20 julio 2008

Donde nace la tristeza

Ningún poeta es alegre. Todos llevan la negra consigna de que para escribir hay que vivir la poesía, y vivirla no es necesariamente una experiencia agradable, piensan. Crasso error, porque la poesía nace del intelecto. Que inspiración y transpiración se fundan en el ejercicio creativo es otra cosa, pero que para crear poesía sea necesario estar triste es ya entrar en terrenos existenciales o metafísicos. Ser práctico ante todo, es ser vital en un poeta. Aun en poesía la practicidad supera en concisión de imágenes a los versos de ultratumba. Por qué todo tiene que girar entorno a la pérdida de la amada, o a la desesperanza o decepción amorosa, o peor aun, entorno a la muerte. La muerte viene, sorpresiva; la vida se escurre de las manos, y es tan fugaz como un sueño en la pradera.
La más ardua tarea del poeta (y la más agradable) es la de recrear, es sabido. Los poetas de ultratumba creen que desde lo oscuro se llega al camino de la luz. La belleza crea belleza. De las lágrimas nacen más lágrimas. No toda oscuridad se transforma en belleza.
Muchos poetas que no eran tristes, repentinamente se suicidaron sin razón alguna, confirmando que el suicidio no proviene de esta vana sensación depresiva. El arte de la poesía consiste en volver bella a la tristeza. La tristeza que sólo emana decadencia en un poema, es un ejercicio gratuito a punta de lágrimas. Sin provecho alguno, para qué ponerse tristes.
En mi experiencia como poeta, confieso que la confundí con mi vida y las estaciones tristes que en el amor me detenían. Pero a lo largo de trece años siempre encontraba personas que lograban vivir esos versos, y eso yo lo considero un provechoso sufrimiento. Más, en muchos poetas encuentro que sólo plasman ejercicios líricos decadentes los que ensayan evocando su inútil vida ajena a los lectores. Como que la tarea de volver bella a la tristeza, es rendirle honor, no como un aedo suicida, sino como un vital transformador de los tormentos, de las desgracias, de las tragedias del hombre, en inmaculada belleza.
La poesía otorga la magia, la tristeza es el magma y el poeta el mago que la transforme en el oro de lo maravilloso, de lo bello.
Recuerdo algunos versos que hasta hoy me transportan a esas estaciones tormentosas que vivía enamorado, y no las recuerdo como algo vano, sino más bien me reconfortan y me infunden vida, una vaga certeza de que pasé esas pruebas, esas odiseas sin salida, que me fortalecieron, que me volvieron inmune al sufrimiento, ya pasados los treinta años. Sigo ileso, muy a pesar de los abismos, felizmente remotos.
Una ola de suicidios han encausado grandes obras maestras de la tristeza, por citar dos ejemplos: Die Leiden des jungen Werther, de Goethe, o el suicidio de un joven al rociarse con gasolina el cuerpo e inmolarse como aquel decadente personaje de Sobre héroes y tumbas, de Sábato, el serio.
A partir de una tristeza adquirida en un ambiente o en un libro decadente que no llegó a mutar en belleza, gradualmente se llega a la peste del suicidio, de la depresión, de la culpabilidad, que irá directo al mar de los manicomios, de las tumbas, de los infiernos eternos; todo esto partiendo de la tristeza que no se desemboca, o que se desemboca en mamotretos que no llegaron a metamorfosearse en belleza, abandonando la tristeza, el cascarón del que nacieron.
Los poetas somos afortunados al desfogar todos nuestros demonios escribiendo, ofrendando nuestras penurias líricas a la belleza. Pero algunos de ellos se hunden en su propio muro del cuerpo, que los traga, como quien se traga su propia tristeza Catoblepas.
Las canciones de amor son todas de tristeza gratuita. Letras en clave de ripio, notas sensuales rociadas de estupidez lacrimógena que es consumida por gente superficial y calmada, calmada como la gente que va todos los días a la oficina, calmada como la que retorna cansada y prende la radio, y ahí dentro alguien sufre y está triste y eso lo consuela, consuela sus penas gratuitas descendiendo por la garganta, bajando por los ojos en forma de lágrimas que ―según ellos― los reconfortan, cuando no hacen más que acentuar la decadencia que a diario confunde el ser cotidiano con poesía, ahí, donde nace la tristeza.

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BÍO

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).