05 octubre 2007

El ego de los poetas

Ellos tienen el orgullo más grande que su miseria, el honor en las estrellas. Se ofuscan como la hojarasca al ímpetu de huestes. Son sensibles a tal grado…“barómetros de la sociedad” –Esta frase está acuñada en algún prólogo a un poeta incendiario–. Tienen la suerte de ser auspiciados en sus sendas noches de bohemia, acto que sucede después de cada evento “culturoso”. A ellos no les interesa trabajar ni ser útiles a la sociedad, o, de alguna manera, ganarse el pan de cada día. Sueñan con ser grandes bajo el influjo de un rayo divino que les dicte su obra maestra. Esperan eternamente el espaldarazo, aunque nunca llegue. Nadie, aparte de ellos mismos, los lee. Un joven poeta español, con el cual a veces mantengo correspondencia electrónica, manifestaba en uno de sus mensajes: “Sobre la poesía, en España, te decía que no había interés. Para ser plástico en la explicación me bastará decirte que los 'superautores' salen con ediciones que oscilan entre los mil y los dos mil ejemplares. Quiere esto decir que nadie les lee. Si esto ocurre con los grandes, te puedes imaginar con el resto”. Si esto sucede en España, imagínate en el Perú. Conclusión: la poesía es aburrida. Aclaración. La mala poesía es aburrida. Y no juzgamos aquí tal o cual forma de expresión, el fondo o la forma; “la imagen que es a poema” o que “la paleta es a pintor”, certeros postulados del cómo hacer literatura que sostenía el che Cortázar. Para mí la poesía, la buena poesía ES O NO ES; es simple, gusta o no gusta, es desastrosa o es sublime, fea o bonita. Punto. ¿El acto escritural tal vez tenga que ver con la grandeza del genio, tal vez tenga que ver con la educación recibida o con la iluminación que al momento de escribir, de manera milagrosa, reciba el poeta?. No, “El genio es el 1%, el resto es su trabajo”. Proveniente de la inspiración o del ahínco, lo cierto es que la poesía no debe ser repetitiva, panfletaria, comprometida, ni mucho menos; muy por el contrario, debe estar basada en la experimentación, ser un acto libre, puro, fecundo; una diaria invención de formas y modos expresivos basados en la ruptura, como un acto fuera de serie, y, algo muy cierto, “Con buenos sentimientos se hace mala literatura” sentenciaba André Gide. Bastaría con “Tirar el saco de ladrillos”, despercudirse de afectaciones, miedos, traumas, recuerdos rencorosos; sólo seguir el hilo de la realidad, dejar fluir el seso, en un acto transparente evocado desde las más sinceras entrañas, un vomitorio de ausencias acabadas. Ahora bien, siempre me he planteado una pregunta: ¿El ego de los poetas es inversamente proporcional a su calidad poética? Al parecer la respuesta es afirmativa. Sucede que la mayoría de poetas tienen miedo a la incomprensión, ya que dudan de su capacidad creadora. Algunos tiemblan en los recitales, otros simplemente los rehuyen; y la gran mayoría se pavonea mostrando su gran cola de pavo real, repartiendo a diestra y siniestra panfletuchos en caligrafía palmer. Qué más les queda, ¿es todo lo que pueden ofrecer, “putas de la historia”?
En el Perú no existe gran diferencia en libros vendidos, entre un poeta que recién se inicia y uno ya establecido; la diferencia es mínima, como decía Ricardo Sumalavia en uno de sus talleres de narrativa ofrecidos: “la diferencia son cien ejemplares”, y creo que no exageró.
En el Perú un poeta joven publica para un manojo de amigos y familiares, y la cifra no aumenta con el correr de los años y el establecimiento de la “fama literaria”, que tal vez nunca llegue, y todos sabemos por qué.
Daría la impresión de que la poesía es un hobbie –al menos en mi país– , daría la impresión de que el ególatra poeta no valora su trabajo más que su ego; esto nos confirma en dónde está su autoestima, de ahí su gran ego.
Mientras más ego, evidenciamos menos talento en los poetas. Esto tiene que ver con su baja autoestima guión mala calidad poética.
La poesía debe ser fácil al oído, musical, de una sensualidad avasalladora; o bien, testaruda, parca y directa; aunque a veces el lector busca retos intelectuales refugiándose en poemas herméticos; otras, meditando sobre la existencia, o mejor aun, solazándose en la quietud de un haiku, iluminado “en esta paz de una sola línea”.
Al final, la voz de la verdad se hace escuchar, y esta gran mentira que es la poesía, ciertamente es más real que la vida, que los egos de los que la gestan, que los destinos proscritos a cargar una cruz enchapada con vidrios.
Cielo e infierno en un solo lugar. Aquí ríes, aquí lloras. La vida transcurre mientras dejamos pasar al tiempo, –creo que escuché eso en algún lado–.
Vayamos al encuentro del genio, en su obra, no en sus actos cotidianos, ni en sus defectos; ni en su ego, signo inequívoco de pequeñez mental.
El mejor camino a la santidad es la corrupción. Ser demonios para escribir como ángeles. Arrastrar culpas no es lo prudente. Déjalas caer, deja caer las culpas. Sólo “las niñas son de sus miedos”. Los miedos, los miedos. Tu arma es el ego.
Que afloren las obsesiones, sigamos “con el diablo por dentro”, magros poetas.
Vira en aquella platea desconocida. Abre la tapa del mundo. Un río furioso transcurre detrás de la memoria.

Licencia Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 Perú de Creative Commons.

Constelaciones

ARCHIVO DEL BLOG

BÍO

Mi foto

Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).