05 octubre 2007

Ribeyro: “La melancolía del recuerdo”

Casi todos los pocos diarios que han pasado por mis manos han sido escritos en torno a una actitud pesimista de la vida. La Náusea, Henry y June y un libro que voy leyendo a paso lento, de nuestro enjuto compatriota y maestro Julio Ramón Ribeyro, “La tentación del fracaso”. Hay acaso en este género, una vocación suicida que crece página a página, un halo de amargura que puebla el recinto literario del diario. Confesos o no, vitales o nihilistas, lo cierto es que los diarios hacen felices a las personas que los escriben, pero desgraciados a los lectores. Catarsis de todos los demonios interiores para así retornar a la paz del cuerpo, a la corriente tranquila de los ríos metafísicos, el diario trama un mundo desencantado, algo que no se pudo lograr durante el día a pesar de haberse levantado con el pie derecho.
Muchas veces el hombre se ha visto agobiado por los problemas que acarrea la vida, especialmente la vida de un escritor.
Ribeyro, un extranjero en un cuarto de hotel, sin más remedio que ir tejiendo su historia en una vieja máquina Smith Corona 1938 que pronto será llevada por no haber pagado el alquiler. Aún no llega la pensión de su país de origen, los pocos reales de la beca se han terminado y puede ver el incendio de las 6 a través de las botellas vacías de la tertulia de anoche. “C” ha contraído nupcias con un bien parecido italo-americano de barba poblada, no hay hermanos ni padres, en la calle hay suicidios, guerras, explosiones demográficas. “La noche crece sordamente como la marea de un mar invisible”.
A pesar de todos los méritos obtenidos en torno a una obra prodigiosa, Ribeyro optaba por el camino escabroso, siempre. Fumador empedernido, siempre buscando un lento suicidio y esto se refleja en este voluminoso diario escrito entre los años 1950 a 1978, La tentación del fracaso. Casi tres décadas de religiosidad vehemente para con la escritura de esta monumental obra selectivamente adornada con citas célebres: Gide, Malraux, Flaubert, Freud, Valéry; reflexiones sobre cuestiones filósoficas, éticas, políticas; en suma, una vida intelectual llevada a la par con un minucioso trabajo, el de un verdadero escritor. En palabras del propio autor: “Un complemento a mi actividad estrictamente literaria”
Es cierto que nunca se graduó de abogado ni ejerció la docencia en su alma mater, la Universidad de San Marcos, y a veces comparaba este destino con el de sus amigos: una buena posición económica, hijos, un buen trabajo, que en suma lo hacían sentir algo culpable, en una ciudad donde primaba, primero, la buena posición antes que ser por ejemplo, un simple y bohemio escritor; pero también es cierto que sus cuentos, unos de los más perfectos del género –junto a los de Cortázar–, los más deliciosos que he leído, y en los que he visto, casi, a sus personajes en vívidas escenas que en ningún otro autor he leído.
Gentes pálidas y pobres, acalladas por una sociedad burguesa, la Lima de los años 50, de ahí el nombre de su obra de cuento reunida: La palabra del mudo, que es la voz de sus personajes “desasidos y vulnerables”, que no tienen “ni voz ni voto”; seres disminuidos por el alcohol, por la miseria ante un mundo que es un basural con gallinazos merodeando la última muerte de aquel sobreviviente apagado por el dolor y el hambre; muchachos famélicos recogiendo desperdicios, viejas amargadas en “callejones de un sólo caño”, la plebe en masa transmitiendo una energía vital, la de los seres desposeídos, los mudos andantes como sombras famélicas y desnutridas en el horizonte maloliente de la miseria.
Para Ribeyro una novela en general era “una aglutinación de fragmentos innecesarios que forman un todo necesario”, Ribeyro consideraba a sus pocas novelas que escribió (Crónica de San Gabriel, Los geniecillos dominicales y Cambio de guardia) que eran para él, la “aglutinación de fragmentos necesarios que forman un todo innecesario”. No encontramos pues a un Ribeyro maestro en estas novelas como en sus cuentos, pero aun así demostró su talento (aporías, aforismos, el diario y el género epistolar, además de sus cuentos y novelas).
Ribeyro podía percibir escenas cotidianas y les daba ese tinte sombrío característico en las vidas de los seres oprimidos. Desde un hospital, víctima de una ulcerosis severa por su adicción al cigarro, miraba con envidia el rictus proveniente de un grupo de obreros que desataban su fiambre y comían en un acto cordial con sus esposas, luego liaban sus propios cigarros; él en esa escena podía percibir la paz de los buenos momentos que en muchas personas en la actualidad es imposible vivirlos. El trabajo, el caos del transporte público, el caballo enloquecido del tiempo, las llaves y los recibos, en suma, la modernidad que da paso al stress.
Un personaje que devoraba toda clase de diarios y documentos confesionales, fue moldeando su propia existencia a través de paisajes retorcidos, una vida con limitaciones económicas en ciudades como Lima, París, Madrid, Munich, Amberes, Berlín, Hamburgo, Francfort, Ayacucho. Un hombre de un apetito voraz, como lo confiesa en una parte de su diario, su personalidad estaba basada en el exceso: leer hasta ver borrosas las letras, beber hasta emborracharse, comer de gula, fumar hasta sentir asco, eran algunos de los alicientes que alivianaban su existencia.
Traducido a varios idiomas, sus cuentos han dado la vuelta al mundo y a través de sus narraciones ha redimido las vidas de los seres excluidos, universalizando a sus personajes en escenas que se pueden “ver” cuando nos sumergimos en el realismo aplastante de su literatura que lo ha convertido desde su primera colección de cuentos, Los Gallinazos sin plumas, en un maestro del relato, que ya ha pasado, con mérito, a formar parte de los grandes clásicos de la literatura contemporánea.

Citas

La noche crece sordamente como la marea de un mar invisible”. (Julio Ramón Ribeyro)

*Referencia bibliográfica: Ribeyro, J.R. 2003. La tentación del fracaso. Editorial Seix Barral. Barcelona-España.

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).