Constelaciones

EL ÁGUILA DE ZARATUSTRA

TEXTOS HÍBRIDOS, MUTANTES, ESCRITOS POR UN ANIMAL PENSANTE, POR UN HOMBRE IRRACIONAL

20 noviembre 2009

Negrito culiadito



Imagen: www.newwebstar.com

Creo asegurar que el Shapingo Cornúpeta Patas de Chivato se lo había tramitado al pobre Negro, peñas abajo, ya que con esas fachas de traje de Adán, y rasmillado, no podía rumorearse otra cosa en todo Campo I.
Aunque no hiciera frío, siempre nos agenciábamos de un galón de cañazo —cuando no de un balde de 20 litros— Esta vez no lo olvidamos en alguna covacha, en lo alto de alguna montaña, como solíamos hacerlo a fuer de tanto cansancio; y para terror de las compañeras, quienes habían visto al primer culiado de su vida, en plena resaca, no fue tan divertido el que se les haya mojado la chucha, tragando hasta bien entrado el diente roto de la Luna, en una parada, de camino al Infiernillo, no imaginándose que uno de los divertidos borrachines sería el cobro de una víctima de parte del Amo de los súbditos merodeando por esas peñas sólidas sin nombre.
El Negro llegó como Dios lo había traído al mundo, tocando las campanas en pleno Octubre, fecha en la que el bendito monaguillo de noventa kilos había perdido la virginidad del espiráculo, por caliche.
Te digo que no vayas, que ya es suficiente trago por esta noche, Negrito. Ya mañana tragaremos chelitas, llegando al pueblo, para cortar la cruda. Ya cálmate, no tiene sentido que te arriesgues por esos barrancos sólidos, peligrando el redondel, tan plegado hasta ahora. Tranquilo, Negro, si te come la garganta, sólo duérmete y aprieta el asterisqué; verás que soñarás con un lago inmenso de alcohol, una lluvia de wesque, ojalá que llueva, donde poco a poco, de tanto tragar toda la caña que quieras, se te irá apagando la cecilia de la gargantita, Negrito lindo, y cerrándote los plieguecillos, como que te doy curso acá nomás, entre compañeritos; habla, Negro. Ya duérmete, Negro con…y no desvaríes que sino me saco la zapatilla y te meto un pantalonzazo, por baboso. Ta que pa dar cólera nomásirves, Negro baboso.
Tenía la costumbre el Negro con, de agarrarse manitos para atrás, embistiendo a todos los carros que se le cruzaran. De seguro que se imaginaba que las piedras eran Volskvawen® y que los blancos árboles, patas que le invitarían un trago, con esto de que hasta de retro se les acercaba, a todo tonel de sus noventa grasos kilates a unos mil chanchos voladores de fuerza, por un puto trago con que saciar el gañote y abrir el ojete.
Cuando llegó calato, no podía hablar, parecía mongolito; creo que no reconocía a nadie, y para qué les cuento que tampoco podía sentarse. Le colocaron un pantalón sin bragueta, con cinturón de soguilla, a ñudo coche, peído, de un hombrecito que nos dio posada a todo Campo I, en la primera parada al Infiernillo de su desgracia, la del Negro. Le desinfectaron la rasgadura de ojete, y para qué darle sermón más, sermón menos. Era inútil. Sabíamos que después de aquel incidente algo cambiaría en su vida: el ancho de su raya, no lo dudábamos.
Mal es de suponer que el vicio tiene su páre.
Era tarde para averiguar quién lo había usado a su libre albedrío; quizá sobre una peña, quizá a la altura de la vinza, piernas al hombro, colgado de una viga; o en conocido ángulo donde hasta mi gata salió de pito, antes de que pudiera dejarlo más raya’o que pelota e’ gato al alazán minino que le dio su cuariza espinoza por las flacas ancas de gata primeriza pa’ dentro. Colgado de los hombros a un árbol, quizá amarrado a éste, pujando el precio duro duro que tiene el conseguir un trago a esa hora de la madrugada, Negrito, culo al aire en pleno Infiernillo, pujando con la bestia del Innombrable tundiéndole por la puerta falsa, como un lechón mordiendo manzana.
Tiempo después se ausentó de Campo I, con la amenaza de perder todos los créditos que sumaban las asignaturas aquí agrupadas, que ya le faltaba poco anchear de callejón para recibirse de ingenebrio.
Un par de semanas bastaron para extrañarlo, pobre Negro. Qué tal tunda la que le había encajado el Shapingo, que para qué se había metido a sus tinieblosas ruinas de fauno culiador de forestaduchos jarrazas; y, claro, de negros caliches como éste.
Cuando entró a clases, en otra época de correrías alcohólicas, cojeando, con las piernas abiertas, como escaldado, habíamos supuesto que habría tenido otro encuentro parecido, aunque no siempre con el Shapi. Las risitas de rata a sus espaldas eran consideradas con el compañero que no sabía lo que le pasaba durante la nebulosa etílica de sus dichas, pero de que le dolía el culo después de cada chupeta, no era tema de discusión.
Hacía gestos como de tener un barro en plena raya, al sentarse. Ya no tuve el desatino de preguntarle qué le había pasado, por una cuestión de complicidad que no sesga la malicia resabida en las dos miradas cómplices. Seguimos repasando los nombres científicos, mientras me hacía el del pensamiento gordo, mientras mi mejor amigo Negro y yo, sabíamos qué le había pasado en realidad, y qué le seguiría pasando durante el resto de su vida, encarcelado en la nebulosa del cañazo.
No sé por qué, pero me tinca que el verso de Juan Cristóbal: “…que aúlle quien no haya sido violado a las seis de la mañana/en el territorio libre de los bares…” no tiene cara de mentir. Para nada.

13 noviembre 2009

Golondrinos en las alas

Ando afecto a unos golondrinos que me salieron en las alas, a fuer de aplicarme tantos untos provenientes de dos desodorantes roll-on que encontré sobre mi cómoda, al desempolvar unos viejos cachivaches que ya me tenían cacharpero.
No saben, yo tampoco sé qué significa golondrinos en las alas, pero por lo leído en Las memorias de uno de los coroneles de la estirpe Buendía, asumo que han de ser una especie muy encarnizada de perdigones obsesivos sobre las axilas, a causa injusta de abrirlas y cerrarlas, para lo de aliviar lo pegajoso del unto que les comentaba, los desodorantes en bolita. No los usen, y no es una recomendación de parte, es de parte del burro que los usa, sabiendo que le secan y escaman los poros de los sobacos, como a un fauno escamoso.
Para piel delicada, acostumbrada a la sentencia de llevarse el mandado escrito en papelito bajo el brazo, nada recomendable son estas trolitas encremadas de química perfumada, para los sobacos, sobre todo si uno luego luego descubre en estas regiones gorilas de la ropa, una almidonada dureza que iba claveteando a la pelambre, a la región delicada de las alas, que ni prácticamente un ángel, más no la soporta.
Ahora traigo, terco en el intento, unos clavos plantados que sólo asoman sus puntitos negros, la clavacera con que se ha ensañado esa baba perfumada llamada desodorante en trolita, sobre mis tristes alas doradas, al ejercicio de planear sobre el aire, ningún cua-cua que me sosiegue la pegajez ni la tozuda que me arrecinta a colocarme derechito a dormir la siesta del írrito sobacudo de fauno escamoso.
Ya era demasiado tarde cuando me compré el Old Spice® de siempre, en barra; tarde para aclarar mis flancos de ángel, ayayay mis alacranes irritados, ayayay mis vuelos de pato sobre Tierra.
Para otra vez recordaré la irritación que me clavé, en una semana de untos a las alicias.
Primero me solazaba rascándome los sobacos, repitiendo ese verso de Bukowski: “A mí me gusta rascarme los sobacos”; pero luego, ya ven, uno sufre, uno se espulga o espioja sin poder dormir de la preocupación de almidonar la ropa de esa parte de encuentro de las alas, y luego se me viene que estos golondrinos suprimirán el sudor tan recio y gorilón de mis tristes alas, sudoríparas en mención, arrugada nez del viajero del costado, que ya hace muecas por lo que llevo la ala on the air, mano agarrada al pasamanos, y la hedentina que le abre los cornetes; que ya la señorita minifaldera de adelante se voltea, no para cuidar el roce de mi barra con sus nalgas, más sí para contradecirme con su ceño de apestada: “¡qué tal alacrán, so cholo pezuñento!” Pero bien que sigue acomodada. Y la víbora, ni les cuento, iba de lo más encajada al medio, en vaivén aceitado entre los cachetes perfumados sin calzón de la señorita; tanto que ya no quería bajarme donde bien me correspondía, ya no quería apestarla así a la bañadita, cuando qué bien que se portaba zamaqueándome la vinza con ese par de enormes chuletas que se manejaba, sacudiéndome la huesa que ya empezaba a deslizar su gomita por el boquetejo de aceituna, como no lo ha hecho húmedo sueño hasta ahora.
Qué aliento, el que les sigue a continuación como acertijo a tan aterradora golondrización de las cebollas con pelos. Ahí les va la cántiga, mientras me alivio, aliciento engolondrinado.

Mis alas están engolondrinadas,
quién las podrá desengolondrinar;
quien las desengolondrine,
buen desengolodrinador será.

06 noviembre 2009

DESENCUENTROS CON DIOS

Caín
José Saramago

Lima: Alfaguara, 2009


En un principio fue creado, a partir de la oscuridad genésica, todo animal que se mueve, vuela o repta sobre la faz de esta esfera girando sobre su eje; mas si el dedo omnipresente la soltara como una honda, todo saldría despavorido hacia la colisión final tan promocionada como la segunda gira del Redentor, auspiciada por Coca-Cola®.
José Saramago, en Caín reescribe el Antiguo Testamento, cual lo ha hecho con el Nuevo, en El evangelio según Jesucristo; tal como lo hizo Nikos Kazantzakis, en La última tentación de Cristo; así como reinventamos nuestro constante perecer, al poner la pata izquierda, simios nosotros, desencontrados con el día a día que, mientras no lo advirtamos que no viene en serie, todo va bien con la rutina.
Es certero este re-cuento de la historia bíblica antigua, sobre todo cuando se trata de ironizar, con negra veladura, asaz, agria, digamos con la espada de la sinceridad de quien reflexiona, a partir de un hecho hasta hoy tan cierto como alegórico, el Antiguo Testamento.
Caín recrea las antiguas escrituras dictadas a los profetas en un rapto de empatía entre el Omnímodo y sus criaturas súbditas, desaladas.
Estamos pues frente a una bomba maléfica (la urdida por el octogenario escritor, autor de El Cuaderno), para los entendidos eclesiásticos, entre otras cofradías religiosas.
La puesta en reflexión (¿o debería decir la puesta en blasfemia?) de una verdad que jamás se nos hubiera ocurrido a tan doblegados y mortales seres que acuden a misa los domingos, y tienen, en esa floral institución con cirios y santos, y una que otra canilla de mirra e incienso, su panacea espiritual, de sólidas cúpulas y estructuras, que cada final de jornada les purifica el ánima cochambrosa, no sólo por el smog repletado en los cornetes del ronque, sino también por la rutina obligada de ser el rey en esta selva de cemento, so pena y brecha infernal de morir devorado por el más recio de los hombres.
Los seres humanos, creados a imagen y semejanza de su Creador, valgan verdades, tienen errores, y si al origen de la simiente y divina fuente me remito, valga también apreciar que el creador ciertamente tuvo errores, entre ellos, hacer semejante a su Majestad creadora al hombre, con todo y sus defectos, entre otras sutilidades, como ser invencible, ególatra, entre otro dedo de férrea anulación, para que bien te portes. Creado también sensible, el hombre, ñoña debilidad, conflagración poderosa cual bombardas de los más ostentosos ripios líricos melosos hasta el alfeñique del hartazgo, alrededor de ese mal que por mal viene, el amor sensual, debidamente registrado en los fanales poéticos de cada lírida descorazonado, que más se aproxima a los ángeles que a los querubines, por delicados y falsos.
Caín entraña el personaje siniestro, el asesino, el “Sol negro levantándose sobre el horizonte de los ojos” —aplaude un irónico Caín, loándolo no sólo como urdidor de novelas escépticas, tanto como fabricante de tomos de poesía completa, de sus caros inicios sin gloria—
La ofrenda de Caín, consistente de tres tristes mieses, no llegó al Señor, cual humo ahogado, expandido por el viento en los aires, como sí la de su hermano bueno, Abel, incinerado ovejo ascendente en irrefrenable columnata de humo hasta las puertas del cielo; esto se repite varias veces (una semana, creo), avivando la furia del protagonista hermano, el malo de la historia.
El punto de conflicto de la novela espina acontecimientos que estaban como sacramentados por una perfección metapoética trazada con la estilográfica de los profetas tocados por rayo divino; santas escrituras que no debían ser refutadas bajo pena de sacrilegio, con su cohorte de castigos, según la gradación a la que se maleaba el autor intelectual de la afrenta en aquel tiempo.
Si los ateos hubiesen pensado hasta este momento en las injusticias, que según el autor de estas reflexiones sacrílegas, ponen en tela de juicio la Divinidad absoluta, quizá hubiesen colapsado en el intento de ser los ateos perfectos; más aún, se hubiesen decepcionado más todavía de la estolidez que prefigura de por sí la contradicción de no creer en Dios (esto de que “el ateo no existe” hubiese corroborado la presencia del maligno), aun presenciando de oídas las recreaciones del escritor portugués, entre las negociaciones de las dos autoridades máximas; la una, la del bien, coronada con triple corona y cetro, trajeado con piel de cielo y destellos armoniosos de lago; la otra, la del mal, con la cornamenta y malasaña fulgente a la cabeza poseedora de bífida lengua imprecando poco más que contradicciones, como la de sonsacar a la víctima creada a costillas del jovencito y rojo Adán, Eva de mis sueños, su verdad prohibida, que entre el rapto onírico o vanidad que sucede al halago maléfico serpeando en edénicos lares, a unos ocho orgasmos por lecho de hierba, gracias a la indumentaria prístina de un Adán sin ombligo, ni taparrabos ni faldita de piel derivada de los trajes que por primera vez vistió con pesadas pieles el Absoluto, apareciese en el principio del Edén a la horda de aves oscureciendo el cielo al tronar de dos dedos, por su cólera divina ante tal desobediencia. Tal Eva, enredada en la trampa de quien hace soltar una verdad que se malicia: Con que el Señor os ha ordenado que no comáis de todo fruto de cuanto árbol aquí crece, No, eso no es cierto, el Señor nos ha prohibido comer de toda fruta de cuanto árbol crece; menos de uno, que es el árbol del Conocimiento y de la Vida, fruto del pecado, con que yo comí, y convidé también al tibio compañero de mis futuros desenlaces reproductores a punta de azadón y sudor en la frente.
En el sueño, el simbólico acto de probar de la manzana, entraña que la verdadera historia del pecado original se nos muestra en sentido figurado, simbólico, cuando la pareja edénica sabía perfectamente —y en esto no perdieron el tiempo, según narra el mago— que estaban desnudos desde que el Magnánimo los arrojó al retozo de sus placeres, el Jardín de mis Pecados. Que este sueño confirmara que mordieron hace rato la prueba ominosa y jugosa del pecado, viene a cuento, cuando de ajustar cuentas se trata, ser arrojados a desérticos terrenos, para que se las vieran, trajeados de pesadas pieles de sabe qué carnívoros, sabe el Hacedor por qué ángel degollados; bamboleándose sobre sus piernas como hombres de las cavernas, que por vez primera salieran de sus covachas de sombras de fuego, castigados por la Autoridad celestial, que con ella no se juega.
Adán en lo de cultivar la tierra donde crecerían cardos y otras malas hierbas, Eva en lo de pujar para dar el fruto de su descendencia y desobediencia, que, hasta hoy el escarmiento original jamás se desobedece, so pena de morir de hambre en el intento.
La historia entraña ya un primer personaje reflexivo, un Adán descontento que empieza a filosofar desde ya, ante la grata impresión de Azael, querubín de recia complexión, espada fulgente al ristre, cuya mano traviesa toca el seno sudoroso de una Eva harapienta que con sus tretas femeninas (y sus bamboleantes tetas) lo convence para que le traiga unos frutos del Paraíso (un costal, para caer en detalle), de manera que sortearan la hambruna que se pasaba fuera de sus puertas, que no era poca, como consecuencia de su rebeldía de tamaña mordedura hasta hoy atracada en la garganta nuestra.
No habíamos pensado en otros seres de igual parecido que poblaron los alrededores del Edén —nos refresca el escritor—, caravanas que con auspiciosa ayuda en los gastos del hogar a la pareja, palanquean lo que comienza a despuntarse, la historia que ya todos saben, aunque sea de oídas, desde los primeros grados de educación religiosa, la otra parte de la historia que hasta hoy no termina de desgraciarnos, a unos; y de alegrarnos, a otros, como que unas son de cal y otras de arena, y ni vuelta despavorida que darle.
El niño Caín está sentado frente a un árbol que recién ha plantado, se le acerca la madre y le dice que los árboles no crecen mientras son espiados; ante lo cual —filosofo como su padre— Caín le refuta que en cuanto ella deje de mirarlo, éste reanudará su crecimiento. Comienza aquí, la eterna discusión entre Dios y la mancha negra de la historia; el Sol negro rayando en la frente menguante del fratricida, que ha de terminar, sabe Dios, en una sucesión de discusiones comparables a los parlamentos, a las borracheras doblando jornadas enteras con el rayar del Sol y la cebada que no cesa de resbalar por las gargantas.
Montado en su burrito, Caín, luego de perpetrar el alevoso fratricidio a quijadazo limpio de jumento, contra su hermano y burlón Abel, al que, entre engaños de que una zorra se escondía en una cueva (le gustaban los animalitos, al bueno), lo arrastra a la desaparición oficiosa de pastor por el mundo, que no ha de haber sido tan bueno como para alentar la ira del hermano humillado por su pequeñez de ofrenda al Señor, consistente de cuatro hierbas secas que ni a humarajos llegó.
Comienza a atacar a Dios, Caín, el marcado, el fratricida; cuestiona las pruebas que les infringe a sus súbditos, como el citado fratricidio, ocasión aquella que pudo haberse evitado, pero que se dio por esta lógica de que Historia que es, nadie la cambia. Mejor castigo que la errancia por tiempos disímiles en espacios y lugares repentinos a lomo de piajeno bíblico, no habría podido darle al malhechor de sus dolores de Universo, ya que aceptando una muerte que pudo evitarse, lo condena al vagabundeo, no sin la punzada culpable, cuña de error en las estadísticas iniciáticas de la historia sagrada, que el incisivo Caín, última novela de Saramago, osa atacar, sacudir polvo antiguo, mismo ateo contestatario.
El homicida llega a tierras de Nod, donde se inicia en el trabajo de pisador de barro. Su destino cambia cuando Lilith, la ama y señora del pueblo lo acoge en su recámara como guarda, so pretexto de exprimirle hasta la última gota de semental, en refocilos de animales en celo, acto que daría como fruto a Enoc, quien desaparece al abordar su padre manchado, el crucero Arca.
Cumpliendo la orden de la enrancia, Caín debe continuar. Deja embarazada a Lilith. Camino al monte de Sinaí, Caín —siempre con el jumento apertrechado de agua y alimentos, que en otro espacio babélico enterrara en pleno barro, a limpia coz, a un cristiano que osó confundirlo con jamón— detiene el brazo asesino a Abraham, antes que el ángel enviado, que por fallas defectuosas de sincronización de sus alas no llegó a tiempo para detener el degüelle de la ofrenda, Isaac, al Señor. Ahí no sólo se maquina el intento de asesinato, planeado y alevoso, sino que también —nos dice el relator—, da cuenta de que la complicidad Omnipresente sigue ocasionando víctimas, que más adelante se contarán por miles, pero para esto había ya acondicionado el Barbón las gónadas de sus creados al trato carnal con cuantas mujeres se les cruzaran; sean éstas o no de la familia, suegras, yernas, cuñadas o concubinas, o hasta madres, en un incesto digno de Arca.
Caín novela una sarta de cópulas sucesivas, llegando incluso al incesto, donde Cam, hijo de Noé, aprovecha durante el crucero en el Arca de seiscientos pies de largo, por cien de ancho y sesenta de alto, todo un jumbo del diluvio universal, el ofrecimiento en posición fetal del ortencio desnudo del ebrio vejete, jefe de la tribu a salvarse de las aguas universales, con todo y animales, que más cagaban que otra cosa. El aprovechado Cam, viéndolo indefenso, aprovecha para enterrársela sin remilgos, por la puerta falsa, a lo que sin reparos divulga por todo el crucero diluvial, lo que le costará la maldición de su progenie, de esta y de tribus futuras.
Siguiendo con el curso de los tiempos arbitrarios, épater le bourgeois, Dios mediante, llega Caín a Sodoma. Hay un diálogo con Abraham, donde se cuestiona la frase aquella de “pagan justos por pecadores”, dimitiendo así que la visión de El de Arriba no apunta a detalles insulsos, y trata a todos iguales, con mano de hierro, infringiendo castigos vistos desde una distancia no menor a los millones de años luz, que separan al Cielo de la Tierra. Castigos a diestra más que a siniestra, que unos pocos justos pagan también, como en las cárceles de hoy. Para el caso de Sodoma, los niños que murieron calcinados por la lluvia de fuego y azufre, amén de la curiosa mujer de Lot que quedó convertida en estatua de sal, sufrieron esa llamada minoría, que en teoría, salvaba a toda la horda pecaminosa, pero que en la práctica, todos murieron refritos, castos y depravados, por el Dedo creador.
A trote en el mismo jumentillo, que valía su peso en oro en aquellos tiempos y lares de denuesto, Caín presencia la conflagración de la Torre de Babel, donde —por bien intencionado y arduo que sea— llegar al cielo atenta contra la Divinidad en persona, que a tiempo de voltear las ancas, montado en su asno, Caín presencia su destrucción como por vendaval o soplo de magia, quedando reducida a polvo, como todo, que del polvo al polvo retorna. Hay una frase que acota este capítulo, resumiendo toda la canallada: “La historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios, ni él nos entiende a nosotros ni nosotros lo entendemos a él”, para corroborar la confusión de las mil lenguas carajas durante la construcción a ladrillo limpio, previamente cocido, de una torre que intentaba llegar a su celestial Presencia, quien infligió tal castigo alevoso de confusión plurilingüe, paralizando la obra civil más bíblica de la arquitectura, hasta hoy conocida.
Uz, las tierras de Nod, Sinaí, Jericó, La Torre de Babel, las encinas de Mambré, sacrificios que daban jugosos réditos de prisioneros de guerra y mujeres con o sin marido o sofocador de tibias noches, para el gasto de ejércitos de las mil y doce tribus consteladas desde los tiempos de Abraham, el Multiplicaos a diestra y siniestra que sigue la cuenta regresiva, hasta nuevo año. Cabezas de ganado, ovejas, entre otros enseres de eficiente contaduría se transaban en tal antigüedad de matanza como castigos, amén de la regulación hidráulica maquinada por el Ingeniero celestial, de cuanta fuente bañara la naranja achatada a los polos, y todo movimiento, sea animal, volador, algal o fúngico, poblando su comarca mundana que quedó atrás, como el polvo de la historia.
Así pues, no del todo queda puesto en el tapete del desenlace la eterna discusión divina con el lunarejo de Caín —quien para esta parte de la historia ya habría despanzurrado al bíblico jumento de tanto rodar por el mundo—, quien a vivo desenlace le declara la guerra a su propio Creador, diciéndole desde su bífida lengua con la que comía, que con el mismo odio con que mató a su hermano saldó el rencor que aún no desenlaza entre Jehová Dios y el enemigo de los hombres, Caín, el castigado a la enrancia y a la muerte a salto de mata, quien descendió secundado del Arca, hacia últimas líneas de la narración, por un séquito de animales meados y cagados por tantos y abombados cuarenta días de diluvio universal, con sus noches, donde, no sé por qué capricho propio de la historia en curso, la paloma de la paz trayendo la ramita de olivo, ni sus plumas, menos aun las caras víctimas del inefable rencor de Caín, retornados al polvo de humana descendencia, cuando no a fósiles enterrados en milenario lecho marino hasta el fin de los días.

30 octubre 2009

Cecina escupida




Cerca al cementerio, proliferan un restaurant típico los washcos. Por la penumbrosa entrada por donde se ajetrea el acarreo o caballa circulación de cristianos, perros y mendigos, transitan por piaras, javas de cuyes, gallinas y conejos. Se hacinan también junto a estas gentes grasosas, descuidadas en su aspecto indumentario, que, al suculento rocoto de los temples loado por algún vate cholo, dejan caer sobre sus viandas, pelos, plumas y pelajes de plumíferos de varia estirpe bestiaria; roedores, chanchos, borregos y vacunos, que van hacia la cocina, de cuya higiene no quiero encargarme, porque con la vastas mesas repletas de legiones de moscas, amén de las sillas pegoteadas con granos de arroz cocido y hasta mugre cerosa adherida en cada comensal estafado, es más que suficiente como para salirse con el pantalón embarrado, la billetera vacía, y la ropa hediendo a fritanga de feria patronal abarrotando decenas de choros y hetairas de paso.
Cometemos el error de sentarnos en una de las mesas de la entrada, donde, sin el más remilgoso cuidado, uno de los washcos encargados del estiércol culinario, pasa con una jaba de cuyes al hombro, enfundado todo él en un manto ayacuchano, sudoroso de la nariz como él solo, regando la noble mesa multicolor tejida a callua (con hilo industrial 100% nylon), de pelos roedores.
Decidimos salir, aun después de haber hecho ya el pedido, dos platos de cecina escupida y una gordita al ambiente. Damos traspie con la irascible decisión de dejarlos con su plato de pezuña en la bandeja, y decidimos cambiar de mesa, para no desairarlos; más al medio, donde no prolifere el olor a queso calzando llanques o botas de jebe, a sobaco de las piaras aledañas de mis más caros terruños bajados de la puna e ichuales-no-me-compadezcas.
Peor panorámica la que nos deprimiría en lo sucesivo de la sesión alimentaria, porque el apetito nos lo quitaron de encuentro, a la pilosa lluvia de albos pelos lloviendo a la entrada, cobayos destinados al templo desaseado, de su noble cocina muy típica.
Moscas repletando las mesas grasosas. Una niñita de unos 8 años que anotaba el pedido. Acuciosas miradas de guacos-retrato, vivitos, expeliendo su olor característico a guanaco; callados, eso sí, pero siempre tutelares. Música de fondo: Amigo, Por Qué Tragas Tanto Por Esa Cabriola, de Fulgencia Patitas de Algodón y Orquesta de Arpas.
No estaba mal la cantidad del platón con guarnición de puré de papas coloradas y arroz en cantidades moradas. La cecina escupida revolcada en su huevo huero, de pato, humeante, que entró al paladar como un desconfiado veneno que ya es tarde para aclarar entre la debilidad de sus siniestros resultados. Nos lo empujamos toditito, como cholitos, acompañándolo a cuchareo tiro-riro, con el verdoso y reciclado rocotal refrigerado, con sabor a trapeador y a queso. Canchita como entrada; un platito de mote, para abrir el apetito mortecino que nos llevaría en unas horas a la posta médica más cercana al cementerio. La cancha mojada sabía a creso, el mote a detergente, la gasela a formol, y el ambiente todo, a una completa y sudorosa legión de pezuña.
Al salir pagando la cuenta, nos inflan el precio, por lo que de inmediato pedimos la carta para corroborar la inmunda estafa, en inmundo restaurant típico, y con inmundas meseras medias con taquito, heredadas de su abuelita, que, no era por alabarlas, pero traían una hedentina ya con anticuerpos en el cuero, de no bañarse lo menos un mes, y esto es.
“Pero no hagamos hígado”, dijimos, saliendo del local ahumado y grasiento, situados al frente del recinto de los muertos, donde una carpa con vendedoras de flores nos sosegó el espíritu infectado por la cólera y la vianda de dudoso sabor que hasta hoy trapea en la lengua, como un agua sucia que sólo se quita a buchadas de Listerine® para hipopótamos. Pelajes, plumas y arroces pegados en las sillas, moscas de mi triste chingana, te quedarás en el amnésico: “A esta chingana no regreso”. Adiós, inmundo restaurante de mis típicos lares populares.
Aunque exigimos la carta para corroborar la hurtada, igual salimos bufando de bravos, antes de que la pezuñenta mesera ose demorarse más de lo que nuestra cólera de comensales ofendidos llegara a extremos comparables a una riña a sopapo limpio, como la de mis cuestas de infancia.
La papa amarilla se habría entreverado con los ámbares e irascibles líquidos de la cólera, la bilis; los motes ocasionarían, igual que la cecina escupida, una tifoidea de las mil limpiadas de ushco, y deboques biliares como para una poción de aceite de ricino, barbeados como Florerino Arricha, para no sucumbir a la fiebre racista que nos duraría una temporada en el washco que llevaríamos por buen tiempo dentro de la mala sangre, a la usanza del vernáculo hablar de cada piara, que atónita e intranquila nos miraba reclamar, no sólo por la chingana apestosa y típica del centro, sino también por la levantada en peso que nos propinó la mesera pezuñenta con una turra de letrina, que —para variar—, se olvidó de pedir disculpas por los pelos de la mesa anterior que nos íbamos a tragar, igual que cualquiera de esas humildes gentes que no hubiesen diferenciado los pelos de cuy de las hilachas de cecina escupida que nos engullimos, dubitativos de si su dura consistencia se debía o no, a una buena comilona de rata frita, debidamente deshilachada, con la cual nos propinaron la estafa del comensal que pisa una sola vez una fonda de fritangas de esa laya.
‘Rata que has de oler, liebre que no debes tragar’, en adelante, cual sentencia de buen comensal que por casualidad decide comer al frente de un cementerio, ¡faltaba más!

24 octubre 2009

Coneja mía

Imagen: www.wiki.taringa.net



Con ese culo que se me fue de entre las manos de la prieta pinga pollina, confirmé que había nacido de patas para las mujeres.
Corría un lluvioso carnaval, cuando salimos más cruzados que cables de asentamiento humano de El Monje, barcito caleta, de celebrar la quema del Minino.
Cruce de vino, chela, whisky, entre otras mescolanzas, al son de una batería más desentonada que la banda de músicos Juventud Renovación Quitasueños. Unos aullaban, otros trataban de hacerse los acomedidos con alguno de los presentables chanchos que en esa quema titilaban, coñitos calientes, dilatados ya por considerables dosis de su trago; recién lavaditos, sin tomarse el agua, para estos misiles más enhiestos que cachiporra doblada, al ristre, sírvase joven; entre ellos yo, que ya me había acaramelado con la Coneja en mención.
Ella ya había entrado más picada que lata vieja al recinto, y para esto, yo estaba más hablador que cuentacuentos, entonado con mi dosis de unas ochenta jarras de cuba libre nacional, y sus docenas de litros de cerveza, para completar la mezcla de los mil demonios que me llevaría al rebuzno de mi desgracia, justo cuando a la Coneja ya la iba torteando, en la fase de paleteo y toda la floreada que les gusta a todas las mujeres de esa estirpe nocturna.
En esa cegadora fase de ebrio, el vodka iba por la mitad, pateado, eso sí, con su Tampico®, pico a pico.
Justo en el cenit de mi bomba del siglo, pasa el trago de mi descachalandre; un primo al que no veía en añales, quien me llama a servirme de su bucha de vinoco de siete lucas. [Fórmula = 1 Kg. de azúcar quemada + 2 Oz. de ron de quemar; del azulito, por favor]. Unos cuantos copetines de este morado néctar bastaron, para que, de regreso al grupo del Chancho y el Pollito, escuchar a la susodicha roedora empezándome a reclamar algo; no se qué era; mas, la oía reclamarme algo. Entre el barullo, me salió el indio, o mejor dicho, el burro con sus cuatro cascos; resultando que casi me le voy encima, pero a coces, a la pobre Conejina, quien no tenía más culpa que la de abrir las patas, con esto de que a todas las Conejas de esa especie se les abre mal el trago entre las piernas. Estaba más movida que trola e’ cojo, como para sacarme una sarta de conejos del enhiesto aditamento.
El Chancho se puso salsa con la rayada de pelota e’ gato que me di con la pobre Coneja, que ya iba libando de mi miel de conquistador frustrado, por esa única noche borrascosa; cuando me llevó a un lado, entre ruegos, conminándome a que me calmara, cholo, que no valía la pena que te rayes; pero nada, no quería sosegarme por nada. El cruce había dado en su plenilunio de cantina callejera, y me le quería ir a las patadas, también con el pobre Chancho, quien no tenía más culpa que la de haber auspiciado la traslúcida y última botella de nuestras perdiciones, proveniente de la papa, que es peruana, por los cuatro ángulos y ojetes. Trató de calmarme, y lo consiguió, al fin de tantos engaños con los que se les suele engatusar a los choborras entrados ya en esa fase de Rayarum tremens.
Poco me faltó para babear, porque de rebuznos tenía hasta para dar cátedra en el potrero de burros bravos de mi abuelo Jorge, en mi añorado Potrero Mulas, hoy ovnipuerto de cristianos verdes y cabezones, a la usanza de las pampas de Nazca, pero con oscilantes luces de culos de luciérnagas, ventoseándose, al fresco albedrío de la noche.
Para seguir. Comprendía que el rebuzno no fue nada leve, y agaché mis dos orejotas; me arrepentí, como siempre, tarde; qué más hubiese hecho en esos casos rochosos; mientras la Coneja, por muy zampada que haya estado, ya no me soltaría la raya en mención ni así yo haya jalado unas líneas para que se me pasara esa curda tan feaza. Estaba más enojada que madre esperando al borrachín de la casa. Y no era para menos, cuando presentí que después de cerrar las dos mandíbulas de bruto, había caído en la ruinosa cuenta que, creo, ni su viejo la había puteado tan feo. Se le notaba cuando ya iba cerrando los ojillos, un poco de sueño, un poco decepcionada; cuando la idea que se había construido de mí, en su orejona cabecita, había sido, supongo, la de todo un caballero de los versos.
Pero no había más remedio. Ya la había regado. Y como una desgracia no viene sola, llega un tío en motito pedorra, que —el muy maleducado— casi pasa chancándome los cascos con las llantas, levantándosela en mis narices brillosas y enrojecidas por tal intoxicación etílica iniciada en una quema inocente, la del Misho sucio.
Traté de acercarme, de pedirle disculpas, pero estaba más trompuda que cuando me murmuró algo buscabullas, que yo era un quedado o qué cosa, en El Monje, barcito frecuentado más por acomedidas y relajadas tías que andaban en su punto de “señora de las cuatro décadas”, todavía, a la caza de tíos jarrazas como el que en esta lluviosa tarde delira este relato.
La abracé; casi le imploraba a la oreja que no sucumbiera al recojo de sus despachadas nalgas a casa, como una aventura más, despechada (¿o despachada?), de esa reúna callejera en plazoleta, donde proliferaban bandas carnavaleras, saxo en trompa, lijando la quena, tamborileando la tumba de maguey y cuero de chivato hasta bien entrada la lluviosa madrugada.
Inútil me veo cuando trato de recoger los pedazos del cántaro roto, como la lecherita que ya iba calentando unas compritas en la nubecilla de sus ilusiones; en este caso, lo que me diferenciaba de la lechera era que iba a ser la noche de mi vida, regalándome a la generosidad de sus carnitas borrachas y blandas al aire del bluyín apretadísimo, cimbrándole su papa, estimulando mi apetito de burro (de zorro, al principio), si es que hubiese aprovechado —se supone— el estado de entrega inmediata de la autora orejuda de mi decepción, esa noche de los previos carnestolendos en la campiña que me vio crecer como burro salado (con palo de guardia y todo) para las jermas. “Una decepción más”, me decía, tocando retirada. Ir a chapar un taxi con el Chancho, ya que el Pollito ya había safado culata hace ratón.
Qué cruda la de esa noche de plazuela carnavalera. Pero así es la mala suerte, y como digo, nací de cascos para esos asuntos de faldas.
De manera que el mozalbete de la moto, zampadazo como estaba, ni corto ni Pantene® (más panza que pene) se la trepó a su cintura a la Coneja, y chau, por baboso.
Me quedé con el último rebuzno salado flameando en las olletas rebufando, peludas, moquientas. Uno de los tantos lamentos con los que me he quedado, babeando, con la nubecita de ilusiones trizada.
En este caso, como la noche era más fría que la temperatura corporal que rozaban nuestros cuerpos en fase de planeamiento con la Coneja, se me empezaba (de manera irremediable) a bajar la prieta huasaberta, más por la separación corporal, considerada por mi iluso de cabecera como mi último delirio afiebrado, que me duró hasta unos días después, y del que recuerdo vagamente un texto de aditamentos ñoños y melosos hasta el colapso de mamotreto lírico tachonado con cera y enviado en sobre lacrado, vía Poto Post, el cual no quiero repasar por miedo a recaída apasionada.
Esta mañana iba por la calle. Acompañaba a mi madre en las compras semanales, cuando me la crucé a la Coneja. Suponía que luego de nueve meses, algo había cambiado entre nosotros, como dos casi desconocidos que éramos hasta ese rebuzno de entonces, que me aguó el planeta idílico. │Fondo musical: Perdí Mi Oportunidad, No La Supe Rebuznar, Y Ahora Hay Otro Ocupando Mi Lar; de los Raposos Carcochadilac.│
“No pasó ni pasará nada entre nosotros” —me consolaba—, más que la moto de nuestra separación, que como un pedo, la alejaría más de nueve meses con cinco días y nueve noches, con sus largas horas de goteras quitándome el sueño este invierno de Octubre-qué-llover.
A la huída a casa con el Chancho, en estado de paquetes, la vimos implorando en su casa, para que le abrieran la puerta, en un escándalo que sólo arman los hombres que chupan, que levantan la pata. “¡Que le abran la puerta, carajo; soy hombre!”.
Fue inútil. Paramos en la esquina con el Chancho, agachados para que no nos identifique en la esquina de su barrio, ashuturados en el asiento trasero del taxi, con la esperanza de que el gordito de la moto la deje como a una Conejita indefensa en la puerta de su casa, y así reincidir en el levante, para el que nos atrincheramos en el vehículo, Chancho y Burro, totalmente cagas. Nada. Había nacido de cascos para las mujeres, ni noria que darle. Viendo lo que intuía (que, inevitable, se largaría con el pata de la moto), le dije al taxista que arranque de una puta vez, que ya no soportaba tal suplicio de burro despechado con la viruza al hombro, doblada, dos vueltas al cuello, aunque con la velocidad de un sapo que aplicó el pezuñento taxista, me arrancase las pelotas; ¡que arranque, carajo!
Partimos del Puerto de los Decepcionados o la esquina de su casa de la Coneja, con el Chancho, a eso de las cinco de la maraca, a monar la duerma; qué más quedaba.
Hasta hoy por la mañana no recordaba nada más que su expresión de mujer ofendida, ebria, regañada por un piajeno como yo (y por las puras huevas), a quien se le cruzaron los chicotes por la mezcla del carajo (hay un trago de sauco macerado que lleva ese nombre, en esta tierra de caliches).

M o r a l e j a.

Si coneja quiere el burro levantar,
un solo pasto ha de rumiar
para que no se le crucen los jugos,
y otro burro de igual cachiporra
la ose levantar.

16 octubre 2009

Las libaciones del ovejo negro

Imagen: Gabriel Perrone
Mientras aguarda la llegada del tubo matapulgas, el ovejo negro se restrega los sobacos, verijas, entre otros recovecos menos poblados de lana sin escarmenar por su ama, la púber Mardelí. Lo apapacha, lo peina con su peinilla de Barbie®; medio lo moja con agua de río, y le da de chupar sus teticas de perra, apenas botoncitos, escondidos los dos en el Granero de las Perdiciones.
El ovejo negro en mención la sigue a todas partes. Sabe que ricuras libaciones le esperan, a extramuros del granero, donde nadie, salvo el Ojo que Todo lo Ve, los mira, con un rubor de pianos en las pestañas.
Para Mardelí, amamantar al ovejo negro con su senos de botón, es un secreto prohibido que macula su cuerpo, reclinada sobre un bloque de paja en el granero, con la blusa bajada hasta las caderas afiladas, cerrando los ojillos achinados al delicioso pecado zoofílico. Mientras el ovejo negro le estruja con su hocico las tetas, Mardelí da vueltas concéntricas a su himen, con el dedo medio (nunca lleva calzón bajo la loca falda), que apenas topa el clítoris, que ya va pidiendo su venosa.
Luego de darle de mamar su teta artificial, continúa con la libación prohibida de sus mamitas de suave textura. Fabricole la teta al ovejo, de una botellita que robó de la cantina de su abuelita, donde ésta despachaba un cuartito de cañazo a los caliches del Pueblo de Espinas. Le aditamentó un chupón. El ovejo negro se banquetea con sus tres raciones diarias de leche, pero lo mejor es el postre de los pechos mardeliscos, que son una láctea orgía para este aprendiz de fauno, que al retozar, en unos meses, todo un doncel, pagará derecho de piso al pasar por el arma enhiesta del fauno Quirón, su maestro de arremetidas en Claro de Rosque.
Ovejo negro pronto saldrá a violentar dianas del bosque, hadas pecadoras, duendas, entre otras ninfetas de sonrosada piel y jugosa horcajadura, al son de grititos feraces de muchachas de estreno, ya húmedas.
El iniciado y orgiástico ovino ha pillado piojos, pulgas, hugues, chinches, entre otros ácaros, de los que sabe aplacar su comezón, restregándose Gamezan® o Creso®, de manera parsimoniosa, con un hisopo de trapos viejos, cuando la púber Mardelí se hunde en sueños angelicales, entrepierna descubierta, no sospechando que el ovino se levanta en dos patas, blasfemando en medio cuarto por la jodienda ocasionada por los parásitos citados, que no lo dejan chupetear su preciado manjar corporal de pulposa textura, la púber Mardelí.
A manera de biografía, diremos que el ovejo negro nació de un parto poco frecuente en tales ovejos. Su anterior hermanito nació con un solo ojo, mirando al meollo apocalíptico de un reflejo argento de lago, coronando un cielo casi bajo, siniestro para esa playa de frutos amarillos y frondas albergadoras de duendes y encuentros lascivos con lugareñas fogosas. Los campesinos, dueños de la madre, oveja pendeja, lucían impresionados. Sentados sobre bancos de adobe enjarrado, cubiertos de alfombras de cuero de chivo. Escucharon decir al veterinario que ese fenómeno se da cada 500 años, y que en adelante la oveja pendeja madre, quedaba relegada a una maldición cuadrúpeda, de prieta parición, salvable sólo con la daga, la misma que coadyuvará a finiquitar su corta vida lanar, a escasos tres alumbramientos, contado éste engendro, aprendiz de lascivo Quirón, ovejo negro. Pero ya lo ven, oronda, con la trompa a flor de rumiar hojas de oreja de conejo, enredadera y cadillo, dio a luz a un hermoso cordero más. Saltarín, juguetón y mañozón, ovejo negro, aprendiz de pífano, también, como conviene a los mañosos patas de chivo cornúpetas, para hipnotizar a las púberes desnudas que al medio descuido en el bosque laberíntico, se las tramitará, ya crecidas, a cuatro patas.
El ovejo negro no se limpia las bolitas pegadas en su lana ojetil, después de sus sacrosantas deposiciones esporádicas. El caminito regado de bolitas de guano, sirve para rastrearlo cuando se pierde; porque, sépanlo, es costumbre del ovejo negro, ser un perdido empedernido (por algo siempre se lo conoce como “la oveja negra de la familia” o ‘el lunar de la casta’) Y si te descuidas, le dará trámite a tu barba rubicunda, eh, tú, cuñado barbas de oro que sueles acariñar a las bestezuelas del campo, y a los perros de presa les echas lazo de los huevos, los arrastras un buen rato, camino culebrero arriba, hasta que no vuelvan por acá, caracho, a gallinear, que ese oficio sólo le corresponde al zorro merodeador de corredores.
—¿Y bien, ovejo negro, qué es que nos puede decir de esta experiencia de restregarse los sobacos, entre otras zonas menos lanudas, con Creso® o Gamezan® —mientras llega el spray matapulgas—, para que el rasca-rasca no interfiera en su orgiástica libación?
—Francamente, uno se pone apestoso. A estas alturas de aplicarse estos polvos para ovinos, sólo me queda esperar que la tía Estrabófila me traiga un remedio en spray, Pulgón Forte, que, según me han pasado el yara, hasta viene perfumado. Mientras tanto, es una crema de gusto resollar desesperado, libando ese par de botoncitos de mi púber Mardelí, que huelen a azucena; tan buena, ella, me cede la delicia de chupar con regusto de sus chuchos, luego de terminada mi botellita de leche. Ya se van poniendo más jugosos e hinchados cada día; pronto será hora de aplicarle la colorada vinza, profanar su perfumado himeneo, con la grupa empinada, de láctea textura, a cuatro patas, como a una pequeña bestia primeriza.

09 octubre 2009

Cachimbo agronomucho

Imagen: www.uns.edu.ar
Como pre-requisito indispensable e irrefutable por la Facultad Agronomucha, y para divertimiento de los jurados desternillándose de risa en el proscenio, era de ley, ya en primero de quinto, disfrazarnos de abejitas, gordas, barbonas y conchudas. Se ensañaba toda la facultad en elegir a los más pendejos para tal mamarracho generador de risas como para tirarse al piso y patalear como curcules.
Yo y Pipo (hoy el ingeniero Pipa) teníamos 37 años cumplidos cuando nos disfrazamos de abejitas, próximos a dejar la “Qué bonita facultad, es la facultad del Chavo, no se gasta ni un centavo, pero es linda de verdad”. Compadres de bucha (pero de cañazo); compañeros de acordeones interminables, últimamente digitados en computadora, para beneplácito de las sonrosadas compañeras que no habían estudiado —para variar— (ni lo harían por el resto de sus abrepiernas vidas de casadas); hermanos de baba y gloriosos eternos estudiantes que iban muy temprano en la mañana a curarse de la curda entre fórmulas, nombres científicos y procesos ápodos de la Mantis atea almorzándose a su macho tramitado-hic.
La esplendorosa mañana de Mayo de 1994, la pasarela que desembocaba en el Puente sin Alameda, pero sí con su higuerilla alimentada con aguas bien servidas, lucía más alegre que nunca. Ramos de retama a los costados, orlados en papel higiénico marca Suave® de celeste color y de rosa, banda cumbiambera traída desde Chongoyape, con financiamiento de la Oficina de Extensión y Proyección de la Ociosidad, entre otros usos múltiples con sofá-cama para poner las patotas de barro, mientras se perdía la clase de Ambiente 69, impartida por Vanessa Sánz y Picoy, ducha en Materias Insectiles y Mariposas Antediluvianas.
Pero vestirse de abejita para graduarse de agronomuchos no era lo más bochornoso. Había otro grupo de unos cinco crápulas, a los cuales obligaban a amariconarse, vistiéndolos de cabros, previa macerada y sancocho de tripas con ron Cacardi, 45º % vol., dos-botellas-por-favor; a resultas de lo cual estos carajos no sólo salían a torcerse, tan amujerados como no lo volverían a hacer en sus vidas dudosas, sino que hacían el roche de su vida, torciendo los tacos y calzones con hueco de sus hermanas, bailando “Ahí está, el tiburón, el tiburón…” Otra parvada de amujerados, en ombligos de camisa a lunares, calzando botas de jebe marca Venus®, con peluca de Doña Tremebunda y las jetas embarradas con colorete de su suegra, C a r m í n.
Claro, no del todo inaprovechable era la escenita del año, con lo cual cerraban con Roche de Oro el Cachimbo de Agronomía, para pasarlos, ya pues, por agua caliente, ya que ellos a lo único que habían aspirado durante toda su vida estudiantil es a rascarse los huevos mientras calentaron la carpeta duodecimonónica, por espacio de doce años con sus tardes remotas y sus arrallados de Arracachia zarmentosa Var. Comemela, por atrás, por las porquerizas. Tal asuntito de manutención, que ahora se pensiona en el internado de la Superior Casa de Estudios, no era negocio ni para el Clero; claro, ni mucho menos para su alma mater et magíster, y, ni pensarlo, para sus sexagenarios padres, que ya iban manteniendo nietecitos con similar destino de zánganos, como este su servidor batracio en mención que llevó la Mate I, lo menos catorce veces, y que a la décimo cuarta no pasaba piola si no era porque le soltaba villegas al ingeniero Cobranza, previa cola de final de semestre.
No sin paga era el papel de idiota que hacíamos para graduarnos por fin y a duras trancas, por defecto de experiencia, más que por el valeroso hábito estudiantil de quemarse las pestañas a lámpara de kerosene, que para esas épocas salía a diez lucas lata. Recibíamos los autores intelectuales de tal papelón, como primer premio para el mejor grupo de rosquetes o abejitas paseanderas por toda la U —para la noche del bailongo— su respectiva cajita de veinticuatro chilindrinas chicas, para pasar piola entre los compañeros-qué-joder; segundo premio, un neceser para prácticas de campo, y tercer y último lugar, una latita de Mentol Chino Leopaldo®, para futuras e inevitables almorranas granjeadas durante toda la carrera, sobre la carpeta individual “Tú y Yo”.
El poema “Cagar sin haber comido” era disco rayado en las postrimerías ultramodernas de los herederos del sánguche más grande y ecológico, “agronómico” que se le haya embutido a los cachimbos en pelotas, como penitencia de la ruleta verde movida por verdugo guatón y pecoriento, asiduo concurrente del Pécora’s Gym de la facul en mención.
También jodíamos por las calles instalando happenings, en lo del pregón verde-amarillo que partía de la Superior Casa de Estudios, previa encendida de la tea de azotea, prendida por el canoso y colorado Charapa, enfundado en una túnica Chachapoyas, sin llanques y modoso como el solo; y terminaba la ociosa jornada en La Calamina de mis decepciones, en un buitre amargo con fondo de Pechundio Rochero, a voz en cuello entonando: “17 anos cruzaron por mi vida y sigo en delirio de soltero maduroooo… Armamos un velorio en plena Vía Norte, donde paralizamos el tráfico por quince minutos con sus segundos y sus décimas, y también uno que otro marcapasos de más de un sapo de paso con la farmacia abierta y la víbora anhelante, gracias a empinadas y jugosas grupas, y buenas yucas, que iban exhibiendo las enshoradas agronomuchas, hoy tías mondongudas, con una media docena de demonios al ristre.
A mis cincuenta y dos años, y tras haber desperdiciado mi valioso tiempo precioso (y las pestañas); arruinado mi hígado no sólo con el cañazo, ron y macerado del San Martino, lloro en una esquina mi mala suerte, por haber desgastádome las cuadriculadas energías que hoy me servirían para ganarme el pan bajo el brazo; tiempo tan caro por esa década de Techno hasta hoy pegajoso, que es un postre dorado de ricura.
Doblado el guardapolvo, oxidado el aguamanil, ya apolillada la separata de Manejo de Cuencas en Marte, lloro y lloro mi mala suerte, mientras otros compañeros alcanzaron agrónomo y egregio nombre; tanto yo, heme aquí, en la más absoluta miseria, rasgueo estas líneas para recibir mis cien cocos que —ni qué dudarlo— dilapidaré in presto en el auspicioso reencuentro de la promoción ’94 de vejetes y oficiosos ingenieros Pipa (de tan caros vicios chupacaña y cantarristas), que ya se avecina. ¡Alú, que me sano!

01 octubre 2009

Los poetas se gastan

Imagen: http://lasninfulasdeyoknapatawpha.blogspot.com



Ya me lo había advertido otro inspirado poeta, autor de los más sublimes desafueros que pasaron la línea que separa la celebridad del mamotreto. Que escribir todos los días era malo para la salud del poeta sensible. Cunde el miedo de tornarse repetitivo, de enrolarse en el batallón demonológico del ego, y eso, es malo. Me recomendó este jovencito igualado, que hay que esperar sentado que a uno lo invada la duende inspiración, tan modosita ella, usa bata afranelada de ositos para ir a comprar el pan de yema a eso de las cinco de la tarde, para departir en el té de tías unos versos de florido ramaje, mientras corren los años y se va escribiendo el poemarito entrañable dedicado a la enamorada, que mientras tanto la usa como los dioses, porque sabe que en ultratumba se la comerán los gusanos del olimpo.
“Los poetas se gastan cuando escriben mucho”. Debe tener algo de cierto esta ocurrencia, porque no la queramos llamar iniciativa, que de iniciática, nada más que las buenas intenciones, que esas sí que mantienen íntegro al talento que de vez en cuando toca la puerta como el mendigo disfrazado de Jesús. ¡Esperadla! ¡Esperadla!

Abrídle las puertas,
que como un relámpago
invadirá tu genio
,
la inspiración
, poeta”.

Algo que no se cambiará jamás de los jamases. Viejos y geniales paradigmas así los han dañado. Pobrecillos, la única ayuda que les puedo propinar, es una lapeada cuando me jodan mucho, o, lo más sensato, ignorarlos.
Que se escribe cuando la esencia invade —sigue rebuznando el joven poeta—, cuando el ocio creativo sierpe como una culebra el instinto intestino creativo del poeta echado, batracio en gestación, sodomita, harto de ser marciano tramitando su nacionalidad de culebra, o maricón con sueldo fijo en la peluquería-cantina del barrio donde todos lo conocen por mamón, por poeta.
Todos los poetas son cabros.
Lo peor de todo es que estos sabios que esperan la llamarada fragorosa, el fragor literario, como un regalo o un milagro, se tienen en la más completa y desfachatada razón, la razón del idiota que siempre tiene la razón.
He ahí la diferencia entre el genio y el mediocre: el mediocre se cree genio; el genio es un mediocre saliendo siempre del paso monótono, del mediocre.
He ahí que la poesía no sea un género comercial, porque comúnmente los editores fijan fechas de término de la obra, y como el poeta escribe cuando se le pega la regalada y puta gana, porque no gana de escribir, pues no encaja en el sistema editorial, y puede tardarse hasta diez años en terminar un libelo, que cualquier idiota adolescente lo puede escribir en una noche mísera de templado que fuma ‘unos versos tiritando a lo lejos’.
Los dos poetas, el disciplinado y el aficionado, conversan; el leal poeta a la esencia que viene a veces, y el negro literario que agarra a la inspiración y la viola de 3 a 7. El más joven aconseja al obseso y disciplinado escritor ya maduro, empecinado no sólo en dar un buen producto literario, sino hasta en mantener esa flama, esa rabia abundante emergiendo a diario de su cerebro, que como dice su madre, “no sé de dónde saca tanta escritura”.
A dos cuadras de la amena tertulia, que más parece consejo de autoayuda, un pastrulo no les pierde la vista, y casi les muerde los talones. Fácil se quiere pasar a alguno de los dos, con esto de que a todos los poetas les gusta por el culo.
—No, Jack, no te pulas ni esmeres en gastar tus palabras; guárdalas para épocas de vacas flacas. El verdadero poeta no debe forzar la inspiración; debe esperarla, como las plantas a la lluvia, como los pajarillos a los granos que siempre sobran para las avecillas en la Tierra. Otra cosa, qué es eso de colgar irreverencias en tu blog. ¡Ay, qué rooocheee! ¿Qué pue’ no tienes vieja, hermanas, patria? Cómo no te van a rechazar todas las revistas virtuales, semejantes disparates que escribes; ¡Qué ajco, aggg-caca-poto-pichi! Cómo puedes decir concha o pinga o cachar; la poesía es belleza, son palabras hermosas, destellos armoniosos enladrillados a partir de canciones románticas, de emociones sinceras. Qué culpa tienen las chicas de ser todas perras; déjalas. Asílate en un templo, calza alpargatas y túnica de fraile, y escribe poesía sacra, para que te salga todo lo animal que eres.
Lo que te hace falta, Jack, es una buena mujer, que vaya a misa, que te guíe por el camino correcto y formal de la cordura. Que te insinúe dejarle adentro tu semilla (aunque fácil eyaculas estrignina).
Trabaja buenos textos, púlelos; que trasciendan, que de eso se trata, ser poeta de oficio, que sólo debe regirse a escribir cuando verdaderamente lo sienta.
Pocos serios son esos blogs que cuelgan experiencias sexuales bochornosas, o peor aun, rajes sistemáticos contra sus propios colegas, inclusive. De eso no se trata, pues, Jack. Madura, que ya eres grandecito como para degradar tu honor de escritor hasta grados infames, políticamente incorrectos.
¿Qué cosa? No me respondas así, que estás frente a un poeta puro, diáfano, sin mácula mundana.
Si yo te aconsejo es porque somos amigos, no con ánimos de joderte la paciencia ni mucho menos.
El poeta debe optar por ser recordado por textos más o menos decentes. Que lo recuerden en su tumba como a un lírida bien educado, antes que como un cerdo poeta maldito. ¡Dios nos libre del malditismo! Hazte ver, Jack, urgente; en verdad, lo necesitas. ¿Sigues tomando tu medicina? Ah, un consejo más, escribir todos los días puede ser una enfermedad, literatosis, creo, como bien acuñó el término un dentón que anotaba sus proyectos en libretitas, y los desarrollaba cuando quería; quien no concebía que una novela tenga que ser planeada, inclusive, trazada, como un mapa, con cronograma y toda la cosa espantosa. Peor aun, qué horror sistemático, dibujar a sus personajes antes de embarcarse en las correntosas aguas de la escritura, heredera de la más innata deliberación de la mente, tal como nos venga de la inspirada cabeza.
Si realizaran un censo nacional de estos gays solapados, todos los poetas juntos superarían a las ratas de desagüe; y no exagero cuando afirmo, malcriada y socarronamente esto. ¿Por qué? Porque, ser poeta, al menos en mi medio, es la manera más fácil de hacer caso omiso a cierto hálito de disciplina, a cierto parámetro de reglas. Ser poeta es ser pajero, atrofiado mental que puede tirarse toda una mañana en poshe de Buddha en ángulo recto, de modo tal que le entre el rayo magnánimo directamente por el jediondo, que —no lo dudo— lo llevará hasta las estrellas mismas del eureka creativo, el poema sublime del que me habla este puro poeta.
Es más, la poesía, concebida por el 99. 999% de los poetas inspirados, para nada tiene que ver con disciplina. Así está seteado su cerebro creativo, para huevear mientras se escribe solito el poemario.
—¡Qué horror, escribir todos los días!, Jack, eso es un sacrilegio para la poesía; es como violarla, que la poesía debe ser siempre virgen y pura.
Te acepo trabajar todos los días, pero escribir todos los días, ¡qué manera de despilfarrar la vida! Hay que respirar, cazar mariposas, comprar el pan por las mañanas, dormir la siesta. Qué estás escribiendo tanto, hombre; ¿No has escuchado que así como a las personas que leen mucho les da cáncer al cerebro, a los que mucho escriben se vuelven shapingos? Deja esa manía; búscate un trabajo, lee la Biblia, pero no te gastes, que los poetas son grandes más por lo que no dicen que por las miles de páginas que desperdician como posesos.
Trata de resumir, más que de degradarte, aun de manera pulimentada, casi ágrafa, ostentosamente, en extensos artículos inmaduros, maledicientes. Eso hace mal al espíritu de poeta, “al corazón de poeta”, hombre, así como la paja, que seguro te haces muy harto, por eso expulsas tanto veneno en tus escritos. Reza, Jack, reza mucho y no olvides mis consejitos a lo Choelo.
En el exacto momento en que tomo un taxi para correr despavorido, para no clavarle un coscorrón al joven y pulcro poeta, bajándole así todos y cada uno de los dientes, llega mi ángel vengador, el pastrulo que nos seguía desde hace un rato, y, ante mi paciente y sosegada, socorrida vista aliviada, se lo lleva cargándolo en peso, al hombro, para, en su telo de mala muerte culeárselo toda la noche, por poeta.

25 septiembre 2009

Putita rica

La saqué a parrshte, por una y memorable noche. Tacones más alta, ni al pincho me llegaba: había crecido. A sus 24 ya la usaba como en las ligas de sus muslos gelatinosos mayores, de un muerto fluoresciendo en el recinto rosa, de calles enfilando roneras calentando las llocshas más candentes que he visto en me veda.
Me cobró 80 solanos, pero lo hizo tam biem, que le di cien. Y con eso se fue más que contenta; al menos había logrado la noche, que a lo mucho hasta las cinco e’ la maraca, mueve y mueve, para esos cien cheques, hubiese hecho falta su mejor puta de la noche: ella.
Lo que yo, ocho polacos a botella de lechada por tanda le di, patada a la lámpara, porque no había foco. Le daba como no le habían dado ni sus cafichos más avenjao’s, le daba como ella esperaba que le dé, porque así le gustaba que le den, hasta por los sobacos, inclusive. No voy a contar que hasta la sombra le besé, para no recalcar en la cursienta y pegajosa tonadita de un tal Arjhuna, cantautor de conatos ripios, que sonaba en la radio marca Squony® de la susodicha hetaira. Ella contaba que la pequeña radio le había costado refocilarse con ventrudo carretero, la primera e innoble noche de su desgracia, como la Cándida y triste putita más tierna que había cachado, toda la noche, por cien luquitas.
Que más que costumbre era el ardor que mostraba sin mostrar —gemía— orejas de efelante adentro, que más que por dinero era que siempre andaba boqueando la chucha y el chico, desde chica; quería siempre estar llena por los dos conductos arrechos, y lamentaba que yo no fuera el mitológico y Siete Lechadas Cornúpeta Dos Pingas de sus caras fantasías, para darle una cuariza por los dos jediondos que tenía como máquinas vibradoras en la entrepierna trajinada; qué ojos blanqueaba.
Vaya que parecía una rosa, semejante grieta la suya. Su olor a sal y marisma marisca se me pegó hasta hoy, en que llevo los dos dedos a los focotes para olerlos, con la más calentona arrechura sudorosa que jamás uno olvida, la del cache memorable.
Salimos de la presentación del libro La mansa finiquita, no sin la terrible ansiedad por chupar ron como cosacos, pero más pudo la cochinada esa noche, así que dejé a los caliches para otra curda del carajo, y fui tras un buen culo al chongoyape.
Desde la primera vez que me dijo “muñeco” en el número cinco del convento, me prendió su rostro como una luz crepuscular en el espíritu, como un ciego redoble que no cesa. Y ese olor a mis trolas sudadas rociado en su chucha mojada y centellante de perlas de mi leche, me devolvía el olor suyo, animal, bestia insaciable, como una mancha húmeda llamando a lo lejos del mar en la sangre.
Siempre que la iba a ver al chongo para mojar con mi ahorrado tesoro juntado de sol a sol, al terminar, me decía: “¿Qué, ya terminastes?”, como insinuándome que la siga tundiendo para otro y sucesivo orgasmo, de esos que seguramente al hilo arrojaba como máquina cachera, sobre el cacharro de sus clientes delincuentes. Eso me palteaba en demasía, tanto que me vestía mudo como me fui, perdido como vine a cumplir mis 32 diciembres con los previos en estercolera playa con erisipela de cantina y de amaneque, en su deliciosa cueva marisca, la sal y canto de mis noches.
No recuerdo ya cuántos jebes y papeles higiénicos sucios había abarrotado en la papelera del matadero Chero, de a quince ferros, ese memorable beViernes; lo cierto es que esa noche fue demasiado célebre. Claro que la única incomodidad fue que le mojaba las enormes mamas con mis manotas sudosas, estrujándoselas como quien sintoniza Radio Gelatina; porque me gusta amasar, eso sí, como bien me lo enseñó mi vecina panadera y chuletona, que tenía unas ubres-ay-carajo.
El disloque, la poshe de la secre, en la que, viendo su espalda fulgente, me absorbía el pertrecho irritado, como una esclava abisinia; mirándome, no me miraba, sino que la sentía paltearse a dos chinitos ojos por las cochinaditas que me hacía con regusto de abnegada primera noche de novia, que me volvían más loco que cura en chongo; aun más, que loco en chongo. Vaya si pateaba, pero de gusto, la jija de la valienta puta, cuando, de cada trancazo que le arreciaba contra las ancas, parecía hundir el catre con somier y trama tringulish + sunchos transversales y todo, de rico gusto, la licuadora, que casi se va dejando los 100 ensementados solanos en el piso de tierra (mojada; ‘también recibió arando la tierra’).
Pensar que esa noche, bien al ternero arrugado de lino, aviado de ocho cajas de Durex® espoleados, me iba a hinchar el hígado como una cuba en el baile de conchabilidad, viendo cómo chapaba mi musa con su macho, y no con este sufrido liróforo de sus desapariciones. Pero la suerte existe, causa, y surte, los beViernes.
“No, dije, son huevadas; ésta no me la aguo así nomás por las puras aguas, ni así sean las aguas del San Martino, ni la chela macerada con hueso e’ muerto de la etnia Cocama-Cocamilla. No no no, ni cagando, dije, y rumbé en un taxi al Polvorín de mis cuestas; a dónde más iba a ser, si no tenía ni la más puta idea de qué estaban hablando esos conchas, tras la presentación del libro que me honró presentar, La mansa finiquita, como un oso enjaulado en tabladillo.
Me sentía como atraído por la negra vaharada que en la oscurana tramaba el recinto esponjoso, rugoso, de su concha. Iba a por ella a como dé lugar. Y cuando me la encontré, me abrió las grupas a dos vigas descuajeringadas de la choza del pueblito tropical donde nació para cachera, a dos yucazas puestas en la caballa encebollada, a dos sapotes chupeteables a más no poder quedarse un rato más sin el mete y saca de rubor, de cremor, qué reeecoo, que, creo, se me ha anda quedando como tic nervioso esto del canchis-canchis, cada vez que recuerdo esas movidas maestras de Diosa Poderosa y blanca, chata, pero poderosa como ella sola, putísimamente sola.
No sé qué contorsiones más me hizo, amén de la poshe del ropero, de la poshe en la que aró relinchando a cuatro patas en el suelo, de la yegua ensillada, de la gata a cuatro uñitas sobre calamina caliente, o la poshe esa en la que murió mi perra Pirula que se comió —como Hamelín se hipnotizó— sus setecientas ratas, a lo menos. No sé qué pruebas acrobáticas más me hizo, la vil y rica putita. Todo me recuerda a una enorme masa como un levógiro ojo abierto, desbocado, arrecho, babeando una sangre negra, cada una de sus venidas encima de mi huata, sobre mis rodillas, sobre mi cacharro descompuesto, chupándome todo ese líquido entre orín y Orión, entre maná de la matriz constelada en su recinto de Bella Puta, qué Eréndira ni Eréndira.
A esta putita no la compartiría con Cristóforo (mi mejor amigo), el eterno y parroquiano arrecho que siempre me decía, le describiera mis cachemas a dos deditos en cada mail, que oficioso esperaba como un can faldero tras de la pantalla, con la mano zamaqueando la víbora. Como lo esperaba, me dijo: “Si tu putita rica lo hizo tan bien, quiero yo también probar; pásame su cel, ipso facto”. Ni corto ni celofán, le dije: “Está bien, te lo paso, pero no me menciones. Esas granujas tienen varios cafichos, que hasta te pueden dar la vuelta, así que anda con tino, buen amigo”. Y ni huevón, no le di el de ella, sino el cel del Piojo, un pata ladilla que no veía en años, de paso que me vengaba de éste, por las miles de timbradas que el occiso perpetra, aun a las tres de la maraca, cuando esa noche de beViernes me granjeaba la modorra de Los Siete Caches, que no me la había dado en toda mi vida de seminarista aplicado a la palmada tarea, cada tarde, cada mañanero pajazo, cada noche de imaginármela a mi putita rica mamándomela sin jebe. Medio que me dio miedo que libara mi seminal cantidad un poco sangre, como Roche de Oro, octavo y último colgajo de polvo que aún me derramó de las trolas, una adolorida, gracias al carterazo propinado por su papá del Mandinga convertido en mujer, la Graciana, mostra y compañera de uni; ¡ay!, ¡en la derecha, en la derecha!, lo que siempre me ocasionaba problemas para el asunto de atusarla a cada perra de paso, aun cuando la doctora Cornetera de carnosos labios de propiedades mamonas, ni corta ni sebosa, me propinara un mameluco que ni en tiempos de perro haciendo cola en La Casa Verde, en mi natal Piura, me ligara, cheque en mano de deschavado de colegio militar con peluca al rape y pecoriento.
Me apena mucho no haberle facilitado el número de móvil de la occisa en mención, a mi parroquiano y aguanta’o amigo Cristóforo. ‘Ta bién que el Piojo lo haya carajeado por llamarlo sabe a qué hora de la maraca, por putero y mandado.
Según me escribe el arrechóforo, dizque no cayó en mi cuento, que ya se lo cocinaba en la mastica de la malicia; viniendo de mí…que su pata fue el nenejillo de indias que llamó primero al piojuno, a lo que viendo que no era el número de la tal ficha, ya no se inmutó en marcar el número caliente. Eso es lo que dice. Pero Piojo putero me lo contó todo, en su quema del 29. “Si fingía la voz cual puta, fácil me lo pasaba a tu pata, por putero, carajo”.

18 septiembre 2009

El canto escondido

Danza finita
Stanley Vega Requejo

Lima: Hipocampo, 2009



Redada que tiende la naturaleza, la apariencia no significa su imagen; existe la pregunta, el virar que urde el humano mientras duerme. No del todo ciertas, promesas, musas-tierra, musas-todo, levitan la voz lírida del tomo.
Quien parte de una muchacha, con el corazón a cuestas en la mochila sin fondo, quien a barro poniente cifra su condena aterrado en la oscuridad que lo llama; he ahí la gaviota prefiriendo alejarse de la bandada, a extender su dominio libertario, danza finita ase su costado rebelde, y lo insufla en la musa de todas las cosas: la poesía.
Hablar de este contemporáneo poeta, autor de estas danzas retornadas a su punto de origen, es quitarme la capa, burilar sobre el pliego silbando su hoja en blanco, más de una leve impresión o un cumplido reseñado.
Hace unas horas que he leído a las volandas Danza finita, vía esa trama-Babel, la Internet, confundido en los laberínticos meollos ficticios propalados por El Memorioso, y he quedado como ayer, más simple que ahora.
Y es que emite una energía blanca su estro que combure cúmulos no borlados al sol, rasando, sin norte, ni tedios compartidos en la asolada atmósfera de cosas.
Alguien que se aproxima con cuidado a las palabras, las abraza con la lentitud de cada jueves; alguien que termina su pucho en la plazuela urdiendo árbol cercado en su círculo de tiza, no puede ser menos que un letrado a sueldo fijo, creándose deudas sobre lo que ya es una tarea más que titánica, pergeñar y pergeñar palabras que lee de una sola tempestad la ventana empañada, sobre el universo de humo, tal la quimérica tarea que se ha escogido estos días vertiginosos el poeta, atestado de deudas, no sin la pesada idea de, al escribir cada día, ir sentando deuda tras deuda, aplazadas en tomos al crédito por los editores.
No como una estrella repartida agradece su destino Stanley Vega, tanto puede que sí como que no, grito deshilándose dentro del espejo, correr contra alguien que se sabe una eterna pregunta, tal que dios es saberse suelto en la idea que no toca; alguna sombra de mar o mujer en que plañir la sonrisa del suicidio. Alguien llueve encerrado en cada una de las huestes del giro; y adorar a la vez, auto-dios sin culpable, la gangrena del dolor que ciertas madrugadas rezuma luz y ahogo por salir de una vez del cascarón, hacia el diluvio, o hacia el perfume del día mojado, como un bello inicio, cada día.
Para ir con cuidado con el volumen trazado de un aliento en tres meses, como un mapa de cuerpo hace ya seis años por el aeda del ‘pueblo de espinas’, Cajamarca, debemos detenernos un poco, entre estas líneas danzantes, finitas; no demorarnos más que el imperceptible y justo tiempo que fermenta al líquido literario, un vago vino catando a los dioses, otra vez poesía.
A esta hora fija en que los signos de la música mundana se borran con el transcurrir de una lluvia invisible, más es lo que demoro en salir oscilante de esta danza, asila al desposeído a la vez que acepta el alrededor, el manto oscuro, la palabra pregunta.
Sé que una vez leídas estas frescas sentencias, queda uno con la sutil impresión de haber paladeado gráciles destellos o koans delineados en el concepto Zen, a interlineas de los textos; lo espontáneo, lo intuitivo, rayos fijos de una precisión que no denota, sino que desborda del punto a la línea, y más bien niega que las cosas en la naturaleza no sean más que lo que parezcan, como si el estigma que dejan fuera la desaparición, el alivio, la trama levitada del descanso; para migrar en la danza, sin más timón que el de las alas despavoridas y la despreocupación hacia el final tan próximo, para componer mi buen tiempo deslizado en la caída de hojas a lo largo de la carretera de los años, de esta vida agitada y crucificada al rezo de todos los días, el poeta, terco, otra indecible vez, el poeta.
Tantas caídas resistidas para resumir que todo cae, sin peso.
Antiguo es llegar al resplandor, que desdice que parte de lo oscuro. Danza finita.

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BÍO

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Jack Farfán Cedrón
Cajamarca, Cajamarca, Peru
(1973). He has published “Pasajero irreal” and “Vironte”, in 2005; in 2006, “Cartas” and the number of plaquettes “Al Castor”; in 2007, “Ángel”, “Las ramas de la noche” and “El leve resquicio del amor”; and in 2009 “Ángeluz” and “La Hendidura del Vacío”. Processing: “El Águila de Zaratustra”, “Diario”, “Diccionario”, and some books of poetry. Weekly postea hybrid texts in the blog “El Águila de Zaratustra” and disseminates literature in the online magazine “Exquioc”, while editing the magazine printed and online “Kcreatinn”. He has published in literary reviews “El Hablador” (Perú), “Letralia” (Venezuela), “Azularte” (Canadá); “En taquilla”, “La Comuna de los desheredados” (España) and “Revista de Letras” (Argentina). In 2006 he was 2nd place in the survey: “Who would give the prize to the young poet Perú?” and the 3rd in the “III Concurso Región Norte Literario”. In 2008, the INDECOPI gave “recognition for his contribution to the respect and promotion of intellectual property in Perú”. Prepares special Mario Vargas Llosa.
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