30 diciembre 2007

La más brillante estrella tras el alba de un despertar promisorio este dosmilocho

Hola, faltan pocas horas para recibir el nuevo año. La cuenta regresiva no sé cómo nos cogerá, si prestos al ataque o al avance, o al éxito o a la derrota, no sabemos, lo cierto es que si estamos sobrios, tal vez tengamos tiempo para reflexionar, y si no, tanto mejor, porque los problemas de los hombres giran como los átomos y a veces es bueno estar un poco idos, un poco alegres, como una cábala a seguir, dándole vueltas a la noria, girando sin poder deternos, como unos condenados piajenos, hartos de nuestros destinos. La más brillante estrella tras el alba de un despertar promisorio este dosmilocho, y que cada día sea un verdadero despertar, para soportar la rutina de morir cada día después de cada jornada de trabajo. Son los mejores deseos de:
Jack

10 diciembre 2007

Cuando la Navidad recrudece

Que El Redentor viera la luz, alumbrado, bendecido por la estrella que guió a los tres reyes magos hasta su pesebre, que así como las campanadas que atraen a los fieles a la misa de gallo para recordar la melancólica Navidad, así vago solo sin poder dormir ni abrazar a los míos, los unos cuantos que quedamos, el padre ausente, los recuerdos de que él era quien abría la botella de champaña que estallaba en risas, y yo, niño, era el primero en recoger el corcho que guardaba como a un objeto preciado, símbolo de esa cena con dulces y pavo y nueces, castañas y luces de bengala que me recuerdan y apaciguan la melancolía que significa la Navidad, la Navidad que atonta y pone tristes a las vagos que huyen del hogar para reunirse con sus patas a beber vino hasta que por fin llegan a casa borrachos, los ojos brillosos de recordar que sólo nos abrazaremos esta noche, y luego el olvido. Vagos que piensan, sólo esa mágica noche piensan, que son ellos también los que han nacido a las campanadas de la misa de gallo, al ver a su amor que de tan lejos ha llegado a verlos nacer como a Jesús. Apenas aparece la estrella lejana que guía los pasos de los fieles que en lenta procesión hacia sus hogares, se dirigen a abrazarse cálidamente, como si se tratase del secreto mejor guardado esto del nacimiento de Cristo, el secreto mejor guardado en la calidez de los hogares tocados por el mayor milagro del universo, que al abrazarnos se difunde, perfume del amor que sólo por ese día, que sólo por ese melancólico día ablanda nuestras gargantas a noche cerrada, luego del abrazo y la cena que nos ha dicho todo, todo, menos que somos los salvados, los salvados por quienes nació Jesucristo, para que el amor siga su curso y así no se cierre el ciclo de lo capaz que somos de sentirnos, de advertirnos que afuera, mientras llueve, no nieva ni todo está tan bien que digamos, que los árboles de Navidad son inventos de occidente, que el viejo gordinflón que trae regalos, aquí en este lado del mundo, es un misio tercermundista cetrino y pezuñento y demasiado joven como para emular la prominencia ventruda que debería abultar Santa Claus, papi noel de mercadillo tercermundista que se gana los frejoles sudando, disfrazado de gordinflón americano y dejándose jalar las barbas blancas por los pequeños mierdas con papis que les compran regalos, de esta parte del trópico, no de ese otro mundo, el de la “blanca Navidad” que solemos recordar aquí, alienadamente aquí, en donde no existe puta nieve ni renos, ni siquiera chimeneas, ni regalos manufacturados, ni ayPods, o como mierda se escriba. Hay alguien solo afuera de la casa que se ha aproximado a besar la escena de la familia dentro de la casa iluminada de niños abriendo sus regalos, emocionados de vivir ese momento que viven, no sabiendo que Cristo está naciendo al dolor que nos agobia, a los pasos que arrastramos como al final de una edad que ya casi cumple su ciclo vital apagándose, vela roja que pervive a la noche, a los restos de pavo y migas y chispitas de luces de bengala ya extinguidas, recuerdos desperdigados en las mesas cuya escena es fotografiada por los ojos de alguien que sólo ha bebido en Nochebuena, y está hambriento, ya sin parientes para que su ruta siga, largo y flaco estudiante celebrando un éxito al final de ciclo en la universidad, recordando que la Navidad siempre llega, como si se tratase de un recuerdo al menos en la sombra que arruga en la hora en que rezos y gallos parpadean en el eco de un templo con niños que asienten el titilar de luces de colores, ya que Diciembre es así, colorido y con pompas de detergente, no de jabón, nunca pude hacer pompas de jabón, Diciembre de encuentros gratos con los que vienen de visita desde una ciudad ausente sin ellos. Otro es el suceso de la ausencia de la Navidad, otra la escena de una vela nítida alumbrando los restos de la noche anterior con bengalas quemadas y dobladas, cables doblados en las arterias urbanas que conducen la energía a las casas que celebran, mientras los cables de la ciudad retuercen de frío su flacura, mientras allá arriba la estrella guía el camino de las calles heladas goteando ya sus últimas aguas. No nieve, no Mc Donalds ni maniquíes que han ido de shoping, mientras allá, en lo afuera del mundo, pirañitas en el infierno del terokal, mareados, atrasados y hambrientos, venidos al caos de la cuidad que cunde en abrazos y almuerzos y jaranas y un “feliz navidad” para todas las máscaras emitiendo un gesto maquinal de compromiso, cuando Jesús ya no volverá a nacer más por el resto del año, en ciudades que devoran nuestro amor.

03 diciembre 2007

Amar

Si hay algo por lo que no reniego, ni me arrepiento, es haber pisado una fría mañana el campus de mi añorada universidad. Aún recuerdo el instante en que predije que la carrera iba a ser larga y penosa, pero también llena de sorpresas, de alegrías, de amor. Ahí conocí el amor en variados momentos que para mí fueron de una magia incomparable. Una de las musas a la que más recuerdo con amor, con calma, con la calma de un haiku romántico, es a ella. Ella estudió conmigo y todo empezó cuando le dibujaba corazoncitos en su nombre, en la lista de asistentes a las clases. Nunca dejaré de recordar las furtivas miradas de inocencia que como una niña me lanzaba, hacia los previos de una hecatombe sentimental de la que todavía no me he curado. El volcán está dormido, pero las letras que imprimí en viejos cuadernos universitarios, pensándola, sólo pensándola, única y suicidamente pensándola hasta olvidarme de mí mismo, evocan esos mágicos momentos.
Todo inició con unos inocentes corazoncitos de color rojo que imprimía en su nombre, con un lapicero, en su bello nombre. Ella tenía el pelo castaño, como el mejor verano de nuestras vidas, y unos ojos almendrados, era delgada y alta, delgadamente melancólica y dorada como un ocaso. Era una persona reservada, pero a la vez alegre. Hacia 1998 empezó todo. Y recién pudo terminar todo después de haber volcado en tres breves y sentidos libros, el amor que le tenía, reservado para los sueños.
Puedo recordar el momento en que me miraba, como preguntándome el significado de los poemas que le regalaba en esos días mágicos y dolorosos a la vez. Era como caminar a su lado y bajar cansadamente dentro de las ramas de un eucalipto que lloraba al vernos juntos y tan distantes por el silencio que a los dos nos separaba. Era como sentir su cansancio y las palabras de su cansancio que me enternecían en esos momentos de fiebre que pasaba cuando no la veía y lo único que hacía es recordarla, recordaba las variaciones de los colores de sus ojos almendras, bajo las distintas horas del amor, recordaba sus ojos rasgados y su pequeña boca dormida, como pronunciando mi nombre, cual un secreto que expira.
Dicen que arrepentirse por lo que no se hizo es el peor error que podemos cometer. Haber perdido la ruta de amarla, de haber pasado más momentos cerca de ella. Miré la manzana pero no la mordí, creí haber soñado, cuando lo que hacía en esos días en que estaba enamorado de ella era un soñar despierto. Su mirada, la cadencia pausada de sus palabras, su sonrisa que me arrullaba en instantes que ahora sólo son agradables recuerdos.
El respirarla, el mirarla desaparecer lejana, lejana de mi vida, y tan cercana a la vez…era todo, o casi todo cuanto aspiraba. Durante esos días conocí la verdadera intensidad de la Poesía, una Poesía de entrega, de idolatría, de releer los poemas que le había escrito hasta memorizarlos y gritarlos ciegamente en la colina más alta del mundo. Gritar su nombre, desbarrancarme tras de ella como si ella fuera algo inasible que se ha ido por la borda, averno abajo.
Esta lava sigue su curso sin ella. Ahora es un recuerdo agradable y melancólico, casi extinto, como un volcán que duerme, resignado.
Este texto que voy escribiendo la trae como un recuerdo que viaja por la mente. Anoche un amigo me hizo recordarla, un amigo al que también el amor se le instaló en el cuerpo para hacerlo sufrir, como a mí, como a todos los hombres que sueñan despiertos, con tan sólo una mirada, con tan sólo una palabra, con tan sólo una lágrima tañendo en el tambor del corazón. Lince, el amigo del que les hablo me hizo recordarla. Trataba de decirme que el amor no siempre es contrariado y de que uno sin quererlo puede proponerse conquistarlo, así haya que desgarrarse el alma, total, para eso hemos venido, para amarnos los unos a los otros.
Basta sólo que un hombre ame a una mujer, para que ésta, no sé si con el correr del tiempo o los sentimientos, tarde o temprano también ame al hombre que la ama. Todo es un corresponderse. Un amarse. Los árboles nos corresponden oscilando sincronizadamente con nuestra alma que se arrulla en tranquilas oscilaciones, como una empatía entre las ramas y el torrente del alma. El calor es calor por la fricción de dos cuerpos: el manto que abriga y el cuerpo que es abrigado. El agua apaga la sed, la comida sacia el hambre. Todo funciona bajo la ley del tira y afloja, de la acción y reacción, del dharma y el karma, del yin y el yang. Las oscilaciones de las esferas en un sistema infinito que crece como el parpadear de unas luces remotas. Darlo todo ciegamente, por el puro acto de entrega, por el sólo hecho de entrega total, aun perdiendo la vida en ese desinteresado y bendito acto de amar, de amar, de amar, de amar. “Amaos los unos a los otros” parece cerrar la ruta de todo lo acontecido, la única razón del porqué se vive, del porqué se muere, del porqué se persiste desde que abrimos los ojos a la luz, para en un abrir y cerrar de ojos todo haya acabado, y en esos momentos finales, en esos febriles momentos finales lo único que nos acompaña son recuerdos de haber amado, de haber vivido intensamente ese amor sin principio ni fin, sin orden, sin obligaciones; un todo latiendo a un solo toque de labios, la corriente de la sangre contaminando de amor los cuerpos amados, los cuerpos que buscan la final explosión para de una vez por todas encontrar el mágico momento de explosión, ese orgasmo que se reduce a unos instantes intensos, calientes, vivificando todo el porqué de la existencia que se resume a amar, como cuando se expira en un beso, en una eterna entrega que no muere.

Licencia Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 Perú de Creative Commons.

Constelaciones

BÍO

Mi foto

Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).