían las arcas de una capilla encallada en la memoria de una ciudad semidormida. Una ciudad fría en la que seres hambrientos se destrozan los unos a los otros, harapos gentiles de que estaba hecha su miseria. No era casual ver llegar a alguna muchacha ensopada en lágrimas luego de haber sido violada por indios infames que al borde del camino desataban los desafueros sexuales de su viril animalidad.
El narrador de esta historia monologa entre las sombras de sus recuerdos “una historia dentro de otra”, al detenido y luminoso oscilar de la luz de cinco velas, como cinco puñaladas hendieron el cuerpo del senador del pueblo, atado a un roble, con la maraña que tejió el olvido en una casa detenida en las 10:20 de la mañana. A veces las hojas sobrepasaban en tamaño a las ramas. El roble, es aquí símbolo de la fortaleza de una familia que al final se derrumba junto con el árbol que se vino abajo por el menoscabo que los años tejieron en su historia; con él, todo un símbolo de la fortaleza menguada se viene abajo. La familia Olaechea, estragada por las desgracias tramadas por el aspecto brujeril de la india María, vagando en las estancias, aterrorizando a Eugenia, la madre, que a toda costa quería deshacerse de ella. La María hundía de a pocos en el alcoholismo al senador, quien al final muere apuñalado por su esposa. Culpando del asesinato a la india, Eugenia la condena al suplicio de la horca en la plaza mayor. Eugenia se deshace así de la india María, entre rezos que por el sufragio de su alma dejó al viento de su hipocresía.
Cuarenta y siete capítulos engranan esta novela, maquinada con parco estoicismo e íntegra voz poética, una existencia que al derramar el velo incesante de la noche se torna cada vez más incierta ante el avance de los dientes del transcurso narrativo, que, voraz alimenta, a su creador, cuya línea genésica alumbró el primer cabo de vela.
El roble de las pasiones derruido y la muerte inevitable en el jardín de la casa familiar, con sus lanzas enredaderas inunda con esa desgracia las estancias, un olvido que trama sus fantasmas en la noche. Sus pasiones que acechan, el asesinato del padre, los alaridos apasionados de Rosario, la hija adolescente desequilibrada penetrada por Juan, el jardinero, cada bruja noche precaria. El roble de las pasiones que la memoria encierra, acechante.
La brevedad de los capítulos sustenta una narración densa en cuanto a que la atmósfera claroscuro así lo requiere. “Los cinco cabos de vela” en un recinto que atormentaba al niño con la testarudez de Carlos, el hermano malvado que lo aterrorizaba con historias de aparecidos. La óptica del niño que tenía dificultades para hablar, pasaba desapercibida por quienes creían ―hasta los criados― que era incapaz para el agudo y atento observar de una maraña que degrada a los seres; en la que se sucedía la entrega a las pasiones como inicio de la decadencia de una familia aristocrática.
Poética narración, en tanto que la brevedad con que Félix Terrones nos sumerge exige una rítmica sucesión de palabras, acodadas en cada helado amanecer, probable sierra clara rodeada de montañas y amaneceres esplendorosos. A ratos el narrador extravía su monologar entre el claroscuro de “los cinco cabos de vela”, con que empieza el primer párrafo de “su historia dentro de otra historia”. La casa familiar demolida por las máquinas retroexcavadoras. En la devastación interior, “la mirada del instinto es más aguda que los ojos de la razón”, reza en el meollo de algún capítulo que asaz medular se adentra en la selva interior del lector.
Las enredaderas como lenguas voraces inundaron los recintos y corredores empedrados al paso de una fría niebla ahogando los restos de la batalla furtiva del amor. Rosario, la adolescente trastornada dando alaridos en la noche, por las arremetidas de Juan, el jardinero, que con su bestia silenciosa la poseía, cuando la joven salía fuera de sí, desnuda, a la intemperie de una verga voraz que la esperaba. La hermana del intromiso narrador, cinco años menor que él, termina en un convento; le cambian el nombre por Dolores, y continuaba pintando ese fiero rostro de Juan, con obsesión patológica.
El capítulo 47 dilucida el fatal desenlace, y el encuentro en la fría atmósfera de recuerdos del narrador, que a ratos, de manera obsesiva, se dirige a una india más joven que le introducía la lengua y le tanteaba la entrepierna. Carlos, la india joven y el espectro que maquina esta historia, establecen un triángulo amoroso que pare el fruto de la desidia, un hijo que al final de la historia aparece llevado de la mano por una mujer de pelo pintado, madre que arrea el caficho en el epílogo escabroso que la memoria ha tramado.
El padre asesinado, la madre vencida por el hálito del asesinato, se deslizan por las sombras fugaces que al término de la luminosidad del último cabo de vela le dan el estoque frío y claroscuro a la historia, en la memoria presente de un olvido que perdura en sus páginas.
La mirada reflexiva que Félix Terrones aguza ya en su primer dúo de nouvelles, A media luz, va aflorando de la hojarasca del magma narrativo con que Félix ha elegido quedarse en sus lectores, cuyo número, no dudo, irán en aumento, tanto como la exigencia que le preste a su proceso creativo. Esta primera novela de Félix Terrones, El silencio de la memoria, afina el tacto requerido para emanar los gases nocivos que encierran los instintos, caldo de cultivo de las más desenfrenadas pasiones que van degradando a los hombres. Citando al autor mismo, finalmente acotamos que El silencio de la memoria es “una crítica frontal a nuestra sociedad, aquella que sólo es capaz de reconocerse en relación a su rechazo por los demás”.

*Referencia bibliográfica: Terrones, F. 2008. El silencio de la memoria. Lima-Perú. Mundo Ajeno Editores. 123 pp.

20 julio 2008

Donde nace la tristeza

Ningún poeta es alegre. Todos llevan la negra consigna de que para escribir hay que vivir la poesía, y vivirla no es necesariamente una experiencia agradable, piensan. Crasso error, porque la poesía nace del intelecto. Que inspiración y transpiración se fundan en el ejercicio creativo es otra cosa, pero que para crear poesía sea necesario estar triste es ya entrar en terrenos existenciales o metafísicos. Ser práctico ante todo, es ser vital en un poeta. Aun en poesía la practicidad supera en concisión de imágenes a los versos de ultratumba. Por qué todo tiene que girar entorno a la pérdida de la amada, o a la desesperanza o decepción amorosa, o peor aun, entorno a la muerte. La muerte viene, sorpresiva; la vida se escurre de las manos, y es tan fugaz como un sueño en la pradera.
La más ardua tarea del poeta (y la más agradable) es la de recrear, es sabido. Los poetas de ultratumba creen que desde lo oscuro se llega al camino de la luz. La belleza crea belleza. De las lágrimas nacen más lágrimas. No toda oscuridad se transforma en belleza.
Muchos poetas que no eran tristes, repentinamente se suicidaron sin razón alguna, confirmando que el suicidio no proviene de esta vana sensación depresiva. El arte de la poesía consiste en volver bella a la tristeza. La tristeza que sólo emana decadencia en un poema, es un ejercicio gratuito a punta de lágrimas. Sin provecho alguno, para qué ponerse tristes.
En mi experiencia como poeta, confieso que la confundí con mi vida y las estaciones tristes que en el amor me detenían. Pero a lo largo de trece años siempre encontraba personas que lograban vivir esos versos, y eso yo lo considero un provechoso sufrimiento. Más, en muchos poetas encuentro que sólo plasman ejercicios líricos decadentes los que ensayan evocando su inútil vida ajena a los lectores. Como que la tarea de volver bella a la tristeza, es rendirle honor, no como un aedo suicida, sino como un vital transformador de los tormentos, de las desgracias, de las tragedias del hombre, en inmaculada belleza.
La poesía otorga la magia, la tristeza es el magma y el poeta el mago que la transforme en el oro de lo maravilloso, de lo bello.
Recuerdo algunos versos que hasta hoy me transportan a esas estaciones tormentosas que vivía enamorado, y no las recuerdo como algo vano, sino más bien me reconfortan y me infunden vida, una vaga certeza de que pasé esas pruebas, esas odiseas sin salida, que me fortalecieron, que me volvieron inmune al sufrimiento, ya pasados los treinta años. Sigo ileso, muy a pesar de los abismos, felizmente remotos.
Una ola de suicidios han encausado grandes obras maestras de la tristeza, por citar dos ejemplos: Die Leiden des jungen Werther, de Goethe, o el suicidio de un joven al rociarse con gasolina el cuerpo e inmolarse como aquel decadente personaje de Sobre héroes y tumbas, de Sábato, el serio.
A partir de una tristeza adquirida en un ambiente o en un libro decadente que no llegó a mutar en belleza, gradualmente se llega a la peste del suicidio, de la depresión, de la culpabilidad, que irá directo al mar de los manicomios, de las tumbas, de los infiernos eternos; todo esto partiendo de la tristeza que no se desemboca, o que se desemboca en mamotretos que no llegaron a metamorfosearse en belleza, abandonando la tristeza, el cascarón del que nacieron.
Los poetas somos afortunados al desfogar todos nuestros demonios escribiendo, ofrendando nuestras penurias líricas a la belleza. Pero algunos de ellos se hunden en su propio muro del cuerpo, que los traga, como quien se traga su propia tristeza Catoblepas.
Las canciones de amor son todas de tristeza gratuita. Letras en clave de ripio, notas sensuales rociadas de estupidez lacrimógena que es consumida por gente superficial y calmada, calmada como la gente que va todos los días a la oficina, calmada como la que retorna cansada y prende la radio, y ahí dentro alguien sufre y está triste y eso lo consuela, consuela sus penas gratuitas descendiendo por la garganta, bajando por los ojos en forma de lágrimas que ―según ellos― los reconfortan, cuando no hacen más que acentuar la decadencia que a diario confunde el ser cotidiano con poesía, ahí, donde nace la tristeza.

03 julio 2008

El blanco de la obra maestra

Hay autores de los que no conozco más que su obra maestra. Y, olímpicamente, esta obra maestra niega rotundamente a las anteriores y a las que le han sucedido. “Para muestra un botón”, reza el adagio, y es así; sólo necesitamos una buena muestra del genio para que perdure por siempre en la memoria.
Leo con dificultad el Ulises, y sé que es un único Joyce el que transcurre por sus páginas. No existe un Joyce de Dublinesses ni el del sencillo Música de Cámara. Joyce es el Ulises. Sé que al leer el Ulises sólo un Joyce está en mi recuerdo, y nadie lo cambiará, ni siquiera su obra subsiguiente. En el mismo año, 1922, Trilce. Para mí Vallejo está en esa obra maestra y ninguna otra de sus obras me hará cambiar de parecer. Las obras maestras hacen al genio, hacen de su perduración y de su universo tramado estas obras maestras, única identificación con el creador, único, en esa indisoluble obra maestra.
Con el tiempo mi olfato literario es el de un pastor alemán, avanza al acecho de lo medular, de lo esencial de cada autor, en cada época. Ya no tengo tiempo de leer obras menores, de proceso, de progreso, de crecimiento, de cada uno de los autores aun preferidos de un stock determinado de autores.
Algún filósofo decía que para poder disfrutar de una buena obra literaria es necesario que existan obras mal escritas, para de esa manera establecer la diferencia. Que se sienta la diferencia en el paladar literario, que no se disfruta el postre antes del almuerzo. No me lo trago. De entre lo bueno, lo mejor. No lo mejor de entre lo malo. De ninguna manera.
Me parece que el leer obras de crecimiento, regulares o malas, es el precio que se paga por leer obras formidables. Como que en el proceso de llegada a la cumbre de un genio creador tiene que haber obstáculos que son sus libros malos.
Recuerdo que una insigne literata me dijo un día en una respuesta a un mail, que para que existan escritores buenos tienen necesariamente que haber muchas jaurías de cuadrúpedos aficionados. Qué sería de los genios sin los mediocres. Claro, es lógico, si no existieran los mediocres, la propia genialidad sería ser mediocre. Tan sabias y bellas esas palabras de reconocimiento interior. Me gusta la sinceridad, ante todo. Después de todo esta sabia literata reconocía que ella formaba parte de esa inacabable bola de animales de pezuña partida, poetas de domingo.
Lo cierto es que yo me salto los libros malos y de frente voy a los buenos. Para qué perder el tiempo con experimentaciones más o menos infectas. Basta sólo unas pocas primeras líneas para saber lo que me espera, y tiro enfadado el mamotreto. No soporto los libros malos, ni mucho menos a sus autores.
Genios o silvestres, al menos deseo que un solo libro los salve, uno solo, para saber que no han existido en vano. La obra maestra es al blanco, y la trayectoria certera de la flecha es a los ejercicios de experimentación por medio de los cuales se llega a ella. Los genios no nacen, es sabido. El proceso es arduo, duele, desgarra, desespera. Dulces frutos recompensarán nuestro esfuerzo. Escalando hacia la cúspide casi siempre se cae en el intento. Sólo los grandes espíritus vuelven a levantarse, repetidas veces, hasta alcanzar la cima.

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BÍO

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).