29 mayo 2008

El enigma de escribir

Cada vez que repetimos un verso de Dante o Shakespeare, somos, de algún modo, aquel instante en que Shakespeare o Dante crearon el verso. En fin, la inmortalidad está en la memoria de los otros y en la obra que dejamos. ¿Qué puede importar que esta obra sea olvidada?”

Jorge Luis Borges, Borges Oral


Cada mañana el escritor se levanta y empieza a teclear las letras que formarán historias, largas, medianas, o cortas historias. ¿Pero por qué hay textos que nos gustan y textos que no nos gustan, si, digamos, todos ellos fueron escritos con las mismas palabras del idioma en que fueron tramados? ¿Cuál es el ángel que dicta a los elegidos, buena literatura. Por qué los eligió a ellos y no a los otros, a los que por más que se rompen el lomo escribiendo, jamás dicen nada, jamás conmueven a nadie, jamás hacen razonar a nadie?. Es el enigma de escribir. Son las aguas mansas que en el acto de escribir se vuelven tempestuosas y azotan bosques ennegrecidos por la noche, y no hay cuándo termine la tempestad de escribir, hasta que, agotado, por fin el escritor ya vomitó todo, y está satisfecho con esto.
El escritor se enfrenta a los destinos, el escritor tiene que contar la historia de cada uno de los hombres, y a través de ella, convencer, conmover, traer a la mente recuerdos. El escritor es o no reconocido, alabado, idolatrado; en suma, recordado, según convenza o no con su historia, según sumerja o no a su propia realidad a su lector, sin más remedio que dejarse arrastrar por la historia.
El acto de escribir desenvuelve el ovillo del enigma desde el que fue concebido el genio, que es un proyecto que ya tenía Dios en mente, aun antes de haberlo pensado. Escribir es un mecanismo de traer recuerdos o hechos ya vividos; es avizorar el porvenir, o hacer presente el pasado, como en un cuadro, que algún día fue presente, pero que cuando se lo aprecia es siempre pasado, pero también presente. Un cuadro de palabras.
Para Vargas Llosa el acto de escribir es una manera de hacernos menos desgraciada la vida; de hecho escribir nos hace felices. Imagino a los escritores levantándose, o aún antes de levantarse, pensando, tramando el poema o la historia que escribirán mañana, que será quizá un ejemplo de cómo no sucumbir ante la rutina que los agobia. Hemigway en El viejo y el mar relata el episodio de la persistencia, de la terquedad, de vencer los obstáculos, aunque haya que perderlo todo, aunque haya que tirarlo todo al mar, aunque se llegue calato, herido, a punto de morir por el cansancio, pero siempre se llegará con el trofeo, que es, metafóricamente hablando, el fruto de la escritura. Hemos vencido la batalla, somos el único héroe en la playa desierta en la madrugada, bañada por el mar que ya está tranquilo de habernos probado qué tan persistentes éramos. Somos el único héroe que llegó con un esqueleto de pez a una playa desierta, y en ningún momento pensó en dejar a su pescado, a su trofeo; en ningún momento sintió miedo, más bien coraje ante la insistencia de los obstáculos. Venció la furia, venció la terquedad; venció el darlo todo sin esperar respuesta por ese esfuerzo. Importó el proceso, más que los meros resultados. Importó el acto mismo de escribir, el enigma de escribir.
A menudo los escritores no trazan esquemas para dar preceptos en sus historias, o magnánimos ejemplos de moral. Las buenas historias no son morales o inmorales, son sólo buenas o malas historias –anotó Oscar Wilde–; son ejemplos que toman de alguna manera experiencias vividas, que amalgaman con la imaginación, con la destreza del acto de escribir, en mayor o en menor grado, dependiendo de la naturaleza de la historia que queramos contar, del genio literario con que nos desenvolvamos, ese enigma que poco a poco se va descubriendo en sucesivas historias contadas, y que da cuenta del acto de escribir y del enigma que ello encierra.
La única razón de escribir, el único motivo secreto de escribir, la acción amada de escribir, tal vez sea el placer de pensar en silencio sin más sonido que la pluma surcando el papel, o las teclas de la máquina de escribir, o el ordenador apilando, como en una casa, cada ladrillo que en su conjunto vendrían a formar la arquitectura de la historia. Escribimos para ser felices, para no morir de inanición ante el mundo que sucede allá afuera, y nosotros no podamos hacer nada porque no sabemos hacer otra cosa que escribir y escribir. Escribimos para pensar en secreto, para exorcizarnos poco a poco; para al final llegar puros, resplandeciendo de luz, sabiendo que hemos dejado lo mejor que pudimos dejar, sabiendo que hemos dejado lo que mejor supimos hacer, y lo hemos dejado siendo felices en cada uno de nuestros fugaces días en que no dejamos de escribir.
Cada mañana el escritor no se pregunta por qué escribe, no cuestiona la moral de sus personajes, ni la moral de las ideas o concepciones del mundo que urden sus personajes, que finalmente son las concepciones de él mismo, sus ideas, sus sueños o desesperanzas, como si ante ello dejáramos la piel que ya se tiene que mudar, y nos renováramos y sintiéramos el aire más puro, el agua más pura, la realidad más real y por ese hecho de ser más real, más mágica. Después de haber culminado nuestra propia historia, real o irreal, mística o terrorífica, sucia o pura, clara o hermética, nos sentimos como en un sueño relajante y detenido. Hemos descifrado el enigma.
El escritor no piensa en ser famoso o en ganar tal o cual concurso de muertos cuando escribe, ni mucho menos piensa en ser reconocido, o idolatrado (me refiero al buen escritor), porque los concursos son para escritores muertos; porque escribir para un jurado conformado por cuatro gatos que no determinan el gusto de un millón de individuos, de un infinito de almas que juntas a la vez sienten toda la historia, es haber renunciado a nuestros principios como escritores. El escritor escribe para toda la humanidad, no para cuatro jurados de un concurso de muertos. Más bien escribir por el gusto de escribir, eso sí que es placentero. No para que mi obra sea aceptada por un editor de literatura light o chicha, plagada de jergas, de sucesos triviales que no perduran en la memoria más que por el momento en que se la leyó. No escribimos para nadie en especial, sí para un universo de lectores; no pensamos en nadie durante el enigma de escribir, durante el acto que nos santifica día a día; escribimos sólo para disfrutar de un trance mágico que nos acompaña desde el principio hasta el final de la historia, y si esa historia gusta, enhorabuena; si no gusta, a escribir y escribir más.
Creo que vamos siendo felices hasta que el sueño ficticio termina, y somos otros, pesamos menos, somos más leves, más santos y hasta una sonrisa escapa de nuestros labios. Cabría comparar la escritura con el acto de amar a una mujer. Pero ¿qué es lo que queda después de los restos del amor o del acto de escribir? Quedan sólo recuerdos placenteros, divinos, de ensueño; es como si no quedara nada; es como un soplo que todo se lo ha llevado, como el primer soplo que nos trajo al mundo. Es el enigma de escribir.
En: Kcreatinn, Año II, N° 2, Cajamarca, I semestre de 2008

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BÍO

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).