15 abril 2019

Secundina, la burrita bizcochera




En la Granja del Pontón alimentan a una burrita desde muy pequeña, exclusivamente con bizcochos. Ay de aquél natural y ex profeso de la religión de los domingos, de portal, que le alcance siquiera un atado de alfalfa, cadillo, heno o rye grass; caerá sobre él la maldición de Thör o el rayo que enhiesta por el espiráculo tus caros deseos ortensiles. Amarronada, a lo largo del lomo se le hirsuta una crencha más clara a la burrita, diríase mora, que no la diferencia más que un tonsurado pelo de las cebras cerreñas pululantes a media maraca, a lo largo del bosquecillo, donde se instala y derrama en la Granja del Pontón, donde los naturales viven de hacer su queso, comer su leche dejándose los bigotes, y dar yogurt en teta o mamila a los becerros recién nacidos a los que se les da por mamar de los dedos suaves de las señoritas que llegan para esas fechas de turistas. Crea ojeriza en las manadas de burros bravos la borrica, supinos y hocicones, que trotan por las montañas más eriazas, justamente porque ellos ahí viven mordiendo a cuanto vegetal se les cruce por el casco y la trompa de pelillos ralos. Pero ha caído sobre sus lomos la eterna maldición de que “trabajan como burros” en pos de herbario bocado, porque no estudiaron alguna de las ramas de Ingeniería, ni alcanzaron egregio curul congresal, ni mucho menos. A buen ver, la señorita piajena, cumple este Domingo de Ramos, la entusiasta edad de quince años, con todo y mollejita; quince años de llevar sobre su pardo lomo a quien reencarna al fatigado Redentor que nos dio su vida en crucifijo, para posteridad y malagradecimiento de todos los putos hombres que se santiguan para lavar los pecados por adelantado. Barbudo, de largas quijadas, cetrino, pómulos salientes, con la túnica trasnochada de las gentes pringosas, el tal actorcillo santo sobre la piajena Secundina montado, calza llanques marca Michelín®, cortados a navajeta fabricada artesanalmente por un afilador que se pela las sierras usadas en las construcciones aledañas, cada bajada al pueblo, donde a potra limpia sube lo menos unos tres sacos de esos negros, repletos del mejor bizcocho, bizcochuelo, mollete y rosquete, amasados por doña Estrafalaria Contumaz, natural de Cosiete (donde te cosen el mollejón, para que no te caiga tu domingo siete). Como existe un zoocriadero de llamas, vicuñas, otorongos, osos de anteojos, y hasta leyones (lo único que leen estos reyezuelos son las citas bíblicas pululantes a lo largo de las faldas de ichu y las trochas carrozables rodeadas de bosques sinfín). La burrita de Domingo de Ramos, es entonces la reina del zoo lugareño y no éste dentudo y brabucón pardillo, el leyón, al que le sacrifican lo menos un par de ovejos viejos al día para que deje de rugir y dar de manotazos a la jaula, alborotando así a cuanta chinalinda se le cruza a su manotazo paso. La burrita Secundina, calzará esta Semana Tranca, botitas rosas de lino, escolopendradas en la caña, con blonda americana, atornasolada de un perla santificado por las puntadas de la tal Tremebunda, que de bigotuda, soltera y aretera. Le penderá de las orejotas a la burrita de marras, un par de aretes, motivo Gatita reclinada sobre calamina caliente, un batón azul, como el cielo de tu santa perdición, la cola envuelta en celofán dorado trucho y la panza tonsurada al blondo estilo practicado por el peluquero Evangelista Pinzón Morador, el más moráis-moráis de toda Granja del Pontón y chinganas aledañas. Es, pues, tan fastuosa la platera Secundina, tan o más que el mismísimo protagonista que encarna a nuestro don Jeshu; tan cadavérico y hediondo, porque cada domingo, con el consabido pretexto de cargar la cruz de las ochenta imágenes con nombres de vírgenes tan raros como piedras en el río, en la Fiesta de las Testuces, se mete la turca santa que le dura todo un desquicio, a resultas de lo cual, éste santo califa amanece con la cabezota como un dedo gordo al que ha chancado el portón por donde, triunfal, ahora ya aprendida a reír con sus muelotas verdes, ingresa la burrita amarronada, Secundina, dando casquidos triunfales, orejeando a pezuñita limpia, entre ramalazos de romero, marco, y atados de olivo expendidos a tostón y a penique entre los naturales, seguidores de la religión de domingo, en lo que resulta ser la segunda Suiza, la Granja Pontón, por los bosques sin par que este día respirarán un foquito, con esto de que a las 8:30 p.m. del Lunes 2 de Abril de 2012, todos apagarán las luces, por el rollo Save the planet y secuaces protestas ambientalistas, que de ambiente… ¡sus pezuñas!

31 enero 2019

"R e q u i e m p o r J i m", de Willy Miranda Quiroz



Las apacibles cenizas del ocaso


R e q u i e m   p o r   J i m


Willy Miranda Quiroz
Gobierno Regional
de Cajamarca
74 págs.



Willy Miranda no es un escritor novato, quienes lo conocemos lo sabemos de sobra. Sus inicios se remontan al año 2000: un homenaje a César Calvo, un frontispicio surrealista; y, cómo no, un manojo bien escrito de poemas y cuentos que ilustraron algunos números de VOCES-Muestra de Poesía Contemporánea, en Cajamarca. Es agradable  recordarlo, con sus pasos apurados, por esta selva de cemento, que por instantes pare ocasos tras los templos de cráneos inmarcesibles y cernícalos omnívoros enrumbando a otros sueños.
Cada sábado por la tarde, imperturbable, emocionado, como si la literatura “de conversa” no durara más que ese hermoso limbo que termina con las pausadas cosas mejores; eligiendo una de sus impredecibles historias, con las que más de una vez nos dejaba impresionados en todas y cada una de las reuniones de El patio azul, en la casa de mi contertulio, el poeta surrealista y docente Edgar Malaver Narro, con quien también perseguimos otrora aquel sueño literario: VOCES.
El opúsculo de cuentos: Requiem por Jim (2018), no versa de floridas prosas de la serranía. Lejos del costumbrismo andino de laxo ronroneo carnestolendo, de jocosa chismografía de cantinita de pan con rocoto y capri de chicha, amén de una fatigada usanza por lo anecdótico y amical, no están presentes en el volumen de cuentos Requiem por Jim; estos, acaso, recursos, seudo-literarios o cumplidos familiares, que el autor ha desterrado, como la mala hierba, de su juicio y cultivado espacio creativo.
Requiem por Jim, diatriba contra lo convencional, apalea lo cuerdo. Se aleja, como ave de rapiña, de la bandada, para crear mundos, extraños lenguajes y paisajes con que se despeina, aun, a la borrasca interior, de salvajes párrafos memorables, como los de este conjunto de cuentos. Los relatos de Requiem por Jim son, de cerca, aquellas corrientes metafísicas, las mismas que nos ponen al margen de los grupúsculos, que, de último, han propalado la sub-dividida escena literaria ―set de censura al cinto, cual la lecherita llevaba el cántaro de leche de sus rotas ilusiones, desperdigadas por el suelo de la leche derramada, ni con el llanto remediable―.
Como que el mundo de los locos y los artistas, es siempre el más habitable, y por qué no, el más envidiable, cuando no imitable. ¿Por qué?, por la sinceridad y la plena fantasía que entrañan estos mundos creados con la genuina libertad que nos adjudica algún puñado de buenas lecturas, donde, tranquilamente el libro se puede burlar de uno; o, simplemente, “somos libres” de lanzarlo a la hoguera de nuestras elecciones más prístinas: ¡al carajo!
Relatos que habitan el mundo de la mente, de las vagas obsesiones, de los sueños destruidos, de los amigos ausentes y de las enfermeras graciosas que nos traen la felicidad en una hipodérmica. O, el mundo sumergido de una Atlántida, en la que por sucesión espontánea se han ahogado nuestras fobias, nuestras bohemias obsesiones, para, en el adecuado momento, salir a flote, con un clavel en los labios, dueños de una odisea cumplida.    
Ya se nos hacía tarde, Willy; la espera valió la pena. Un tomo bien elaborado de cuentos, impresiones melómanas, de la mano de una que otra epifanía de ciclista incansable, por estos hermosos parajes y espinas del olvido. Un libro de quien se ha partido el lomo escribiendo; y que (la suerte no existe), no lo convierten, ¡faltaba más!, en un libelo de apuntes anecdóticos de pueblito, sino, en la mera epifanía literaria, que kilómetros atrás traduce un vasto recorrido de trasnochado lector de libros bien escritos: literatura norteamericana, peruana y de otros martes.
Acabo de ver una fotografía de una pared que dice: “Lo esencial es invisible al estado”. Lo curioso de algunas inscripciones en las paredes: algunas veces traducen la agobiante e inevitable verdad. ¡Cómo, en un país, donde el choro tiene más derechos que la persona que se rompe el lomo para ganarse el mendrugo, todo sucede al revés! Se premia la fanfarria, se indulta al delincuente, se sobrevalora el mamotreto; o se remunera, según el rating, la idiotez televisiva.
Han muerto en el intento, contados intelectuales, en su pujo bomberil por “arar sobre el mar”; o, al menos, sobrellevar o aún prescindir de la hediondez chicha que se sigue y se seguirá viendo en la televisión, como una filosofía de lo decadente, como un modus vivendi de los oprimidos, cuyo opiáceo más consumido, contundentemente irrenunciable, es Ser idiota.  
Pero hay caras excepciones en estas Viñas del Señor; y esta es una de ellas: el “Premio Vanguardia Literaria Cajamarquina”, donde nuestro célebre escritor, también ingeniero zootecnista y frecuente columnista de la Revista “La Genciana”, Willy Miranda Quiroz, mereció el Primer Premio, en cuento; algo que por fin, no pasó desapercibido a los ojos.
Requiem por Jim, herencia añeja de la tarde en que estoy. Como invitando a la aventura literaria, un cuarzo rosa, un mandhala descolorido, y el Rey Lagarto, mostrándote el borrascoso camino a la maravilla, visible a los ojos, cuerdos ojos que leen el graffitti: “Can you show me the way to the next whiskey bar?”
Estos nueve relatos abrirán “las puertas de la percepción” hacia la noche de fuego; irrenunciable, salvaje, rabiosa, como la misma lectura de las historias más exquisitas que Willy Miranda ha creado. Sea.

05 mayo 2018

Juergas florales

Resultado de imagen para poeta




Linkmagen: https://loff.it/society/efemerides/virgilio-el-poeta-de-la-eneida-215319/


El poeta incomprendido eligió apoyar el mentón filosófico en la mano derecha, ensayar un manojo de versos floridos a los que hubo de rociar con agua de pétalos florida marca Burra & Lama, lacrarlo con la última lágrima a una ingrata debida, para de esa manera, ganar un concurso de muertos con su bolso de profeta de plazuela al cinto, amén de ser el más famoso lírida de levita de su pueblo (Colirio de Oro en el Ojete). Durante la ceremonia de premiación, le vaciaron una olla repleta de tallarines a la choya y le tiraron tremendo ramalazo de laureles por la cara. Tal que para eso servía, rojo como el tomate, para posar con la mejor cara de idiota del mundo, ante los laureles de la humillación de cinco huevones, miembros del jurado e integrantes del Club de Censura Literaria, con su ajuar, herencia de la tía Cashperga, “que de sus calzones viejos, camisas nuevas me hacía”.

En: Memorias del escriba fatigado, II, 1-7.

19 abril 2018

El nabo Pingocho en el orto morocho

Linkmagen: http://www.mimasa.net/elimina-grasas-y-toxinas-con-el-daikon-c6.html



Según el viejo indecente, ninguna historia empieza con “Estaba comiendo una ensalada...” Pero la que os voy a relatar sí. Estaba yo comiéndome una ensalada de verduras, cuando atrincheré una rebanada de nabo, lo que me vino a la cochambrosa mente: “¿en qué oscuros callejones, ortos, cavidades, habrá estado antes el bendito, enhiesto y blanco aditamento verdulero?” No soy de pensar cojudezas, pero desde que vi un video en YouTube®, en donde una mesera escupía la hamburguesa de un cliente, pues me las traigo al pensar lo que me viene en gana. Imaginaos el enorme nabo bien lubricado yendo y viniendo, con todo y arrastrar de pendejos, panocha adentro, frotando deliciosamente esos labios, qué digo labios, esas enormes orejazas de elefante rosadas, viscosas y hediondas de la cocinera, antes de ser destinado a esta ensalada de verduras que hoy me toca tragar, ¿eh? Es como para ir a buitrear al baño después del magnífico potaje, ¿o como para relamerse? Os dejo a noble discreción el hacer lo que queráis. Seguramente el viejo Buko estará desternillándose de risa mientras lee, tres metros bajo tierra, este pequeño artículo; quién sabe, ya no tejiendo una magnífica historia bajo los efectos de una birra o una copa de vino barato; sino de una buena mordida de nabo, variedad Pingocho, que antes ha introducido con la paciencia de un viejo parturiento, en un orto morocho. 

30 noviembre 2016

AQUEL HÁLITO QUE EN LA VOZ APRETADA SE QUEDA

¿Alguna señal para estremecerme? Sí. Admiraba de pequeño la Navidad de robotito en la estantería. S/. 11.000, algo inalcanzable. Pero el mejor refugio era ése, tras el árbol de 20 luces y nieve de lana. Un refugio para anidar tal vez alguna verde fronda que duraba alrededor de un mes de entusiasmo. Eran los tiempos en que había que caminar unos 3 o 4 kilómetros para llegar a la dicha. Bodeguitas con apenas unas botellas de champagne, tabletas de chocolate y panetones mosqueados. Esa feria acaso no era enfermiza. Todos éramos parte de la sana alegría. Muñecos de feria, danzantes en la noria agonizante de los brazos. Gente soliendo saludarse, desprenden un poco de esa melancolía de cuarto estremecido de rato en rato por cohetones y sartas de pólvora.

Pero a veces llegaba la Navidad negra; ésa con la cual nos amenazaban si todo iba mal en el colegio; una Navidad verdadera; a secas. La que sucedió en una cueva, sobre el cielo en llamas de la libertad más pura del Niño Divino.

¿Quién ha sido, es y será ése niño pequeñito que alarma cada 25 de diciembre a las amas de casa, alegra a las pallitas del barrio; y henchidos de dicha los niños tuestan en sus manos rascapies y lanzan al cielo avellanas o bombardas en su nombre?

Pero todos desconocemos ahora la verdadera esencia navideña. Han reemplazado al niño Jesús por la imagen marketera de un viejo barbudo y panzurrón tascando las campanillas resecas y cagando en las chimeneas de la gente compulsiva que traga, duerme y se deprime en estas navidades de pavo de cartón y lucecitas que exasperan, a la espera de tocar un chip donde anida tu indescriptible depresión festiva.

Hacia el Séptimo Amanecer los hombres raudos, desmenuzados en escamas de oro indescriptible, lloviznaban azulados de ternura sus cuerpos cansados de alegría. Ellos viajaban sobre un cielo prometido, entrados ya en una sesenturia o en un calor de años del pesebre, benditos por el lloriqueo más feliz de aquel humano de la tierra.

¡Oh, luz impredecible! donde sueñan tres vagos vigías que persiguieron la estrella mundana para padecer cientos de kilómetros con la dicha más dura como un diamante que no se derrite ni con el fuego en llamas de la sangre, acallaran a dar tres regalos inmortales: oro, mirra e incienso.

Ellos, los más dichosos, sabrán que parte de ese cielo nos recuerda tal y como éramos. Ésa sería la llama perseguida, el trotar irresoluto por esferas de un pueblo férreo anucado, no a la almohada; insomne, lejos ya de recordar que algún día fuimos lo que seremos; la luz universal, amable, que pudo salvarnos para siempre de la noche más fría del mundo, la de la muerte redentora.

Puestos en doble alma de cerina extinguida, confían que tal vez admiráramos la puesta de llama irisada, de arco iris divinizando cada que es visto. La mirada de hombres atónitos por aquel pacto desvelado.

Ya en la mira, en la piedra fija que al dudar rueda por los aires el paso que sigue, el latido subsecuente, el atrio permanecido de lo por decir de dos oleadas de viento.

Persigue acaso El hombre eterno, las improntas veladas de sus días; para que así, en la entrega máxima de todas sus fuerzas juntas se desvíe por el Camino Verdadero. No el más largo ni el que lleva a casa; no el camino más corto: el Camino Verdadero. En donde llorarán las máximas semillas purpurinas sus lluvias boreales que de los trinos provenientes danza en sus gules encontrados.

No más danza. La cota inmemorial de infierno se nos hace voluta en la garganta. Y lo más preciado en el destino sea acaso el cardenal que se sangra sobre la nieve, para parecer triunfante ante un caro acontecimiento: la luz del sol ante tanta belleza. Pero tal vez esa crucifixión de la planta, del microorganismo que hace que todo se enfile a la sucesión de lo que pasa.

Cada cosa va hacia la nada. La nada viniendo, la nada que importa; la que se gesta en los charcos, salta en pos de una línea iluminada enmarañando hasta la sangre del reposo sentimientos encontrados. Constelada como obscura promesa

¿Por qué te obstinas cada instante en negarme los jugos de tu victoria?

Ente reposado, me empeño en herir de una vez las estrellas zahiriéndose de un paso. Fugacidad. Permanencia. El eterno enamorado que no intenta soltar la amarras del reino; ¡ah, hijo perjuro de las musas! Pues si, a resultas de lo cual sólo has contenido en tu fuero creativo no más que congojas, lo tuyo sea dedicarte más al espíritu de los nacidos que a la carne de las musas, a las que crees haber dotado con un hálito de vida en miles de páginas.

¿Para qué ya más ríos metafísicos esta noche?

Salir, sacudiendo el sobretodo azul obscuro; reír de buena gana; que es Navidad y la sombra enternecida de esa noche infinita se arrodilla ante la risa del niño más hermoso del mundo.

Cajamarca, noviembre 30, 2016

Jack Farfán Cedrón


23 mayo 2016

Reseña: "La Isla de Los Hombres Solos", de José León Sánchez by Jack Farfán Cedrón

EL SUEÑO DEL VIEJO

Mientras los reflejos de los gigantes y azulados astros se hundían en opalescente reflejo dentro del lago, el viejo aclamaba vigilia en medio del estallido del sol en la mañana. Varias frondas retorcían el paisaje endurecido por las puntas bajas de los sorgos hirsutos raspándole la cara. La edad lo hacía gemir entre ronquidos benevolentes, ronroneando como un gato marchito que estuviera inflado por la pereza de viejas memorias sin remedio.

El viejo creía, quien seguía con insomnio, que aún duraba la mano nocturna en su destino de sombra. Se palpó las cuerdas de la garganta como cuero destemplado de res que al sacudírselo hiciera estruendos fatídicos, augurando una verdadera tempestad sobre el prado de su larga siesta.

Prolongó, aún con la luz alta ya de la mañana, el sueño que con justeza se había ganado, pala adentro del barbecho, a unas cuantas millas del lugar.

Se tapó con el codo los ojos para no sucumbir a la tempestad lumínica, amarilla, que le auguraría el último círculo infernal de su fatigosa vida, sin que él lo sepa.

Mientras, el lago hundía su cuerpo profundamente dormido, entre hierbas acuáticas que el viejo creía masticar, pero que en realidad estaba masticando, en el fondo lacustre.

La sombra del viejo que dejó el cuerpo dormido sobre el pasto, rodando sobre la hierba, hacía de péndulo para algunas mariposas que lo despidieron a su suerte y medida amarilla, ya mellada la luz del sol una tarde cualquiera de ahogado más feo del mundo.

Jack Farfán Cedrón

"Le chapeau de mariage de mon pére"; 1975 - Jean Dieuzaide

18 mayo 2016

CUANDO TÚ SONRÍES, CUANDO MI SOBERANA PRESENCIA TE INVADE LLANAMANTE

CUANDO TÚ SONRÍES, CUANDO MI SOBERANA PRESENCIA TE INVADE LLANAMANTE

Habré de extrañar tu angelical presencia, varando flamígera de agua sin color y con saliva en las mejillas, frente al mar de mi presencia.

Entre fantasmagóricas esencias, yo te llamo al sonreír, te reclamo por qué de estar ausente. Y tú, como en un templo de cera lo calmas todo si el fuego amaina a cada instante. Nada se derrama entre nosotros, si la luz nos ha abolido de energía volátil y nos ha dejado contemplarnos con cada calor corpóreo que hacemos cuando copulamos con nuestros poros abiertos, hacia la honda distancia del infierno.

Nada sobra, nada se hace voluble ni se esgrime con los pasos cansinos del dolor que se soporta, al tenerte tan cerca con la risa demencial de una hiena enferma de insomnio, toda enlutada con piel de luna estriada en tu pelaje.

Eres la santa del velo regado en nuestra alcoba, eres quien me absorbe la saliva si yo entro en tu lengua de anguila secreta hiperrealista etérea azóguica lunar oleada por una baba de caracola recorriendo mi bálano sobre una pared en la autopista: Eh, Nocturna!

Secreta como los ojos de la noche que se cierran para un solo ser y se abren para múltiples fantasmas que te cargan o te poseen durante los sueños malos cuando sudas y te tocas la entrepierna para comprobar si soy yo el que está entrando en tu cunneus diaboli o soy un súbcubo que te toma violentamente entre el rapto helado, cada madrugada.

Escondida entre ángeles desnudos que te cargan bajo las nubes donde orinas una miel argenta, clara y dulce; almíbar de oro o diamantes dispersos desde un guante lánguido y presente, hacia el fondo y negro lacustre del cosmos que nos pierde, friccionándonos hasta dolernos.

Pero la cosa es que tras la puerta te he dejado un mensaje entre los ojos, te he manchado con los dolores infinitos de Cristo el delantal de esposa, la bata de virgen manchada por el rastro himeneo que te ha hará abrir los ojos al mundo carnal, voraz, !ah, ninfeta!

Y tú asientes; cada rosa lo hace, cada gota de rocío, lánguida, clara, larga, amaneces.

Todo lo que existe es el silencio; todo lo heredado, todo lo inasible cada vez que me comprendes, toda vez que asientas velarte entre los cirios etéreos, de un sueño entre rocas presurosas aguándose al tocarlas; entre legiones de ámbar mariposas, de orín reseco que se agrieta y desmorona al cumplirse la historieta amañada de nuestra primera cópula; amante mía, que un día vendrán a tapar tu cuerpo tendido sobre el río.

Novia muerta, flotante en el agua perfumada de flujos lacrimales que terminan conmigo. Guirnalda de ninfas que retuerce un viento con sabor a fruta de estación y ramos recogidos al levantarle la mano a una gran amiga celeste: , como la furia de una catarata a la que ponerle la punta de los dedos para soportar todo el ímpetu del agua furiosa como un maremoto, cual la propia bestia emergiendo de las aguas a tragarnos; voraz, con fauces que ha creado la devastación, el olvido, lo maligno.

Caricia mía, azucena elegida entre rosas liliputienses que un día regó un enano en el jardín que moja tus pies o los desaparece.

Sabrás, la rosa negra existe; y cuando la veas portar a un extraño mensajero, es que te habrá traído malas nuevas; y yo ya no estaré para mirarte; y tú ya no estarás para anochecerme bajo el alero terreno de tus ojos. De sombra arco, ala fugaz, umbría, de diamante; arquitrave a través del cual duermo sobre ti, para que todo tu cuerpo pegado al mío se haga un solo siamés lascivo, sexual, hasta el cansancio.

Ser el cielo al que cargar, entre flores rigurosas, entre hierbas locas que la demencia sepulcral pasta a plena medianoche.

Nada como la perfidia tornando a cercanía; aquella desolación cuando te vas y me prometes encontrarnos.

Me dices que a lo largo del jardín umbrío, entre celajes melancólicos levanta, una rara sensación de tiempo no transcurrido, que se inventa hoyo abajo hasta el mar inconmensurable de presencia arrojada; soplando, vendaval perdido de notas tutelares.

Calle abajo yo te creo entre esferas de cristal inventadas por la descendida respiración de los peces etéreos; yo te absuelvo de almíbar, de azúcar moreno, de fría serranía; para que te roce entre los muslos; y, tibia, te retuerzas sobre mis hombros, anguila de lascivia y baba marina; y así descienda, germinal, tu garganta aquí cerca.

...descienda, germinal, tu garganta aquí cerca.

Jack Farfán Cedrón

MÍNIMAS

Acaso nos recordarán por un párrafo en la batalla de las mil novelas juntas; por una línea en la reflexión de edades o la fiebre.

Destinados a pensar por viñetas pequeñas. Elegimos, harto haraganes, la sola mención, la frase corta, el aforismo, la cruda línea como lanza que llega más que todo un lomo apolillado en el estante.

Con qué agrado recordé esas mínimas imágenes de embarcaciones fantasmas captadas por la camarita de Eguren; qué ternura la de la ranita verde agua mojada entre las hojas del jardín de un paso de ancho.

Construí, niño, un pequeño lago con una gruta ínfima al lado; sembré un alevino, una mojarrilla y varios otros pecesillos en ella. Pero ¡oh, suerte malhadada!, amaneció seca, y los peces muertos.

La vida es corta, amigos; se compone de una sola imagen, la que se nos presenta como una tierna risa el último instante en la agonía; ese santiamén compuesto de un guiño presuroso de estrella; entre tanta inmensidad constelada que se resume en sólo risa.

Reinventamos la frase que nos representará a lo largo de la vida; la memorizamos, la llevamos en la frente: cruz de ceniza a la salida de misa.

Aún me llena de dicha guardar medio ramo de olivo; el otro se lo di a una muchacha tranquila, callada, sencilla como una ventanita resplandeciente tras de la cual una madre acaricia a su pequeño en la noche caliente un Domingo de Ramos.

Poseo una cigarrita disecada bañada en oro puro de ocaso; una polilla que ilustró una revista y una Biblia que ocupa medio dedo poseo; a la que leo con lupa.

Conservo la suerte inventada, tal vez; áquea estalagmita en el amanecer de las dos cajitas llenas de serrín metálico que pegaré a los conos de pino en el árbol navideño, como escarcha de una mañana petrificada en el mínimo instante.

Me levanto de mi tarea que era terminar un último drama. Los fusiladores, como en “El inmortal” de Borges, continúan donde los dejé hace un instante. Cierro los ojos. Sé que esto es el fin. Abro las ventanas del miedo para ver por última vez la vida bullente.

Neruda me cierra los párpados cansados de nadie, de nada, de “nada ha pasado a nadie,/no estoy en parte alguna.”

Por un mínimo hoyo se llega al microscópico instante del tiempo perdido.

Jack Farfán Cedrón

Por un mínimo hoyo se llega al microscópico instante del tiempo perdido.

14 mayo 2016

EL SOL DE LOS MUERTOS

EL SOL DE LOS MUERTOS (Reseña)

La canción fugitiva (Antología). Prólogo de Renato Sandoval. Editorial Nido de Cuervos. Lima, 2015. 180 págs.

En las páginas de esta preciosa antología del vate José María Eguren, preparada minuciosamente por el poeta y traductor Renato Sandoval, nos deleitamos, además de sus simbolistas poemas que son uno de los pilares, el uno simbolista; el otro social, adolorido, de la poesía peruana (junto a Vallejo), con mínimas acuarelas, óleos y fotografías circulares de embarcaciones casi microscópicas captadas con una minúscula cámara fotográfica fabricada por el mismo Eguren. Un invento del diámetro de un corcho. El venado, poco sorprendido, mira curioso la aparición, acaso noctámbula, irreal, del extraño fotógrafo que se ha robado su astado busto entre la obscuridad del follaje en movimiento.



Imagen: Editorial Nido de Cuervos. Colección "La mano desasida". Lima - Perú; 2015. 180 págs.

Los paisajes minimalistas y simbólicos de la poética de Eguren no obedecen a una gratuita puerilidad inundada por ninfas, duendes o sátiros enanos que únicamente hacen la fogata para cocer al ángel dormido en el robledal silbante, y comérselo; de resplandor entre metálico y dorado, que despierta con gemidos benévolos hacia los niños rodeándolo en el bosque, también, de enrevesadas acacias perladas por la blancura de la noche iluminada de lunas, deshojándose de melancolía ante los floripondios que le lanzan. Estos paisajes son a la vez que su representación, su mítico invento. Se trata de la poesía en estado emergente de perfección, no sólo formal sino de fondo; no sólo una poética imitativa, sino la entelequia en estado perfectible.

La poesía de Eguren no representa un ritornello infante, pueril, poco serio; no es sino la visión ―¡vasta ella!―, en buena medida descripta, esgrimida con la paciencia de un talabartero, como burilada por un escriba antiguo: el don de la simpleza y lo arduo combinados en belleza, de un vate que magnifica con símbolos vivientes, acaso inmortales (¿clásicos?), las plenas sensaciones humanas; amén de representar el ritmo fluyente de la naturaleza vertiéndose ―holocausto de sensaciones―, cuyo fondo y forma se ensalman en amalgamada trabazón de muro suspendido, el ligamen del poema; que, con o sin espuma, emerge (aparentemente gratuita), como conjunto total, unificado; y la del verso, como parte inseparable de aquel tono umbrío, de violonchelo tocado en plena madrugada, mientras los gatos nocturnos gimen como niños rebeldes sobre el tejado; de lámpara gigantesca, relumbrante entre las redes consteladas de la noche más extensa y silente del mundo.

Casi se tocan los extremos infinitesimales, estrellados, que al extinguirse en un incendio perfumado por su música poética, se adjudican el alma observadora que ha sido elegida; la misma que, en el develamiento visionario, nocturno, pleno en los enigmas, llena vorazmente las maquinaciones oníricas de un lector henchido hasta la demencia maravillada de un simbolista amague acaecido entre cadmios boscajes de casuarinas humeantes que no relatan la apariencia de seres extraordinarios existidos por sí mismos, al no representar presencia alguna; no más que la sugerida por la palabra, que más descriptora, unifica la revelación final y mordaz de un universo propio que se existe a sí mismo, recreando lo que ve (como el aprendiz de brujo, entusiasta por alucinación más que por charlatana experiencia); a ratos, estatua griega dignificando su estático movimiento de dimensión y caída, de vértigo y epifanía celestial.

El antologador de Simbólicas, Sombra, La canción de las figuras, entre otros poemarios recogidos con la paciencia de un científico literario que ha hurgado en los archivos de la Biblioteca Nacional del Perú para entregarnos esta joya, nos recrea a un poeta pilar del simbolismo; a una atalaya creativa borboteante, del colorido musical que dignifica a la poesía que representa más que describe, la realidad de amatista homeopática; reflejo ésta, de la naturaleza como telón de fondo; pero a su vez, recreándola, cual en suprarrealistas escenas, relucientes figurantas rebeldes, bagatelas, ninfetas, arlequines, niños rondando a medianoche a aquellos ángeles que existen para protegerlos a cambio de pétalos robados; setos en llamas, fondos lacustres de iluminaciones inenarrables. Se extinguen al vigía paso de un rey rojo con un párpado escrito y el otro entornado a la maravilla tañendo la música de la poesía; entre el bosque retorcido de acacias grises; y por citar otra pintura de Eguren, de seres alargados, sumergidos en el alba áquea de totorales imaginarios escenificando de esta guisa, el clamor maravillado de la palabra justa, magnificada línea dando el tajo certero, satori aquel; deslumbramiento oriental, que más que sorprender, detiene el hálito divinizado hasta el éxtasis permeable a lo que pudiera ocurrir si uno jamás suelta el hilo vahado, poroso, como por ósmosis químicamente pura; a lo sorpresivo, a lo que corrientemente se es estatua a la vez que movimiento e imagen, blonda ritmada de alturas estéticas: un salvaje simbolismo en quietud a la vez que en movimiento.

Se trata, pues, de la palabra que desdice el desenlace de las admoniciones de cierta crítica, que en su momento, y no voy en ello a la invalidez de su veracidad, sino más bien a un punto de vista cuasi personal hasta los convencionalismos muchas veces perdurables por buen tiempo; muy malo para revelaciones geniales como Eguren, rey simbolista de iris estética peruana.

De esta manera, José María Eguren (Lima, Perú; 7 de julio de 1874–19 de abril de 1942), POETA, periodista, escritor, pintor y fotógrafo peruano); hombre de a pie, amante de la naturaleza, caminante; solitaria cumbrera de la poesía simbolista peruana que ni por acá roza con la cantinela modernista de un Chocano, o de sus apresurados detractores, representa el espécimen, carne vibrante, poeta nuevamente, de las plenas sensaciones fugaces de la poesía, desde allá en su tiempo, contemporánea, grisou de las minas, pero sublimado en explosión estética de salvaje movimiento; rama real, dorada, extraída de la superficie que la sumerge al agua, en iridiscente refracción proveniente del cielo elegido de los prados azulando la memoria espejeante del agua; asciende, borbotea, crea la pared inhollable, poeta de las bailarinas figuras de “mágico sueño de Estambul”.

La antología La canción fugitiva, seleccionada minuciosamente por el editor, traductor, políglota, peregrino; pero sobre todo, y en buena cuenta, poeta; y, de último, As del Festival Internacional de Poesía de Lima, Renato Sandoval, es una muestra más de heroicidad poética, en un medio hostil, electrónico y consumista, cuya banalidad reside en el espectáculo aterrador de la televisión basura y la violencia a fauces monstruosas imparable, que no cesará mientras eximan su aparición sorpresiva objetos hermosos como éste; y el escaso tiempo que nos recorrería soñarlos, con la única redención y viaje maravillado de los mundos: la Lectura.

Jack Farfán Cedrón

Cajamarca, 14 de Mayo de 2016.


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