05 octubre 2007

Un suicida lúcido

Pocos escritores han suscitado mi interés por la literatura. Con profundo respeto, me estoy reservando a los clásicos para mi vejez que ya se avecina. Por lo pronto releo a un individuo bárbaramente literario, un suicida lúcido: Henry Miller. Es uno de los pocos escritores con una imaginación desbordante, casi animal y primigenia. Cada vez que lo releo, comienzo a vivir en un caos enfermizo, en una matriz que fluye constantemente, infinitamente.
Parece ser que las ideas nunca se le terminan, parece ser que lo dice todo y al final me queda la vaga sensación de no haber leído nada. Todo en orden, respetando un orden impuesto en la mente. Su orden es el caos, el mundo enfermo desde el cual parte para volar por los espacios siderales de los intersticios de los planetas, de las galaxias. Él es totalmente sincero y reflexivo, puede filosofar con un vagabundo, con un loco, con un descuartizador y siempre encuentra sub-mundos, vericuetos por donde transita hasta hacer de la palabra un irredento punto alrededor del cual giran los planetas. Él está totalmente lúcido en este caos en donde prima el materialismo, las guerras, las hecatombes, los suicidios en masa, la locura. Él sale airoso de la batalla de los días, del gran corazón del dragón que esputa humo enfermo, de las desgracias de los demonios que hierven en su mente. Si dice árbol, él mismo es el árbol desde donde despliega su follaje y no da explicación de nada, él es el objeto que se salva, el objeto que da paso a una nueva vida. Tan sólo se deja existir, se deja leer de un tirón hasta que como aguas calmadas reposen sus pensamientos. En un solo rapto es capaz de escribir mil, cinco mil, diez mil palabras, cientos de hojas, decenas de libros sobre una sola vida que es a la vez todas las vidas, que es a la vez todo el universo.
Para el común de la gente, en la obra de Miller quizá sobren páginas. Sucede que no están preparados para esa bomba de dinamita que es su literatura en constante caos, en constante movimiento molecular, en constante erupción.
Desde esta silla veo en Henry un alma surreal, irreal, paranormal; veo cómo los montes se unen y forman un mar arremolinado hirviendo en un génesis plomo. Legiones de cielos abarcan todo el paisaje corrosivo, contaminado. Es la última morada de los hombres, es el último rincón para expirar. Todo está por terminar.
1924. Bretón lanza al mundo su proclama surreliasta. La libertad del pensamiento está echada, desplegadas sus velas, hundido el barco hasta las cachas, rodeado de anguilas eléctricas, de peces que ascienden con sus propias luces en sus iluminadas cabezas, como los mineros oceánicos y apocalípticos, desde las profundidades del mar. Quizá desde once mil metros de profundidad emergen caballos púrpuras, unicornios plateados, para avizorar el hundimiento del mundo, en un mar galáctico, en un universo más grande que todo lo que puedas imaginar. Henry está en algún vacío, aguardando que todo retorne a su orden, al propio orden que parte de un big bang fabuloso, desde la primera explosión, desde el inicio de todo.
Como parte de un plan perverso, Henry se sienta a la máquina y empieza a volar, empieza a recorrer la historia, la filosofía, la mente humana. Ve en ella, como un viejo psicoanalista, los mundos que la enferman, las grietas, las heridas, el amor relegado a un simple rencor insalvable, cruel. Henry Valentin Miller, has sido creado para crear, has sido el enviado especial de Dios, el profeta iluminado que dice las verdades, las crudas verdades como verduras podridas en un Broadway podrido como una verga podrida expeliendo pus, como una ciudad podrida donde bailotean faunos que violan a las prostitutas y a las últimas vírgenes que piden a gritos ser tomadas, poseídas, descuartizadas y tragadas. Una alcantarilla recorre la calle de la revolución de las almas. Gente amotinada, ebria, alegre. Una fiesta que sigue por varios días hasta que todo quede arruinado, hasta que todo luzca como una enfermedad incurable, como un chancro avanzado. Tomamos la ruta que no equivocamos, prendemos teas para hacer más llevadera nuestra existencia que consiste en la final huida a la muerte infinita. Vemos los monstruos, vemos las cabezas flotando en un hervidero de almas, en un purgatorio. Es el final de todo.
Cierras el libro, Henry V. Miller, sí, tú Henry V. Miller, el inconforme, el despiadado, el lúcido suicida. Cierras el libro que has escrito durante toda una vida. No hay planes. No existe ya la luz eléctrica, los planes, las cárceles. No existe nada. Sólo el final de algo que vuelve a empezar. Afuera un mundo renace, un pájaro cae al infinito. Una gota anuncia un nuevo principio, un nuevo y eterno inicio.
Otra vez el caos atraviesa gastados escalones. Una legión de caballos de humo se esfuman en el firmamento, de cara a la vida que pende como una neurona en los primeros acantilados que empiezan ya a incubar la vida que efervesce.

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BÍO

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).