03 julio 2008

El blanco de la obra maestra

Hay autores de los que no conozco más que su obra maestra. Y, olímpicamente, esta obra maestra niega rotundamente a las anteriores y a las que le han sucedido. “Para muestra un botón”, reza el adagio, y es así; sólo necesitamos una buena muestra del genio para que perdure por siempre en la memoria.
Leo con dificultad el Ulises, y sé que es un único Joyce el que transcurre por sus páginas. No existe un Joyce de Dublinesses ni el del sencillo Música de Cámara. Joyce es el Ulises. Sé que al leer el Ulises sólo un Joyce está en mi recuerdo, y nadie lo cambiará, ni siquiera su obra subsiguiente. En el mismo año, 1922, Trilce. Para mí Vallejo está en esa obra maestra y ninguna otra de sus obras me hará cambiar de parecer. Las obras maestras hacen al genio, hacen de su perduración y de su universo tramado estas obras maestras, única identificación con el creador, único, en esa indisoluble obra maestra.
Con el tiempo mi olfato literario es el de un pastor alemán, avanza al acecho de lo medular, de lo esencial de cada autor, en cada época. Ya no tengo tiempo de leer obras menores, de proceso, de progreso, de crecimiento, de cada uno de los autores aun preferidos de un stock determinado de autores.
Algún filósofo decía que para poder disfrutar de una buena obra literaria es necesario que existan obras mal escritas, para de esa manera establecer la diferencia. Que se sienta la diferencia en el paladar literario, que no se disfruta el postre antes del almuerzo. No me lo trago. De entre lo bueno, lo mejor. No lo mejor de entre lo malo. De ninguna manera.
Me parece que el leer obras de crecimiento, regulares o malas, es el precio que se paga por leer obras formidables. Como que en el proceso de llegada a la cumbre de un genio creador tiene que haber obstáculos que son sus libros malos.
Recuerdo que una insigne literata me dijo un día en una respuesta a un mail, que para que existan escritores buenos tienen necesariamente que haber muchas jaurías de cuadrúpedos aficionados. Qué sería de los genios sin los mediocres. Claro, es lógico, si no existieran los mediocres, la propia genialidad sería ser mediocre. Tan sabias y bellas esas palabras de reconocimiento interior. Me gusta la sinceridad, ante todo. Después de todo esta sabia literata reconocía que ella formaba parte de esa inacabable bola de animales de pezuña partida, poetas de domingo.
Lo cierto es que yo me salto los libros malos y de frente voy a los buenos. Para qué perder el tiempo con experimentaciones más o menos infectas. Basta sólo unas pocas primeras líneas para saber lo que me espera, y tiro enfadado el mamotreto. No soporto los libros malos, ni mucho menos a sus autores.
Genios o silvestres, al menos deseo que un solo libro los salve, uno solo, para saber que no han existido en vano. La obra maestra es al blanco, y la trayectoria certera de la flecha es a los ejercicios de experimentación por medio de los cuales se llega a ella. Los genios no nacen, es sabido. El proceso es arduo, duele, desgarra, desespera. Dulces frutos recompensarán nuestro esfuerzo. Escalando hacia la cúspide casi siempre se cae en el intento. Sólo los grandes espíritus vuelven a levantarse, repetidas veces, hasta alcanzar la cima.

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Constelaciones

BÍO

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).