30 diciembre 2007

La más brillante estrella tras el alba de un despertar promisorio este dosmilocho

Hola, faltan pocas horas para recibir el nuevo año. La cuenta regresiva no sé cómo nos cogerá, si prestos al ataque o al avance, o al éxito o a la derrota, no sabemos, lo cierto es que si estamos sobrios, tal vez tengamos tiempo para reflexionar, y si no, tanto mejor, porque los problemas de los hombres giran como los átomos y a veces es bueno estar un poco idos, un poco alegres, como una cábala a seguir, dándole vueltas a la noria, girando sin poder deternos, como unos condenados piajenos, hartos de nuestros destinos. La más brillante estrella tras el alba de un despertar promisorio este dosmilocho, y que cada día sea un verdadero despertar, para soportar la rutina de morir cada día después de cada jornada de trabajo. Son los mejores deseos de:
Jack

10 diciembre 2007

Cuando la Navidad recrudece

Que El Redentor viera la luz, alumbrado, bendecido por la estrella que guió a los tres reyes magos hasta su pesebre, que así como las campanadas que atraen a los fieles a la misa de gallo para recordar la melancólica Navidad, así vago solo sin poder dormir ni abrazar a los míos, los unos cuantos que quedamos, el padre ausente, los recuerdos de que él era quien abría la botella de champaña que estallaba en risas, y yo, niño, era el primero en recoger el corcho que guardaba como a un objeto preciado, símbolo de esa cena con dulces y pavo y nueces, castañas y luces de bengala que me recuerdan y apaciguan la melancolía que significa la Navidad, la Navidad que atonta y pone tristes a las vagos que huyen del hogar para reunirse con sus patas a beber vino hasta que por fin llegan a casa borrachos, los ojos brillosos de recordar que sólo nos abrazaremos esta noche, y luego el olvido. Vagos que piensan, sólo esa mágica noche piensan, que son ellos también los que han nacido a las campanadas de la misa de gallo, al ver a su amor que de tan lejos ha llegado a verlos nacer como a Jesús. Apenas aparece la estrella lejana que guía los pasos de los fieles que en lenta procesión hacia sus hogares, se dirigen a abrazarse cálidamente, como si se tratase del secreto mejor guardado esto del nacimiento de Cristo, el secreto mejor guardado en la calidez de los hogares tocados por el mayor milagro del universo, que al abrazarnos se difunde, perfume del amor que sólo por ese día, que sólo por ese melancólico día ablanda nuestras gargantas a noche cerrada, luego del abrazo y la cena que nos ha dicho todo, todo, menos que somos los salvados, los salvados por quienes nació Jesucristo, para que el amor siga su curso y así no se cierre el ciclo de lo capaz que somos de sentirnos, de advertirnos que afuera, mientras llueve, no nieva ni todo está tan bien que digamos, que los árboles de Navidad son inventos de occidente, que el viejo gordinflón que trae regalos, aquí en este lado del mundo, es un misio tercermundista cetrino y pezuñento y demasiado joven como para emular la prominencia ventruda que debería abultar Santa Claus, papi noel de mercadillo tercermundista que se gana los frejoles sudando, disfrazado de gordinflón americano y dejándose jalar las barbas blancas por los pequeños mierdas con papis que les compran regalos, de esta parte del trópico, no de ese otro mundo, el de la “blanca Navidad” que solemos recordar aquí, alienadamente aquí, en donde no existe puta nieve ni renos, ni siquiera chimeneas, ni regalos manufacturados, ni ayPods, o como mierda se escriba. Hay alguien solo afuera de la casa que se ha aproximado a besar la escena de la familia dentro de la casa iluminada de niños abriendo sus regalos, emocionados de vivir ese momento que viven, no sabiendo que Cristo está naciendo al dolor que nos agobia, a los pasos que arrastramos como al final de una edad que ya casi cumple su ciclo vital apagándose, vela roja que pervive a la noche, a los restos de pavo y migas y chispitas de luces de bengala ya extinguidas, recuerdos desperdigados en las mesas cuya escena es fotografiada por los ojos de alguien que sólo ha bebido en Nochebuena, y está hambriento, ya sin parientes para que su ruta siga, largo y flaco estudiante celebrando un éxito al final de ciclo en la universidad, recordando que la Navidad siempre llega, como si se tratase de un recuerdo al menos en la sombra que arruga en la hora en que rezos y gallos parpadean en el eco de un templo con niños que asienten el titilar de luces de colores, ya que Diciembre es así, colorido y con pompas de detergente, no de jabón, nunca pude hacer pompas de jabón, Diciembre de encuentros gratos con los que vienen de visita desde una ciudad ausente sin ellos. Otro es el suceso de la ausencia de la Navidad, otra la escena de una vela nítida alumbrando los restos de la noche anterior con bengalas quemadas y dobladas, cables doblados en las arterias urbanas que conducen la energía a las casas que celebran, mientras los cables de la ciudad retuercen de frío su flacura, mientras allá arriba la estrella guía el camino de las calles heladas goteando ya sus últimas aguas. No nieve, no Mc Donalds ni maniquíes que han ido de shoping, mientras allá, en lo afuera del mundo, pirañitas en el infierno del terokal, mareados, atrasados y hambrientos, venidos al caos de la cuidad que cunde en abrazos y almuerzos y jaranas y un “feliz navidad” para todas las máscaras emitiendo un gesto maquinal de compromiso, cuando Jesús ya no volverá a nacer más por el resto del año, en ciudades que devoran nuestro amor.

03 diciembre 2007

Amar

Si hay algo por lo que no reniego, ni me arrepiento, es haber pisado una fría mañana el campus de mi añorada universidad. Aún recuerdo el instante en que predije que la carrera iba a ser larga y penosa, pero también llena de sorpresas, de alegrías, de amor. Ahí conocí el amor en variados momentos que para mí fueron de una magia incomparable. Una de las musas a la que más recuerdo con amor, con calma, con la calma de un haiku romántico, es a ella. Ella estudió conmigo y todo empezó cuando le dibujaba corazoncitos en su nombre, en la lista de asistentes a las clases. Nunca dejaré de recordar las furtivas miradas de inocencia que como una niña me lanzaba, hacia los previos de una hecatombe sentimental de la que todavía no me he curado. El volcán está dormido, pero las letras que imprimí en viejos cuadernos universitarios, pensándola, sólo pensándola, única y suicidamente pensándola hasta olvidarme de mí mismo, evocan esos mágicos momentos.
Todo inició con unos inocentes corazoncitos de color rojo que imprimía en su nombre, con un lapicero, en su bello nombre. Ella tenía el pelo castaño, como el mejor verano de nuestras vidas, y unos ojos almendrados, era delgada y alta, delgadamente melancólica y dorada como un ocaso. Era una persona reservada, pero a la vez alegre. Hacia 1998 empezó todo. Y recién pudo terminar todo después de haber volcado en tres breves y sentidos libros, el amor que le tenía, reservado para los sueños.
Puedo recordar el momento en que me miraba, como preguntándome el significado de los poemas que le regalaba en esos días mágicos y dolorosos a la vez. Era como caminar a su lado y bajar cansadamente dentro de las ramas de un eucalipto que lloraba al vernos juntos y tan distantes por el silencio que a los dos nos separaba. Era como sentir su cansancio y las palabras de su cansancio que me enternecían en esos momentos de fiebre que pasaba cuando no la veía y lo único que hacía es recordarla, recordaba las variaciones de los colores de sus ojos almendras, bajo las distintas horas del amor, recordaba sus ojos rasgados y su pequeña boca dormida, como pronunciando mi nombre, cual un secreto que expira.
Dicen que arrepentirse por lo que no se hizo es el peor error que podemos cometer. Haber perdido la ruta de amarla, de haber pasado más momentos cerca de ella. Miré la manzana pero no la mordí, creí haber soñado, cuando lo que hacía en esos días en que estaba enamorado de ella era un soñar despierto. Su mirada, la cadencia pausada de sus palabras, su sonrisa que me arrullaba en instantes que ahora sólo son agradables recuerdos.
El respirarla, el mirarla desaparecer lejana, lejana de mi vida, y tan cercana a la vez…era todo, o casi todo cuanto aspiraba. Durante esos días conocí la verdadera intensidad de la Poesía, una Poesía de entrega, de idolatría, de releer los poemas que le había escrito hasta memorizarlos y gritarlos ciegamente en la colina más alta del mundo. Gritar su nombre, desbarrancarme tras de ella como si ella fuera algo inasible que se ha ido por la borda, averno abajo.
Esta lava sigue su curso sin ella. Ahora es un recuerdo agradable y melancólico, casi extinto, como un volcán que duerme, resignado.
Este texto que voy escribiendo la trae como un recuerdo que viaja por la mente. Anoche un amigo me hizo recordarla, un amigo al que también el amor se le instaló en el cuerpo para hacerlo sufrir, como a mí, como a todos los hombres que sueñan despiertos, con tan sólo una mirada, con tan sólo una palabra, con tan sólo una lágrima tañendo en el tambor del corazón. Lince, el amigo del que les hablo me hizo recordarla. Trataba de decirme que el amor no siempre es contrariado y de que uno sin quererlo puede proponerse conquistarlo, así haya que desgarrarse el alma, total, para eso hemos venido, para amarnos los unos a los otros.
Basta sólo que un hombre ame a una mujer, para que ésta, no sé si con el correr del tiempo o los sentimientos, tarde o temprano también ame al hombre que la ama. Todo es un corresponderse. Un amarse. Los árboles nos corresponden oscilando sincronizadamente con nuestra alma que se arrulla en tranquilas oscilaciones, como una empatía entre las ramas y el torrente del alma. El calor es calor por la fricción de dos cuerpos: el manto que abriga y el cuerpo que es abrigado. El agua apaga la sed, la comida sacia el hambre. Todo funciona bajo la ley del tira y afloja, de la acción y reacción, del dharma y el karma, del yin y el yang. Las oscilaciones de las esferas en un sistema infinito que crece como el parpadear de unas luces remotas. Darlo todo ciegamente, por el puro acto de entrega, por el sólo hecho de entrega total, aun perdiendo la vida en ese desinteresado y bendito acto de amar, de amar, de amar, de amar. “Amaos los unos a los otros” parece cerrar la ruta de todo lo acontecido, la única razón del porqué se vive, del porqué se muere, del porqué se persiste desde que abrimos los ojos a la luz, para en un abrir y cerrar de ojos todo haya acabado, y en esos momentos finales, en esos febriles momentos finales lo único que nos acompaña son recuerdos de haber amado, de haber vivido intensamente ese amor sin principio ni fin, sin orden, sin obligaciones; un todo latiendo a un solo toque de labios, la corriente de la sangre contaminando de amor los cuerpos amados, los cuerpos que buscan la final explosión para de una vez por todas encontrar el mágico momento de explosión, ese orgasmo que se reduce a unos instantes intensos, calientes, vivificando todo el porqué de la existencia que se resume a amar, como cuando se expira en un beso, en una eterna entrega que no muere.

14 octubre 2007

KAFKA EN LA ORILLA, de Haruki Murakami[2]

Es con Tokio blues (Norwegian Wood), libro aparecido en España en 2005, con el que surge Haruki Murakami (Kyoto, 1949) como un consagrado escritor que rebasó una cifra irracional para ser un autor oriental: más de un millón de ejemplares vendidos.
Las dos historias que teje la trama de Kafka en la orilla, editada por primera vez en 2002, y en 2006 y 2007 en España, están construidas con una magia verbal onírica, y digamos de un tirón, hasta el primer ruido que nos hace venir a la realidad, como en un sueño interrumpido.
Kafka Tamura, un adolescente de quince años, decide escapar de su casa para refugiarse en una biblioteca, en Takamatsu, una isla al sur de Japón, porque no se llevaba bien con su padre, un reputado escultor; este pretexto acaso no sea la principal razón de la huida del joven, quien llevaba consigo no sólo su mochilla con enseres, sino también sus conflictos propios de la edad. Así, como en un viaje por las praderas del incosciente, se ve envuelto en un mundo diferente al de su hogar desintegrado, para habitar en una apacible biblioteca. Primero la madre y la hermana, quienes lo abandonan cuando Kafka tenía sólo cuatro años; y luego el padre, con quien no se llevaba bien, dado su carácter esquizoide.
Kafka decide abandonar su hogar; en la mochila un reproductor de CDs, el sleeping, la poca ropa bien apretada y una vaga esperanza en cambiar de mundo, lejos de todo, perseguido por esa voz proveniente acaso de su mismo interior, la del joven llamado Cuervo, quien le insta a ratos, que no sucumbiera, que éste era el mundo y que además tal o cual forma de escapar de él, era una cobardía, y esa palabra no bebía existir entre nosotros, ya que “tú eres el muchacho más listo y fuerte del mundo”.
Durante el viaje en bus, Kafka conoce a una chica guapa y agradable, Sakura, con la cual recorre el largo trecho desde Tokio a Takamatsu. Es con Sakura con quien tiene una relación masturbatoria la noche en que le pide lo refugie en su departamento, dado un extraño incidente en el que de pronto apareció tendido en la calle, ensangrentado. No es éste el día en que asesinaron a su padre, el escultor que en los últimos estados esquizoides se dedicaba a cortarles las cabezas a los gatos y a mantenerlas refrigeradas; de todos modos, la cercanía temporal de estos dos hechos atormenta al muchacho.
Kôichi Tamura, el padre de Kafka, siempre sentenciaba al muchacho, como signándole su desdichado destino, de que iba a copular con su madre y hermana, y que iba a matar a su padre: “no escaparía de la profecía” –lo atormentaba- Desde otra perspectiva, ésta sentencia de Kôichi casi fue cumplida, pero en otro lugar y con otras personas, de manera que las palabras del demente escultor acaso tuvieron algo de certeza en los oscuros terrenos del subconsciente.
El destino del adolescente se ve envuelto con el de la secreta señora Saeki, quien a los quince años es retratada en una playa por un pintor de paso por la isla. La señora Saeki, compondría, a raíz de la muerte de su joven amado, cuando joven, una canción de contenido surrealista: Kafka en la orilla del mar, que por su sinceridad y sus imágenes inusuales, acabaría robándose el cariño del público. Unos acordes inusuales poblarían los recintos espirituales de los oyentes Japoneses.
El cuadro en el que aparece retratada la misteriosa señora Saeki, obsesiona al muchacho, por la belleza de la adolescente Saeki, que a ratos aparece como un espectro viviente encarnado en una preciosa jovencita, por los recintos de la biblioteca donde Tamura se aloja durante su aventura. La señora Saeki, como una obsesionante hipótesis de Kafka, podría ser su madre, quien lo abandonara a los cuatro años.
Narrada en primera persona, presente simple, la voz de Kafka llega como un eco del pasado al destino de la guapa señora Saeki, a quien el muchacho, inevitablemente le recuerda a su amado muerto hace muchos años, por los azares con que cumple el amor de dar un instante de felicidad a los amantes para después sumirlos en un pasado sin tiempo, toda una vida de recuerdos abrasantes. Kafka mantiene una tortuosa relación, primero desflorado por el espectro de la jovencita Saeki, en un sueño erótico; luego los sucesivos encuentros amorosos sostenidos en la paz de la isla, ensopados en los apacibles recintos de la biblioteca, cerca de la boca fresca del mar. Signados por la tragedia de Edipo, los dos destinos se ven envueltos por el latido suave del amor. Es ahí donde también conoce a Oshima, un hombre que lleva dentro a una mujer: refinado, leído y conocedor de una amplia cultura musical, lo cual le permitía no sólo ser un excelente encargado de la biblioteca, sino que también éste carácter haría generar en Kafka toda su amistad y confianza hacia él. El andrógino Oshima ayuda al muchacho a huir a las montañas, en los días en que era buscado por la policía a raíz del asesinato de su padre por el anciano Nakata, quien también huye con el joven Hoshino, un chofer de largo trecho que conoce Nakata en algún punto, camino a la misma isla adonde huyó también Kafka para escapar de su destino proscrito al exilio existencial y al amor llegado del pasado.
Vuelta a la moneda. Satoru Nakata, un anciano que pierde la memoria a los nueve años a causa de un extraño accidente acaecido en la segunda guerra mundial, cuando una profesora joven y sus niños fueron de excursión al bosque. De pronto aparece un objeto sobrevolando arriba de los árboles, el mismo que irradió alguna sustancia radiactiva, que desmaya a los niños; a raíz de este incidente los niños fueron hospitalizados, sin que ello les dejara secuelas; sólo el niño Nakata fue quien no despertó sino hasta pasados varios días; pero ya no saldría igual de este accidente, ya que pierde la memoria, y se ve imposibilitado de continuar sus estudios, quedando, como él mismo se llamara, “un idiota que no comprendía bien las cosas, que lo disculparan”. Pero a la vez esta secuela le trajo el don de hablar con los gatos. Nakata vive de encontrar gatos perdidos y de un estipendio del alcalde, dado que como él mismo lo repetía, era poco dotado de inteligencia y esta característica es lo que le da el carácter de un ser raro cuya forma de expresarse era poco usual y generaba confianza en los demás. Ya anciano, Nakata se ve inevitablemente cercado en los tenebrosos aposentos de Johnnie Walken, un hombre que les arrancaba las almas a los gatos, extirpando sus corazones y comiéndoselos para obtener sonidos de flautas mágicas que le servirán para construir una gran flauta cósmica. Kôichi Tamura, el padre del muchacho, es asesinado la misma noche del tenebroso encuentro entre el anciano Nakata y Johnnie Walken, el devorador de corazones de gatos, quien le pide al anciano Nakata que lo mate, -hecho que consuma- para cumplir con su tenebrosa misión. Johnnie Walken no es otro que el padre de Kafka, que en un estado de soledad, gradualmente llega a ese estadio gradual de locura. Acaecido esto, Nakata y sus dos gatos escapan. Nakata pierde el don de hablar con los gatos, pero adquiere el don de hacer llover peces del cielo o sanguijuelas en el momento oportuno.
Las peripecias que pasan Nakata y el joven Hoshino en un viaje improvisado a partir de la lluvia de sardinas y caballas, al lado de la estación policial del barrio comercial del distrito de Nakano; el enigma sinfín de la puerta de la entrada; el encuentro con la señora Saeki, quien encomienda al viejo Nakata quemar sus escritos de toda una vida signada por el recuerdo del primer amor, para anegar el pasado, recrean un ambiente como un largo sueño, que sólo el diestro Murakami podría haber trazado. Calmos pero ágiles, discurren todos los espacios narrativos que componen la novela Kafka en la orilla.
Una voz esquizofrénica en tercera persona, la del joven llamado Cuervo, le susurra por ratos a Kafka, alentándolo: “eres el muchacho más listo y fuerte del mundo”. Y es en otra atmósfera en la que el joven llamado Cuervo, ya como un cuervo alado, real, y de fuerte pico y garras poderosas, desolla y saca los ojos al malvado Johnnie Walken, cumpliéndose de manera surreal la profecía con la que tanto atormentaba a su hijo Kafka.
Los sucesos fantásticos en Kafka en la orilla ocurren de una manera que no sorprende, y se deslizan sutilmente en la mente del lector, como los haikus: una lluvia de caballas y sardinas, punto de partida de la odisea del buen Nakata; otra lluvia de sanguijuelas sobre unos pandilleros que golpeaban a un hombre; las sucesos que les ocurren a Nakata y al joven Hoshino, con la piedra de la entrada a cuestas; el enigma que encierra la canción Kafka en la orillla del mar; los destinos que apenas rozan sus extremos para fundirse en una sutil historia ágil y gris, irreal y presente, etérea, cada vez más interesante hasta la última frase en la que como si hubiera despertado, Kafka Tamura decide empezar todo de nuevo, en un mundo nuevo.
El lector promedio no puede dejar de leer de un solo tirón todo este gran volumen literario, en el que si bien es cierto Murakami no hace esfuerzos denodados por ofrecer una historia perfectamente construida hasta la obsesión, como ya nos ha acostumbrado un Vargas Llosa, por citar un ejemplo; más bien, Kafka en la Orilla deja cabos sueltos, ojos en la oscuridad, lagunas en el intelecto del lector, quien se las ve negras para comprender más allá de la típica novela, en la que todo se comprende; ese otro tipo de historia que nos trata de ofrecer una realidad “real”; más bien, Kafka en la orilla nos convierte, de acostumbrados lectores-hembra, en lectores activos, comprometidos con el ir más allá de lo que nos puede entregar un texto ágilmente escrito, como una extensión a la historia, digamos el epílogo personal o el provecho que podamos sacar de la lectura; detalles ambiguos o poco elucidados en el transcurso de la narración, detalles que tal vez ponen en duda el haber comprendido totalmente la novela, a través de una lectura de reto, activa, provechosa, de crecimiento, de asumir las distancias que puede acortar entre sueño ficticio y realidad.

*Referencia bibliográfica: Murakami, H, 2007. Kafka en la orilla. Tusquets Editores. Barcelona-España. 584 pp.

10 octubre 2007

KAFKA EN LA ORILLA, de Haruki Murakami

Kafka Tamura, un adolescente de 15 años, decide escapar de su casa para refugiarse en una biblioteca, en Takamatsu, al sur de Japón, porque no se llevaba bien con su padre, un reputado escultor. El destino del adolescente se ve envuelto con el de la secreta señora Saeki, quien a los 15 años es retratada en una playa. El cuadro obsesiona al muchacho, por la belleza de la adolescente, la señora Saeki, que a ratos aparece como un espectro viviente encarnado en una preciosa jovencita, por los recintos de la biblioteca donde Tamura se aloja durante su aventura. La señora Saeki, como una obsesionante hipótesis de Kafka, podría ser su madre, quien lo abandonara a los 4 años.
Narrada en primera persona, presente simple, la voz de Kafka llega como un eco del pasado al destino de la guapa señora Saeki, con la que mantiene una tortuosa relación. Signados por la tragedia de Edipo, los dos destinos se ven envueltos por el latido suave del amor.
Vuelta a la moneda. Satoru Nakata, un anciano que pierde la memoria a los nueve años a causa de un extraño accidente acaecido en la segunda guerra mundial, y que suele hablar con los gatos, se ve envuelto en un tétrico asesinato de un hombre que les arrancaba las almas a los felinos, extirpando sus corazones y comiéndoselos para obtener sonidos de flautas mágicas que le servirán para construir una gran flauta cósmica. Kôichi Tamura, el padre del muchacho, es asesinado la misma noche del tenebroso encuentro entre el anciano Nakata y Johnnie Walken, el devorador de corazones de gatos, quien le pide al anciano Nakata que lo mate, para cumplir con su tenebrosa misión. Hecho acaecido, Nakata y sus dos gatos escapan.
Las aventuras de Nakata con el joven Hoshino en un viaje improvisado a partir de la lluvia de sardinas y caballas, al lado de la estación policial del barrio comercial del distrito de Nakano; el enigma sinfín de la puerta de la entrada; el encuentro con la señora Saeki, quien encomienda al viejo Nakata quemar sus escritos de toda una vida signada por el recuerdo del primer amor, para anegar el pasado, recrean un ambiente que sólo un largo sueño podría haber trazado. Calmos pero ágiles, discurren todos los espacios narrativos que componen la novela Kafka en la orilla.
Una voz esquizofrénica en tercera persona, la del joven llamado Cuervo, le susurra por ratos a Kafka, alentándolo: “eres el muchacho más listo y fuerte del mundo”.
Los sucesos fantásticos en Kafka en la orilla ocurren de una manera que no sorprende, y se deslizan sutilmente en la mente del lector, como los haikus: una lluvia de caballas y sardinas, punto de partida de la odisea del buen Nakata; otra lluvia de sanguijuelas sobre unos pandilleros que golpeaban a un hombre; las peripecias de Nakata y el joven Hoshino, con la piedra de la entrada a cuestas; el enigma que encierra la canción Kafka en la orillla del mar; los destinos que apenas rozan sus extremos para fundirse en una sutil historia ágil y gris, irreal y presente, etérea, cada vez más interesante hasta la última frase en la que como si hubiera despertado, Kafka Tamura decide empezar todo de nuevo, en un mundo nuevo.

*Referencia bibliográfica: Murakami, H, 2007. Kafka en la orilla. Tusquets Editores. Barcelona España. 584 pp.

08 octubre 2007

El Golem

Debo esta imprecisión de ideas a la no muy lúcida lumbre de una habitación con una vela extinguiéndose en la noche, a la estrella que permitió hacer del nacimiento de Cristo un espantoso claustro de diamantes, al dolor ocasionado por trastornos mentales originados a la edad de la estimulación temprana, una edad a la que todos quisiéramos congelarnos. Debo este impreciso relato a una fuerza desvanecedora del seso, a una lucidez proveniente de un corazón estremecido, de una flor muriendo hacia el ocaso, una puerta para los unidos de piel y manos a la tarde.
Un insomne de todas las cosmogonías, asistió a todos los ocasos. Al dar con la puerta del laberinto, encontró un montón de arcilla y amasó un discípulo a su imagen y semejanza, prodigándole el soñado rojo Adán que latió miles de años en su corazón. Aletargado por el tiempo, vislumbró El Aleph, la perfecta y endiosada esfera desde donde vio todo, absolutamente todo, ya que la esfera es la forma más perfecta asemejada a los dioses. Como no todo es todo y cada cosa a la vez son todas las cosas, El Golem, el lector infinito que marcaba los libros con la mirada, el de las frecuentes citas memoriosas, ascendió un día hasta un estandarte de astros.
Qué íbamos a soñar, si ya todo estaba copado en sus relatos. Cualquier libro imaginable, El Golem ya lo había leído y registrado en su memoria. Los sueños como viejas embarcaciones embrujadas reapareciendo en la niebla, los seres imaginarios, las criaturas celestes, los países remotos, las edades remotas. No había nada que cupiera en el intelecto. El Golem era el centro del Aleph, la bibliofilia irreverente, la seriedad brutal de los ensayos, el escozor del intelecto. A manera de un dios imaginario, frecuentaba los sueños de los poetas paganos, entraba y salía por los recovecos de la memoria hasta suceder lo que nunca sucediese: el olvido, esa vaga forma de la esperanza, la cual era a la vez, abominable, igual que los espejos que reproducían cruelmente a sus discípulos, trayéndolos a esa sucesión de vidas en las que sufrían los más crueles tormentos. “La reencarnación provenía entonces desde cuando nos mirábamos al espejo y nos multiplicábamos al infinito, a años luz de sucesiones de imágenes” -lamentaban los discípulos- Era pues, una reproducción fiel de las imágenes en el tiempo. Pero El Golem educó una camada de discípulos a los que soñaba rumiando sus ideas, él advenía en el manto que cubre a los sueños.
A temprana edad, perfeccionó la escritura de los sueños en la memoria, arte que le confirió la ceguera prematura. Su memoria podía almacenar cifras grandes, fórmulas geométricas, caracteres aún no inventados por la escritura de los hombres, las formas de las nubes (un león, una cama de espuma), diríase infinitas, los destellos, los giros de los astros. En un relato, Venus podía brillar de una manera y de un color determinado, en otro, podía cambiar el decurso de los destinos de los hombres. Podía citar a los autores como quien recordaba hechos cotidianos como sacar la basura, comprar el pan o lavarse los dientes.
La idea de la historia universal era para El Golem, la de escribir un solo libro por todos los hombres; la historia de los hombres, era un libro escrito por todos ellos y en el que figuraban historias dentro de otra historias, los destinos de todos los hombres. Los poemas de El Golem eran países, cosmogonías, geografías remotas, loas de los grandes genios que cubrieron la historia con sus pensamientos. Una vez, jugó con la mente de uno de sus contemporáneos, el mismo que se tardó 10 años en descifrar un enigma que no existía, recién pudo descubrirlo cuando ya le quedaba poco tiempo de vida.
En el transcurso de un período frente a la presencia de El Hacedor, un día El Golem advirtió su presencia infinita en un espejo; al momento, dejó de respirar y vislumbró un ocaso en la memoria. Una sonrisa aterrada proveniente de un sótano repleto de estrellas estalló en sus recuerdos y El Golem dejó de leer en su memoria a la edad de 777 años, tiempo en el cual había tejido la historia de uno de sus discípulos que lo estaba soñando, respirando a expensas de un corazón rojo Adán, en alguna de las cosmogonías gnósticas de Uqbar.

07 octubre 2007

Todo fluye

“Nadie baja dos veces al mismo río. Todo fluye.” Era el certero filosofar de Heráclito. Y es que es así, todos alguna vez, por no decir siempre, a cada instante, necesitamos un cambio de piel, una muda de ojos, de chispas en los ojos. Tal vez nunca hayamos visto, por ejemplo a una culebra mudar de piel, pero quizá sí hemos visto a un cangrejo dejar su antigua caparazón o salir a un pollito del huevo. Es que nada es constante. La materia se mueve, se transforma, pero también nada se destruye, todo muda a un cambio, nunca a una desaparición total e inmutable. Necesitamos a diario una transformación del cuerpo, sea para bien o para mal. Los seres humanos, nuestro organismo, la naturaleza, estamos basados en el cambio, en el acostumbrarnos y desacostumbrarnos a tal o cual hábito, a tal o cual pensamiento o forma de revelarnos ante un todo estático que nos traga cada día.
Un tronco no es un tronco, un tronco pasados el tiempo y las estaciones, podría ser humus, o más adelante podría ser nuevamente una planta, o agua, pero nunca nada. “Nada es. Todo fluye.” De la nada no surgió la nada. Algo surge de algo. Las tinieblas no son nada sin la luz, la luz no es nada sin las tinieblas, todas las cosas se apoyan en todas las cosas. Todo es a la vez un objeto, una materia individual. Alguien que grita en la noche es a la vez todos los hombres gritando en la noche. Cada uno de los seres y cosas conforman un todo y son ese todo.
Un ser humano promedio, habituado a ir al trabajo a una hora fija, con los pasos determinados, con los problemas sujetos a sensaciones, al convivir con los seres humanos, está sujeto por así decirlo, a una costumbre, a una forma de hacer siempre lo mismo, y de ahí, de ese hartazgo, de esa rutina parte la necesidad de transformarse, de fluir constantemente, de bañarse en un río con el agua que baja y recorre nuestro cuerpo, ese agua que no es la misma desde su nacimiento hasta su fin, ese agua que no es la misma y que se renueva y purifica. Las piedras cumplen una acción purificadora en el río, reteniendo toda materia contaminante. Un pez que viaja, una madre que llora, un seminarista que se masturba en una tarde caliente, una adolescente recién desflorada, Dios preocupado, una piedra que piensa, una hoja que cae, todo, todo se transforma y ese sufrimiento que proporciona esa transformación, es justamente lo que le confiere un aire liberador a la vida, transformador, vivificante, fluido, en movimiento.
Lo que a fragor muta y se renueva, lo que a transformación huele en una aleación progresiva al rojo vivo, está constantemente sufriendo un cambio de eones, de electrones, de particiones atómicas invisibles pero sí evidenciadas por espacio de tiempo y de sensaciones vitales.
Cada vez que prendo la radio y juego con el dial, el dial es ya un factor determinante en el cambio de mi humor que hará de mi nuevo día un paraíso o un infierno. Si yo sueño, si yo lloro en el sueño, ése ya es un cambio, una transformación. Si yo decido quemar toda mi ropa y salir calato a la calle aunque sea una sola vez en mi vida, esa transformación será un punto de partida de algo, y ése punto de partida tendrá, de hecho, un final, y ese final pasará la posta a otro principio, que hará lo propio con otro final, y así, hasta el infinito.
Si no nos transformamos a diario, somos materia muerta. Cuando nos transformamos no somos polvo, somos soplo eterno, energía activa renovándose a cada instante, flujo, entrechocarse, sugerirse a cada instante la propia vida que nace a cada instante. Somos un magma de células vivas reinventándose, purificándose; lo que siempre hemos llamado vida. Todo fluye. Somos lo que fluye.
Citas
Nadie baja dos veces al mismo río. Todo fluye.” (Heráclito)
Nada es. Todo fluye.” (Heráclito)
"cambio de piel"(Carlos Fuentes)

05 octubre 2007

Kcreatinn, Creación y más

El pesimismo no es fuente de inspiración, es un estilo de vida que se lleva de la mano con lo mejor que tenemos los seres humanos: la sinceridad. A diario llevamos preocupaciones, anhelos, frustraciones, y casi siempre nos olvidamos de llevarnos consigo nuestra sinceridad. Por qué arrancar con esta reflexión, ¿sincera? Es simple, la sinceridad no cuesta mucho, mucho más que la mentira. A menudo la mentira ha desencadenado en grandes gastos de dinero para los hombres, en grandes caos existenciales que no existirían si fuéramos sinceros. Este primer número de la Revista Kcreatinn apela a un juicio certero al momento de escribir: la sinceridad. Nadie más que nosotros para hablar de una manera casi desnuda a cerca de nuestros propios demonios, de nuestros propios rollos existenciales, poniendo como telón de fondo una visión pesimista de la vida. Ni apenas edulcorada, ni siquiera acre, ni un tanto salada debe ser la literatura, más bien creo que debe apuntar a un juicio certero, es decir, si quiero ser un hijo de puta, lo seré, y de manera total, no a medias; si quiero ser un pobre y triste imitador de Neruda, lo conseguiré a punte de trabajo; si quiero ser un nihilista en potencia, pues antes debo leer toda la filosofía, o al menos gran parte de ella. Nada es ni debería ser gratuito. Este esfuerzo colectivo busca dar a conocer buenos trabajos literarios y más bien en los primeros números se ha ensañado con no dar cabida a los renombrados, a los faranduleros, más bien un mostrar el lado menos publicitado de esa fauna que es la literatura. Algo más que sueños traslucen estos textos de la Revista Kcreatinn, textos de variado corte: el artículo, la prosa, la ficción, la reseña. Algo parodiada, algo remebunda y trasgresora del sistema es el magma o corpus de la Revista Kcreatinn. No es mi intención reseñar todos y cada uno de los apartados, como un condenado y sistemático científico o matemático, no es ni mucho menos mi intención hablar de todos y cada uno de los autores, que más que dedicados a la literatura van más con lo de sobrevivir en sus rutinarios trabajos, gracias a los cuales ha sido posible la edición de este sueño, que tal vez nació en algún conocido bar o club nocturno de esta dormida Cajamarca. Parabienes. Colaboraciones: kcreatinnorg@yahoo.es

ESCORPIO-APROXIMACIONES A LA CREATIVIDAD LITERARIA, de Miguel Garnett

Todo acto creativo es para Miguel Garnett (Londres, 1935), un acto conflictivo y violento. Según lo elucida en estos ensayos bien documentados con no menos citas que entrecomillados para el filósofo Cajamarquino Mariano Ibérico, quien aparece en todos los ensayos reunidos bajo el título de Escorpio-Aproximaciones a la Creatividad Literaria, disertados como una caótica explosión primigenia -el Big-Bang-, postulado por el astrofísico George Anthony Gamow, que origina el Little Bang, que no es otra cosa -según Garnett- que la chispa que enciende el motor de la creación, en esas mentes frustradas, y hasta casi dementes. El impulso interior o insight que da origen a esa explosión caótica entendida en Escorpio como el élan vital o fuerza propulsora, “vital”, en este Gran Teatro del Mundo, muchas veces está plagado de perros y dragones interiores que merodean la ciudad, emparentando a muchos de ellos con los hilos vasculares de la ciudad, la matriz creadora de las novelas -según Vargas Llosa-, y más bien la poesía está enmarcada más a un ámbito agrícola, según he entendido en estos ensayos.
Esa fuerza creadora y rebanadora del seso literario, ese movimiento en potencia radiactivo, esa contaminación que inunda de creadores a las ciudades, es la que ronda luego del fenómeno del Big-Bang: la gran explosión cósmica de hace billones de años, muy buena símil de la gran explosión de la mente al crear.
No podemos excluir ciertos desmanes que desembocan muchas veces en la locura, hija de de esos conflictos interiores. El autor mismo de estos documentados ensayos manifiesta en uno de ellos de que su mayor eficiencia creativa es inversamente proporcional a su escasez de tiempo para la misma; su inspiración va in crescendo -sostiene- en momentos en los cuales el tiempo apremia, y que por ende la inspiración es un arrebato violento no menos carente de fuerza emotiva que de intranquilidad.
De más largo aliento es el ensayo Un Centenar de Autores, y es una suerte de recorrido y biografía sintética a través de la historia de grandes escritores, comenzando con los filósofos como Heráclito, Platón, Sócrates; el florentino Dante; pasando por los ingleses como Wilde, Carlyle, Swift, Shelley; latinoamericanos como Gabriel García Márquez; los norteaméricanos Steinbeck o Faulkner; los franceses como Sthendal y Hugo; entre otros grandes escritores, todos ellos de carácter conflictivo, que me han sembrado la interrogante: ¿el genio está hecho de sus conflictos personales?.
El silencio productivo -sostiene Garnett- emparentado con el espacio más que con el tiempo, da cabida a los momentos más sublimes para el creador, quien, a ciertos arrebatos usa a veces la vulgaridad, valiéndose de ella de un modo que casi siempre cuando no se usa en el momento preciso excede cánones estéticos que ponen en riesgo la musicalidad del texto, más aun, la belleza.
A sus 72 años, el Padre Garnett -como todos lo conocemos en Cajamarca-, aún no declina su entusiasmo por la literatura y por diversos oficios multifacéticos (karateca, pintor, dramaturgo, etcétera); él prefiere más bien creer en un Dios “jugador” que en uno serio y mandón; pero no llegando a extremos como la frase acuñada por Nietzsche: “Dios ha muerto”; y –dice en Escorpio– “Mi gusto es de la obra larga y el trago corto, no al revés”.
Disímiles oficios llenan su vida activa en esta sierra clara y a pesar de ser -como él lo manifiesta-: “provinciano, inmigrante y cura”, me atrevo a afirmar que ni las distancias ni la barrera idiomática, ni mucho menos ideológica son impedimentos para que un escritor pueda demostrar a los lectores que -cito a Garnett- “Cualquier trabajo de esta naturaleza (Escorpio) es como un iceberg; noventa por ciento del esfuerzo, de las experiencias y de las influencias personales y literarias, se encuentran debajo de la superficie de mi memoria”.

*Referencia bibliográfica: Garnett, M. 2007. ESCORPIO-Aproximaciones a la Creatividad Literaria. Ediciones El Santo Oficio. Lima-Perú. 216 pp.

SIN QUERER QUERIENDO, de Roberto Gómez Bolaños

Creador de singulares personajes en programas televisivos como El Chavo, El Chapulín Colorado, Los Chiflados, Los Caquitos, entre otros, que formaron el “elenco multitudinario”, Roberto Gómez Bolaños, “Chespirito”, el comediante número 1 de la televisión humorística, como lo anunciaba el spot previo al El Chavo, en el Canal Ocho: TIM (Televisión Independiente de México), canal que luego uniría sus fuerzas con Telesistema, originando Televisa, es sin duda alguna el mejor comediante de habla hispana que ha podido producir el ingenio.
Roberto Gómez Bolaños (México, 1929) se inició en el mundo de la actuación escribiendo jingles, sketchs y slogans publicitarios para la productora de programas televisivos D´arcy, agencia que facilitaría que Chespirito, el popular Chavo del Ocho escribiera los guiones televisivos y luego cinematográficos para Capulina y Viruta, cómicos de aquel programa humorístico cuyo protagonismo recayera posteriormente sólo en la persona de Gaspar (Capulina), aquél señor grueso, popular por el facilismo de sus chistes, a finales de los 60.
Agustín P. Delgado, productor de TV, fue el primero en bautizar a RGB como “Shakespearito”, (Chespirito), dado el ingenio que demostraba antes de incursionar con esos inolvidables personajes ya clásicos y paradigmáticos con no menos anécdotas que multitudinarias giras por sudamérica y hasta New York, abarrotando por dos veces el Madison Square Garden (años 70s).
La idea de El Chavo, un niño pobre de unos 8 años de edad que en el primer capítulo se acercara a mirar los globos que Don Ramón vendía a voz en cuello, surgió gracias a que la popularidad de El Chapulín Colorado requiriera un espacio extra durante la semana. El Chavo se transmitía los Lunes y El Chapulín Colorado los miércoles, alcanzando no sólo superar en rating a la competencia, sino que alcanzaría contratos en casi todos los países de habla hispana, lo que se convertiría en una función itinerante que alcanzaría cantidades multitudinarias de público en sus presentaciones: En el Estadio Nacional de Chile, 80000 personas, en 1973; en el Luna Park de Argentina, durante 7 días consecutivos abarrotaron el local; Perú 50000 personas; además las giras se extendieron por Venezuela, Colombia, Ecuador, Uruguay, Puerto Rico, Panamá y El Salvador, país que muchos años después le ha otorgado el Título de Doctor Honoris Causa por su “inconmensurable humanismo”, habiendo logrado transformar “a lo largo y ancho de América Latina y del mundo: el llanto en sonrisa, la sonrisa en alegría y la alegría en pensamiento y acción”, así rezan las letras góticas del diploma: “Doctor Honoris Causa en Filosofía de la Vida”, que la república de El Salvador, a las diez horas treinta minutos del día uno de septiembre de 2005, le otorgara; año en el cual Chespirito escribiera este libro de memorias autobiográficas, plenas de anécdotas que viviera con el grupo humorístico más popular en el mundo de habla hispana: Chespirito, integrado entre otros personajes por: “La Chilindrina” (María Antonieta de las Nieves), “El Señor Barriga” (Edgar Vivar) “El Profesor Jirafales” (Rubén Aguirre) , “Doña Florinda” (Florinda Meza), “Godínez” (Horacio Gómez), “Don Ramón” (Ramón Valdez), “La Bruja del 71” (Angelínez Fernández), “Jaimito El Cartero” (Raúl “El Chato” Padilla) y “Quico” (Carlos Villagrán), entre otros, que no sólo demostraban su evidente carácter histriónico para interpretar sus respectivos personajes, sino también una entrañable amistad, amistad que sucediera por primera vez en el programa “Los Genios de la Mesa Cuadrada”, en el año 70, con Ramón Valdez, Aníbal del Mar, Maria Antonieta de las Nieves, Rubén Aguirre y el ya existente en ese entonces “Doctor Chapatín”. Pasados dos años de esta primera puesta en escena televisiva dedicada a parodiar al programa “Mesa Redonda” y a artistas de la época, hace su aparición El Chavo, cuando el personaje contaba ya con 42 años (1971) y su amada Florinda Meza (su segunda esposa) con sólo 22 años.
Admirador de Stan Laurel & Oliver Hardy y Charles Chaplin, RGB hace poco ha celebrado su más pintoresco personaje en estos últimos años en El Diario del Chavo, libro que ha vendido la no muy despreciable cantidad de 50000 ejemplares, cifra avasalladora teniendo en cuenta que aun escritores establecidos sólo venden 2000 o cuando mucho 3000 ejemplares.
Con “Los 12 mejores nietos del mundo”, Chespirito, pasa momentos apacibles recordando siempre aquél episodio que se iniciara en 1971 y que culminara su grabación en Televisa cuando el genio creativo contara con 66 años (1995). Han pasado muchas décadas, comedias, anécdotas y millones de seguidores en todo el mundo, en la vida del “Shakespearito” de la comedia mexicana, que quizá ya figure el los diccionarios como “El Comediante número 1 de la Televisión humorística: Chespirito” y todo esto, como se lee en el título que ostenta sus memorias fue: “Sin querer queriendo”.

*Referencia bibliográfica: Gómez Bolaños, R. 2006. Sin Querer Queriendo (Memorias). Editorial Aguilar. Mexico, D.F. 448 + 40 pp con fotografías.

CÉSAR MORO, de André Coyné

En este ensayo apologético que retrata la personalidad extraordinaria del poeta peruano César Moro (Lima, 1903-1956), André Coyné, a prueba de balas, pone en tela de juicio que un hombre libre lo es “24 horas al día”, afirmación de Geert van Bruaene que levanta polvo en un mundo tan laboral y rutinario como el que nos ha tocado habitar, ya que para poder vivir de manera honesta, al menos 8 horas de nuestro tiempo deben ser arrebatadas de esa “mítica” libertad que Coyné propala en las primeras páginas, no menos amicales que laudatorias, en torno a tan surrealista personalidad.
Más que una nota necrológica ―publicada por vez primera en 1956, año de la muerte del poeta―, este pequeño tomo describe la personalidad de un verdadero poeta apasionado, que aun en los avatares de la vida, jamás renunció a su libertad. Moro rehuía del escándalo vulgar de la prensa o los eventos “culturosos”, su vida era un escándalo, pero era un escándalo en el sentido de salirse de los cánones establecidos, rehuir del arte adormidera. No escribir a un horario fijo o trabajar a determinada hora. Moro era libre de una libertad rebelde como la poesía, una rebeldía en contra del arte concebido como una experiencia insoportablemente regionalista, lacrimógena y que busca figurar.
Ese “otro mundo” en el que vivía plenamente Moro, es el que nos llevará, a muy largo plazo (la memoria no es efímera) a la verdadera libertad, la de los sueños. Moro siempre será el eterno legado de un verdadero poeta. Moro no ha muerto; cada vez que leemos sus poemas revive ―cito a Coyné― “el incendio de un palacio de aire que iluminaba su mirada”. Algunas fotos de Moro y sus pinturas adornan el texto. Y se deja entrever un hálito tardío y persuasivo de que la libertad del hombre es la verdadera poesía que urde a diario sus sueños.


*Referencia bibliográfica: Coyné, A. 2003. César Moro. Ensueño Indescifrable Editores, Lima-Perú.

Borges Oral, Conferencias, de Jorge Luis Borges

La oralidad es el principal vehículo de comunicación entre los hombres, aun entre los animales y los objetos. El hombre en sus disímiles intentos por transmitir sus pensamientos, ha legado pinturas rupestres, señales de humo, escrituras cuneiformes, jeroglíficos, entre otras formas de escritura. Pero la oralidad compenetra al orador con el oyente. Un solo orador dirigiéndose a uno solo de los asistentes a una conferencia, puede crear un vehículo de comunicación tan persuasivo, que daría la impresión de que la conferencia sólo estuviera dirigida a él. Ya por necesidad económica, ya por legar conocimiento, a partir de 1949, Borges inicia el dictado de conferencias con una disertación sobre Nathaniel Hawthorne, y se convirtió con el correr del tiempo en una incesante actividad, que en principio era estimulada con una copa de vino o guindado, motivo por el cual, soltura y erudición se combinaban para mostrar al Borges orador, al Borges compenetrado con sus alumnos ávidos de conocimiento. Así, Borges sustentaba de que una buena conferencia era como estar pensando en voz alta; si lograba esto, entonces sentía que había sido una buena conferencia. En Borges Oral, consistente en una reunión de conferencias dictadas en la Universidad de Belgrano, encontramos a un Borges más humano y con un lenguaje más sencillo que el de su obra escrita, no menos plagado de citas y valiosísimas reflexiones filosóficas. En “El Libro”, primera conferencia dictada el 23 de mayo de 1978, Borges resalta la idea de éste como algo divino, en donde cita a Bernard Saw cuando le interrogan que si creía que el Espíritu Santo había escrito la Bíblia y él contesta: “Todo libro que vale la pena ser releído ha sido escrito por el Espíritu”. Todo libro tiene que ir más allá de su autor –prosigue–; todo libro es todos sus lectores. Cuando alguien recita un verso de Shakespeare, en ese momento el lector es de alguna manera aquel momento en el cual fue escrito el poema; es decir, Shakespeare –acota–. El libro, La inmortalidad, Emanuel Swedenborg, El Cuento Policial, El tiempo, Borges Oral es una miscelánea de conocimiento reflexivo, filosófico, enigmático, legado que el erudito transmitiera a los alumnos de la Universidad de Belgrano. No olvidemos además que Borges profesó la docencia a lo largo de 20 años en la ciudad de Buenos Aires, y que tras varias operaciones de cataratas hasta 1955, Borges pierde la visión totalmente, desarrollando así una lúcida memoria, y un vasto sentido de la oralidad. Borges Oral, ha sido transcrito, íntegramente, a partir de grabaciones magnetofónicas de dichas conferencias; exceptuando, claro está, algunos titubeos y tropiezos a la hora de la disertación. Borges, al hablar de su ceguera la definía como un lento crepúsculo que ha durado más de medio siglo, un crepúsculo en el que dictaba libros de poemas, ensayos, cuentos…un crepúsculo que para sus lectores es y será siempre, toda una eternidad de conocimiento e imaginación vastas de uno de los más grandes escritores del planeta.

*Referencia bibliográfica: Borges, J. L. 1997. Borges Oral, Conferencias. Emecé Editores, Buenos Aires-Argentina.

Chicha macerada con mano de muerto

La chicha de jora es una bebida que se originó en el imperio incaico, en el antiguo Perú. Su modo de prepararla es hirviendo el maíz y cebada machacados que previamente se han puesto en remojo para que germinen (jora); para después dulcificar la infusión con chancaca, una masa de dulce de forma cónica, de color marrón, fabricada con el jugo de caña de azúcar, en los trapiches de los pueblos de la costa y yunga peruanas. A los ocho días de fermentación está lista para tomar. A más días de fermentación, su dosis alcohólica aumenta. Hay chichas muy antiguas que se tornan transparentes.
La chicha acompaña las comidas de los campesinos en las mingas o faenas agrícolas comunales, también los retozados jolgorios carnestolendos con chinas rebosantes y jugosas, prestas al ataque, en los pueblos de la sierra peruana; se bebe también a lo largo y ancho de nutridas fiestas patronales en pueblecitos rodeados de cerros, que parecen retumbar con la alocada y ensordecedora detonación de las docenas de cohetes donadas por los padrinos de las fiestas, los mismos que son recompensados con gallinas enteras asadas o cuyes cruzados en mate.
Hay otros tipos de chicha, que la preparan de manzana, de yuca, de membrillo, de zanahoria, y de lo que sea. En las cárceles, por ejemplo, como está prohibida la venta de licor, los presos se las ingenian para preparar chicha de todos estos frutos, pero mayormente de arroz, a manera de un sake peruano.
En alguna esquina perdida entre la niebla, hay una viejecita que prepara chicha de jora que macera con mano de muerto. Dicen que es más trepadora y deliciosa y que hace alucinar al que la ingiere. Normalmente el ebrio se sueña corriendo en un verde prado, niño, feliz. O bien, adolescente, tomado de la mano de la novia, que no para de mirarlo. Todo esto en una atmósfera neblinesca. Los sueños que produce la chicha macerada con mano de muerto pueden ser también alucinatorios. Perros y dragones que asolan campos salvajes; bestias polípodas con varias cabezas emergiendo de un mar grisáceo. Si uno ha bebido demasiada chicha macerada con mano de muerto, entra a la etapa del delirium tremens. No grita, no puede llorar ni hablar; vienen unos encapirotados seres vestidos con túnicas plomas y te tunden a palos y te violan; luego, cuando estás inconsciente por la tremenda paliza, te destapan y te esparcen toda clase de gusarapos por el cuerpo, como arañas, cushpines, chanchitos de la humedad, tijerillas y caquitas de pajarito malagüero. Es así, es el precio de una borrachera excesiva con chicha macerada con mano de muerto, flotante.
Dicen los borrachos experimentados, que la chicha macerada con mano de muerto da diarrea. Yo no me atrevo a beberla por ese detalle, ya que no soportaría ir cagándome en plenos asuntos laborales; sería como una pesadilla.
Me pregunto cómo llegó esa mano de muerto al urpo donde flota, ahogada, desprovista de un cuerpo inclemente que vaga por quién sabe qué purgatorio. Seguramente –imagino- algún estudiante de medicina misio se la vendió a la vieja. Según datos orales, esa mano de muerto sale por las noches, después de las faenas etílicas, a dar de beber a algunos borrachos que se han quedado dormidos fuera de la chingana, en donde la viejecita se para todas las tardes a esperar a los borrachos de siempre. Esa mano de muerto, ya marrón, pero no podrida, dotada aun de sus carnes aflojadas, casi descompuesta, sumergida en el urpo de la pequeña chingana en esa esquina perdida entre la niebla; esa mano que llegó morada, sabe Dios a qué edad cercenada
No puedo precisar cuánto tiempo ha estado esa mano de muerto sumergida en el urpo; pero ha de ser desde que la vieja estuvo joven; porque yo lo he oído de bocas mayores, que tampoco se han atrevido a beber la chicha macerada con mano de muerto. Intuyo las razones. En todo caso nunca me atrevería ni siquiera a entrar a la chingana de la vieja, pues temo por mi cuello, cuando sueñe con esa mano de muerto, flotante en el urpo de chicha.

Dar es dar

Algo que nos caracteriza a los seres humanos es el afán de sociabilizarnos y de solidarizarnos ante los desastres naturales. No existiríamos si no estuviéramos acompañados y si fuéramos totalmente egoístas. No concibo la idea de una persona totalmente hermética, antisocial y avara. El diablo mismo, de existir, se daría un espacio en el corazón, para, de alguna manera, compartir. De hecho la maldad es maldad por el acto mismo de compartir. Los drogadictos comparten su cachito de marihuana, unas líneas de polvo; los alcohólicos comparten su alcohol, los neuróticos sus demonios interiores, las putas su sexo. Todos compartimos. No existieran los alcohólicos si no existiera el acto mismo de compartir. Compartir, de alguna forma es un vicio, un vicio propio de los seres humanos. Hasta las propagandas de cerveza toman como carnada el acto humanitario y amical de compartir. Como que el compartir es un pretexto para la sociabilización del ser humano, para sendas borracheras que tienen como prolegómenos el acto de compartir. Este artículo no sería nada sin el acto de colgarlo para el mundo en este blog, para que los demás lo lean y así se establezca el acto de comunicación a través de los comentarios buenos o tendenciosos.
Nuestros padres compartieron sus sexos al hacernos, de esa manera no sólo disfrutaron fabricándonos, sino que también contribuyeron con una oveja más para el redil.
El acto de dar es un acto de entrega, que puede ser total o parcial, según la voluntad de los hombres; el acto de dar es el resumen de todo el amor, el principal pretexto de la vida.
Los amantes se entregan de manera total, los padres entregan a los hijos todo lo que está a su alcance. El pastor cuida el rebaño. No somos únicos e imperecibles ni invulnerables, dependemos de alguien y alguien depende de nosotros.
La vida que fue un soplo y en polvo terminará, fue un acto solidario, de entrega total. El mal cuyo introito fue el acto de Eva de dar el fruto prohibido a Adán, tiene, de alguna manera, algo de solidario.
Pero ¿por qué necesariamente necesitamos ser solidarios en tiempos de devastación, de desastres naturales, de caos? ¿Es que Dios nos tiende cada vez una trampa en la que caemos redondos, culpables, arrepentidos, para así poder solidarizarnos, humanizarnos con el prójimo? A veces me pregunto: ¿Si todos fuéramos solidarios sin que fuera necesario una desgracia, una catástrofe, ocurrirían las devastaciones, la destrucción a pausas del mundo que a veces nos manda El Barbón? ¿Estamos regidos por un creador que nos da lecciones esporádicas para poder reaccionar ante un mundo dividido, sectorizado, estratificado social, política, económicamente? Para muchos no-creyentes, un terremoto, por así decirlo, es un desastre que ocurre porque tiene que ocurrir, no por algún castigo divino. Pero ¿Han observado cómo cambia la gente ante los desastres? ¿Han observado el acto total de desprendimiento, de apoyo económico que llega de otras naciones para el desvalido, para el damnificado? ¿Es que estamos aprendiendo alguna lección? ¿De quién? (para los que no creen en Dios) Estamos pues ante un signo que predice que algo tiene que cambiar en la podredumbre del mundo, estamos convencidos de que el hombre es todavía como un niño que recibe ordenes y es aleccionado por un superior, estamos convencidos de que necesitamos un desastre, una devastación, el detonante que haga reaccionar a ese corazón enfermo y encallecido que es el egoísmo, para así experimentar una cosquilla, una chispa en los ojos al dar, más que al recibir, al dar anónimamente, sin acuse de recibo, al dar la sangre o las lágrimas, pero de algún modo, dar; dar para no recibir nada a cambio, dar por el simple acto de dar, no porque de alguna manera estemos aprendiendo la lección de El De Arriba, que de alguna manera puede ser o no cierta.
Debo reconocer que un terremoto, por así decirlo, es, reconozcámoslo una lección del manejador de rebaños. Reconozcámoslo, un desastre natural, no es sólo una acción que ejerce el tiempo en los destinos proscritos a las desgracias, un desastre natural es el pretexto que nos da Dios para hermanarnos y darlo todo y sentir esa cosquilla en el corazón que hace brillar la chispa del amor en los ojos de los hombres.

Un suicida lúcido

Pocos escritores han suscitado mi interés por la literatura. Con profundo respeto, me estoy reservando a los clásicos para mi vejez que ya se avecina. Por lo pronto releo a un individuo bárbaramente literario, un suicida lúcido: Henry Miller. Es uno de los pocos escritores con una imaginación desbordante, casi animal y primigenia. Cada vez que lo releo, comienzo a vivir en un caos enfermizo, en una matriz que fluye constantemente, infinitamente.
Parece ser que las ideas nunca se le terminan, parece ser que lo dice todo y al final me queda la vaga sensación de no haber leído nada. Todo en orden, respetando un orden impuesto en la mente. Su orden es el caos, el mundo enfermo desde el cual parte para volar por los espacios siderales de los intersticios de los planetas, de las galaxias. Él es totalmente sincero y reflexivo, puede filosofar con un vagabundo, con un loco, con un descuartizador y siempre encuentra sub-mundos, vericuetos por donde transita hasta hacer de la palabra un irredento punto alrededor del cual giran los planetas. Él está totalmente lúcido en este caos en donde prima el materialismo, las guerras, las hecatombes, los suicidios en masa, la locura. Él sale airoso de la batalla de los días, del gran corazón del dragón que esputa humo enfermo, de las desgracias de los demonios que hierven en su mente. Si dice árbol, él mismo es el árbol desde donde despliega su follaje y no da explicación de nada, él es el objeto que se salva, el objeto que da paso a una nueva vida. Tan sólo se deja existir, se deja leer de un tirón hasta que como aguas calmadas reposen sus pensamientos. En un solo rapto es capaz de escribir mil, cinco mil, diez mil palabras, cientos de hojas, decenas de libros sobre una sola vida que es a la vez todas las vidas, que es a la vez todo el universo.
Para el común de la gente, en la obra de Miller quizá sobren páginas. Sucede que no están preparados para esa bomba de dinamita que es su literatura en constante caos, en constante movimiento molecular, en constante erupción.
Desde esta silla veo en Henry un alma surreal, irreal, paranormal; veo cómo los montes se unen y forman un mar arremolinado hirviendo en un génesis plomo. Legiones de cielos abarcan todo el paisaje corrosivo, contaminado. Es la última morada de los hombres, es el último rincón para expirar. Todo está por terminar.
1924. Bretón lanza al mundo su proclama surreliasta. La libertad del pensamiento está echada, desplegadas sus velas, hundido el barco hasta las cachas, rodeado de anguilas eléctricas, de peces que ascienden con sus propias luces en sus iluminadas cabezas, como los mineros oceánicos y apocalípticos, desde las profundidades del mar. Quizá desde once mil metros de profundidad emergen caballos púrpuras, unicornios plateados, para avizorar el hundimiento del mundo, en un mar galáctico, en un universo más grande que todo lo que puedas imaginar. Henry está en algún vacío, aguardando que todo retorne a su orden, al propio orden que parte de un big bang fabuloso, desde la primera explosión, desde el inicio de todo.
Como parte de un plan perverso, Henry se sienta a la máquina y empieza a volar, empieza a recorrer la historia, la filosofía, la mente humana. Ve en ella, como un viejo psicoanalista, los mundos que la enferman, las grietas, las heridas, el amor relegado a un simple rencor insalvable, cruel. Henry Valentin Miller, has sido creado para crear, has sido el enviado especial de Dios, el profeta iluminado que dice las verdades, las crudas verdades como verduras podridas en un Broadway podrido como una verga podrida expeliendo pus, como una ciudad podrida donde bailotean faunos que violan a las prostitutas y a las últimas vírgenes que piden a gritos ser tomadas, poseídas, descuartizadas y tragadas. Una alcantarilla recorre la calle de la revolución de las almas. Gente amotinada, ebria, alegre. Una fiesta que sigue por varios días hasta que todo quede arruinado, hasta que todo luzca como una enfermedad incurable, como un chancro avanzado. Tomamos la ruta que no equivocamos, prendemos teas para hacer más llevadera nuestra existencia que consiste en la final huida a la muerte infinita. Vemos los monstruos, vemos las cabezas flotando en un hervidero de almas, en un purgatorio. Es el final de todo.
Cierras el libro, Henry V. Miller, sí, tú Henry V. Miller, el inconforme, el despiadado, el lúcido suicida. Cierras el libro que has escrito durante toda una vida. No hay planes. No existe ya la luz eléctrica, los planes, las cárceles. No existe nada. Sólo el final de algo que vuelve a empezar. Afuera un mundo renace, un pájaro cae al infinito. Una gota anuncia un nuevo principio, un nuevo y eterno inicio.
Otra vez el caos atraviesa gastados escalones. Una legión de caballos de humo se esfuman en el firmamento, de cara a la vida que pende como una neurona en los primeros acantilados que empiezan ya a incubar la vida que efervesce.

Primera visión de la poesía

A la primera visión de la poesía, sucumbí ante la melancolía de un sueño. Ese sueño es algo que habría deseado toda la vida: una mujer alta y esbelta, rostro lácteo y grandes ojos negros, que apareció sentada en un río de plata, escogiendo piedras preciosas y colocándolas una a una en un canasto de oro, en un rezo callado que detenía cantos provenientes de los bosques; no miraba a algún lugar en especial, ni a mí; no hablaba, pero su silencio era todo cuanto debía percibir para llegar a lo que los enamorados llaman felicidad. Ese sueño sucedió ya hace doce años, fecha en la que empecé a tientas, a escribir mis primeros versos de amor, pequeñas impresiones sentimentaloides que guardaba celosamente en el cajón de la mesita de noche.
Siempre era un sueño encontrarla; podría decir que aunque no fue mi primer amor, pero algo se detenía en mi vida cada vez que la encontraba por los pasillos de la universidad. Su andar lento, su cuerpo esbelto y una mirada que emitía luz, ternura, una penosa alegría. Eso, al menos, creía yo que era el amor.
Han pasado ya 12 años desde que plasmé el primer verso en un fajo de hojas engrapadas, allá en los recovecos románticos que transmitía mi vieja alma mater. El sueño de poder acercarme a ella un día y recorrer juntos los jardines del campus, el de caer silenciosamente abrazados al césped, como dos perros jóvenes jugando al primer amor, era lo que mantenía viva la llama de mi poesía. Y esa llama aún no se ha extinguido. Pero elegí el camino más escarpado, creo yo, el más difícil; eran dos opciones: ella de carne y hueso, o ella poetizada, musa inmortal en los cuartos del dolor sublime; y creo que aunque no llegué a buen puerto, al menos estaré siempre bien conmigo mismo. Era como elegir entre caer eternamente al averno o volar unos instantes y tener una caída mediata, temporal, cuyo término no me llevaría a lo sublime. Naturalmente para algunas personas, todavía los sueños son parte de una vida. Elegí la eterna caída sin ella. Todo ese trecho ha sido hasta hoy como estar en una isla y sumergirse al mar en busca del dolor de ahogarse, y a la mitad del camino, ella; siempre ella iluminada, lenta, silenciosa. Pero todo llega hacia algún lado. Hasta aquí fue; el sueño acabó, cuelga las botas; la practicidad es lo prudente; no se vive si se duerme, mas aun si se sueña; el mundo es para los que trabajan, no se aceptan devoluciones; cada cual con su destino. Seamos prácticos.
“El amor es la manera de ver las cosas tal y como no son” -rezongaba Nietzsche- ; para el caso no sé si lo que yo veía era o no era; para el caso creo que fue un sueño que miré despierto, un estado atemporal de locura que como lo sostenía Kant, citado por Freud, “el loco es un sujeto que sueña despierto”. Tal parece que a ella no se le cruzó nunca algún instante de esa locura supuesta, ya que sólo se limitaba a seguirme con la mirada y hasta a veces creo que se le escapó una risita burlona; eso creo haber visto, ¿o soñado?
El ejercicio creativo se inició en mi vida gracias a una musa, y hasta hoy no se ha detenido. Creo entender mi naturaleza. Nunca dejaré de escribir. Desde ese entonces ellas, las musas, siempre han gobernado mi manía de soñar despierto.
El destino no es casual; es, decididamente, un acontecimiento planeado por los dioses, los que se esmeran por hacernos la vida difícil, pero no es del todo un infierno la vida del que sueña despierto (el poeta); digamos que es como estar todo el tiempo sumergido en agua tibia, digamos que el quemarnos de a pocos en este infierno en donde fraguamos y vivimos historias de amor, es una opción que hemos elegido, desde la primera palabra, desde el primer verso. La máquina no se ha detenido. Podrán no haber ya más musas, pero la poesía nunca detendrá su cantar silencioso.

Borges: erudición y talento incomparables

Cotejando los 4 impecables tomos de la última edición de las obras completas de Jorge Luis Borges, (Emecé, 2005) no me queda, no sin aliento, venerar de manera categórica la vasta erudición e imaginación del genio argentino, que humildemente sostenía, que a veces a él mismo le desagradaban sus poemas, justamente en uno de sus poemas, afirmación que no acepto, ya que un hombre que ha trajinado los más variados géneros de la literatura: relato, poesía y ensayo, no puede osar esa afirmación que denota su evidente y no menos irónica humildad.
Desafiando a sus lectores, urdiendo libros ficticios en la mente de los hombres, citas inimaginables que en unas cuantas líneas o palabras podían describirnos mundos, historias de no menos variada literatura que la tejida por el gaucho.
Capaz de memorizar citas infrecuentes, autores remotos, Borges nos imbuye en una vasta filosofía, historia, geografía, teología, entre otras ciencias, legadas por la humanidad a través del tiempo.
Aun en biografías sintéticas publicadas en la revista argentina El Hogar, entre los años 1936 y 1940, ya en sus reseñas y breves tips de la vida literaria, Borges denota una secreta seriedad bibliófila de tigre en acecho frente a sus lectores. Evidenciando un dominio pleno del lenguaje y el haber leído a los clásicos, eso, combinado con un extenso conocimiento de la filosofía, junto con la técnica enciclopédica, de suntuoso resumen, sólo atinamos a imaginar esos lugares remotos con ríos furiosos que muerden el amanecer silencioso con discípulos que sueñan a sus maestros. Esa fuerza persuasiva de frases como: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”, o las portentosas enumeraciones encontradas en El Aleph: “Vi en Iverness a una mujer que no volveré a ver”,… “vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol”…
Ese carácter firme vestido de frac, que nos arranca más de una frase de admiración en la intimidad entre su obra y algún “querido y remoto” lector. Esa suerte de magia literaria, la urdida por Borges.
En sus ensayos agradaba discutir con sus libros preferidos: Las mil y una Noches; Historia natural, de Plinio”; La Enciclopedia Británica (de ahí el concepto de artículo resumido, para su variada prosa), entre otros, que acaso leería por sí solo hasta los 56 años, fecha en la que tras numerosas operaciones a los ojos, quedara totalmente ciego.
Abominaba de los libros mal escritos (acaso nunca leería alguno de estos). A los 56 años su mecanismo literario se limitaría a dictar tomos de poemas, cuentos, ensayos, prólogos…. Una memoria a la que sacó buen partido, tramando las más inimaginables prosas literarias. Un prólogo sobre un libro inexistente, que lo es el relato fantástico: Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, o títulos más inimaginables como El libro de arena, referido al tiempo que es imposible amonedar, como los granos de arena infinitos, incohesionables. Historia de la eternidad, Historia de la Noche, Historia Universal de la Infamia, son algunos títulos que hurgan toda la historia de los hombres.
13 libros de poesía, 5 de cuentos, 6 de ensayos, dos de conferencias, un libro de viajes (Atlas) y numerosas colaboraciones realizadas para la revista argentina El Hogar, entre las que se cuentan: biografías sintéticas, prólogos, ensayos y reseñas. El quinto volumen de las obras completas agrupa las obras que Borges publicó en colaboración con Margarita Guerrero (El Libro de los Seres Imaginarios) o las maquinadas con Bioy, íntimo de Borges; así como con otros intelectuales.
Un hombre corriente quizá hubiese abandonado la literatura tras una ceguera total, ese “mundo de neblina, de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo del ciego” como lo sostiene en el ensayo La Ceguera. Con esos suaves colores debemos entender a la ceguera, y no como una oscuridad total, como lo manifiesta Shakespeare en un verso citado por Borges: “mirando la oscuridad que ven los ciegos”.
Las razones del por qué la muerte es un suceso que termina con la memoria de los hombres, es simple: la intrascendencia de la mayoría de los hombres da paso al olvido, que es “una forma de la memoria”, la memoria de la muerte que a fuerza del paso del tiempo irrecuperable, se avizora, irremediablemente. Un hombre alcanzará, aunque sólo sea para un grupo de personas, la inmortalidad, cuando haya legado al menos un libro (aunque no un hijo y un árbol), que aunque “no hay mal que por bien no venga”, al menos revivirá al momento de ser leído, la memoria de quien lo escribió. Borges se ha inmortalizado en la memoria de los hombres al legar más de 30 libros a la humanidad.
Una verdadera lección de lectura la adquirida con Borges. El leer, el conocer sus obsesiones, sus abominaciones ―“los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres”―, sus luces de espanto, sus epifanías librescas. Todo un sueño eterno el maquinado por Borges, antes y durante una ceguera silenciosa, en un lento crepúsculo que ha durado más de medio siglo.
Quien lee a Borges abre una brecha de conocimiento y también la ardua obligación de empezar a descubrir a los clásicos y grandes filósofos, así como a los teólogos o a las cosmogonías fantásticas; en suma, el que asume leer a Borges tiene el deber y la necesidad de empezar a leer a los clásicos, los que siempre serán frecuentes en posteriores citas de buenas lecturas post clásicas. Leer a los clásicos, una tarea que desde hoy me he propuesto a fuerza de robarle “tiempo al tiempo” y a las acciones y responsabilidades mundanas.
Frente a la mirada apacible de Borges, no sin cierta veneración, podría afirmar que mi cociente intelectual ha aumentado. Y también mi ignorancia.

*Referencia bibliográfica: Borges, J. L. 2005. Obras Completas. Emecé Editores, Buenos Aires-Argentina.

Ribeyro: “La melancolía del recuerdo”

Casi todos los pocos diarios que han pasado por mis manos han sido escritos en torno a una actitud pesimista de la vida. La Náusea, Henry y June y un libro que voy leyendo a paso lento, de nuestro enjuto compatriota y maestro Julio Ramón Ribeyro, “La tentación del fracaso”. Hay acaso en este género, una vocación suicida que crece página a página, un halo de amargura que puebla el recinto literario del diario. Confesos o no, vitales o nihilistas, lo cierto es que los diarios hacen felices a las personas que los escriben, pero desgraciados a los lectores. Catarsis de todos los demonios interiores para así retornar a la paz del cuerpo, a la corriente tranquila de los ríos metafísicos, el diario trama un mundo desencantado, algo que no se pudo lograr durante el día a pesar de haberse levantado con el pie derecho.
Muchas veces el hombre se ha visto agobiado por los problemas que acarrea la vida, especialmente la vida de un escritor.
Ribeyro, un extranjero en un cuarto de hotel, sin más remedio que ir tejiendo su historia en una vieja máquina Smith Corona 1938 que pronto será llevada por no haber pagado el alquiler. Aún no llega la pensión de su país de origen, los pocos reales de la beca se han terminado y puede ver el incendio de las 6 a través de las botellas vacías de la tertulia de anoche. “C” ha contraído nupcias con un bien parecido italo-americano de barba poblada, no hay hermanos ni padres, en la calle hay suicidios, guerras, explosiones demográficas. “La noche crece sordamente como la marea de un mar invisible”.
A pesar de todos los méritos obtenidos en torno a una obra prodigiosa, Ribeyro optaba por el camino escabroso, siempre. Fumador empedernido, siempre buscando un lento suicidio y esto se refleja en este voluminoso diario escrito entre los años 1950 a 1978, La tentación del fracaso. Casi tres décadas de religiosidad vehemente para con la escritura de esta monumental obra selectivamente adornada con citas célebres: Gide, Malraux, Flaubert, Freud, Valéry; reflexiones sobre cuestiones filósoficas, éticas, políticas; en suma, una vida intelectual llevada a la par con un minucioso trabajo, el de un verdadero escritor. En palabras del propio autor: “Un complemento a mi actividad estrictamente literaria”
Es cierto que nunca se graduó de abogado ni ejerció la docencia en su alma mater, la Universidad de San Marcos, y a veces comparaba este destino con el de sus amigos: una buena posición económica, hijos, un buen trabajo, que en suma lo hacían sentir algo culpable, en una ciudad donde primaba, primero, la buena posición antes que ser por ejemplo, un simple y bohemio escritor; pero también es cierto que sus cuentos, unos de los más perfectos del género –junto a los de Cortázar–, los más deliciosos que he leído, y en los que he visto, casi, a sus personajes en vívidas escenas que en ningún otro autor he leído.
Gentes pálidas y pobres, acalladas por una sociedad burguesa, la Lima de los años 50, de ahí el nombre de su obra de cuento reunida: La palabra del mudo, que es la voz de sus personajes “desasidos y vulnerables”, que no tienen “ni voz ni voto”; seres disminuidos por el alcohol, por la miseria ante un mundo que es un basural con gallinazos merodeando la última muerte de aquel sobreviviente apagado por el dolor y el hambre; muchachos famélicos recogiendo desperdicios, viejas amargadas en “callejones de un sólo caño”, la plebe en masa transmitiendo una energía vital, la de los seres desposeídos, los mudos andantes como sombras famélicas y desnutridas en el horizonte maloliente de la miseria.
Para Ribeyro una novela en general era “una aglutinación de fragmentos innecesarios que forman un todo necesario”, Ribeyro consideraba a sus pocas novelas que escribió (Crónica de San Gabriel, Los geniecillos dominicales y Cambio de guardia) que eran para él, la “aglutinación de fragmentos necesarios que forman un todo innecesario”. No encontramos pues a un Ribeyro maestro en estas novelas como en sus cuentos, pero aun así demostró su talento (aporías, aforismos, el diario y el género epistolar, además de sus cuentos y novelas).
Ribeyro podía percibir escenas cotidianas y les daba ese tinte sombrío característico en las vidas de los seres oprimidos. Desde un hospital, víctima de una ulcerosis severa por su adicción al cigarro, miraba con envidia el rictus proveniente de un grupo de obreros que desataban su fiambre y comían en un acto cordial con sus esposas, luego liaban sus propios cigarros; él en esa escena podía percibir la paz de los buenos momentos que en muchas personas en la actualidad es imposible vivirlos. El trabajo, el caos del transporte público, el caballo enloquecido del tiempo, las llaves y los recibos, en suma, la modernidad que da paso al stress.
Un personaje que devoraba toda clase de diarios y documentos confesionales, fue moldeando su propia existencia a través de paisajes retorcidos, una vida con limitaciones económicas en ciudades como Lima, París, Madrid, Munich, Amberes, Berlín, Hamburgo, Francfort, Ayacucho. Un hombre de un apetito voraz, como lo confiesa en una parte de su diario, su personalidad estaba basada en el exceso: leer hasta ver borrosas las letras, beber hasta emborracharse, comer de gula, fumar hasta sentir asco, eran algunos de los alicientes que alivianaban su existencia.
Traducido a varios idiomas, sus cuentos han dado la vuelta al mundo y a través de sus narraciones ha redimido las vidas de los seres excluidos, universalizando a sus personajes en escenas que se pueden “ver” cuando nos sumergimos en el realismo aplastante de su literatura que lo ha convertido desde su primera colección de cuentos, Los Gallinazos sin plumas, en un maestro del relato, que ya ha pasado, con mérito, a formar parte de los grandes clásicos de la literatura contemporánea.

Citas

La noche crece sordamente como la marea de un mar invisible”. (Julio Ramón Ribeyro)

*Referencia bibliográfica: Ribeyro, J.R. 2003. La tentación del fracaso. Editorial Seix Barral. Barcelona-España.

César Moro: “La palabra designando el objeto propuesto por su contrario”

La creación de obras de arte bajo el influjo o dictado del real funcionamiento del pensamiento, –automatismo psíquico–, es lo que en 1924 André Bretón en un sendo manifiesto acuñaría bajo el término de surrealismo. La acción torrentosa de la sinrazón, manteniendo firme la convicción de que la libertad de expresión se sustenta en un desenfreno inusual del reverbero cerebral, es, para muchos, fuente de las más preciadas obras de arte. Por citar un ejemplo mito–paranoico, el genio español Salvador Dalí.
El volcar pensamientos que suceden como en un sueño, sin un orden establecido, sin lógica, y que provocan de la manera más deleitosa, sensaciones que superan al éxtasis, es la acción automática del cerebro, el “automatismo psíquico”.
A partir del surrealismo se han empezado a desarrollar diversos modos de expresión, todos ellos partiendo de una ruptura, no sin un previo dominio establecido de la técnica, porque el rompimiento de las formas clásicas de la poesía tiene como pilar fundamental el dominio de la técnica. Así, Vallejo fue en Trilce, “surrealista antes que los surrealistas”; Joyce en Ulises muestra una narrativa compleja, que quiso imitar el real funcionamiento de la mente. En el monólogo del último capítulo del Ulises, exento de signos de puntuación, Joyce desarrolla una intromisión psicológica en el cerebro de Molly, la esposa de Leopold Bloom; Molly, aquel personaje con defectos como cualquier mujer mortal, aspiraciones y las más candentes fantasías. El desarrollo de este personaje fue un verdadero reto no sólo para el autor sino para las legiones de lectores que hasta hoy consideran toda una aventura intelectual el leer y entender el Ulises; entender el Ulises, aventura que no recomiendo, ya que es tan complejo como su lógica con la que fue concebido: la sinrazón.
El surrealismo de César Moro. Moro, quien parte a París en 1925 portando consigo un espíritu de rebeldía intelectual frente a un orden establecido, es sin duda el poeta más representativo de esta corriente en el Perú. Para Moro un general de la milicia podía ser hermoso como un vendaval; un muro de agua iluminada podía desvanecerse al influjo del sol al atardecer, y su mismo cuerpo sucumbir ante una realidad cruda y trastocada, lagrima a lágrima en un mundo de olvido. Imágenes limpias las de la poesía de Moro; una fauna vigorosa en un caos constante por mantener un paisaje torrentoso. La fatalidad marcada en su destino, ser un poeta fuera de serie, era como su espíritu, rebelde y solar; preocupado por romper esquemas y ante todo, defendiendo cualquier acto humano artístico que opuesto a la muerte constante del espíritu renovador del hombre, evitara su declinación. Pintor, poeta y lúcido intelectual, César Moro fue un ícono del surrealismo y su obra recién se difunde tras su muerte, sucedida en 1956. Un surrealismo vigente el de Moro y bajo el influjo de una voz muy personal, la que fue construyendo a base de emociones explosivas, detonantes; una pasión solar que fue incomprendida por el entonces institucionalizado surrealismo, dirigido por André Bretón en los años 20. Tras abandonar esta corriente del automatismo psíquico, el surrealismo, César Moro vira su expresión hacia formas poéticas más concisas. Deja atrás la lógica deliberada basada en una exacerbada expresión automática, laxa de sentido lógico, la propalada por el surrealismo, y cambia su poética por una lucidez avasallante, plasticidad de imágenes y una economía de las palabras más sólida y sorprendente, la que apreciarían sus lectores en el Perú, en revistas como Las Moradas, dirigida por su amigo el poeta Emilio Adolfo Westphalen.
Desde la aparición póstuma de su obra maestra, La Tortuga Ecuestre, en 1957, tras su muerte, el Perú recién empieza a tener contacto con el surrealismo. A excepción de esta obra, las demás estuvieron escritas en francés y es en el año 1980 que se publica en el Perú la obra completa del poeta, cuando recién se constataba que se había mantenido silenciado un ícono de la poesía surrealista, mucho tiempo exiliado en París y México. Aquél personaje que bajo el disfraz de profesor de francés que dictaba clases en el Colegio Militar Leoncio Prado, aquel menudo y rubicundo hombre de mirada transparente que soportaba burlas obscenas en torno a su preferencia sexual –Moro respondía ante las burlas de estos milicos adolescentes, con cierta ironía; aspecto que hacía desistir a los reclutas en el intento de mortificarlo–.
Después de las clases de francés, el espigado poeta volcaba toda esa rabia en la inmensidad de su habitación, solo como un extranjero enloquecido dentro de una casa vacía, en el suave refugio de la poesía, lejos del horizonte del mar. Es ahí, en la soledad de su cuarto donde evocaba momentos de rabia y de amor uranista, plasmados en sublimes versos deliberados bajo la influencia de una energía mental que media entre el sueño y la vigilia automática.
Los breves y contados libros que César Moro publicara en vida son: La Chateau de Grisou, 1943; Lettre d´amour, 1944 y Trafalgar Square, 1954, a parte de algunos poemas para revistas que él consideraba honestas.
Tras la muerte de César Moro, ha quedado en el Perú un legado poético jamás igualado y su poesía es y seguirá siendo un reto para la mente y el espíritu, “Un grito repetido en cada teatro vacío a la hora del espectáculo inenarrable”.

Citas

lagrima a lágrima en un mundo de olvido”. (César Moro)
solo como un extranjero enloquecido dentro de una casa vacía” (César Moro)
Un grito repetido en cada teatro vacío a la hora del espectáculo inenarrable”. (César Moro)
horizonte del mar” (Gabriel García Márquez)

*Referencia bibliográfica: Moro, C. 1980. Obra Poética. Lima-Perú. INC.

El ego de los poetas

Ellos tienen el orgullo más grande que su miseria, el honor en las estrellas. Se ofuscan como la hojarasca al ímpetu de huestes. Son sensibles a tal grado…“barómetros de la sociedad” –Esta frase está acuñada en algún prólogo a un poeta incendiario–. Tienen la suerte de ser auspiciados en sus sendas noches de bohemia, acto que sucede después de cada evento “culturoso”. A ellos no les interesa trabajar ni ser útiles a la sociedad, o, de alguna manera, ganarse el pan de cada día. Sueñan con ser grandes bajo el influjo de un rayo divino que les dicte su obra maestra. Esperan eternamente el espaldarazo, aunque nunca llegue. Nadie, aparte de ellos mismos, los lee. Un joven poeta español, con el cual a veces mantengo correspondencia electrónica, manifestaba en uno de sus mensajes: “Sobre la poesía, en España, te decía que no había interés. Para ser plástico en la explicación me bastará decirte que los 'superautores' salen con ediciones que oscilan entre los mil y los dos mil ejemplares. Quiere esto decir que nadie les lee. Si esto ocurre con los grandes, te puedes imaginar con el resto”. Si esto sucede en España, imagínate en el Perú. Conclusión: la poesía es aburrida. Aclaración. La mala poesía es aburrida. Y no juzgamos aquí tal o cual forma de expresión, el fondo o la forma; “la imagen que es a poema” o que “la paleta es a pintor”, certeros postulados del cómo hacer literatura que sostenía el che Cortázar. Para mí la poesía, la buena poesía ES O NO ES; es simple, gusta o no gusta, es desastrosa o es sublime, fea o bonita. Punto. ¿El acto escritural tal vez tenga que ver con la grandeza del genio, tal vez tenga que ver con la educación recibida o con la iluminación que al momento de escribir, de manera milagrosa, reciba el poeta?. No, “El genio es el 1%, el resto es su trabajo”. Proveniente de la inspiración o del ahínco, lo cierto es que la poesía no debe ser repetitiva, panfletaria, comprometida, ni mucho menos; muy por el contrario, debe estar basada en la experimentación, ser un acto libre, puro, fecundo; una diaria invención de formas y modos expresivos basados en la ruptura, como un acto fuera de serie, y, algo muy cierto, “Con buenos sentimientos se hace mala literatura” sentenciaba André Gide. Bastaría con “Tirar el saco de ladrillos”, despercudirse de afectaciones, miedos, traumas, recuerdos rencorosos; sólo seguir el hilo de la realidad, dejar fluir el seso, en un acto transparente evocado desde las más sinceras entrañas, un vomitorio de ausencias acabadas. Ahora bien, siempre me he planteado una pregunta: ¿El ego de los poetas es inversamente proporcional a su calidad poética? Al parecer la respuesta es afirmativa. Sucede que la mayoría de poetas tienen miedo a la incomprensión, ya que dudan de su capacidad creadora. Algunos tiemblan en los recitales, otros simplemente los rehuyen; y la gran mayoría se pavonea mostrando su gran cola de pavo real, repartiendo a diestra y siniestra panfletuchos en caligrafía palmer. Qué más les queda, ¿es todo lo que pueden ofrecer, “putas de la historia”?
En el Perú no existe gran diferencia en libros vendidos, entre un poeta que recién se inicia y uno ya establecido; la diferencia es mínima, como decía Ricardo Sumalavia en uno de sus talleres de narrativa ofrecidos: “la diferencia son cien ejemplares”, y creo que no exageró.
En el Perú un poeta joven publica para un manojo de amigos y familiares, y la cifra no aumenta con el correr de los años y el establecimiento de la “fama literaria”, que tal vez nunca llegue, y todos sabemos por qué.
Daría la impresión de que la poesía es un hobbie –al menos en mi país– , daría la impresión de que el ególatra poeta no valora su trabajo más que su ego; esto nos confirma en dónde está su autoestima, de ahí su gran ego.
Mientras más ego, evidenciamos menos talento en los poetas. Esto tiene que ver con su baja autoestima guión mala calidad poética.
La poesía debe ser fácil al oído, musical, de una sensualidad avasalladora; o bien, testaruda, parca y directa; aunque a veces el lector busca retos intelectuales refugiándose en poemas herméticos; otras, meditando sobre la existencia, o mejor aun, solazándose en la quietud de un haiku, iluminado “en esta paz de una sola línea”.
Al final, la voz de la verdad se hace escuchar, y esta gran mentira que es la poesía, ciertamente es más real que la vida, que los egos de los que la gestan, que los destinos proscritos a cargar una cruz enchapada con vidrios.
Cielo e infierno en un solo lugar. Aquí ríes, aquí lloras. La vida transcurre mientras dejamos pasar al tiempo, –creo que escuché eso en algún lado–.
Vayamos al encuentro del genio, en su obra, no en sus actos cotidianos, ni en sus defectos; ni en su ego, signo inequívoco de pequeñez mental.
El mejor camino a la santidad es la corrupción. Ser demonios para escribir como ángeles. Arrastrar culpas no es lo prudente. Déjalas caer, deja caer las culpas. Sólo “las niñas son de sus miedos”. Los miedos, los miedos. Tu arma es el ego.
Que afloren las obsesiones, sigamos “con el diablo por dentro”, magros poetas.
Vira en aquella platea desconocida. Abre la tapa del mundo. Un río furioso transcurre detrás de la memoria.

03 octubre 2007

Cartas

Signado por la fatalidad, Cartas se encumbra en los montes escarpados del proceso amatorio. Como un suave murmullo que ella inició al mirarme, empieza disfrazada de amistad una pasión que termina con el sueño para siempre de la muerte. Y es que es así, todo debe terminar, como una catarata que golpea; todo habrá de perdurar también, ya que el amor es lo único que perdura. Cartas, un suicidio lento de los amantes, un claro de sol en el bosque de la muerte que deleita, como un amor fugaz que desvanece al tacto.[J.F.C.] C-3-10-07

Pasajero irreal

‘Pasajero irreal’, tiene mucha pasión y energía, siempre está buscando generar un sentimiento. Dulce o ácido, nunca agridulce. Encandila y emociona, se convierte en un sorprendente desafío y una experiencia gratificante. Regala un sorprendente ejercicio poético, maduro e introspectivo, desterrado de la cursilería y sandeces. -Llega profundamente al entendimiento. Es especial, esencial, un ‘rara avis’ para el medio. Es el poemario que se lee con fruición. [...]
El lenguaje es directo, abierto, sin rodeos nos entrega en la cara las escenas de un mundo urbano que es habitado por seres tan extraños y a la vez humanos. El móvil que habita en todos los poemas, de una u otra forma, es una visión viseral de la realidad que inevitablemente nos acompaña día a día. Una lucha entre el instinto nihilista y la pugna por una especie de conservación más allá de los conflictos existenciales. La forma metafórica es empleada con practicidad y esto, acompañado por la sucesión cadenciosa de los verbos, articula un conjunto que se arrastra en nuestro pensamiento y nos conduce a un desenlace que no es sino, la pequeña desaparición de algo fulgurante o bien su prolongación hacía una lejana evaporación. El verso libre es lo suyo, y no por eso dejan de tener ritmo sus poemas.[...]
...traslucen una cierta desesperación ante un mundo tan irreal como el que vivimos.[...]
La desilusión y la desesperación con la condición humana, filtran y penetran verso tras verso [...]

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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).