26 diciembre 2008

Feliz Año, otra vez

Domingo 21, final de la tarde
Final de la tarde. Para quienes hemos perdido la poca esperanza, debemos recordarnos que el camino es largo hacia delante. Para quienes abren sus tres puertas de entrada, borrachos, empapados del perfume de la mujer que era tarde alcanzarla, y solos, entre la suavidad de la almohada de espuma, se nos ha pegado un chicle a la espalda, y solos, perfumados, hemos tratado de estirar el puente hasta el año venidero. Las caídas han servido para levantarse con más fuerza. Hemos asimilado las caídas. Nuevas llaves, nuevos kilos, nuevas desesperanzas; una musa a cuya ausencia demasiado presente ya nos hemos resignado. Mi voz es colectiva. Parto de mi persona individual, llego a mi mancha particular, pero llego; desgañitado ya de frecuentes alusiones. Quizás todo en la vida deba, o ya se ha reducido a una inútil llegada. Mucho piano, mucha depresión de Tom Yorker diseminada; Cerati, U2, Coldplay, muchas voces ahogadas en canciones que son un huevo de tristes, pero supongo que bien hechas. Todo esto para que una irreverente tristeza jamás pueda ya invadirnos. ¿Curados, de acuerdo? Lo mejor para ustedes, en esta noche amarilla o colorida, según esté el cielo a esta hora del año. ¿Saben caminar las luces o es que se corren de los ojos? Tragedias, varios metros bajo tierra; amores, muchos de ellos olvidados; y casi siempre solos, pero casi siempre solos, vestidos para la primera copa de la noche, vestidos para graduarnos de vivos una vez más en esta afrentosa vida que a veces tiene sus mágicos momentos. Adiós, Serhumano común y con un soplo de feeling bajo el ala del corazón, con su retraso en el zapato, y un inútil compromiso con el éxito, el reloj de tiempo que ya explota. Me voy a sembrar estrellas en cada uno de los hombres.
Diario (work in progress)

19 diciembre 2008

Una pepa navideña

El tercer post de Navidad. Mauricia no aparece ni por casualidad en un fondo demasiado oscuro para contenerla tan canela. Catálogo de adornos mil, couché. Coronas no se ponen en las puertas de los barrios indigentes. Hace poco me han choreado el jebe de limpiarse los zapatos, cuanto más si campano las puértolas talán como el tarado de familia que limpia las ventanas a una semana de la estafa natividad.
Hay condominios a lo lejos con mucho viento y unos cuantos payasines adornando la escena de los autos nuevos, tras la línea separándonos de los bien, a nosotros, cada cual en su lugar, como debe ser, que estamos siempre mal por esta algarabía de pinos con bolas.
Un poco como que los corazones separan al fondo del estómago su costumbre de henchirse en los abrazos.
Padre vendrá en Diciembre, después de meses. Padre dijo que no demoraría. Desde esa Navidad que no vino, todas se han tornado negras en serie aquí en la casa. Ahora se suma el hermano mayor a la ausencia, a vérnoslas negras.
Conocida alemana enternece la víspera. Pasean por las calles con gente bebida, sin esperar ya más qué decirse. No se abrazan. Ahora vendrá lo verde en las luces. Fumar sea dañino para afinar la voz y soltarle los perros deunave a la gringuita. No es momento, tal vez otro día. Se fue con los colores en sus párpados frescos, inquisitiva mirada Goethiana, inquisitivamente en sus mieles ventanas hacia la paz volcándose y ya. Todo pasa.
Aún no hay espíritu navideño, pero el frío aumenta. Atraca un no sé qué de amargo brindis cuando la botella de champán no se abre, algo de cansancio en las posaderas quedas, pesadas, mole de ochenta kilos sin ganas ya de echarle unas aguas al gañote.
A razón de tres muertos en la familia que me va dejando de esta parte del eco, de este lado de los de acá, aún con cadavérica vida, pero acá de todas maneras.
Una niña me pedirá ese día de guirnaldas, una moneda, o que le compre una caja de chicles. Encendido el fosforito denominado ‘compartir’, sacaré el bolsillo lánguido y roto: “Qué más puedo hacer por ti esta noche sin tiempo”. Servirá el certero martilleo del ánimo para romper con todo este pañuelo sólido apartando los diamantes del rostro esta noche. Ni las summas teorías recalcitrantes calman esto que se hunde y no vuelve, ni volantes u ofertas, ni pomposa asociación de viejas cucufatas dando a los niños apestosos el agua mal hervida con puntitos distantes de chocolate en jarros de fierro desportillado, y su trozo de mendrugo con pasas.
¿Servirá caer ahora? ¿Servirá responderme ahora que la pequeña vida está lejos? Acumuladas teorías, horas recorridas de lectura y nada. No encuentro explicación para este juego de casualidades parpadeantes.
Iré corriendo de bruces hasta alcanzarme de espejos contra la estrella redentora, rotos, hasta alcanzarme en mis diamantes bajando, situados en la venia del burro asintiendo al borde del pesebre. Qué podrá rescatarme ahora que las aguas son sinceras.
El temblor de la aguja en su punto media noche. No tiembla ya. Seguramente alguien tocará la puerta y dirá: “Hace frío, vecino”; —Seguramente, que lo pase usted bien al lado de los suyos. Ni una arañita colgará de la corona maltrecha, en el vano de la puerta de la calle, para disimular en algo la apremiante situación de decirle: “Pase, vecino, aquí hay un par de lugares al menos”. No habrá ya una piedra de solaz en la dureza de los centros. Así es, cada quien en su puente hecho para separar lo que es así y no se puede ir a la izquierda del tiempo.
Enorme duda de que fui acaso la venia del energúmeno dándole al niñito en mención su diamante desde su ojazo brillante, contenido. Al nacer también se llora.
Soportando el sueño antes de las doce, consumadas luces de Bengala a granel, un poco rotas, de todos modos consumando. Pero tan acaparada en los cuencos de las manos, luciérnaga perdida esa noche sobre el banco de cemento, acompaña al solitario que ha salido a tomar un poco de aire bajo chispitas parpadeantes. Y nada. No hay estrella redentora. El remolino negro creciendo en medio cielo. Uno que otro cohetecillo en la intemperie de la algarabía pueril.
El portal vacío de esa pequeña capilla. Párroco dobla sus atuendos, después de Misa de Gallo, y dice: “Mañana siempre es temprano, taitito”. Retira su compasiva mirada del nacimiento, sobre sus pasos lerdos. Las doce. Nada que enterrar en la confusión de los diamantes regados sobre el piso de la parroquia, nítido recuerdo de las lágrimas del piajeno más santo de la Tierra.

10 noviembre 2008

La sistematización del arte

El éxito de una organización, es el despliegue de todo un sistema; todo sistema implica trabajo, disciplina, se trate de la empresa que se trate: Nike, Coca-Cola, organización cultural, entidad bancaria, civil, religiosa, estatal, amical… Los resultados de una Sistematización del Arte, a través de una disciplina diaria y enfocada en producir obras de arte de buena calidad, bebidas, libros, o cualquier producto, honestamente y con resultados concretos, es lo que se llama tener éxito en determinada empresa; éxito, a lo largo de los años, reflejado en el crecimiento de ésa empresa. Si no hay crecimiento en una organización cultural, por citar un ejemplo, todo el trabajo habrá sido vano; se habrá, íntegramente, perdido el tiempo.
Un escritor que inicia su trabajo con un horario fijo, rigurosa, sistemáticamente, se convierte en una empresa editorial, y dependiendo del caudaloso, mediano o escaso talento que posea, pero más que todo del empeño que le dé a dicha actividad como escritor, o en general, como artista, a la larga esa empresa-escritor o empresa-artista se convertirá en todo un movimiento económico que involucra desde editores, impresores, librerías y hasta piratas. Por citar una empresa, el escritor Mario Vargas Llosa; independientemente de si a algunas personas les gustan o no las novelas que escribe y publica, generando así toda una industria y movimiento económico a escala mundial, toda una industria literaria, de indiscutible calidad. Su trayectoria y su seriedad para trabajar todos los días de su vida, de Lunes a Sábado, de ocho de la mañana a dos de la tarde, lo han convertido en un ejemplo de la Sistematización del Arte; loable ejemplo, digno de ser emulado por los demás intelectuales del planeta, y más aun, de su natal Perú.
A lo que enseguida voy. Para poner un ejemplo concreto y sin ir muy lejos. Desde que tengo uso de razón los escritores en el Perú no han sido, digamos, los mejores ejemplos de esta Sistematización del Arte de la que hablo. Siempre he escuchado que han muerto en la miseria, endeudados, enfermos, y esos detalles se han seteado en mi mente como que el arte nunca ha ido de la mano con el dinero; indicio que podría cambiarse generando escuela, la escuela que se haga partiendo desde los años iniciales de educación, incidiendo con mano dura en la época secundaria, y afianzándola en el alma mater, con férrea disciplina. Me refiero a la escuela a instaurarse, la Sistematización del Arte, la rigurosa disciplina del trabajo, del esforzado autodidacta que no necesita más que los mejores amigos, los libros, y, claro, la infaltable guía de buenos Maestros, liberados de cavernícolas prejuicios, maestros que no censuran verdaderas obras de arte revolucionarias, (estéticamente hablando) libres ya de retrógradas teorías sustentadas aun en el ábaco y el estilo. Vernos ante todo, no como aficionados que escriben en sus ratos libres ni mucho menos. Kafka escribía en sus ratos libres como empleado en una oficina. Pero no veamos al autor de La metamorfosis como un ejemplo a seguir, que el genio se hace con trabajo, el genio no nace.
En el Perú hay varias organizaciones culturales, legales o no, grupos de artistas que se reúnen a charlar a veces, en calidad de amigos, poetas de domingo, como se dice, un buen fin de semana, con unos tragos y unos cigarrillos. Pero de ahí a que se esté gestando algo serio, lo dudo.
Ha habido uno que otro escritor, que, hay que reconocerlo, ha producido obras de buena calidad; pero que no necesariamente han sido sistemáticos en su trabajo. Y no me refiero con esto a que determinados hábitos de alcohol o drogas les hayan restado calidad a sus trabajos, a sus productos; simplemente quiero con esto decir que nunca les interesó ver al arte o la literatura como un trabajo ordenado, debidamente obsesivo en los detalles, trabajo continuo, ‘sistemático’, serio; lo que trajo como consecuencia de que a su desordenada industria literaria no la llevaron paralela a un debido y necesario orden y respeto por el arte, su sistematización, y al final la miseria ‘les pasó factura’ por cierto libertinaje en sus haraganes métodos de trabajar o frecuentar bares, o en el peor de los casos, cementerios de domingo.
Sin el ánimo de menospreciar a las afables reuniones amicales de aficionados y a las reuniones post-culturosas que terminan rociadas por ingentes cantidades de alcohol, sahumando el infecto ambiente de tertulia con cigarritos de esos que hacen reír, en conocidos locales de bohemia. Francamente, este tipo de malos hábitos ha degradado y sigue degradando a los artistas y escritores, tanto moral como artísticamente; los ha convertido, echados en su propia e infecta tumba decadente, en parásitos del arte, y como por gravedad, en eternos diletantes, perdedores. Y nadie podrá cambiar eso, seamos honestos; nadie puede cambiar a un ser humano. Ésa vaga forma de perder el tiempo los ha sumido en una rutina del ser dividido entre lo laboral y lo artístico, grato descanso que bien se merecen, después de toda una semana de jornada de asalariado que escribe ‘en sus ratos libres’, hábito como de diario de quinceañera, que se hace en el resto de tiempo que quede. Claro, se puede hacer, dividirse el trabajo de artista y asalariado, eso no lo dudo, así como se puede seguir una carrera universitaria ejerciendo a la vez la digna labor de padre o madre de familia, pero que demanda, pues, un mayor esfuerzo, que bien podría evitarse siendo o bien frío o bien caliente, jamás tibio, Dios me libre; dedicándose exclusivamente, si uno corajudamente se decide, a ser escritor, pintor, actor, cachivachero, pero exclusivamente dedicarse a esa actividad, bien hecha, s-i-s-t-e-m-á-t-i-c-a-m-e-n-t-e.
Si se quiere ser, como he dicho líneas arriba, una industria-escritor, o industria-artista, que comprometa a determinado aparato económico de una sociedad, que cree a partir de esa actividad cultural, determinada máquina capaz de producir con la calidad que el arte se merece, pues, no queda otra que ponerse a trabajar.
No tengo nada con los grupos artísticos u organizaciones culturales, pero lo que sí increpo es que hasta hoy no veo resultados de considerable impacto social en colectivos artísticos que no hacen escuela, sino que sólo pierden el tiempo, excepto honrosas excepciones, que las debe haber, supongo, y dudo.
El camino del arte continúa dentro de su tumba decadente, si es que se lo sigue teniendo en el empolvado concepto de ‘espacio de pasatiempo’ ‘de fin de semana’, mero pretexto para exhibir coloridas y brillantes colas en convenciones de pavos reales, engalanando reuniones de salón, tiempo que necesariamente debiera aprovecharse en el verdadero oficio del escritor, del artista: trabajar. La tarea es dura, señores. Grandes convenciones de egos nunca dieron buenos resultados, no los han dado, no los darán jamás. Sólo putrefactos resultados de una decadencia del arte que ha restado vidas que prematuramente cayeron en la trampa del desorden, del vicio, de la haraganería, y la escasa seriedad con la que ven esos parásitos al arte, que debiera ser una pequeña, mediana o gran industria, oficio sistemático que nada o casi nada tiene que ver con la inspiración.
El producto final de calidad: el libro, el cuadro, la escena, el disco, bien hechos, a punta de trabajo, de sistema. ¡A trabajar!. El arte es un producto; sus productores, los artistas, los únicos responsables de su calidad o detrimento.
No tengo nada contra los artistas, ni con sus reuniones de domingo, mucho menos con sus vicios o sus hábitos; si son malos o buenos, chinos o negros, homosexuales o heterosexuales. Me importa un bledo su vida. Finalmente el producto es lo que importa. Que esa vieja sentencia de Picabia no siga siendo cierta: el arte concebido como “un producto farmacéutico para imbéciles”. Sería mejor respetar al arte a través de su inmediata sistematización y disciplina. Órden, Sistematización del Arte, maestros, que al menos en mi país, urge, y bastante.

30 octubre 2008

AQUEL CÉLEBRE CADETE

Dossier Vargas Llosa
José Miguel Oviedo

Lima: Taurus (Grupo Santillana), 2007

Un ensayístico recorrido, más que suntuoso, explaya de manera crítica y reflexiva lo medular en la narrativa de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936). Su autor, José Miguel Oviedo (Lima, 1934) es considerado un clásico en la acuciosa reflexión en torno a la obra de Vargas Llosa, integrante del boom latinoamericano en los años sesenta.

Los inicios de Vargas Llosa se remontan al periodismo en el diario La Crónica, labor que no ha abandonado a lo largo de su vida, y que fue cincelando al Vargas Llosa crítico, observador y de espíritu libertario que encontrara su primer magma de lecturas de ‘literatura libertina’ en la biblioteca del Club Nacional, en donde laboraba durante su juventud, literatura francesa catalogada por Apollinaire en 1911 ―nada menos que 930 títulos―, leídos en parte por el joven arequipeño.

Según la precisión crítica de Oviedo, en estos ensayos publicados en revistas o por encargo a prólogos a libros del gran novelista, el persistente leitmotiv que recorre la obra de Vargas Llosa parte de lo erótico, desligado de toda forma de poder, como único camino a la liberación del ser humano.

Una crítica al militarismo encumbraría al joven Vargas Llosa, que ya a los 27 años ―el más joven del boom― fuera galardonado con el premio “Biblioteca Breve”, por esta primera novela ya madura, bajo el lema Los impostores; otro título provisional fue también La morada del héroe. La ciudad y los perros, La ciudad y la niebla y un tercer título que “ya no recuerda”, fueron sugeridos por Oviedo, “seguramente en la redacción del diario El Comercio”, antes de su publicación en España, por Seix Barral (1963).

En La casa verde, alterna la narración de cinco historias en acontecer caleidoscópico, a lo largo de la novela, en una Piura marginal, de las chicherías y el prostíbulo, y la selva amazónica.

Anclado ya como un célebre escritor de renombre, alternando entre la trama novelesca y la crítica puntual ante un mundo siempre caótico en los ámbitos deshumanizados que urde una sociedad en crecimiento, su columna “Piedra de toque” (aparecida inicialmente en 1977 en la revista Caretas) recorre América y Europa en prestigiosos diarios cuyos lectores leen quincenalmente, reflexivas apreciaciones del mundo cambiante. Contra viento y marea reúne sus artículos periodísticos aparecidos en diarios como El País, El Comercio, Le Monde, entre otros, que muestran la faceta crítica de un intelectual plenamente comprometido con su sociedad, y que ya suman “quizá decenas de miles de páginas”. Series de reportajes periodísticos realizados entre los años 2003 y 2004: Diario de Irak e Israel/Palestina: paz o guerra santa, remarcando su faceta libertaria respecto del acaecer internacional, que muy bien tiene en la mira de francotirador acucioso de una realidad que no escapa a sus cuestionamientos reflexivos y malestar ante la guerra, el caos y los actos inmorales.

Conversación en La Catedral (1969) es una muestra de la plenitud alcanzada como narrador diestro, novela política, y visos de lo caótico y diverso del bajo mundo limeño acaecido durante el período dictatorial de Manuel Apolinario Odría (al que apenas menciona en una línea), entre 1948 y 1956; retratando un clima de “cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral”, caricaturesca, “cacográfica”, del Perú del ochenio. Magistral estilo de contar, la intromisión de un narrador omnisciente, en la historia que van develando sus propios personajes. De lleno, la técnica al servicio de la historia, orquestada con ingenio magistral, dando la impresión de que apenas interviniera el autor, comparado a un Joyce invisible que ―burlón― signa la vida de sus farfullescos personajes a su antojo en el Ulysses (1922), mientras se lima las uñas.

Oviedo observa que en Pantaleón y las visitadoras (1973) y La tía Julia y el escribidor (1977) aparece una segunda faceta más remarcada en la experimentación como curso de la narrativa. Alterna la crónica, el informe policial, cartas, documentos oficiales, artículo periodístico, etcétera, y el nada serio y parodiado discurso apocalíptico y moralizador de radio, que denota un mundillo provinciano alterado en su orden por el batallón de visitadoras regidas por la disciplina militar del mediocre Pantaleón Pantoja. En este segundo grupo de novelas aparece ya una faceta más irónica, parodiada, como que los temas tocados (prostitución, militarismo, “autorreferencialidad”) así lo requerían, una manera de darle más verosimilitud hilarante a esa verdad creada por el novelista, que nada tiene que ver con la del mundo fáctico, como creyeran lectores ingenuos.

Un puntual manifiesto criticando al gobierno aprista de la segunda mitad de los escabrosos años ochenta, ubicaría a Vargas Llosa como virtual candidato a la presidencia peruana, liderando el movimiento “Libertad”, unido luego al “Fredemo”, vencido en elecciones ‘democráticas’ en el año 1990, por el Ing. Alberto Fujimori; de seguro, una experiencia traumática para el escritor con esperanzadoras aspiraciones políticas.

La última faceta del escritor, El paraíso en la otra esquina (2003) entretejida por una mirada reflexiva, casi hibridizando el ensayo y la novela, por el carácter autorreflexivo de la narración, fusión de lo real y lo ficticio, que incluso el epitafio de Paul Gauguin no se sabe a ciencia cierta si ha sido inventado o tomado de la propia tumba de Koke, su apodo tahitiano. Alternancia que parte del mundo personal del novelista, su espacio autorreflexivo asociado a la experiencia de sus personajes, involucrando su historia al espacio de filosofía personal, imaginería, hilaridad tramada a la usanza del arquitecto que hace de la otra historia, su historia, universo independiente, convergida en el mundo imaginario-biográfico de su creador, una trama indesligable de su realidad como universo fáctico, desliza su rueda la última etapa del escritor. Estas dos biografías se alternan en un principio, desligadas, pero convergentes conforme se acerca el desenlace. Tanto por la cercanía genealógica de nieto y abuela, como protagonistas, como por la experiencia inventiva del autor mismo, nos acerca la confabulación a ése final desenlace, al que progresivamente se llega, en exquisita lectura bien documentada (como últimamente se caracterizan los proyectos novelísticos que aborda el escritor, programándolos cada quinquenio), que aparentemente mostraba cierto aislamiento, esto por el desarrollo paralelo y a la vez alternado, que en principio se creyera cada biografía por su lado, pero que un final de estoque desenlaza el encuentro feliz, llegada a buen puerto, culminación plena de la historia.

La última novela de este harto premiado y prolífico autor se embarca en una experiencia amorosa: Travesuras de la niña mala (2006) que arranca en los años cincuenta de una Lima miraflorina y continúan las narraciones en París, Londres, Tokio y Madrid.

La reciente faceta del escritor es la del teatro, habiendo presentado en la feria del libro de Guadalajara, el 2007, La verdad de las mentiras, adaptación teatral alimentada de textos célebres de la literatura universal, que ubican apasionadamente la escena de la experiencia por la lectura y la creación, sobre las tablas. Últimamente ha adaptado y escenificado, Al pie del Támesis y Las mil y una noches.

De momento, Mario, autor de una treintena de libros, entre estudios, ensayos, novelas y teatro, ha emprendido al Congo en busca de información in situ para alimentar la redacción de su última novela, El sueño del celta, título provisional en torno a Roger Casement, “un irlandés que fue el primero en conocer al novelista Joseph Conrad, al llegar a ese país africano”, y que también merodeó la cuenca del río Putumayo, en la Amazonía peruana, defendiendo los derechos humanos, lo que le costaría la vida. Será una novela de “gran aliento”, en la que lleva ya un año trabajando ―según leo en la Revista Ñ, del diario argentino El Clarín, y en el libro-homenaje ilustrado: Mario Vargas Llosa, La libertad y la vida (Planeta/PUCP, 2008).

Para el autor de Conversación en La Catedral, “la literatura es un mundo perfecto”. Ve en la apacible sensualidad del hipopótamo, hosco al hacer el amor, esa contradicción que lo emociona.

Estatua viva (2004), un poema largo con tres litografías de Fernando de Szyszlo y una instalación de estatuas del artista español Manolo Valdés, que incorporan “la poesía hablada”, muestran la faceta lírica (bien puesta) del autor de La fiesta del chivo (2000).

A sus 72 años, Mario Vargas Llosa es uno de los más grandes, célebres, galardonados, lúcidos y disciplinados escritores vivos del planeta, inventor de ficciones que son verosímiles en su propio universo. La totalidad de su obra ha sido y será (Dios mediante), una oda libertaria de ése héroe persistente signado a lo largo de su obra, de espíritu moralizador, infractor de las reglas impuestas, cuyo malestar existencial parte, protagonista rebelde, contrasistema, de un carácter hedónico, erótico, móvil para alcanzar la plena libertad como ser humano íntegro y perecedero, para así alcanzar y recrear sus fantasías, reinventando su propio mundo literario a partir de los escombros en donde le ha tocado habitar, devastado, mundo enfermo, incompleto. Ése mundo perfecto que urde su literatura (lejos de la realidad aplastante), tan bien cohesionada y a la vez indesligable de su frío magma real que es el mundo ordinario, para el autor de la próxima novela: Las cartas de doña Lucrecia (que cierra el ciclo de don Rigoberto), alimenta mucho más a la imaginación del hombre, que la burda rutina, amén de si el oficio literario nos paga más con olvido que con lauros, lo cual no debiera importarnos más que la simple pasión por escribir.

Referencias bibliográficas

1.- Oviedo, J. M. Dossier Vargas Llosa. 2007. Lima-Perú. Taurus (Grupo Santillana) 122 páginas.
2.- Varios autores. Mario Vargas Llosa, La libertad y la vida. 2008. Planeta/PUCP 2008) 251 páginas.
3.- http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2008/10/14/_-01781101.htm

13 septiembre 2008

Literatura

En toda esta fauna no me queda más que ser honesto. Y de hecho, no engañarme. Para quién escribo, una pregunta que nadie se debería esforzar en responderse. Hay muchas cosas en el mundo que las hacemos por algo. Pero la literatura es casi regalarlo todo para ir tras el Señor, o, más o menos, ser el esclavo de esa musa que es la vida, informe, con altibajos, alegrías y sufrimientos, pero nuestra. Una pérdida material, pero la ganancia de una comarca sin precedente: Literatura.
Hacer algo sin interés alguno puede resumirse en una de las tres cosas que un sabio principio oriental sentencia para ser una persona realizada: un hijo, un árbol y un libro. Pero la literatura se ríe y serpea su cola dorada bañando al valle que despierta. Pero la literatura es la maraña de un nudo ‘concha’ que nos lleva y nos enreda, nos peina y nos despeina, para por fin ceder y entregarnos nuestro florilegio, el texto; bien que mal, el texto; bien que mal, pero algo satisfechos, cuando no casi siempre desbordantes de felicidad por haber llegado a una especie de orgasmo, la catarsis literaria, sucedida en un breve lapso, que, será el magma que tal vez te mantenga entretenido durante mucho tiempo o aun, toda la vida. Esculpiendo y esculpiendo, puliendo y puliendo la gema, hasta ver el producto final, el libro; pero este señor de lomo y hojas no debe preocuparnos mucho; más bien lo preocupante es que haya muchos y apresurados libros, y más bien lo correcto sería ver aparecer un libro paciente, que al final deslumbrará a los lectores por su edad eterna salida desde el centro mismo de las montañas de sabiduría, experimentado, pulido, sabio al nacer como un árbol que aparece de improviso.
Los seres dotados de más o de menos talento lanzan sus plegarias al vacío que los llena de una satisfacción espiritual insondable, y ése vacío es el equilibrio perfecto con uno mismo.
Todas las personas que trabajan por dinero o que visitan por dinero, o que clavan o conducen por dinero, deberían escribir unas líneas diariamente para sacarle gajos de espiritualidad al oficio, inmiscuyendo la literatura en sus destinos.
Cierta intemporalidad transcurrida desde un halo anacrónico descubrí La Poesía. Una mujer vertiendo piedras de colores en un cesto de oro. Luego de ese sueño la mujer aparecía con el fulgor de la Luna en la noche, en mi destino de estudiante, llenando así, cierta manera de ser monótono, contribuir al complemento del trabajo que me dará de comer.
Olvido las obligaciones de la literatura porque no debería tenerlas; no muchas, al menos. Obligaciones, por ejemplo, serían, escribir cumplidos para otros amigos escritores, acerca de sus experimentos más o menos ‘en proceso’ o logrados; pasar lista culturosa en las salas de un rojo terciopelo y de pálidas palabras; rociado el vino, sahumados los aires de un ingrato ego envileciendo esta satisfacción espiritual llamada literatura. Tal vez las únicas obligaciones son un horario para escribir, y el empeño que pongas al oficio, dentro de este empeño, muñeca rusa, teoría escindida, la luz puesta en explotar nuestro interior cada día, como el fulgor del Sol tras la montaña, la dinamita del ser estremeciendo al mundo con el acto más divino de que somos capaces: escribir. Como quien dice, ‘escribir desde adentro’, sin tapujos, sin miedo, sin ninguna obligación aparente, ni deber, ni moral. Siendo tú mismo llegarás a la gloria espiritual, lo único que puede darte este “vano oficio”, aunque la corona de laureles o de oro se haya secado; aunque abunden más libros que buenos escritores, aunque la inmensa e infinita biblioteca de Babel sea o esté a punto de ser infinita (Borges ya aproximó su profecía a los hombres, acerca de una biblioteca infinita: la Internet). Y no necesariamente para un público, tal vez ahora esa biblioteca la consulten fantasmas que con un solo clic retornen a lo circular, a lo cíclico, a las trampas de las reencarnaciones, al retorno de lo ‘dado por visto’, de lo vasto del hombre que ha esparcido conocimiento, al final guardado sólo en la memoria, como en ninguna hoja avejentada por el efímero tiempo.
Al final, el acto literario es lo que hace preciosa la existencia. Sus frutos, gloria, fama, dinero, sexo, libros, convenciones, laureles secos o laureles volteados. Genios remedones o pobres diablos. Escritores malhumorados, rencillas intrascendentes, concursos de muertos, institucionalizaciones, etcétera. Éso no debería preocuparnos; libros y más libros, no debería preocuparnos. Conserva el acto de escribir, y no te preocupes por si publicas o no, por si te llevas tus libros a la tumba, que al final la vasta corriente del conocimiento puede que se conserve en la memoria universal de los hombres, en ese acto de sincronización que tiene el pensamiento volcado a todas las mentes que fueron y que son, como el libro sucedido de los sueños. Y si has escrito, será suficiente. Y si nadie te ha leído, será suficiente, porque tu esencia ya está grabada en todas las mentes de los hombres. Con eso basta, estate satisfecho. Al final te quedas siempre con esa sensación de un espíritu lleno como un vaso que ha rebasado de felicidad sus lágrimas. Qué es todo esto, para quién es, por qué hacerlo, ―dirán los que se ganan la vida decentemente lejos de los libros y de la creación. Es literatura, respondo, y está lejos de lo que no te llevarás a la tumba. Literatura, sólo eso. Una ráfaga de satisfacción espiritual te quedará en el último recuerdo.

de Diario (work in progress)

27 julio 2008

EL SILENCIO DE LA MEMORIA, de Félix Terrones

“¿Cuántos sacrificios le entregamos a la llama de la memoria?”, susurra un delirio reflexivo en los epílogos de esta breve pero bien construida historia en la que el escritor Félix Terrones evoca “una historia dentro de otra historia”, sutilmente, desde una ventana interior, y nos sumerge en el delirio, “la mirada del instinto”, “atávico y sin memoria”, que ágilmente, no sin la densidad que requiere en su trama una relato de esencia, en el que la ‘justa palabra’ enarbola la ligazón de sucesos. El silencio de la memoria, precisa y reflexiva, vista ―en palabras del autor― “a través de los ojos horrorizados de un ser misterioso y patibulario, donde el lector se enfrenta al recelo que suscita la aparición de un extraño”…“Despiertan entonces viejos y ocultos temores sobre cuál es nuestro lugar en el mundo y qué o quién, finalmente, lo decide”.
Los Olaechea, una familia aristocrática, vive la decadencia de un mundo que su siniestro narrador evoca, a través del atento ojo del último miembro de su poderoso clan que a último momento lo va perdiendo todo. La casa demolida por las palas mecánicas del olvido; el recuerdo de una familia cuyos óvolos enriquecían las arcas de una capilla encallada en la memoria de una ciudad semidormida. Una ciudad fría en la que seres hambrientos se destrozan los unos a los otros, harapos gentiles de que estaba hecha su miseria. No era casual ver llegar a alguna muchacha ensopada en lágrimas luego de haber sido violada por indios infames que al borde del camino desataban los desafueros sexuales de su viril animalidad.
El narrador de esta historia monologa entre las sombras de sus recuerdos “una historia dentro de otra”, al detenido y luminoso oscilar de la luz de cinco velas, como cinco puñaladas hendieron el cuerpo del senador del pueblo, atado a un roble, con la maraña que tejió el olvido en una casa detenida en las 10:20 de la mañana. A veces las hojas sobrepasaban en tamaño a las ramas. El roble, es aquí símbolo de la fortaleza de una familia que al final se derrumba junto con el árbol que se vino abajo por el menoscabo que los años tejieron en su historia; con él, todo un símbolo de la fortaleza menguada se viene abajo. La familia Olaechea, estragada por las desgracias tramadas por el aspecto brujeril de la india María, vagando en las estancias, aterrorizando a Eugenia, la madre, que a toda costa quería deshacerse de ella. La María hundía de a pocos en el alcoholismo al senador, quien al final muere apuñalado por su esposa. Culpando del asesinato a la india, Eugenia la condena al suplicio de la horca en la plaza mayor. Eugenia se deshace así de la india María, entre rezos que por el sufragio de su alma dejó al viento de su hipocresía.
Cuarenta y siete capítulos engranan esta novela, maquinada con parco estoicismo e íntegra voz poética, una existencia que al derramar el velo incesante de la noche se torna cada vez más incierta ante el avance de los dientes del transcurso narrativo, que, voraz alimenta, a su creador, cuya línea genésica alumbró el primer cabo de vela.
El roble de las pasiones derruido y la muerte inevitable en el jardín de la casa familiar, con sus lanzas enredaderas inunda con esa desgracia las estancias, un olvido que trama sus fantasmas en la noche. Sus pasiones que acechan, el asesinato del padre, los alaridos apasionados de Rosario, la hija adolescente desequilibrada penetrada por Juan, el jardinero, cada bruja noche precaria. El roble de las pasiones que la memoria encierra, acechante.
La brevedad de los capítulos sustenta una narración densa en cuanto a que la atmósfera claroscuro así lo requiere. “Los cinco cabos de vela” en un recinto que atormentaba al niño con la testarudez de Carlos, el hermano malvado que lo aterrorizaba con historias de aparecidos. La óptica del niño que tenía dificultades para hablar, pasaba desapercibida por quienes creían ―hasta los criados― que era incapaz para el agudo y atento observar de una maraña que degrada a los seres; en la que se sucedía la entrega a las pasiones como inicio de la decadencia de una familia aristocrática.
Poética narración, en tanto que la brevedad con que Félix Terrones nos sumerge exige una rítmica sucesión de palabras, acodadas en cada helado amanecer, probable sierra clara rodeada de montañas y amaneceres esplendorosos. A ratos el narrador extravía su monologar entre el claroscuro de “los cinco cabos de vela”, con que empieza el primer párrafo de “su historia dentro de otra historia”. La casa familiar demolida por las máquinas retroexcavadoras. En la devastación interior, “la mirada del instinto es más aguda que los ojos de la razón”, reza en el meollo de algún capítulo que asaz medular se adentra en la selva interior del lector.
Las enredaderas como lenguas voraces inundaron los recintos y corredores empedrados al paso de una fría niebla ahogando los restos de la batalla furtiva del amor. Rosario, la adolescente trastornada dando alaridos en la noche, por las arremetidas de Juan, el jardinero, que con su bestia silenciosa la poseía, cuando la joven salía fuera de sí, desnuda, a la intemperie de una verga voraz que la esperaba. La hermana del intromiso narrador, cinco años menor que él, termina en un convento; le cambian el nombre por Dolores, y continuaba pintando ese fiero rostro de Juan, con obsesión patológica.
El capítulo 47 dilucida el fatal desenlace, y el encuentro en la fría atmósfera de recuerdos del narrador, que a ratos, de manera obsesiva, se dirige a una india más joven que le introducía la lengua y le tanteaba la entrepierna. Carlos, la india joven y el espectro que maquina esta historia, establecen un triángulo amoroso que pare el fruto de la desidia, un hijo que al final de la historia aparece llevado de la mano por una mujer de pelo pintado, madre que arrea el caficho en el epílogo escabroso que la memoria ha tramado.
El padre asesinado, la madre vencida por el hálito del asesinato, se deslizan por las sombras fugaces que al término de la luminosidad del último cabo de vela le dan el estoque frío y claroscuro a la historia, en la memoria presente de un olvido que perdura en sus páginas.
La mirada reflexiva que Félix Terrones aguza ya en su primer dúo de nouvelles, A media luz, va aflorando de la hojarasca del magma narrativo con que Félix ha elegido quedarse en sus lectores, cuyo número, no dudo, irán en aumento, tanto como la exigencia que le preste a su proceso creativo. Esta primera novela de Félix Terrones, El silencio de la memoria, afina el tacto requerido para emanar los gases nocivos que encierran los instintos, caldo de cultivo de las más desenfrenadas pasiones que van degradando a los hombres. Citando al autor mismo, finalmente acotamos que El silencio de la memoria es “una crítica frontal a nuestra sociedad, aquella que sólo es capaz de reconocerse en relación a su rechazo por los demás”.

*Referencia bibliográfica: Terrones, F. 2008. El silencio de la memoria. Lima-Perú. Mundo Ajeno Editores. 123 pp.

20 julio 2008

Donde nace la tristeza

Ningún poeta es alegre. Todos llevan la negra consigna de que para escribir hay que vivir la poesía, y vivirla no es necesariamente una experiencia agradable, piensan. Crasso error, porque la poesía nace del intelecto. Que inspiración y transpiración se fundan en el ejercicio creativo es otra cosa, pero que para crear poesía sea necesario estar triste es ya entrar en terrenos existenciales o metafísicos. Ser práctico ante todo, es ser vital en un poeta. Aun en poesía la practicidad supera en concisión de imágenes a los versos de ultratumba. Por qué todo tiene que girar entorno a la pérdida de la amada, o a la desesperanza o decepción amorosa, o peor aun, entorno a la muerte. La muerte viene, sorpresiva; la vida se escurre de las manos, y es tan fugaz como un sueño en la pradera.
La más ardua tarea del poeta (y la más agradable) es la de recrear, es sabido. Los poetas de ultratumba creen que desde lo oscuro se llega al camino de la luz. La belleza crea belleza. De las lágrimas nacen más lágrimas. No toda oscuridad se transforma en belleza.
Muchos poetas que no eran tristes, repentinamente se suicidaron sin razón alguna, confirmando que el suicidio no proviene de esta vana sensación depresiva. El arte de la poesía consiste en volver bella a la tristeza. La tristeza que sólo emana decadencia en un poema, es un ejercicio gratuito a punta de lágrimas. Sin provecho alguno, para qué ponerse tristes.
En mi experiencia como poeta, confieso que la confundí con mi vida y las estaciones tristes que en el amor me detenían. Pero a lo largo de trece años siempre encontraba personas que lograban vivir esos versos, y eso yo lo considero un provechoso sufrimiento. Más, en muchos poetas encuentro que sólo plasman ejercicios líricos decadentes los que ensayan evocando su inútil vida ajena a los lectores. Como que la tarea de volver bella a la tristeza, es rendirle honor, no como un aedo suicida, sino como un vital transformador de los tormentos, de las desgracias, de las tragedias del hombre, en inmaculada belleza.
La poesía otorga la magia, la tristeza es el magma y el poeta el mago que la transforme en el oro de lo maravilloso, de lo bello.
Recuerdo algunos versos que hasta hoy me transportan a esas estaciones tormentosas que vivía enamorado, y no las recuerdo como algo vano, sino más bien me reconfortan y me infunden vida, una vaga certeza de que pasé esas pruebas, esas odiseas sin salida, que me fortalecieron, que me volvieron inmune al sufrimiento, ya pasados los treinta años. Sigo ileso, muy a pesar de los abismos, felizmente remotos.
Una ola de suicidios han encausado grandes obras maestras de la tristeza, por citar dos ejemplos: Die Leiden des jungen Werther, de Goethe, o el suicidio de un joven al rociarse con gasolina el cuerpo e inmolarse como aquel decadente personaje de Sobre héroes y tumbas, de Sábato, el serio.
A partir de una tristeza adquirida en un ambiente o en un libro decadente que no llegó a mutar en belleza, gradualmente se llega a la peste del suicidio, de la depresión, de la culpabilidad, que irá directo al mar de los manicomios, de las tumbas, de los infiernos eternos; todo esto partiendo de la tristeza que no se desemboca, o que se desemboca en mamotretos que no llegaron a metamorfosearse en belleza, abandonando la tristeza, el cascarón del que nacieron.
Los poetas somos afortunados al desfogar todos nuestros demonios escribiendo, ofrendando nuestras penurias líricas a la belleza. Pero algunos de ellos se hunden en su propio muro del cuerpo, que los traga, como quien se traga su propia tristeza Catoblepas.
Las canciones de amor son todas de tristeza gratuita. Letras en clave de ripio, notas sensuales rociadas de estupidez lacrimógena que es consumida por gente superficial y calmada, calmada como la gente que va todos los días a la oficina, calmada como la que retorna cansada y prende la radio, y ahí dentro alguien sufre y está triste y eso lo consuela, consuela sus penas gratuitas descendiendo por la garganta, bajando por los ojos en forma de lágrimas que ―según ellos― los reconfortan, cuando no hacen más que acentuar la decadencia que a diario confunde el ser cotidiano con poesía, ahí, donde nace la tristeza.

03 julio 2008

El blanco de la obra maestra

Hay autores de los que no conozco más que su obra maestra. Y, olímpicamente, esta obra maestra niega rotundamente a las anteriores y a las que le han sucedido. “Para muestra un botón”, reza el adagio, y es así; sólo necesitamos una buena muestra del genio para que perdure por siempre en la memoria.
Leo con dificultad el Ulises, y sé que es un único Joyce el que transcurre por sus páginas. No existe un Joyce de Dublinesses ni el del sencillo Música de Cámara. Joyce es el Ulises. Sé que al leer el Ulises sólo un Joyce está en mi recuerdo, y nadie lo cambiará, ni siquiera su obra subsiguiente. En el mismo año, 1922, Trilce. Para mí Vallejo está en esa obra maestra y ninguna otra de sus obras me hará cambiar de parecer. Las obras maestras hacen al genio, hacen de su perduración y de su universo tramado estas obras maestras, única identificación con el creador, único, en esa indisoluble obra maestra.
Con el tiempo mi olfato literario es el de un pastor alemán, avanza al acecho de lo medular, de lo esencial de cada autor, en cada época. Ya no tengo tiempo de leer obras menores, de proceso, de progreso, de crecimiento, de cada uno de los autores aun preferidos de un stock determinado de autores.
Algún filósofo decía que para poder disfrutar de una buena obra literaria es necesario que existan obras mal escritas, para de esa manera establecer la diferencia. Que se sienta la diferencia en el paladar literario, que no se disfruta el postre antes del almuerzo. No me lo trago. De entre lo bueno, lo mejor. No lo mejor de entre lo malo. De ninguna manera.
Me parece que el leer obras de crecimiento, regulares o malas, es el precio que se paga por leer obras formidables. Como que en el proceso de llegada a la cumbre de un genio creador tiene que haber obstáculos que son sus libros malos.
Recuerdo que una insigne literata me dijo un día en una respuesta a un mail, que para que existan escritores buenos tienen necesariamente que haber muchas jaurías de cuadrúpedos aficionados. Qué sería de los genios sin los mediocres. Claro, es lógico, si no existieran los mediocres, la propia genialidad sería ser mediocre. Tan sabias y bellas esas palabras de reconocimiento interior. Me gusta la sinceridad, ante todo. Después de todo esta sabia literata reconocía que ella formaba parte de esa inacabable bola de animales de pezuña partida, poetas de domingo.
Lo cierto es que yo me salto los libros malos y de frente voy a los buenos. Para qué perder el tiempo con experimentaciones más o menos infectas. Basta sólo unas pocas primeras líneas para saber lo que me espera, y tiro enfadado el mamotreto. No soporto los libros malos, ni mucho menos a sus autores.
Genios o silvestres, al menos deseo que un solo libro los salve, uno solo, para saber que no han existido en vano. La obra maestra es al blanco, y la trayectoria certera de la flecha es a los ejercicios de experimentación por medio de los cuales se llega a ella. Los genios no nacen, es sabido. El proceso es arduo, duele, desgarra, desespera. Dulces frutos recompensarán nuestro esfuerzo. Escalando hacia la cúspide casi siempre se cae en el intento. Sólo los grandes espíritus vuelven a levantarse, repetidas veces, hasta alcanzar la cima.

21 junio 2008

Revista Kcreatinn Nº 3―Especial: Julio Cortázar

Textos que van de la rigurosidad académica, en los ensayos: La búsqueda como motivo en Rayuela, de Julio Cortázar, de Félix Terrones, quien actualmente realiza un doctorado en literatura en Bordeaux; y Julio Cortázar y Luis Cernuda: el diálogo poético como vector en la búsqueda del absoluto, de Chrystian Zegarra (Premio Copé, 2005); pasando por la hibridez apologética del Perfil heterodoxo de Julio Cortázar, de Fernando del Val (Finalista del Premio Internacional Ciudad de Torrevieja, 2007), cantado a varias voces en el programa La estación azul, en Radio Televisión Española; finalizando con Maga; Miércoles 12, final de la tarde y una reseña sobre el primer tomo de las Cartas, de Julio Cortázar, Edición al cuidado de Aurora Bernárdez, de Jack Farfán Cedrón; que terminan de ensamblar con obsesiva perfección este tercer número de la Revista Kcreatinn. En la próxima aparición, se encausará la creatividad del planeta hacia el método de las bifurcaciones narrativas, dedicándole un especial con un cuarto número sumamente cuidado, al genio de Jorge Luis Borges.

01 junio 2008

Convocatoria Revista Kcreatinn Nº 4―Especial: Jorge Luis Borges

El compromiso literario en esta ocasión es con un ser digno del respeto de toda la humanidad de este y de todos los tiempos: Jorge Luis Borges. Imaginemos a este tigre en acecho bajo un ocaso estrangulado por la dolorida crucifixión de la belleza de una rosa amarilla, al borde del poniente, en alguna cosmogonía gnóstica, la esfera desde donde se vislumbran uno y mil mundos, la cita exacta en determinada epifanía libresca, el libro apócrifo, la sucesión numérica cuyo cause es el universo insondable acaecido en el infinito de la noche. Qué lector no se ha quedado admirado con Las ruinas circulares o con la precisión certera de reinventar una nueva doctrina en sólo unos cuantos Fragmentos para un evangelio apócrifo, que si bien es cierto no reniegan del cristianismo, acaso imponen al budismo como una religión alternativa al dolor. La cita es con el intelecto y con la belleza de la palabra exacta, escritores de todo el planeta Tierra a punto de la devastación, la cita es con esa sensación de que el tiempo puede perdurar en un texto bien escrito, muy por encima de las diferencias, de la fama, de los premios, de la vida misma, del rencor que enceguece. A poco de caer en el sueño de las repeticiones, llegaremos a la boca invisible del fragor del río, repetidos en el sueño de nuestro mejor discípulo, siempre abominando de la cópula y de los espejos, como aquel heresiarca de Uqbar, en el memorable Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, ya que la multiplicación del número de los hombres, ergo de sus calvarios, es un eterno retorno a un karma que no merecemos. Ahí está, aprendices, consagrados, bloggers, académicos, aedas, la comprensión de un universo vasto por sí mismo: Borges. Atrapemos al vuelo esos inmortales recuerdos que hubiere recorrido el escritor argentino más admirable de todos los tiempos: Jorge Luis Borges. Su nombre traiga el sumo respeto que prestos poemas, ensayos, cuentos, artículos o textos híbridos honraran a su memoria (¡a su vasta memoria!) en sutiles, elegantes y bibliófilos raptos literarios, que a borbotones plasmen en la unánime noche. La galaxia creativa disemine su polen astral en las neuronas, el pálido gemido de un animal mitológico bifurque la comprensión de las bestias que ríen ante una lluvia de escamas doradas, la vana sucesión de los días y las noches en la desesperación de la lucidez del insomnio de la memoria: La Creación. Los laberintos conducirán hacia un estuario donde se contempla la divinidad creativa que confiere la perfección entre el Este del presente y el Oeste del pasado, los polos Cielo y Tierra en una eterna contradicción que sólo el divino estado del iluminado comprende, una lucidez cubriendo con ese ocaso con que pálidamente veía a un mundo calmado el autor de Ficciones. La memoria empieza su cuenta regresiva. Cierre de edición: 30 de Noviembre de 2008. Envíos: kcreatinnorg@yahoo.es

Jack Farfán Cedrón
Director de la Revista Kcreatinn

29 mayo 2008

El enigma de escribir

Cada vez que repetimos un verso de Dante o Shakespeare, somos, de algún modo, aquel instante en que Shakespeare o Dante crearon el verso. En fin, la inmortalidad está en la memoria de los otros y en la obra que dejamos. ¿Qué puede importar que esta obra sea olvidada?”

Jorge Luis Borges, Borges Oral


Cada mañana el escritor se levanta y empieza a teclear las letras que formarán historias, largas, medianas, o cortas historias. ¿Pero por qué hay textos que nos gustan y textos que no nos gustan, si, digamos, todos ellos fueron escritos con las mismas palabras del idioma en que fueron tramados? ¿Cuál es el ángel que dicta a los elegidos, buena literatura. Por qué los eligió a ellos y no a los otros, a los que por más que se rompen el lomo escribiendo, jamás dicen nada, jamás conmueven a nadie, jamás hacen razonar a nadie?. Es el enigma de escribir. Son las aguas mansas que en el acto de escribir se vuelven tempestuosas y azotan bosques ennegrecidos por la noche, y no hay cuándo termine la tempestad de escribir, hasta que, agotado, por fin el escritor ya vomitó todo, y está satisfecho con esto.
El escritor se enfrenta a los destinos, el escritor tiene que contar la historia de cada uno de los hombres, y a través de ella, convencer, conmover, traer a la mente recuerdos. El escritor es o no reconocido, alabado, idolatrado; en suma, recordado, según convenza o no con su historia, según sumerja o no a su propia realidad a su lector, sin más remedio que dejarse arrastrar por la historia.
El acto de escribir desenvuelve el ovillo del enigma desde el que fue concebido el genio, que es un proyecto que ya tenía Dios en mente, aun antes de haberlo pensado. Escribir es un mecanismo de traer recuerdos o hechos ya vividos; es avizorar el porvenir, o hacer presente el pasado, como en un cuadro, que algún día fue presente, pero que cuando se lo aprecia es siempre pasado, pero también presente. Un cuadro de palabras.
Para Vargas Llosa el acto de escribir es una manera de hacernos menos desgraciada la vida; de hecho escribir nos hace felices. Imagino a los escritores levantándose, o aún antes de levantarse, pensando, tramando el poema o la historia que escribirán mañana, que será quizá un ejemplo de cómo no sucumbir ante la rutina que los agobia. Hemigway en El viejo y el mar relata el episodio de la persistencia, de la terquedad, de vencer los obstáculos, aunque haya que perderlo todo, aunque haya que tirarlo todo al mar, aunque se llegue calato, herido, a punto de morir por el cansancio, pero siempre se llegará con el trofeo, que es, metafóricamente hablando, el fruto de la escritura. Hemos vencido la batalla, somos el único héroe en la playa desierta en la madrugada, bañada por el mar que ya está tranquilo de habernos probado qué tan persistentes éramos. Somos el único héroe que llegó con un esqueleto de pez a una playa desierta, y en ningún momento pensó en dejar a su pescado, a su trofeo; en ningún momento sintió miedo, más bien coraje ante la insistencia de los obstáculos. Venció la furia, venció la terquedad; venció el darlo todo sin esperar respuesta por ese esfuerzo. Importó el proceso, más que los meros resultados. Importó el acto mismo de escribir, el enigma de escribir.
A menudo los escritores no trazan esquemas para dar preceptos en sus historias, o magnánimos ejemplos de moral. Las buenas historias no son morales o inmorales, son sólo buenas o malas historias –anotó Oscar Wilde–; son ejemplos que toman de alguna manera experiencias vividas, que amalgaman con la imaginación, con la destreza del acto de escribir, en mayor o en menor grado, dependiendo de la naturaleza de la historia que queramos contar, del genio literario con que nos desenvolvamos, ese enigma que poco a poco se va descubriendo en sucesivas historias contadas, y que da cuenta del acto de escribir y del enigma que ello encierra.
La única razón de escribir, el único motivo secreto de escribir, la acción amada de escribir, tal vez sea el placer de pensar en silencio sin más sonido que la pluma surcando el papel, o las teclas de la máquina de escribir, o el ordenador apilando, como en una casa, cada ladrillo que en su conjunto vendrían a formar la arquitectura de la historia. Escribimos para ser felices, para no morir de inanición ante el mundo que sucede allá afuera, y nosotros no podamos hacer nada porque no sabemos hacer otra cosa que escribir y escribir. Escribimos para pensar en secreto, para exorcizarnos poco a poco; para al final llegar puros, resplandeciendo de luz, sabiendo que hemos dejado lo mejor que pudimos dejar, sabiendo que hemos dejado lo que mejor supimos hacer, y lo hemos dejado siendo felices en cada uno de nuestros fugaces días en que no dejamos de escribir.
Cada mañana el escritor no se pregunta por qué escribe, no cuestiona la moral de sus personajes, ni la moral de las ideas o concepciones del mundo que urden sus personajes, que finalmente son las concepciones de él mismo, sus ideas, sus sueños o desesperanzas, como si ante ello dejáramos la piel que ya se tiene que mudar, y nos renováramos y sintiéramos el aire más puro, el agua más pura, la realidad más real y por ese hecho de ser más real, más mágica. Después de haber culminado nuestra propia historia, real o irreal, mística o terrorífica, sucia o pura, clara o hermética, nos sentimos como en un sueño relajante y detenido. Hemos descifrado el enigma.
El escritor no piensa en ser famoso o en ganar tal o cual concurso de muertos cuando escribe, ni mucho menos piensa en ser reconocido, o idolatrado (me refiero al buen escritor), porque los concursos son para escritores muertos; porque escribir para un jurado conformado por cuatro gatos que no determinan el gusto de un millón de individuos, de un infinito de almas que juntas a la vez sienten toda la historia, es haber renunciado a nuestros principios como escritores. El escritor escribe para toda la humanidad, no para cuatro jurados de un concurso de muertos. Más bien escribir por el gusto de escribir, eso sí que es placentero. No para que mi obra sea aceptada por un editor de literatura light o chicha, plagada de jergas, de sucesos triviales que no perduran en la memoria más que por el momento en que se la leyó. No escribimos para nadie en especial, sí para un universo de lectores; no pensamos en nadie durante el enigma de escribir, durante el acto que nos santifica día a día; escribimos sólo para disfrutar de un trance mágico que nos acompaña desde el principio hasta el final de la historia, y si esa historia gusta, enhorabuena; si no gusta, a escribir y escribir más.
Creo que vamos siendo felices hasta que el sueño ficticio termina, y somos otros, pesamos menos, somos más leves, más santos y hasta una sonrisa escapa de nuestros labios. Cabría comparar la escritura con el acto de amar a una mujer. Pero ¿qué es lo que queda después de los restos del amor o del acto de escribir? Quedan sólo recuerdos placenteros, divinos, de ensueño; es como si no quedara nada; es como un soplo que todo se lo ha llevado, como el primer soplo que nos trajo al mundo. Es el enigma de escribir.
En: Kcreatinn, Año II, N° 2, Cajamarca, I semestre de 2008

25 mayo 2008

DIÁLOGOS BORGES/SÁBATO, compaginados por Orlando Barone

El viejo reproductor hace girar el cassette en donde quedan grabadas las voces de dos mentes lúcidas: Borges y Sábato. Por común acuerdo, obviaron la política en estos diálogos, la mayoría acontecidos en la casa de la pintora uruguaya Reneé Noetinger, amiga de ambos, mientras en el edificio de al lado moría la mamá de Borges. Alguna vez también se dieron cita en un bar de Maipú y Córdoba, rodeados de incrédulos espectadores.
Sábato dijo que los periódicos deberían salir cada año o cada siglo, ya que no ocurre nada importante en las noticias que se dejan leer en ellos. Borges acotaba al respecto que los periódicos envejecen tan pronto como ya se los ha leído, que no empleaba su tiempo en leerlos y que la política no era de su interés, ni la última literatura latinoamericana. Borges no era muy aficionado a la música contemporánea, pero alguna vez le hicieron escuchar The Beatles, con lo que quedó enternecido. Para Borges un cuento no debía señalar nombres de lugares reales, para que los lectores no cuestionen o encuentren errores en la obra. Una emoción intempestiva desencadenaba un cuento –confesaba–, como en esa precisa economía verbal que exige La Poesía; en cambio Sábato veía en la novela –como Joseph Conrad–, a un África remota, a la que había que ir desvistiendo con el avance de una barca en las oscuras aguas de un mar intranquilo, como separando de los ojos la niebla. Sendos juicios del mecanismo de escribir de los dos argentinos más notables que la humanidad ha producido.
Alguna tarde de sábado en que la madre de Borges contaba ya sus últimos días, a los 98 años, ambos escritores desvanecían su congoja, como un llanto de palabras que se deslíe en atmósferas de sueño, en el viejo recinto donde la copa de agua parecía esclarecer el enigma de Dios en Borges, y el vaso de whisky de Sábato rememoraba un letargo de palabras dulces, donde un loco podía ser un Dios que sueña despierto, y un mendigo una persona despierta que lamenta ser cuerdamente mundano.
Siete sesiones pactadas por Orlando Barone (Buenos Aires, 1941) –el compaginador del volumen–, hacia el verano de 1974/75 –Borges contaba 75 años, Sábato 63–. El libro se editó por vez primera en 1976 (Emecé) y en poco tiempo agotó una primera edición de 10 000 ejemplares y dos ediciones continuas. Veinte años más tarde una reedición llegaría a nuevas generaciones de lectores. Una nueva edición circula desde marzo de 2007.
Aún parece girar en el recinto el reproductor de cassettes antiguo, aun para la época, como evocando ciegas conversaciones que suceden a un infinito de citas célebres. Obsesiones, lecturas comunes y reflexiones en torno a la idea de Dios, el arte, el tango, pintura, cine, la muerte, la lúcida locura. Una empatía comunicativa poblaba el ámbito de las conversaciones, esa serie de diálogos signados por la divinidad cabalística del número 7; diálogos de los que han dicho contados insensatos, que fueron inventados, mas cuando uno se compenetra con el tomo, reviven las lúcidas voces de estos dos seres míticos, que como dos almas flotarán al encuentro de sus palabras inmortales.

*Referencia bibliográfica: Barone, O. (compilador), 2007. Diálogos Borges/Sábato. Emecé Editores. Buenos Aires-Argentina. 216 pp.
En: Kcreatinn, Año II, N° 2, Cajamarca, I semestre de 2008

23 mayo 2008

Entre el genio y el artesano

Cada hombre, al nacer, parte de la proyección de Dios de ser cada uno por sí solo diferente; se trata de un milagro único e irrepetible: . No existen los clones, artísticamente hablando. Ha habido ya un experimento de clonación exitoso, antes del inicio de este siglo, la famosa oveja Dolly. Pero cada ser es único. Si la ciencia lograra perfeccionarse replicando idénticamente a otro Serhumano, en un desarrollado clon, es el hecho de que cada uno de estos clones respire en diferente momento que el otro, lo que los diferencie; piense diferente que el otro; que no gesticulara al tiempo que su igual. Ya se trataría de otro ser diferente, muy a pesar de la ciencia, el supuesto de dos réplicas humanas. Artísticamente hablando, no existen dos entes iguales; muy por el contrario, y para salvación nuestra, sí unos cuantos genios que hacen la diferencia entre millones de corderos clonados hacia el abismo de un modus vivendi cotidianamente establecido. La diferencia milagrosa, cada cual única por sí misma, que rubrica la historia de la humanidad, a lo largo de todos los tiempos, es la que cifran unos cuantos genios, firmando la diferencia en la historia de los hombres, distándose así de los clones-millones de seres humanos. Pero los genios son pocos, son los que desarrollan más su capacidad científica o artística; de hecho su cerebro es más grande que el común de las personas, física e intelectualmente hablando. La diferencia entre genio y artesano es que el genio sabe que es genio, desde que nace, en cambio el artesano sabe que es artesano y sigue siendo artesano porque su pequeña voluntad de artesano no le permite pasar la barrera de la grandeza. El genio crea, el genio recrea también y parte de otras obras de otros genios para hacer una nueva obra que trasciende igualmente que la obra que lo antecedió, y hasta a veces más. El genio ya ha trascendido la técnica y lo accesorio, el genio llega a través de su obra que por el hecho de provenir de un genio, es un milagro, un develamiento de la luz, una tranquilidad y un sosiego para el alma. El genio es pleno, el artesano es común y corriente, y aun tratándose de que ambos son un milagro irrepetible que ha traído al mundo el Creador, el genio ha desarrollado plenamente sus capacidades y nunca se pone límites porque sabe que el cerebro es tan grande como sus pretenciones de grandeza. Un ladrón, memorioso ladrón que continúa la labor de otros genios ya desaparecidos, el que a partir de una obra con algunos detalles que no la hacen perfecta del todo, crea con el soplo de su arte, un milagro, una luz redentora que niega al tiempo y al espacio, decidiendo así que el individuo que la contempla estupefacto sea también ese genio que ha creado el milagro deslumbrante. El genio es también esa fuerza propulsora capaz de llegar a Neptuno, al fin del mundo inclusive, al que va y viene sin ningún problema. El artesano imita, el genio trasciende. El genio está parado esperando llegar a la tortuga–artesano, la tortuga-artesano suda más de lo necesario para crear lo que el genio crea en tan sólo unas horas, sin muchas gotas de sudor. Pero el genio también es paciencioso y obsesivo, patológicamente obsesivo, pero sabe adónde quiere y debe llegar, y la eterna perorata de los críticos jamás dará término, mientras que el genio ha empleado poco tiempo, el necesario, para construir su obra maestra. Muchos genios se han perdido entre la masa porque su débil voluntad los ha convertido en seres normales. Eso demuestra que el genio sin ímpetu, puede convertirse en un artesano. La extravagancia del genio es a la ridiculez del artesano. Cuando el genio hace reír con sus ocurrencias, el humilde artesano es rehuido por impertinente y vacuo. Lo que el genio dice es célebre, lo que ladra el perro-artesano bullicioso es irritante. Al genio todos lo rodean o bien lo rechazan, al genio también le tienen miedo y lo aíslan de la sociedad; su naturaleza de genio ha llegado a los límites que sabe su espíritu, de no compartir perlas con los cerdos. El genio es el Yo, el artesano es el nosotros, fríamente repetitivo, ‘clonado’. No hay nada colectivo si se quiere trascender con una obra de arte. Libros, pinturas, esculturas, sinfonías, palabras divinas, todos esos milagros producidos por los genios, casi nos aseguran que el genio es uno solo, es Dios, la salvación, el camino a seguir, el sosiego del espíritu, la gruta sagrada. Los genios dan grandes muestras de su ego, y eso es un síntoma de que irradian amor empezando por sí mismos, genios divinos, todo en ellos es comprensible, hasta su mal humor. Pronto sacan del sombrero un conejo, luego una estrella, mago de las constelaciones, salvación plena del espíritu, plena satisfacción del alma, del corazón, los ojos, del todo, genio y figura, desde que nace hasta la sepultura. Sin los genios el mundo sería diariamente gris e igual que una línea recta, sin los genios quizá el mundo fuera sólo un artificio, tan sólo una ecuación que cuadriculadamente resolviera otro dios que no conoce los milagros.

Cita

—“Genio y figura hasta la sepultura” (Cervantes)

12 marzo 2008


"Yo soy siempre el mismo desconcertado cronopio que anda mirando las babas del diablo en el aire, y que recién a los veinte mil kilómetros descubre que no ha soltado el freno de mano." [Julio Cortázar, Cartas, T1]

21 febrero 2008

Imagen: Agathon y la corona de laurel, en: www.reproarte.com

"Los laureles se usan, en los poetas y en los tallarines".[Luis Hernández]

14 febrero 2008

Revista Kcreatinn N° 2

El segundo paso en este escabroso mundo literario. Hay tres tipos de héroes para el común de la gente: los bomberos, los mismos héroes patrios y los escritores. De los tres el menos cuerdo es el escritor, y dentro de este heroísmo, el más descabellado es el de fundar una revista. No sólo la hemos fundado. Y que no se crea poco cuerdo el diseminar conocimiento. Deben ver para creer en nuestro segundo paso, que persiste, como los cactus en los cerros. Nuestro curso en el camino ya puede vislumbrar un feliz ocaso. Todo lo que se hace bien, con disciplina, con esperanzas, con ciegas esperanzas, las que se tiene en el Perú en torno a la literatura, se concreta de manera eficaz a través de la persistencia y el trabajo. Así lo demuestran: Una falda azul mojada bajo la lluvia, relato de Javier Farfán. En Místico Valente, Fernando del Val consagra de manera magistral al poeta español José Ángel Valente. El mito de Narciso, no ausente en los artistas, se ve alegorizado en este segundo número por el texto de María José García, una suerte de relato, ensayo, y artículo: Otoño en mi ventana o el discípulo de Narciso. Carlos Cerda nos hace ver lo necesaria que es la literatura como “una posibilidad de cambio”. En Poesía van textos de Teresa Soto González y Fernando del Val. Y por último Jack Farfán nos acerca al Enigma de escribir y nos reseña la última edición de los inmortales Diálogos entre los dos máximos representantes de la literatura argentina: Borges y Sábato; así, develamos ante ustedes el segundo número de la Revista Kcreatinn. Una provechosa lectura.
Puntos de venta: Librerías: Fénix, El Capillo, INC, Álex y Amazonas. O al teléfono 365816.

29 enero 2008

El susurro de la mujer ballena, de Alonso Cueto

Los dos personajes de esta historia se unen al final por el susurro del perdón. La enorme madonna acariciando a su bebe arrepentida, susurrándole que todo está bien, el silencio de la pared blanca atrayendo al cuerpo enorme de la mujer ballena, llevándola en un viento sin fin hasta el polvo del “ya todo terminó”, la entrañable amiga de colegio, Verónica, duerme, con el espectro ya liviano del armatoste femenino que la consuela en la clínica, Rebeca, en el epílogo de un final ya sin remedio. A media luz, el encuentro entre la culpa y el ablandar de lágrimas pasadas, entre dos amigas que hace veinticinco años repitieron la escena del perdón. Rebeca vivía un mundo a parte en el colegio donde estudiaba, Revaca, como la llamaban. Era el punto de las bromas de sus compañeros. La escena final que la marcaría por el resto de su vida fue cuando su supuesta pareja del baile, un compañero, la deja en la playa, tirándola al mar de su desesperación. Rebeca emprende retorno hasta la fiesta para completar el estoque final de las burlas a las que era sometida. Ese incidente de humillación la perseguiría hasta verse atacando a su amiga Verónica, en la presentación de un libro de negocios, como una venganza inconsciente tras veinticinco años de amargura, de recuerdos como fantasmas invadiendo el presente. Durante esa vida Rebeca recibe una herencia que la convierte en una mujer rica y solitaria. Paralelamente Verónica se enamora; confundida, rompe su relación con su primer novio y a los veinticinco años inicia una vida de casada, dirige la sección internacional de un diario y tiene dos hijos a los que ama, un esposo y un amante que llena sus vacíos existenciales. Alonso Cueto (Lima, 1954) urde en las obsesiones psicológicas de dos mujeres que sin quererlo se necesitan, como todos los seres humanos que no saben que se necesitan. El susurro de la mujer ballena (Finalista del premio Planeta-Casamérica, 2007) es una novela de hostigamiento psicológico, su apariencia inofensiva sumerge al lector en las obsesiones de estas dos mujeres, separadas por el muro del “ganar o perder”. Rebeca, tras veinticinco años se encuentra con Verónica en el avión y todavía ostenta esa amargura por la escena del último día en la fiesta de promoción. El susurro de Rebeca va invadiendo en la actual vida de Verónica, quien irritada por la sed de odio con que pronuncia cada palabra, revive un pasado silencioso, un fantasma que empieza a atormentarlas. Rebeca un fantasma enorme blandiendo la bandera de la derrota, Rebeca en las lágrimas de un suicidio que espera, tras cerrar la puerta blanca de los recuerdos. Una frase memorable a lo largo del discurso narrativo desliza el pasado tangible entre Rebeca y Verónica, “El pasado que no está atrás sino dentro, un velo que sale de las cosas, la sangre dispersa en la neblina”.

*Referencia bibliográfica: Cueto, A. 2007. El susurro de la mujer ballena. Bogotá. Planeta. 259 páginas.

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).