10 diciembre 2007

Cuando la Navidad recrudece

Que El Redentor viera la luz, alumbrado, bendecido por la estrella que guió a los tres reyes magos hasta su pesebre, que así como las campanadas que atraen a los fieles a la misa de gallo para recordar la melancólica Navidad, así vago solo sin poder dormir ni abrazar a los míos, los unos cuantos que quedamos, el padre ausente, los recuerdos de que él era quien abría la botella de champaña que estallaba en risas, y yo, niño, era el primero en recoger el corcho que guardaba como a un objeto preciado, símbolo de esa cena con dulces y pavo y nueces, castañas y luces de bengala que me recuerdan y apaciguan la melancolía que significa la Navidad, la Navidad que atonta y pone tristes a las vagos que huyen del hogar para reunirse con sus patas a beber vino hasta que por fin llegan a casa borrachos, los ojos brillosos de recordar que sólo nos abrazaremos esta noche, y luego el olvido. Vagos que piensan, sólo esa mágica noche piensan, que son ellos también los que han nacido a las campanadas de la misa de gallo, al ver a su amor que de tan lejos ha llegado a verlos nacer como a Jesús. Apenas aparece la estrella lejana que guía los pasos de los fieles que en lenta procesión hacia sus hogares, se dirigen a abrazarse cálidamente, como si se tratase del secreto mejor guardado esto del nacimiento de Cristo, el secreto mejor guardado en la calidez de los hogares tocados por el mayor milagro del universo, que al abrazarnos se difunde, perfume del amor que sólo por ese día, que sólo por ese melancólico día ablanda nuestras gargantas a noche cerrada, luego del abrazo y la cena que nos ha dicho todo, todo, menos que somos los salvados, los salvados por quienes nació Jesucristo, para que el amor siga su curso y así no se cierre el ciclo de lo capaz que somos de sentirnos, de advertirnos que afuera, mientras llueve, no nieva ni todo está tan bien que digamos, que los árboles de Navidad son inventos de occidente, que el viejo gordinflón que trae regalos, aquí en este lado del mundo, es un misio tercermundista cetrino y pezuñento y demasiado joven como para emular la prominencia ventruda que debería abultar Santa Claus, papi noel de mercadillo tercermundista que se gana los frejoles sudando, disfrazado de gordinflón americano y dejándose jalar las barbas blancas por los pequeños mierdas con papis que les compran regalos, de esta parte del trópico, no de ese otro mundo, el de la “blanca Navidad” que solemos recordar aquí, alienadamente aquí, en donde no existe puta nieve ni renos, ni siquiera chimeneas, ni regalos manufacturados, ni ayPods, o como mierda se escriba. Hay alguien solo afuera de la casa que se ha aproximado a besar la escena de la familia dentro de la casa iluminada de niños abriendo sus regalos, emocionados de vivir ese momento que viven, no sabiendo que Cristo está naciendo al dolor que nos agobia, a los pasos que arrastramos como al final de una edad que ya casi cumple su ciclo vital apagándose, vela roja que pervive a la noche, a los restos de pavo y migas y chispitas de luces de bengala ya extinguidas, recuerdos desperdigados en las mesas cuya escena es fotografiada por los ojos de alguien que sólo ha bebido en Nochebuena, y está hambriento, ya sin parientes para que su ruta siga, largo y flaco estudiante celebrando un éxito al final de ciclo en la universidad, recordando que la Navidad siempre llega, como si se tratase de un recuerdo al menos en la sombra que arruga en la hora en que rezos y gallos parpadean en el eco de un templo con niños que asienten el titilar de luces de colores, ya que Diciembre es así, colorido y con pompas de detergente, no de jabón, nunca pude hacer pompas de jabón, Diciembre de encuentros gratos con los que vienen de visita desde una ciudad ausente sin ellos. Otro es el suceso de la ausencia de la Navidad, otra la escena de una vela nítida alumbrando los restos de la noche anterior con bengalas quemadas y dobladas, cables doblados en las arterias urbanas que conducen la energía a las casas que celebran, mientras los cables de la ciudad retuercen de frío su flacura, mientras allá arriba la estrella guía el camino de las calles heladas goteando ya sus últimas aguas. No nieve, no Mc Donalds ni maniquíes que han ido de shoping, mientras allá, en lo afuera del mundo, pirañitas en el infierno del terokal, mareados, atrasados y hambrientos, venidos al caos de la cuidad que cunde en abrazos y almuerzos y jaranas y un “feliz navidad” para todas las máscaras emitiendo un gesto maquinal de compromiso, cuando Jesús ya no volverá a nacer más por el resto del año, en ciudades que devoran nuestro amor.

Licencia Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 Perú de Creative Commons.

Constelaciones

BÍO

Mi foto

Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).